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Nam Phương: La Última Emperatriz que Perdió un Imperio, un Esposo y un País

Piensa en lo que significa eso. Una niña pequeña sola. en la otra punta del mundo, aprendiendo a vivir entre costumbres que no son las suyas, sin su familia cerca, sin su idioma, sin su tierra. Los inviernos europeos, fríos y grises, no se parecían en nada al sol perpetuo del delta. Las caras a su alrededor no se parecían a la suya.

las comidas, las oraciones, los horarios, todo era distinto. Y sin embargo, esa niña no se quiebra, se adapta, aprende, observa y poco a poco se convierte en algo nuevo, en alguien que no termina de ser ni de aquí ni de allá. Pasará casi una década entera de su vida en aquel internado, una década completa lejos de su familia, lejos de su país, una década en la que aprende a ser dos personas al mismo tiempo y aprende algo más, algo que no estaba en el programa de estudios. Aprende a callar lo que duele.

En un internado así, una niña extranjera no podía permitirse llorar en público, ni quejarse, ni mostrar debilidad. Tenía que sonreír, comportarse, mantener la compostura, pasara lo que pasara. Sin saberlo, en esos pasillos fríos se estaba forjando la mujer que décadas más tarde sería capaz de soportar la peor de las humillaciones sin que se le moviera un músculo de la cara.

La elegancia que todos admirarían en ella no era solo belleza, era sobre todo disciplina. Era el resultado de años aprendiendo a guardarse el dolor por dentro. Ahí esa niña asiática aprende a hablar un francés impecable. Aprende modales, idiomas, música, pintura, religión. Aprende a montar a caballo. Se convierte con los años en ciudadana francesa.

La llaman Mariet, casi como a una más entre las niñas europeas. Y sin embargo, nunca deja de ser vietnamita. Esa es la primera gran fractura de su vida, la que la va a definir para siempre. Mariet crece entre dos mundos, demasiado occidental para encajar del todo en la corte tradicional de Vietnam. Demasiado vietnamita para ser nunca del todo francesa.

Vive desde niña en una frontera invisible. Pertenece a todas partes y al mismo tiempo a ninguna. Cuando regresa a su tierra, ya convertida en una joven de unos 18 años, el contraste es brutal. Habla francés mejor que muchos franceses. Conoce el arte, la literatura, la etiqueta europea. Monta, dispara, conversa de igual a igual con hombres educados y es, según todos los que la conocen, de una belleza que deja a la gente sin palabras.

Se dice que fue coronada como la mujer más bella de la Indochina más de una vez. Cuentan que en los eventos de la alta sociedad colonial su nombre se repetía como sinónimo de elegancia. No podemos confirmar cada detalle de esas historias, pero lo que sí está documentado es el efecto que producía. La describían como inteligente, serena, de una distinción natural que no se podía aprender ni comprar.

una mezcla rarísima de oriente y occidente en el cuerpo de una sola mujer. Pero esa misma mezcla que la hacía fascinante también la volvía sospechosa. Para los tradicionalistas vietnamitas, esta joven católica educada en Francia, ciudadana de la potencia que ocupaba su país, era casi una extraña, una intrusa, con cara bonita.

Nadie imaginaba todavía que esa supuesta intrusa estaba a punto de subir a un trono y de cambiar para siempre las reglas de un imperio milenario. Antes de seguir, déjame pedirte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Y ahora sí, volvamos al momento exacto en que el destino de esta joven cambió para siempre.

Todo empezó en una ciudad construida sobre las nubes. En las montañas del centro de Vietnam hay una ciudad llamada Dalat. Es un lugar extraño y hermoso, fresco, brumoso, lleno de pinos y de villas al estilo europeo, construida por los franceses para escapar del calor sofocante de las tierras bajas. Una especie de pequeña Europa perdida en el trópico es ahí en una fiesta, en un hotel de lujo donde la joven Mariet conoce al hombre que va a transformar su vida.

Y ese hombre no es un noble cualquiera, es el emperador. Su nombre es Baudai. Tiene poco más de 20 años. es el último emperador de la dinastía Win, una dinastía que llevaba más de un siglo reinando sobre el país y como ella también ha sido educado en Francia, también pasó buena parte de su juventud en Europa.

También se mueve entre dos mundos, también habla francés como si fuera su lengua materna. K. Esa noche, según contaría ella misma años más tarde, Mariett llevaba puesto algo muy simple, una túnica tradicional vietnamita, oscura, sin grandes lujos, y según su propio relato, era la única mujer vietnamita en toda la fiesta que hablaba francés con fluidez y que se movía con la naturalidad de quien conoce la etiqueta europea.

El joven emperador la mira y queda fascinado. Años después, en sus memorias, Bardai describiría ese momento con palabras sencillas. diría que Lan, como la llamaba, tenía la belleza tierna y cautivadora de las muchachas del sur y diría simplemente que lo había hechizado. Hasta entonces, según se cuenta, no había encontrado entre las jóvenes nobles del país a ninguna que pudiera igualar su educación, su forma de pensar, su mundo interior.

Y de pronto ahí está ella, una mujer que habla su mismo idioma cultural, que entiende sus referencias. que no le tiene miedo, que lo mira a los ojos. Bauday se enamora y decide que quiere casarse con ella. Lo que sigue es casi un año de cortejo, visitas, encuentros discretos, cartas. El emperador, acostumbrado a que todo el mundo se incline ante él, descubre que esta vez tiene que conquistar de verdad, que esta mujer no se rinde solo porque él lleve una corona.

Y eso, lejos de alejarlo, lo enamora todavía más. Es importante entender lo extraño que era todo esto. En aquel mundo, una joven no rechazaba al emperador, no le ponía condiciones, no lo hacía esperar. Una palabra de él bastaba para decidir el destino de cualquier familia del país. Y sin embargo, ahí estaba ella, una muchacha de menos de 20 años, tratándolo de igual a igual.

No por capricho, sino porque de verdad se sentía su igual. Había estudiado donde él estudió, hablaba los idiomas que él hablaba, conocía el mundo que él conocía. Por primera vez en su vida, el último emperador de Vietnam se encontraba frente a alguien que no le tenía miedo y descubrió que eso era justamente lo que más deseaba.

Pero aquí es donde la historia se vuelve realmente fascinante, porque casarse con el emperador en aquella época no era simplemente decir que sí. La corte imperial de Vietnam era un universo de reglas milenarias, rígidas, casi inmóviles, un mundo de rituales antiguos, de jerarquías sagradas, de tradiciones que nadie se atrevía a tocar.

Y dos de esas reglas chocaban de frente con la vida de Mariet. La primera era la religión. Ella era católica devota. Él era el emperador de un país budista y confuciano, cuyo deber sagrado incluía rituales ancestrales que nada tenían que ver con el catolicismo. Cualquier hijo de la pareja estaría destinado por tradición a esos ritos imperiales.

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