Parte 1
Eran las cuatro de la tarde en un Madrid que parecía haberse derretido bajo el asfalto.
El aire pesaba como una manta mojada sobre los hombros de Mateo.
Estaba sentado en una terraza de Lavapiés, de esas donde las mesas cojean y las servilletas no limpian, solo desplazan la grasa de sitio.
Frente a él, un tercio de Mahou que ya empezaba a sudar más que él mismo.
El cristal estaba tibio.
La burbuja había muerto hacía rato.
Pero Mateo no miraba la cerveza.
Mateo no miraba a la gente que pasaba buscando desesperadamente un chorro de aire acondicionado.
Mateo miraba una pantalla de cristal líquido que se había convertido en el centro de su universo conocido.
Una pantalla negra.
Inerte.
Cruel.
Llevaba exactamente seis horas y cuarenta y dos minutos esperando una señal de vida.
Un “hola”.
Un “estoy vivo”.
Incluso un emoji de un pulgar arriba le habría servido para calmar el tic nervioso que le bailaba en el párpado izquierdo.
Pero nada.
El chat de WhatsApp era un desierto de color blanco y verde.
El último mensaje enviado por él lucía un doble check azul que parecía reírse en su cara.
“¿Entonces qué, nos vemos luego para lo de la cena?”.
Eso era todo.
Una pregunta sencilla.
Una pregunta que no requería una tesis doctoral ni un análisis geopolítico del Cáucaso.
Un “sí” o un “no” habrían bastado.
Mateo desbloqueó el teléfono por centésima vez en la última media hora.
Cero notificaciones.
Bueno, una de Duolingo recordándole que el búho vendría a por su familia si no practicaba el pretérito imperfecto de subjuntivo.
La borró con un gesto violento del pulgar.
Miró la última conexión de Dani.
“Hoy a las 11:15”.
Hacía eones de eso.
En el tiempo de internet, cinco horas sin conexión es el equivalente a una glaciación completa.
Mateo suspiró y sintió el calor del aliento rebotando en el cuello de su camiseta de algodón.
Se preguntó si Dani habría tenido un accidente.
Quizás se le había caído el móvil por el hueco del ascensor.
O tal vez le habían secuestrado unos tipos muy raros que solo permiten usar el teléfono para mirar la hora pero no para responder a amigos pesados.
Esa era la opción optimista.
La opción realista era mucho más dolorosa.
Dani estaba pasando de él.
Dani estaba aplicando la ley del hielo en pleno agosto madrileño.
Mateo le dio un trago a la cerveza y casi se atraganta con la temperatura del líquido.
Era como beber caldo de pollo con gas.
Dejó el botellín en la mesa con un golpe seco.
— No puede ser —murmuró para sí mismo.
— ¿El qué no puede ser, hijo? —le preguntó el camarero, un hombre con bigote que parecía haber nacido y crecido en esa misma terraza.
— La falta de educación, Paco —respondió Mateo sin levantar la vista del móvil—. La absoluta carencia de civismo digital.
Paco se encogió de hombros mientras pasaba un trapo sucio por la mesa de al lado.
— Yo a tu edad no tenía esas cosas, nos tirábamos piedras o nos veíamos en el bar a la hora acordada.
— Ya, Paco, pero es que ahora vivimos en la era de la hiperconectividad.
— Pues te veo muy poco conectado y muy mucho amargado, chaval.
Paco se fue arrastrando los pies hacia la barra, dejando a Mateo con su miseria existencial.
Mateo volvió a la carga.
Entró en Instagram.
No lo hizo por placer.
Lo hizo por instinto de detective de saldo.
Por esa pulsión masoquista que nos obliga a buscar pruebas de nuestra propia irrelevancia en la vida de los demás.
Cargó el feed.
Nada.
Publicidad de zapatillas que no necesitaba.
Un vídeo de una receta con demasiado queso.
Y entonces, arriba, en el carrusel de las historias, apareció el círculo con la foto de Dani.
Ese círculo rodeado de un aura multicolor que indicaba contenido fresco.
Contenido de hace poco.
Mateo sintió un pinchazo en el estómago.
Era como si le hubieran dado un golpe con un calcetín lleno de monedas.
Pulsó con el dedo tembloroso.
Primera story: Un primer plano de un café con leche y un dibujo de un corazón en la espuma.
Texto: “Coffee break necesario. No me da la vida”.
Mateo frunció el ceño.
¿No le da la vida?
¿Pero para hacerse la foto y ponerle un filtro de grano setentero sí que le daba?
Pulsó para la siguiente.
Segunda story: Una foto de la calle desde la ventana de una oficina.
Se veía el sol pegando fuerte sobre los tejados.
Texto: “A tope con el informe. ¡Matadme!”.
“A tope”, repitió Mateo en voz baja, con un tono que rozaba la psicopatía.
“Si estás tan a tope, ¿por qué tienes la mano derecha pegada a la pantalla del móvil para encuadrar el horizonte, pedazo de artista?”.
Tercera story: Esta fue la definitiva.
Un selfie de Dani poniendo morritos, con el aire acondicionado de fondo.
Texto: “Sobreviviendo al lunes. ¡Ánimo a todos!”.
Mateo bloqueó el móvil con tanta fuerza que casi rompe el cristal templado.
Ánimo a todos.
A todos menos a mí, que te he preguntado por la cena hace siete horas.
La rabia empezó a burbujear en su pecho, compitiendo con el gas de la Mahou tibia.
No era una cuestión de tiempo.
Era una cuestión de prioridades.
Era el hecho de que Dani había decidido que era más importante que sus doscientos cincuenta seguidores supieran que estaba tomando café que responder a un mensaje directo.
Era la gestión del microsegundo.
El tiempo que se tarda en escribir “OK” o “Luego hablamos”.
Menos de lo que se tarda en elegir un filtro de Instagram.
Mateo se levantó de la silla.
Pagó a Paco con un billete de cinco euros y ni siquiera esperó a las vueltas.
— Te vas encendido, Mateo —dijo Paco desde la sombra del toldo.
— Me voy a ejercer mi derecho a la réplica, Paco.
— No hagas ninguna tontería, que con este calor la sangre hierve pronto.
Mateo no escuchó.
Caminó hacia el metro de Embajadores con la determinación de un cruzado.
Iba a ir a buscarlo.
No, eso era demasiado acosador.
Le iba a escribir algo.
Algo cortante.
Algo que dejara claro que él no era un satélite orbitando alrededor del ego de Dani.
Se detuvo en la entrada de la estación, bajo el sol implacable.
Sacó el móvil.
Sus dedos volaban sobre el teclado táctil.
“Llevo todo el día esperando tu mensaje”.
Borrar.
Demasiado desesperado.
“¿Sigues vivo?”.
Borrar.
Demasiado pasivo-agresivo.
“Oye, que si no quieres quedar dímelo y ya”.
Borrar.
Demasiado victimista.
Al final, decidió ser directo.
Escribió la frase.
La leyó tres veces.
La envió.
“Llevo todo el día esperando tu mensaje”.
Lo dejó así.
Seco.
Sin emojis.
Sin paños calientes.
Ahora la pelota estaba en el tejado de Dani.
Ese tejado que acababa de fotografiar para sus seguidores.
Mateo bajó las escaleras del metro sintiendo que el aire viciado de los túneles era, por fin, un alivio frente a la incertidumbre.
Pero la incertidumbre no se queda fuera del metro.
Te acompaña en el vagón.
Se sienta a tu lado.
Y te mira fijamente mientras esperas a que el 5G vuelva a darte una alegría o una puñalada.
Parte 2
El vagón de la Línea 3 era un hervidero de humanidad sudorosa y silencios incómodos.
Mateo se agarraba a la barra metálica como si fuera el último asidero de su dignidad.
El móvil vibró en su bolsillo.
Fue una vibración corta.
Seca.
Esa vibración que el cerebro humano ha evolucionado para distinguir entre un millón de ruidos.
Sacó el aparato con la velocidad de un pistolero en un duelo al sol.
Era Dani.
Había tardado exactamente tres minutos en responder desde que Mateo envió su queja.
Tres minutos.
Lo cual confirmaba la teoría: tenía el móvil en la mano.
Mateo leyó el mensaje.
“Estaba liadísimo en el curro”.
Mateo cerró los ojos y apretó los dientes.
“Liadísimo”.
Esa palabra que se ha convertido en el escudo universal de los informales.
La palabra mágica que, supuestamente, te otorga inmunidad diplomática ante cualquier reproche.
Mateo empezó a teclear, pero el tren pegó un frenazo y casi acaba sentado encima de una señora que llevaba un carro de la compra lleno de puerros.
— Perdón —murmuró.
— Menos móvil y más equilibrio, hijo —le soltó la señora.
Mateo ni la miró.
Estaba concentrado en la batalla dialéctica.
“Pero subiste tres stories”, escribió él.
Lo envió sin dudar.
Era un ataque frontal.
Un misil dirigido a la línea de flotación de la excusa de Dani.
La respuesta no se hizo esperar.
Los tres puntitos suspensivos de “escribiendo…” aparecieron en la parte superior de la pantalla.
Eran los puntos más estresantes de la historia de la comunicación humana.
Aparecían.
Desaparecían.
Volvían a aparecer.
Dani estaba construyendo su defensa.
Estaba puliendo la mentira.
Finalmente, llegó el mensaje.
“Eso fue un segundo”.
Mateo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del vagón.
¿Un segundo?
¿En serio?
¿Me vas a decir que subir tres historias, con sus respectivos textos, sus menciones, su ubicación y su encuadre perfecto, es un “segundo”?
Es un insulto a la inteligencia.
Es un escupitajo en el altar de la amistad.
Mateo se bajó en Sol, empujando un poco más de lo estrictamente necesario para abrirse paso.
Subió las escaleras mecánicas mientras escribía la réplica definitiva.
“Pues respóndeme en ese segundo, artista”.
Se sintió orgulloso de la palabra “artista”.
En España, llamar a alguien “artista” cuando estás enfadado es el equivalente a llamarlo cínico, vago y caradura, pero con un toque folclórico que lo hace más punzante.
Salió a la plaza de Sol.
El kilómetro cero de las excusas baratas.
El móvil volvió a vibrar.
“Tío, no te pongas así, que me ha pillado el jefe en medio de una reunión”.
Mateo se detuvo frente a la estatua del Oso y el Madroño.
— Mentira —dijo en voz alta.
Un turista japonés le miró con curiosidad y le hizo una foto.
Mateo no se dio cuenta.
Estaba imaginando la escena.
Dani en la reunión, con el móvil debajo de la mesa, deslizando el dedo por la pantalla mientras el jefe hablaba de KPIs y sinergias.
Dani eligiendo el filtro “Clarendon” para su café mientras el mundo se desmoronaba.
“¿Qué reunión?”, escribió Mateo.
“¿La reunión de los stories?”.
“Porque en la foto del café se veían tus pies en una terraza, Dani”.
“A menos que tu oficina sea la Plaza Mayor, me estás vacilando”.
Silencio.
El silencio digital es mucho más pesado que el físico.
En el silencio físico puedes oír los pájaros, el tráfico, la respiración del otro.
En el silencio digital solo oyes el latido de tu propia ansiedad.
Mateo se sentó en un banco de piedra que quemaba como una plancha de asar.
Se quedó mirando la pantalla.
Vio que Dani estaba “en línea”.
Pero no escribía.
Estaba ahí, presente en el éter, mirando su chat probablemente con una mueca de fastidio.
Pensando: “¿Por qué es tan pesado Mateo?”.
Ese es el gran giro dramático de nuestra era.
El que exige una respuesta mínima es el pesado.
El que ignora los mensajes es la víctima del estrés laboral.
Hemos invertido la carga de la prueba.
Mateo empezó a sentir que se le calentaba la cabeza, y no era solo por el sol de las cinco de la tarde.
Era la sensación de ser un ciudadano de segunda en la lista de contactos de su mejor amigo.
O de su ex mejor amigo, según como acabara la tarde.
Dani volvió a escribir.
“Era un descanso de cinco minutos, Mateo. ¿No puedo ni tomarme un café?”.
“Claro que puedes”, respondió Mateo a la velocidad del rayo.
“Puedes tomarte un café, un té matcha o un gintonic si te apetece”.
“Lo que no puedes es decirme que estás ‘liadísimo’ cuando tienes tiempo de sobra para posturear en redes”.
“Tardarías menos en decirme si quedamos o no que en poner ‘¡Matadme!’ en una foto”.
“Es una cuestión de respeto, tío”.
La palabra “respeto” cayó en la conversación como una losa de hormigón.
Cuando sacas el respeto en un grupo de WhatsApp o en un chat privado, la cosa se pone seria.
Es el preludio de la ruptura o de la reconciliación épica.
Dani tardó más en responder esta vez.
Seguramente estaba consultando con algún otro amigo.
O peor, estaba haciendo una captura de pantalla de la bronca de Mateo para enviarla a otro grupo y decir: “Mirad cómo está el loco este hoy”.
Ese pensamiento hizo que a Mateo se le revolviera la bilis.
La traición de la captura de pantalla.
El arma definitiva de la guerra fría moderna.
Mateo miró al Oso y al Madroño.
El oso seguía intentando alcanzar los madroños, ajeno a los dramas de la mensajería instantánea.
Qué suerte tenía el oso.
No tenía WhatsApp.
No tenía stories.
Solo tenía hambre y una estatua de bronce.
El móvil vibró con una intensidad diferente.
Era una llamada.
Dani estaba llamando.
Mateo sintió un vuelco.
La llamada es el paso final.
Nadie llama a nadie en 2026 a menos que alguien haya muerto o la bronca sea de proporciones bíblicas.
Mateo respiró hondo.
Se preparó para el tono de voz de Dani.
Ese tono de “no es para tanto” que tanto odiaba.
Deslizó el dedo por la pantalla verde.
— ¿Diga? —dijo con la voz más fría que pudo impostar.
— Pero bueno, Mateo, ¿qué te pasa, macho? —la voz de Dani sonaba relajada, demasiado relajada.
Tenía ese deje de quien acaba de despertarse de una siesta o de quien vive en una realidad paralela donde el tiempo no existe.
— Me pasa que llevo siete horas esperando a que me digas si cenamos o no —soltó Mateo sin anestesia.
— Que sí, pesado, que me he liado un poco, pero ya estoy saliendo.
— ¿Saliendo de dónde? ¿De la reunión imaginaria o de la terraza del café?
Se oyó un suspiro al otro lado de la línea.
Un suspiro de esos que dicen: “Tengo que aguantar a este tipo porque le quiero, pero me está quitando la vida”.
— Estaba en el curro, de verdad. Lo del café ha sido bajar y subir.
— Dani, pusiste tres stories. En diferentes momentos.
— Eso se sube solo, Mateo. Las programo.
Mateo se quedó mudo un segundo.
— ¿Programas tus stories personales de un lunes cualquiera? ¿Quién te crees que eres, la Community Manager de una marca de yogures?
— Pues a veces lo hago para no tener que estar pendiente del móvil luego.
La mentira era tan burda, tan mal estructurada, que Mateo sintió casi lástima.
— Dani, no me mientas. No las has programado. Te has hecho el selfie en el momento. Se veía el reflejo del reloj de la pared y eran las cuatro menos cuarto.
— Joder, Mateo, ¿eres mi amigo o el de CSI Las Vegas?
— Soy alguien que valora su tiempo, artista.
— Mira, estoy en la puerta del metro de Callao. ¿Vienes o vas a seguir dándome la chapa por teléfono?
Mateo miró hacia la calle Preciados.
Callao estaba a tiro de piedra.
— Voy para allá —dijo Mateo—. Pero prepárate, porque esta conversación no se ha acabado con una llamada.
— Trae ganas de fiesta y menos ganas de discutir, que hace mucho calor.
Colgaron.
Mateo se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón, pero sentía que el aparato seguía ardiendo.
No era la batería.
Era la tensión acumulada.
Caminó hacia Callao entre la multitud de turistas que comían helados que se derretían antes de llegar a la boca.
Iba repasando sus argumentos.
Iba preparando el contraataque.
Porque esto no iba de una cena.
Iba de la gran mentira de nuestra generación.
La mentira de estar “ocupado”.
Parte 3
Llegar a Callao fue como entrar en el cuarto círculo del infierno de Dante, pero con más pantallas gigantes de publicidad de cruceros.
Allí estaba Dani.
Apoyado en una de las entradas del metro, con unas gafas de sol de espejo que impedían verle las intenciones.
Llevaba una camiseta impecable, sin una sola mancha de sudor.
Era uno de esos tíos que parecen tener un microclima personal de dieciocho grados mientras el resto de la humanidad se deshace.
Estaba, cómo no, mirando el móvil.
Mateo se detuvo a unos metros y lo observó.
Dani movía el pulgar con una agilidad rítmica.
Arriba, abajo, doble toque.
Estaba repartiendo “likes” como quien reparte folletos a la salida de un concierto.
“Ahí lo tienes”, pensó Mateo.
“El hombre más ocupado de España”.
Se acercó por detrás y le puso una mano en el hombro.
Dani dio un respingo, pero no soltó el teléfono.
— ¡Hombre, el detective! —dijo Dani con una sonrisa de esas que desarman a cualquiera.
Pero Mateo estaba blindado.
— ¿Qué tal la reunión de los cinco segundos? —preguntó Mateo cruzándose de brazos.
— Buff, intensa. Muchos gráficos. Mucho PowerPoint. Me han dejado el cerebro frito.
Dani guardó el móvil en el bolsillo con un gesto despreocupado.
— Ya. Por eso tenías que hidratarte con ese café tan artístico, ¿no?
— Venga, Mateo, no me digas que sigues con eso. Ha sido un día de locos. No sabes la que tenemos montada con el lanzamiento del trimestre.
Empezaron a caminar hacia la calle Pez, buscando alguna taberna donde el aire acondicionado fuera una realidad y no una promesa electoral.
— No es el día de locos, Dani —dijo Mateo manteniendo el paso—. Es el patrón.
— ¿Qué patrón? ¿Ahora eres sociólogo?
— Es el patrón del “estoy liado”. Es la excusa universal para no responder a lo que no te apetece en ese momento, pero seguir consumiendo contenido y generando presencia en redes.
Dani soltó una carcajada que resonó en la calle desierta.
— Tío, te tomas las redes sociales demasiado en serio. Instagram es un escaparate. Es ficción.
— ¡Exacto! —exclamó Mateo señalándole con el dedo—. Es ficción. Y prefieres alimentar la ficción con desconocidos que responder a una realidad con un amigo.
— No es eso. Es que responder un mensaje requiere… no sé, energía mental.
— ¿Y subir una foto no? —Mateo estaba empezando a gesticular de esa forma tan española que parece que estás intentando espantar avispas invisibles—. Tienes que abrir la cámara, buscar la luz, poner el filtro, escribir el texto, asegurarte de que no tienes un moco fuera… Eso es logística, Dani. Eso es esfuerzo.
Entraron en un bar de los de toda la vida: madera oscura, olor a serrín y una televisión puesta en las noticias con el volumen al mínimo.
Se sentaron en una mesa alta.
— Dos cañas, jefe —pidió Dani al camarero—. Y que estén tan frías que nos duela el pecho al beberlas.
El camarero asintió con la solemnidad de un cirujano.
Dani volvió a mirar a Mateo.
— Mira, Mateo. A veces uno está agobiado. Y entrar en Instagram es como… desconectar. Es ruido blanco. No tengo que decidir nada. Solo miro fotos de gente de vacaciones y pongo un corazón. Es mecánico.
— Responder a un mensaje también puede ser mecánico. “¿Cenamos?” “Sí”. Dos letras, Dani. Una S y una Í. Menos esfuerzo que elegir un filtro de “Valencia” para tu cara de lunes.
— Es que si respondo “Sí”, ya tengo que organizar. ¿Dónde? ¿A qué hora? ¿Qué me pongo? Se convierte en una tarea.
Mateo se quedó mirando el posavasos de cartón.
— O sea, que yo soy una “tarea”.
— No digas eso, no seas dramático.
— Lo acabas de decir tú. Responder a un amigo es una tarea, pero interactuar con la nada digital es ocio.
Llegaron las cañas.
Eran perfectas.
Con esa capa de escarcha fina en el borde del cristal.
Dieron un trago largo en silencio.
Por un momento, el frescor del alcohol pareció apagar el incendio dialéctico.
Pero solo fue un espejismo.
— El problema —continuó Mateo, bajando el tono pero aumentando la intensidad— es que hemos aceptado la mentira de la hiperactividad. Nadie está tan ocupado, Dani. Nadie.
— Bueno, el presidente del Gobierno igual sí…
— Ni el presidente. El presidente tiene tiempo para ir al baño, y en el baño se puede responder un WhatsApp. Es una cuestión de ganas.
— O sea, que me estás diciendo que no te respondo porque no tengo ganas de hablar contigo.
Mateo le miró fijamente a los ojos.
— Exactamente. Eso es lo que me duele. Que prefieras el “feed” a la persona.
Dani dejó la caña en la mesa.
Su expresión cambió.
Ya no era el tipo divertido y despreocupado.
Se le veía un poco harto.
— ¿Sabes qué pasa, Mateo? Que a veces tu intensidad agota.
— ¡Ah! ¡Ahí sale la verdad!
— Escúchame. A veces sé que si te respondo, vas a empezar a hacerme mil preguntas. Que si el sitio es caro, que si hay que reservar, que si por qué no vamos al otro… Y hay mañanas en las que mi cabeza solo da para mirar fotos de gatitos y de gente comiendo aguacate.
— Pues dímelo. “Mateo, estoy espeso, hablamos luego”.
— ¡Pero si te digo eso, me dices que paso de ti! ¡Como estás haciendo ahora!
— No es lo mismo. Ahora te estoy recriminando la mentira, no la falta de tiempo.
— Es que en este mundo, la verdad es de mala educación. Si te digo “no te respondo porque me da pereza tu conversación ahora mismo”, me odias de por vida. Si te digo “estoy liadísimo”, soy un profesional responsable que lucha por su futuro.
Mateo guardó silencio.
Esa era una verdad incómoda.
La sociedad se sostiene sobre una red de mentiras piadosas sobre nuestra disponibilidad.
Decir “no tengo ganas” es un tabú.
Decir “no tengo tiempo” es una medalla al mérito civil.
— Pero las historias de Instagram te delatan —insistió Mateo—. Son el rastro de migas de pan de tu hipocresía.
— Las historias son para mi “yo” público. Lo que tú y yo tenemos es privado. No puedes medir lo uno con lo otro.
— Pues yo creo que lo privado debería tener prioridad sobre lo público. Si tienes un segundo para el escaparate, tienes un segundo para el almacén.
— El escaparate es lo que mantengo para que el mundo piense que mi vida es guay. El almacén es donde guardo mis movidas contigo. Y a veces el almacén está patas arriba y no quiero entrar.
Mateo sintió que la discusión estaba llegando a un punto de no retorno.
Estaban hablando de algo mucho más profundo que un mensaje sin responder.
Estaban hablando de cómo la tecnología ha fragmentado nuestra atención y nuestras lealtades.
— ¿Entonces qué hacemos? —preguntó Mateo—. ¿Dejo de escribirte y te sigo solo por Instagram para saber de tu vida?
— No seas imbécil. Solo… relájate un poco. No esperes una respuesta inmediata como si fuera un servicio de emergencias.
— No pido inmediatez, Dani. Pido coherencia. Si estás “fuera de cobertura” para mí, estate fuera de cobertura para el postureo también. Por pura solidaridad.
— Es que pides imposibles, tío. Pedirle a alguien que no use el móvil cuando está estresado es como pedirle a un fumador que no fume cuando está nervioso.
Dani sacó el móvil y lo puso sobre la mesa, boca abajo.
— Mira. Aquí se queda. Durante toda la cena. Ni una foto a la comida. Ni una story de los dos brindando. Nada. Solo tú y yo, como en los años ochenta.
— ¿Y si te llama tu jefe de la reunión imaginaria? —ironizó Mateo.
— Que le den al jefe. Ahora mismo mi única prioridad es que dejes de mirarme como si fuera un criminal de guerra.
Mateo sonrió por primera vez en toda la tarde.
— Vale. Acepto el trato. Pero la primera ronda la pagas tú por el tiempo de espera.
— Hecho. Pero como te vibre a ti el móvil y lo mires, te tiro la caña por encima.
Se rieron.
La tensión pareció disiparse, pero el elefante seguía en la habitación.
Ese elefante que tiene forma de smartphone y que siempre está ahí, escuchando, esperando su momento para volver a ser el protagonista.
Parte 4
La cena transcurrió entre risas, anécdotas de veranos pasados y una cantidad indecente de bravas.
Durante dos horas, el mundo digital dejó de existir.
No hubo notificaciones.
No hubo filtros.
Solo hubo contacto visual y el ruido ambiente del bar, que se iba llenando a medida que caía la noche.
Mateo se sentía victorioso.
Había conseguido “desenchufar” a Dani.
Había recuperado a su amigo de las garras del algoritmo.
Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, empezó a notar algo.
Dani tenía un tic.
Cada pocos minutos, su mano derecha se desplazaba de forma inconsciente hacia el lugar de la mesa donde descansaba su teléfono boca abajo.
No llegaba a tocarlo.
Se detenía a escasos milímetros, como si chocara contra un campo de fuerza invisible.
Era como un síndrome de abstinencia gestual.
Dani estaba allí en cuerpo, pero una parte de su cerebro estaba calculando cuántos mensajes tendría acumulados.
Cuántos “likes” habrían recibido sus historias del café y de la oficina.
Quién habría comentado su selfie de “sobreviviendo al lunes”.
Mateo decidió no decir nada.
No quería romper el hechizo.
Pero entonces, ocurrió lo inevitable.
Fue un sonido suave, casi imperceptible entre el bullicio del local.
Un “ping”.
Dani no pudo evitarlo.
Sus ojos se desviaron hacia el aparato.
Su pupila se dilató.
Fue un reflejo pavloviano puro.
— Puedes mirarlo si quieres —dijo Mateo con una mezcla de condescendencia y resignación.
— No, no. He dicho que nada y es nada —respondió Dani, aunque su voz sonaba un poco temblorosa.
— Venga, tío. Te va a dar un parraque. Míralo y así te quedas tranquilo.
Dani dudó.
Miró a Mateo.
Miró el móvil.
— Solo un segundo. Por si es algo importante.
— Siempre es “algo importante” —suspiró Mateo.
Dani le dio la vuelta al teléfono.
La pantalla se iluminó, proyectando un resplandor azulado sobre su rostro.
Sus dedos empezaron a deslizarse con esa velocidad que antes tanto había criticado Mateo.
Su cara pasó de la concentración a la decepción en cuestión de segundos.
— ¿Y bien? —preguntó Mateo—. ¿Se ha quemado la oficina? ¿Te ha escrito el Papa?
— No —dijo Dani, dejando el móvil otra vez en la mesa, pero esta vez boca arriba—. Era una notificación de una oferta de pizzas. Y cuatro tíos que han reaccionado con el emoji de la llama a mi story del café.
Mateo soltó una carcajada limpia.
— ¿Ves? El mundo no se ha detenido por tu ausencia.
— Ya. Es un poco triste, la verdad.
— No es triste, Dani. Es liberador. Lo que es triste es que pensaras que esas cuatro llamas eran más urgentes que responderme a mí esta mañana.
Dani se quedó pensativo, jugueteando con un trozo de pan.
— ¿Sabes qué es lo peor de todo, Mateo?
— Dime.
— Que tienes razón. Pero que mañana voy a volver a hacerlo.
Mateo arqueó las cejas.
— ¿Ah, sí? ¿Así de sincero eres?
— Es que es una adicción, tío. No es que no quiera hablar contigo. Es que la gratificación instantánea de un desconocido que no me importa es más fácil de procesar que la responsabilidad de una relación real.
— Eso es lo más profundo que has dicho en diez años, artista.
— No me jodas. Es la verdad. Estar “ocupado” es la mentira que nos contamos para no admitir que nos da miedo el silencio. O que nos da pereza el compromiso de estar presentes.
Se quedaron un momento callados.
El camarero pasó por su lado y se llevó los platos vacíos.
— Entonces —dijo Mateo—, ¿cuál es la conclusión de hoy?
Dani cogió su móvil y lo guardó en el bolsillo del pantalón.
Esta vez con un gesto más definitivo.
— La conclusión es que estar ocupado es la excusa de los cobardes. Y que si alguien te importa, encuentras el segundo.
— Amén —dijo Mateo levantando lo que quedaba de su caña.
— Pero también te digo una cosa —añadió Dani con una chispa de malicia en los ojos.
— ¿Qué?
— Que si vuelves a ponerte tan pesado con el “visto” de WhatsApp, voy a programar una story de un funeral y te voy a etiquetar.
Se rieron los dos, esta vez con la complicidad de quienes han sobrevivido a una crisis moderna.
Salieron del bar a la noche madrileña.
El calor había dado una tregua mínima.
Caminaron hacia la Plaza de España.
— Oye —dijo Dani de repente, sacando el móvil de nuevo.
— ¿Qué haces? —preguntó Mateo alarmado.
— Tranquilo. Solo voy a subir una última cosa.
Dani levantó el brazo, encuadró a Mateo y a él mismo con la plaza iluminada de fondo.
— Di patata, pesado.
Hizo la foto.
Mateo se resignó y sonrió a la cámara.
— ¿Qué vas a poner? —preguntó Mateo.
Dani tecleó durante un momento.
— Ya está. Subido.
Mateo sacó su propio móvil.
Entró en Instagram.
Ahí estaba la nueva historia de Dani.
La foto de los dos, un poco borrosa pero auténtica.
Texto: “Cenando con mi detective favorito. A veces hay que soltar el móvil para encontrar a los amigos. Aunque sea un pesado”.
Mateo sonrió y guardó el teléfono.
— Te has pasado con lo de pesado.
— Es la verdad, y tú mismo has dicho que la verdad es importante.
Caminaron hacia el metro en silencio, pero un silencio distinto.
Un silencio compartido.
Un silencio que no necesitaba ser llenado con píxeles ni con notificaciones.
Porque, al final, la pregunta seguía ahí en el aire de la ciudad:
¿Estar ocupado es excusa o falta de interés?
La respuesta, pensó Mateo, estaba clara.
El interés es lo que te hace fabricar tiempo donde no lo hay.
La excusa es lo que usas para rellenar el hueco que deja el desinterés.
Y en ese segundo que tardamos en decidir si respondemos o no, estamos definiendo quiénes somos para los demás.
Mateo llegó a su casa, tiró las llaves sobre la mesa y miró el móvil una última vez antes de dormir.
Tenía un mensaje nuevo.
Era de Dani.
“Llegué bien. Gracias por la cena, tío. Mañana te respondo al WhatsApp… si no estoy muy liado ;)”.
Mateo apagó la luz y se durmió con una sonrisa.
Al menos esta vez, el “liado” era una broma.
Y eso, en los tiempos que corren, es lo más parecido a una victoria que uno puede conseguir.