Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando anoche mi teléfono decidió enseñarme el futuro en formato .mp4, lo último que esperaba era que mi propia tecnología decidiera sabotear mi salud mental de una forma tan… personalizada.
Todo empezó por culpa de la falta de espacio. Eran las tres de la madrugada de un martes de esos que no sirven para nada. Yo estaba en la cama, con los ojos como platos, víctima de ese insomnio que te entra cuando te tomas un café de más para terminar un diseño y luego el cerebro decide que es buen momento para recordar todas las veces que hiciste el ridículo en el instituto. Para pasar el rato, agarré el móvil con la intención de borrar basura. Ya sabes: fotos de capturas de pantalla que no sirven de nada, memes de grupos de WhatsApp que ya no tienen gracia y fotos de comida que nunca llegué a publicar en Instagram.
—Venga, Javi, vamos a limpiar este vertedero —me dije a mí mismo en un susurro, porque si no hablas solo a esas horas, parece que la soledad no cuenta.
Fui bajando por la galería, dándole al icono de la papelera con la saña de un verdugo. Borré una ráfaga de fotos de mi gato (que en paz descanse el pobre), tres videos de un concierto donde solo se oía ruido y una carpeta entera de “Documentos_Varios”. De repente, al final de la lista, apareció un video que no recordaba haber visto nunca. La miniatura era oscura, pero se distinguía perfectamente el perfil de mi cómoda de IKEA y la esquina del póster de Star Wars que tengo en la pared.
—¿Y esto? ¿Cuándo grabé yo esto? —murmuré, frunciendo el ceño.
Lo primero que pensé fue que le habría dado al botón de grabar sin querer mientras dormía. No sería la primera vez que mi Xiaomi hace cosas raras por su cuenta; el otro día llamó a mi tía de Cuenca a las seis de la mañana mientras el móvil estaba debajo de la almohada. Pero cuando miré la fecha del archivo, el corazón me dio un vuelco de esos que te dejan un sabor metálico en la boca.
El video no era de ayer. Ni de la semana pasada. Según el sistema, el archivo se había creado “Hoy, 03:12 AM”.
Miré el reloj de la esquina superior de la pantalla. **03:11 AM**.
—Vaya tela… —sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca—. El móvil va adelantado. Es un bug. Una actualización que ha petado el reloj interno.
Intenté convencerme de que era un error lógico, una carambola del software. Pero la curiosidad, esa maldita que mató al gato y que a los españoles nos pierde, pudo conmigo. Pulsé el botón de reproducción.
El video empezó con una nitidez que me dio miedo. No era la típica grabación borrosa de un móvil en la oscuridad; se veía todo con una claridad casi quirúrgica. Era mi habitación. Mi habitación tal y como estaba en ese preciso instante. Vi el calcetín desparejado que me había quitado hacía cinco minutos tirado en el suelo, vi la taza de café vacía sobre la mesilla y, lo más perturbador de todo, me vi a mí mismo.
En el video, yo estaba tumbado bocarriba, con los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta, durmiendo profundamente. No era el Javi de ahora, el que estaba sentado con el móvil en la mano; era el Javi de dentro de un minuto. El tiempo en el video avanzaba. 03:12:01… 03:12:05…
Todo se veía normal. La normalidad de un piso de soltero a oscuras. Hasta que, en la esquina superior derecha del encuadre, la puerta de mi habitación empezó a abrirse.
No fue un movimiento brusco. Fue lento, pausado, con esa deliberación que tienen las cosas que no quieren ser vistas. El chirrido de las bisagras —ese que mi casero prometió arreglar hace tres años y nunca hizo— sonó en los altavoces de mi móvil con una fuerza que me hizo saltar sobre el colchón.
Una sombra empezó a filtrarse por la rendija de la puerta. Una figura alta, demasiado delgada, vestida con una gabardina que parecía hecha de parches de oscuridad. En el video, yo seguía durmiendo, totalmente ajeno a que alguien acababa de entrar en mi santuario privado. La figura se acercó a la cama, paso a paso, sin hacer ruido sobre el parqué viejo que a mí me cruje hasta cuando respiro.
Me quedé petrificado. El aire en mi habitación se volvió denso, como si se hubiera convertido en gelatina. Mis ojos saltaban de la pantalla a la puerta real de mi cuarto, y de vuelta a la pantalla.
En el video, la figura se detuvo justo al lado de mi cabeza. Se inclinó sobre el Javi dormido y, con una lentitud desesperante, empezó a sacar algo del bolsillo.
Fue entonces cuando la grabación se cortó. El reproductor volvió al inicio, mostrando de nuevo la miniatura oscura.
Miré el reloj del móvil. Las cifras cambiaron en ese mismo instante, con un parpadeo que me pareció el golpe de un martillo contra un clavo.
**03:12 AM.**
En el silencio absoluto de mi casa, escuché el sonido que más temía en este mundo.
*Creeeeeak.*
Mi puerta. La puerta real. Se estaba abriendo exactamente igual que en el video.
—No me jodas… —susurré, con el corazón martilleando contra mis costillas como un batería de heavy metal en pleno éxtasis.
La sombra empezó a filtrarse por la rendija.

—
## Parte 2: El intruso de la gabardina y el seguro de autónomos
Si alguna vez habéis sentido que el tiempo se detiene y que vuestra vida pasa por delante de vuestros ojos en plan diapositivas de las vacaciones de tus padres en Benidorm, sabréis lo que sentí en ese momento. La puerta de mi habitación seguía abriéndose. El chirrido era idéntico al del video, una nota aguda que me taladraba los oídos y me recordaba que la realidad acababa de hacerme un “spoiler” de los gordos.
—Javi, reacciona —me dije a mí mismo en un pensamiento que no llegó a salir de mi boca porque el pánico me había sellado los labios con silicona—. Haz algo. Lanza el móvil. Grita. Pide el DNI.
Pero me quedé ahí, sentado en la cama, con la luz de la pantalla iluminando mi cara de pasmo. La sombra cruzó el umbral. Era exactamente como la había visto en la galería: una figura alta, desgarbada, cuya gabardina parecía absorber la poca luz que entraba por la persiana mal bajada. No caminaba, se deslizaba, como si el suelo de mi piso en Chamberí fuera una pista de hielo y él tuviera patines de última generación.
Cuando la figura llegó a mitad de la habitación, me di cuenta de un detalle que el video no me había dejado apreciar por la falta de profundidad: el tipo no tenía rostro. Donde debería haber ojos, nariz y una boca con la que dar explicaciones de por qué se cuela en casas ajenas a las tres de la mañana, solo había una superficie lisa y grisácea, como el acabado de una pared de cemento recién lucida.
—Oye… perdona —logré articular, con una voz que sonó como si me hubiera tragado un puñado de arena—. Que sepas que no tengo dinero. Soy autónomo, si me robas te vas a llevar deudas y un par de facturas de Adobe que me tienen frito.
La figura se detuvo en seco. Su cabeza —si es que a esa protuberancia se le puede llamar cabeza— se inclinó hacia un lado, como un perro confundido cuando le hablas en otro idioma. Parecía sorprendida de que yo estuviera despierto. Claro, en su “guion” original, en el video que acababa de ver, yo estaba roncando plácidamente.
—Tú… no deberías estar mirando —dijo una voz que no venía de la figura, sino que pareció brotar de las mismas paredes de gotelé de mi cuarto. Era una voz múltiple, como si mil personas estuvieran susurrando lo mismo al unísono.
—¡Pues haber avisado! —exclamé, ganando una valentía que no era más que una fase avanzada de la histeria—. Me llega un video tuyo al móvil antes de que entres. ¡Eso es falta de etiqueta profesional para un asaltante doméstico! ¡Me has fastidiado la sorpresa!
La figura dio un paso hacia atrás. Parecía que mi reacción le estaba rompiendo los esquemas transdimensionales. Yo aproveché el momento para encender la luz de la mesilla de noche. *Clic*.
Nada. La bombilla no se encendió. Le di al interruptor una, dos, tres veces con la furia de un gamer perdiendo una partida de Fortnite.
—Genial. Encima de espectro, me cortas la luz. ¿Sabes cuánto cuesta el kW/h ahora mismo? ¡Vete a casa de mi vecino el del quinto, que es registrador de la propiedad y seguro que tiene mejores lámparas!
La figura de la gabardina volvió a acercarse. Esta vez con más decisión. Estiró una mano larga, con dedos que parecían tener demasiadas articulaciones, y señaló mi móvil.
—El video… —susurraron las paredes—. Dame el video. Es una brecha de seguridad. No es tuyo.
—¿Que no es mío? ¡Está en mi galería, al lado de la foto de las bravas que me comí el domingo! —agarré el móvil con fuerza, pegándolo a mi pecho—. ¡Propiedad privada, chaval! ¡Y si quieres borrarlo, vas a tener que pasar por encima de mi cadáver!
En cuanto dije la frase, me di cuenta de que quizá no era la mejor elección de palabras ante un ser que parecía sacado de una pesadilla de Lovecraft con presupuesto de serie B. La figura soltó un sonido que recordaba al roce de dos lijas oxidadas. Estaba riéndose.
—Como desees, Javi —dijeron las paredes.
La figura se abalanzó sobre mí. Yo cerré los ojos y puse el móvil por delante como si fuera un escudo del Capitán América fabricado en China. Esperé el golpe, el frío, la muerte o, en el mejor de los casos, que me quitara el terminal y se fuera por donde había venido.
Pero no pasó nada.
Abrí un ojo. La habitación estaba en silencio. La figura de la gabardina había desaparecido. La puerta seguía abierta de par en par, pero no había rastro de mi visitante sin rostro. Suspiré aliviado, pensando que quizá mis amenazas sobre mi situación fiscal lo habían asustado de verdad.
—Vaya día llevo… —mascullé, secándome el sudor de la frente con la manga del pijama.
Miré el móvil de nuevo. El video de las 03:12 seguía allí. Pero ahora había una notificación nueva. Un archivo de audio grabado hace diez segundos.
**”Audio grabado: 03:14 AM”**.
Miré el reloj. **03:13 AM**.
—Otra vez no, por favor… —supliqué al vacío.
Le di al play al audio. Al principio solo se oía mi propia respiración agitada. Luego, el silencio. Y al final, la voz múltiple de las paredes, pero esta vez sonaba mucho más cerca, como si la persona estuviera hablando directamente a través de los altavoces de mi cerebro.
—”Mira debajo de la cama, Javi. Te has olvidado de algo que aún no has perdido.”
Me quedé helado. En mi piso, lo único que hay debajo de la cama es polvo, un calcetín de deporte que perdí en 2019 y probablemente algún monstruo que no llega a final de mes. Pero la voz era imperativa. No era una sugerencia; era una orden.
Lentamente, con el corazón intentando salirse por la boca, me asomé al borde del colchón. Bajé la cabeza hacia la oscuridad del suelo, rezando para no encontrarme con un portal al infierno o con mi declaración de la renta pendiente.
Lo que vi me hizo soltar un grito que debió despertar a media calle Fuencarral.
Debajo de mi cama, acurrucado en el rincón más oscuro, estaba yo. Pero no un Javi del futuro ni una sombra. Era yo, con mi mismo pijama de cuadros, temblando como un flan y con los ojos inyectados en sangre.
El Javi de debajo de la cama me miró, se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y, con una voz que apenas fue un susurro real, me dijo:
—No le des el móvil. El de la gabardina no es el que da miedo. El que da miedo es el que está grabando el tercer video.
En ese momento, mi móvil vibró en mi mano. Una notificación de cámara activa.
**”En vivo: 03:15 AM”**.
Levanté la vista hacia el techo. Allí, enganchado a la lámpara de IKEA como una araña humana, había un segundo Javi. Tenía una cámara profesional apuntándome directamente. Y me estaba dedicando una sonrisa que no cabía en su cara.

—
## Parte 3: La paradoja de los tres Javis y el presupuesto de efectos especiales
Mira, yo he visto muchas películas de Nolan. He intentado entender *Tenet* con un esquema en una servilleta y una vez me terminé un juego de puzzles cuánticos sin mirar la guía en internet. Pero nada de eso te prepara para encontrarte a ti mismo duplicado —o triplicado— en tu propio dormitorio madrileño a las tres de la mañana.
Allí estaba yo, el Javi “Original” (o eso esperaba ser), sentado en la cama. Debajo, el Javi “Aterrado” pidiéndome silencio. Y arriba, en el techo, el Javi “Director” grabándome como si fuera la nueva estrella de un reality show macabro producido por un demonio con ganas de marcha.
—¿Pero qué pasa en esta casa? —grité, perdiendo los papeles por completo—. ¡Esto parece un casting de imitadores mal pagados! ¡Bajad de ahí ahora mismo u os cobro el alquiler proporcional por metro cuadrado ocupado!
El Javi del techo ni se inmutó. Siguió ajustando el enfoque de su cámara. El Javi de debajo de la cama, por el contrario, se metió más al fondo, entre las pelusas que ya tienen nombre propio, y empezó a lloriquear.
—¡Cállate, Javi! —me susurró el de abajo—. ¡Si gritas, la línea temporal se va a tomar por saco y acabaremos todos trabajando en una consultoría de Big Data!
—¡Prefiero el Big Data a este jaleo! —respondí, levantándome de la cama con la agilidad de un saco de patatas—. A ver, tú, el de la cámara. ¿Quién te crees que eres? ¿Spielberg? ¡Baja de ahí ahora mismo que ese plafón de IKEA no está diseñado para soportar el peso de un autónomo con crisis existencial!
El Javi Director se descolgó del techo con una fluidez que yo no poseo ni en mis mejores sueños de gimnasio. Aterrizó de pie, sin hacer ruido, y me miró con una suficiencia que me dio ganas de darle un bofetón. Tenía una mirada fría, profesional, de esas que ponen los directores de fotografía cuando el café de la productora no es de marca blanca.
—Tranquilo, Javi —dijo el Director con mi misma voz, pero mucho más calmada—. Solo estoy documentando el proceso. Eres un sujeto fascinante. La forma en que te aferras a tu móvil como si fuera tu cordón umbilical es… poética.
—¿Fascinante? ¿Documentando? ¡Me habéis hackeado el móvil, me habéis mandado videos del futuro y ahora tengo a un doble llorando debajo del somier! —señalé con el dedo al Director—. ¡Exijo una explicación racional o llamo a la policía!
—¿A la policía? —el Director soltó una carcajada seca—. ¿Qué les vas a decir? “Hola, agente, que tengo a tres versiones de mí mismo en el cuarto y una de ellas me está grabando en 4K”. Te meten en el psiquiátrico antes de que termines la frase.
Tenía razón. En España, las emergencias paranormales no están cubiertas por la Seguridad Social.
De repente, el móvil que tenía en la mano volvió a vibrar. Me daba miedo mirar, pero era como un accidente de tráfico: no quieres verlo, pero no puedes apartar la vista. Desbloqueé la pantalla.
**”Nuevo video disponible: 03:20 AM”**.
Miré el reloj: **03:16 AM**.
—Esto es un cachondeo —mascullé.
Abrí el video. Esta vez el escenario no era mi habitación. Era el salón. Se veía el sofá lleno de migas de patatas fritas y la televisión apagada. En el video, los tres Javis (el Director, el Aterrado y yo) estábamos sentados en el sofá, compartiendo una pizza familiar y riéndonos. Parecía una escena de una serie de televisión de los noventa, de esas de amigos que viven en pisos que no podrían permitirse con sus sueldos.
Pero la cámara del video empezó a girar. Hizo un barrido de 360 grados por el salón. Y allí, en el rincón de la estantería de los cómics, estaba la figura de la gabardina. Estaba quieta, observándonos. En el video, nosotros no la veíamos. Estábamos demasiado ocupados peleándonos por el último trozo de pizza.
—Oye… —dije, enseñándole el móvil al Javi Director—. ¿Por qué en este video salimos cenando pizza con el bicho de la gabardina vigilando?
El Director miró la pantalla y su cara cambió. Perdió toda su seguridad profesional. Se puso pálido, del mismo color que la pared de mi pasillo.
—Eso… eso no estaba en el guion —susurró—. Yo no he grabado eso.
—¡Pues quién lo ha grabado! —grité yo.
—¡Os lo dije! —chilló el Javi de debajo de la cama, asomando la cabeza—. ¡Hay un cuarto Javi! ¡El Javi Productor! ¡Y ese es un psicópata que no respeta los descansos para comer!
En ese momento, el timbre de mi casa sonó. Un sonido estridente que atravesó el silencio de la noche como un rayo.
*Ding-dong.*
Nos quedamos los tres paralizados. El Original (yo), el Director y el Aterrado. Nos miramos los unos a los otros con una expresión de “esto no puede estar pasando”.
—No abráis —dijo el Javi Director, guardando su cámara en el bolso—. Si abrimos, el bucle se cierra y solo quedará uno de nosotros. Y me huelo que no seré yo.
—¿Y por qué tengo que ser yo el que se sacrifique? —pregunté indignado—. ¡Es mi piso! ¡Yo pago el IBI!
*Ding-dong.*
El timbre volvió a sonar, más largo esta vez. Seguido de unos golpes secos en la puerta. Golpes de alguien que tiene prisa. Golpes de alguien que sabe perfectamente quién está dentro.
—¡Javi! ¡Abre, coño! —gritó una voz desde el rellano—. ¡Que traigo la pizza familiar y se está quedando fría!
Era mi voz. Otra vez. Pero esta vez sonaba alegre, hambrienta y peligrosamente normal.
—Es el Javi del video de las 03:20 —susurró el Javi Director, retrocediendo hacia la ventana—. El que trae la pizza. El que inicia el final.
Me acerqué a la puerta del dormitorio y miré hacia el pasillo oscuro que llevaba a la entrada. No quería abrir. De verdad que no quería. Pero el olor a pizza de pepperoni empezó a filtrarse por debajo de la puerta principal. Un olor real, delicioso, que me hizo darme cuenta de que, en mitad de este apocalipsis temporal, lo único que de verdad importaba era si la pizza traía bordes rellenos de queso.
—Javi, no lo hagas —suplicó el de debajo de la cama.
Pero yo ya estaba caminando hacia el pasillo. Con el móvil en una mano y un abridor de botellas en la otra. Si iba a morir a manos de una versión de mí mismo que trae comida a domicilio, al menos quería morir con el estómago lleno.
Llegué a la puerta. Puse la mano en el pomo. El metal estaba frío, pero el aire que venía de fuera era cálido y olía a masa recién horneada.
—¿Quién es? —pregunté, por puro protocolo.
—Soy yo, chaval. Tu versión con éxito. ¡Abre ya, que el de la gabardina tiene hambre y como no le demos de comer se pone de un humor de perros!
Abrí la puerta.

—
## Parte 4: La cena de los dobles y la crítica cinematográfica
Abrir la puerta de tu casa a las tres y media de la mañana y encontrarte a ti mismo con una gorra de repartidor de pizza y dos cajas de cartón bajo el brazo es una experiencia que te cambia la perspectiva de la vida. O al menos te hace replantearte si deberías haber estudiado algo con menos estrés, como desactivador de explosivos o cuidador de tiburones.
El Javi Repartidor entró como si fuera el dueño del lugar (que técnicamente lo era, o algo así). Me pasó por el lado, me guiñó un ojo y se fue directo al salón.
—¡Venga, chavales! ¡A la mesa! —gritó el Repartidor—. ¡Que el pepperoni no se va a comer solo!
Detrás de él, flotando como una mancha de tinta en un vaso de agua, entró el tipo de la gabardina. Pero ya no daba miedo. Llevaba unos platos de plástico y un pack de cervezas de marca blanca. Se sentó en el sofá con una parsimonia envidiable, dejando la gabardina a un lado. Debajo llevaba una camiseta que ponía: “Yo sobreviví a la actualización de Windows 10”.
Me quedé en la entrada, con el abridor de botellas todavía en alto, sintiéndome como el tonto del pueblo en una convención de genios. El Javi Director y el Javi Aterrado salieron de la habitación con paso vacilante, atraídos por el aroma del queso fundido.
—¿Esto es real? —pregunté, acercándome al salón—. ¿Estamos cenando pizza con un ente transdimensional y tres versiones de nosotros mismos?
—No le des vueltas, Original —dijo el Javi Repartidor mientras abría las cajas—. En Madrid, si no te pasan tres cosas imposibles antes de desayunar, es que no estás viviendo la experiencia completa. Toma, una de barbacoa. Te la has ganado por no llamar a la policía.
Nos sentamos todos. Fue la cena más bizarra de la historia de la humanidad. El Javi Director no paraba de quejarse de la iluminación del salón, diciendo que las sombras eran demasiado duras para un video de “found footage”. El Javi Aterrado comía como si no hubiera un mañana, limpiándose las lágrimas con una servilleta de papel. El Repartidor nos contaba anécdotas de otras líneas temporales donde yo era millonario pero no tenía pelo.
Y el de la gabardina… bueno, el de la gabardina simplemente masticaba en silencio. Al parecer, no tener rostro no le impedía disfrutar de una buena pizza.
—Bueno —dije yo, dándole un trago a la cerveza—. Todo esto está muy bien. La pizza es de diez, la compañía es… conocida. Pero, ¿qué pasa ahora? ¿Cuándo se acaba esto? ¿Cuándo volvemos a ser uno solo?
Se hizo un silencio sepulcral en el salón. El Javi Director dejó su cámara sobre la mesa. El Repartidor dejó de bromear. El de la gabardina me miró (o eso sentí).
—Ese es el problema, Original —dijo el Javi Director con un tono de voz que me heló la sangre—. El bucle no se acaba cuando salimos de casa. Se acaba cuando se llena la galería del móvil.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Mira tu móvil —dijo el Repartidor.
Agarré el teléfono. No había notificaciones de nuevos videos. Pero la barra de almacenamiento estaba al 99%. Quedaban apenas unos pocos megabytes libres.
—Hemos estado grabando todas las versiones posibles de esta noche —explicó el Director—. Cada vez que el video se guarda, se crea una nueva realidad. Pero tu móvil no tiene capacidad infinita. En cuanto se llene la memoria… el sistema hará una limpieza de disco.
—¿Una limpieza de disco? —el Javi Aterrado empezó a sollozar de nuevo—. ¡Va a borrar los archivos temporales! ¡Nos va a borrar a nosotros!
—¡Pero yo no soy un archivo temporal! —grité yo, golpeando la mesa—. ¡Soy el Original! ¡El que paga el alquiler! ¡El que tiene el contrato de permanencia con Movistar!
—Para el servidor de la realidad, eres solo la primera versión de un archivo que ha sido sobrescrito demasiadas veces —dijo el de la gabardina. Su voz ya no venía de las paredes, sino de su propio pecho gris—. Eres el `borrador_final_v1_ESTE_SI_QUE_ES_EL_BUENO.doc`. Un desastre administrativo.
En ese momento, el móvil vibró con una intensidad violenta. La pantalla se puso en blanco y apareció un mensaje del sistema, escrito con una tipografía gótica y amenazadora:
**”Espacio insuficiente. Iniciando purga automática para optimizar el rendimiento del Universo.”**
Un contador empezó a descontar segundos en la pantalla.
**10… 09… 08…**
—¡Rápido! —gritó el Javi Director—. ¡Borra algo! ¡Borra el video de las 03:12! ¡Es el que pesa más!
—¡No puedo! —exclamé, dándole a la pantalla de forma frenética—. ¡Está bloqueado por el sistema! ¡Dice que es un archivo esencial para el arranque!
**05… 04… 03…**
El salón empezó a pixelarse. Vi cómo el brazo del Javi Repartidor se convertía en una nube de cuadrados de colores. El Javi Aterrado desapareció de golpe, dejando solo una rodaja de pepperoni flotando en el aire. El Director se estaba desvaneciendo como un holograma con mala señal.
—¡Javi! —me gritó el Director antes de desaparecer por completo—. ¡Busca el video que aún no has grabado! ¡Es el único que puede salvarte!
**01…**
Todo se volvió negro.
No era una oscuridad de habitación sin luz. Era una nada absoluta. No sentía mi cuerpo, no sentía el suelo, no sentía ni siquiera el sabor de la pizza de barbacoa. Estaba flotando en un vacío digital, rodeado de líneas de código verde que pasaban a toda velocidad.
De repente, una luz brilló en la distancia. Era la pantalla de un móvil gigante. Me acerqué flotando y vi que el contador se había detenido. En la pantalla del “Gran Móvil Universal” solo quedaba un icono.
**”Cámara: Grabación pendiente”**.
Entendí lo que tenía que hacer. No sé cómo, pero lo entendí. Era mi última oportunidad de ser el guionista de mi propia existencia.
Agarré la cámara invisible que flotaba frente a mí. Apunté hacia el vacío y dije la única frase que podía arreglar este desaguisado.
—Corten. Vamos a repetir la toma, pero esta vez sin dobles y con más presupuesto para el autónomo.

—
## Parte 5: El reinicio de fábrica y el ticket de la compra
Sentí un tirón violento, como si alguien me hubiera enganchado de la pechera del pijama y me estuviera arrastrando a través de un túnel de fibra óptica. El aire volvió a mis pulmones con la fuerza de un vendaval, y el suelo de madera recuperó su solidez bajo mis pies con un crujido reconfortante.
*¡PUM!*
Me caí de culo en mitad de mi salón. La luz de la mañana entraba por la ventana con una intensidad que me hizo daño en los ojos. Madrid estaba despertando: se oía el camión de la basura (por fin terminando su turno), los gritos de un vecino peleándose con la persiana y el aroma a café recién hecho que subía desde el bar de la esquina.
Me quedé allí sentado un rato, tocándome los brazos, las piernas y la cara, asegurándome de que solo había un Javi en la habitación. No había rastro del Director, ni del Repartidor, ni del pobre Aterrado. Tampoco estaba el de la gabardina. En la mesa de centro no había cajas de pizza, ni platos de plástico, ni cervezas de marca blanca. Solo estaba mi portátil, mi agenda de autónomo llena de tachones y una mota de polvo bailando en un rayo de sol.
—¿Ha sido un sueño? —murmuré, con la voz todavía quebrada—. Joder, qué pedazo de sueño. Eso me pasa por cenar comida china precocinada y ver documentales sobre física cuántica en YouTube.
Me levanté con dificultad —las agujetas de mi caída interdimensional eran reales— y fui a la cocina. Necesitaba cafeína para resetear el cerebro. Puse la cafetera italiana en el fuego y, mientras esperaba el “chup-chup”, busqué el móvil. Lo encontré en el suelo del pasillo, justo donde lo habría dejado si hubiera salido corriendo como un loco.
Con los dedos temblorosos, desbloqueé la pantalla. Me daba pánico abrir la galería. Pero tenía que hacerlo.
Entré en la carpeta de videos. Estaba vacía. Bueno, no vacía del todo: estaban los videos de mi gato, los del concierto ruidoso y las capturas de pantalla de siempre. Pero ni rastro del video de las 03:12, ni del audio de las 03:14, ni del live de las 03:15.
—Ves, Javi. Estás como una regadera —me reí de mí mismo, sintiendo un alivio que casi me hace llorar—. Solo ha sido el estrés. El “burnout” del diseñador gráfico. Mañana pido cita con el médico de cabecera.
La cafetera terminó de subir. Me serví una taza grande, le puse una gota de leche y me senté a desayunar en el sofá. La normalidad me envolvía como una manta caliente. Miré hacia la puerta de mi habitación. Estaba cerrada. Todo estaba en orden.
Pero entonces, algo me llamó la atención. En el suelo, justo debajo de la estantería de los cómics, vi un papelito blanco. Me agaché a recogerlo pensando que sería un tique antiguo o una factura que se me había caído.
Era un tique de una pizzería. Una pizzería de mi barrio. La fecha: **Hoy, 03:32 AM**. El pedido: **Una pizza familiar de barbacoa, una de pepperoni y un pack de cervezas**. Y en la parte de abajo, escrito a mano con una caligrafía que reconocí al instante —era mi propia letra—, ponía una nota:
*”Original, la próxima vez invita tú, que nosotros nos hemos quedado sin gigas. Por cierto, el de la gabardina dice que te falta pimentón en la despensa. Disfruta de la realidad, mientras dure el almacenamiento.”*
Se me cayó la taza de café de las manos. El líquido oscuro empezó a extenderse por la alfombra, creando una mancha que nunca iba a salir ni con amoníaco ni con rezos.
Miré el móvil. Una notificación nueva acababa de aparecer en la pantalla. No era de la galería. Era de la aplicación de “Configuración”.
**”Aviso de seguridad: Su cuenta ha sido sincronizada con éxito en 4 dispositivos nuevos. ¿Desea cerrar las sesiones activas?”**
En ese momento, desde el interior de mi habitación, la que yo juraría que estaba vacía, escuché un ruido. No fue un chirrido de puerta, ni una risa, ni un susurro. Fue el sonido inconfundible de una cámara profesional haciendo zoom.
Y luego, mi propia voz —la del Javi Director— hablando desde el otro lado de la madera:
—¡Perfecto, Javi! Esa cara de pánico al ver el tique ha quedado de cine. No te muevas, que ahora viene el Javi Productor con los contratos para la segunda temporada.
Me quedé mirando la mancha de café en el suelo y entendí que mi vida ya no era un proyecto de diseño. Era una producción multiplataforma.
Suspiré, agarré un trozo de papel de cocina y me puse a limpiar el desastre. Si iba a ser el protagonista de un thriller paranormal en Chamberí, al menos quería que el escenario estuviera presentable para la siguiente toma.
—Bueno —dije al aire, sabiendo que el Director me estaba grabando—. Espero que por lo menos la segunda temporada tenga mejores desayunos. Y que el de la gabardina aprenda a fregar los platos.
Desde el techo del salón, una risa múltiple me devolvió el eco.
—No te preocupes, Original. Tenemos presupuesto para tres entregas más. Pero vigila el iCloud, que estamos a punto de quedarnos sin espacio otra vez.
Sonreí a la cámara invisible de la lámpara de IKEA, le di un sorbo a lo que quedaba de mi café y me puse a trabajar. Al fin y al cabo, ser autónomo ya era una película de terror mucho antes de que aparecieran mis otros “yo”. Esto, al menos, tenía mejores críticas.