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Un Veterinario Rural Curó al Perro de El Mencho Sin Saberlo, Lo Que Pasó Años Después…

 

Son las 11:20 de la noche del 14 de marzo de 2011. Clínica veterinaria San Isidro Apatzingán, Michoacán. Una construcción de blog sin pintar con letrero de madera hecho a mano, un foco amarillo colgando sobre la puerta de metal y adentro olor permanente a desinfectante. Pelo mojado y medicina que nunca termina de irse aunque uno trapee dos veces al día. Rodrigo Becerra tiene 34 años.

Lleva seis ejerciendo en este pueblo que no lo vio nacer, pero que lo adoptó con la indiferencia silenciosa con que los pueblos adoptan a quienes se quedan sin hacer ruido. Nació en Uruapan. Estudió en la Universidad Michoacana con beca. llegó a Patzingán porque aquí había plaza, porque aquí nadie más quería quedarse y porque Rodrigo Becerra era el tipo de hombre que confunde la ausencia de opciones con vocación y con el tiempo aprende que la diferencia no importa tanto como creía.

 Esta noche tiene encima 12 horas de trabajo. Atendió siete consultas, una cirugía de esterilización, dos vacunaciones a domicilio en ranchos del lado de la ruana y una vaca con mastitis que le exigió arrodillarse en lodo durante 40 minutos mientras el dueño lo miraba con los brazos cruzados como si el tiempo no le costara nada a nadie.

 Está cerrando cuando escucha el golpe en la puerta. No toca de esa manera alguien que viene a preguntar precios ni alguien que trae animal enfermo desde ayer y decidió que podía esperar a mañana. Esa es la forma en que toca a alguien cuyo tiempo se está terminando y lo sabe. Abre. Hay dos hombres afuera bajo la llovisna.

 No son del tipo que Rodrigo no ha visto antes en Apatzingán. Ropa oscura, botas con nodo reciente, expresiones que no piden, sino que informan. Uno de ellos carga algo envuelto en cobija de lana gris. El bulto se mueve apenas. Hace un sonido que Rodrigo reconoce antes de ver qué es. Quejido animal bajo, continuo, [música] el sonido de algo que todavía no se rinde, pero ya está considerando la posibilidad.

Necesita atención. Ahora no dijeron por favor. En Apatzingán en 2011 hay cierto tipo de hombres que hace tiempo dejaron de usar esa palabra porque nadie se los pidió de vuelta. Rodrigo se hizo a un lado. El hombre entró y depositó el bulto sobre la mesa de exploración con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás en él. La cobija se abrió.

 Era un pastor belgamalinois, macho. Tal vez 4 años. Pelaje café oscuro con máscara negra, cuerpo atlético que ahora estaba completamente flácido. Respiración superficial y rápida. enas pálidas tirando a blanco, herida en el costado derecho, profunda, con bordes irregulares, probablemente de alambre de púas o metal roto.

 Llevaba hora sangrando, no las suficientes para matarlo todavía. Si la suficiente para que el margen fuera estrecho y real. Rodrigo no preguntó cómo pasó. En 6 años en Apatzingán había aprendido que hay preguntas que no sirven para curar a nadie. ¿Cuánto tiempo lleva así? Como 5 horas. dijo el que cargaba al perro.

Rodrigo ya estaba lavándose las manos. ¿Tiene nombre? Los dos hombres se miraron un segundo. Uno de ellos respondió, “Centella.” Rodrigo asintió sin levantar la vista. Se puso guantes, encendió la lámpara de exploración. El perro lo miró con ojos que todavía tenían algo adentro, algo que no había decidido apagarse.

 Y Rodrigo Becerra, que llevaba 6 años haciendo esto en un pueblo donde nadie quería quedarse, sintió lo que siempre sentía frente a un animal en ese punto exacto entre quedarse y irse, que no había otra cosa en el mundo que valiera más que los siguientes minutos. Voy a necesitar que se queden afuera. Los dos hombres salieron sin discutir.

 Eso también era señal. La gente que discute las instrucciones del veterinario generalmente tiene el animal menos grave o tiene más tiempo para perder. Estos no discutieron porque sabían exactamente en qué punto estaba Centella y porque alguien les había dicho que hicieran lo que el veterinario dijera. Rodrigo trabajó solo.

 Primero evaluó la herida con dedos enguantados, separando el pelaje con cuidado milimétrico. Era la ceración de 12 cm aproximadamente vertical desde la última costilla hasta el borde del abdomen. Profunda, pero no perforante. No había penetrado cavidad abdominal, lo que significaba que los órganos internos probablemente estaban intactos.

Probablemente en medicina veterinaria de emergencia rural, probablemente era la palabra con la que uno aprendía a vivir o aprendía a cambiar de profesión. Preparó solución Salina y rigó la herida con paciencia que sus maestros de la universidad llamaban técnica y él llamaba respeto. Centella se quejó una vez, grave, [música] largo, y luego se quedó quieto con la clase de quietud que tienen los animales cuando deciden confiar en algo más grande que su propio miedo.

 Rodrigo le habló mientras trabajaba. Siempre les hablaba, no porque creyera que entendían cada palabra, sino porque el tono importaba. La frecuencia de la voz humana calmada tenía efecto fisiológico medible en animales bajo estrés. Lo había leído en tres estudios distintos durante la carrera y lo había comprobado mil veces después encima de mesas como esta.

 Ya casi [música] centella, ya mero suturó en dos capas. Tejido subcutáneo primero con hilo absorbible, piel, después con nylon 30. 22 puntos en total. Administró antibiótico de amplio espectro analgésico, solución de lactato por vía intravenosa para compensar la pérdida de líquidos. Tomó constantes cada 10 minutos.

 Pulso, temperatura, tiempo de llenado capilar. A la 1:15 de la madrugada, Centella respiraba con ritmo que ya no era emergencia. Seguía siendo vigilancia, pero ya no era emergencia. Rodrigo salió a la puerta. Los dos hombres estaban bajo el alero, fumando en silencio con la paciencia de quienes están acostumbrados a esperar sin que eso los ponga nerviosos.

Va a vivir. Necesita quedarse en observación esta noche. Mañana pueden pasar por él, pero no antes del mediodía. El más alto de los dos hombres exhaló el humo despacio. No podemos dejarlo aquí solo. Rodrigo lo miró. Uno de nosotros se queda adentro con él. No entra nadie armado a mi clínica. Silencio.

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