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Un vendedor de flores pobre le regaló un ramo a la madre de “El Mencho” sin saberlo, lo que pasó…

 

Son las 6:47 de la mañana del 3 de noviembre de 2018. Aurelio Ramos empuja su carrito de flores por la avenida Alcalde en el corazón de Guadalajara. Las llantas del carrito chirrían con cada grieta del pavimento. Lleva años prometiéndose que va a engrasar los ejes, pero siempre hay algo más urgente en que gastar los 20 pesos que costaría arreglarlo.

 El carrito carga rosas rojas, claveles blancos, girasoles marchitos que no vendió ayer y que hoy venderá con descuento o no venderá. También lleva Glaviolas Moradas, flores de temporada que compró a crédito en el mercado de abastos antes del amanecer. debe 180 pesos que tiene que pagar antes del mediodía o don Cutberto le cierra el crédito.

 Don Cutberto siempre cumple sus amenazas. Aurelio tiene 24 años. Es delgado hasta el punto en que la ropa parece prestada. Manos largas con tierra permanente debajo de las uñas que ya no sale con agua fría. Ojos oscuros, inquietos, de alguien que calcula constantemente cuánto le falta y cuánto le sobra, que casi siempre es nada.

 Lleva una chamarra de mezclilla desgastada con un parche cocido por su abuela en el codo derecho. El parche está descoscido por una esquina. Hace tres [música] semanas que piensa en coserlo. Vive en la colonia Oblatos con su abuela, Consuelo, 71 años, artritis en ambas manos, presión alta que se dispara cuando se preocupa demasiado, que es siempre.

Su madre los dejó cuando Aurelio tenía 7 años. Su padre nunca existió más allá de un nombre que su abuela pronuncia con el mismo tono que usaría para hablar del clima, sin emoción como un dato irrelevante. Crecieron solos los dos. Ella lo crió vendiendo tamales en la puerta de la casa. Él aprendió a vender flores a los 14 años porque era lo único que podía hacer sin papeles, sin experiencia, sin nadie que respondiera por él. La mañana está fría.Trùm ma túy lớn nhất Mexico bị hạ: CIA và đặc nhiệm Mỹ tham gia? | Báo Pháp  Luật TP. Hồ Chí Minh

Noviembre en Guadalajara tiene esa frialdad traicionera que no se siente en la piel sin adentro, en los huesos, en el estómago vacío. Aurelio no desayunó. Calculó que si vende las primeras 15 rosas antes de las 9, podrá comprarse una tole y un pan de dulce en el puesto de Doña Esperanza. Si no las vende, aguanta hasta el mediodía con agua de la llave. Lleva 4 años en esta rutina.

4 años empujando el mismo carrito por las mismas calles, saludando a los mismos rostros, vendiendo flores a gente que celebra cosas que él no puede permitirse celebrar. Bodas, 15 años, aniversarios, funerales. La gente compra flores para los momentos más intensos de su vida y Aurelio está presente en todos ellos, invisible como el mobiliario de la ciudad.

A las 7:15 minutos llega a su esquina habitual frente a la catedral. Es buen punto. Los turistas pasan, los novios pasan, los que van a misa pasan. No es su esquina oficialmente. Ninguna esquina le pertenece a nadie oficialmente, pero los otros vendedores saben que es de Aurelio por respeto, no escrito, por costumbre, por el simple hecho de que lleva más tiempo ahí que cualquiera de ellos.

Acomoda sus flores con cuidado. Pone las rosas al frente porque son las que primero detienen la mirada. Esconde los girasoles marchitos hasta atrás. Coloca una gladiola morada en el centro como punto de color. Sabe de presentación, aunque nunca tomó ningún curso. Lo aprendió mirando como aprende todo.

 El primer cliente llega a las 7:40. Una señora con bolsas del mercado que compra tres claveles blancos para llevarle a la Virgen. Le paga con monedas exactas. Aurelio las cuenta dos veces y las guarda en el bolsillo del pantalón donde ya tintinean otras monedas de la semana. Así empieza cada día. Así ha empezado cada día durante 4 años. Aurelio no sabe que hoy será diferente.

No sabe que a las 10:20 minutos una anciana se va a detener frente a su carrito y que ese momento va a partir su vida en dos mitades que nunca volverán a unirse. A las 10:17 minutos, Aurelio ha vendido 11 rosas, dos gladiolas y los tres claveles de la señora del mercado. Lleva 240 pesos en el bolsillo. Le faltan 60 para pagar a don Cutberto y todavía tiene margen de tiempo.

 El sol empieza a calentar el centro de Guadalajara con esa tibieza engañosa de noviembre que te hace creer que el frío terminó y luego regresa más fuerte en cuanto te descuidas. Está acomodando un ramo de rosas que alguien manoseo sin comprar cuando escucha el sonido. No es un sonido dramático ni extraordinario. Es simplemente el sonido de unos pasos lentos, muy lentos, con un ritmo irregular que delata dolor en cada zancada.

Aurelio no levanta la vista de inmediato. Aprende a distinguir por el sonido de los pasos y alguien va a comprar o solo va a mirar. Estos pasos se detienen. Levanta la vista. Es una anciana de unos 75 años, tal vez más. La edad avanzada tiene esa cualidad de volverse difícil de calcular, como si después de cierto punto los años dejaran de contarse en el rostro y empezaran a contarse en otra parte, en la forma de moverse, en el peso de la mirada.

 Esta mujer tiene ese peso. Cabello blanco recogido en un chombo apretado. Ropa sencilla pero limpia. Blusa de flores, falda oscura, zapatos de tacón bajo que alguna vez fueron elegantes. Carga una bolsa de tela bordada con hilo azul. Lo que llama la atención de Aurelio no es su ropa ni su edad, es su expresión. Mira las flores con una tristeza tan específica, tan personal, que parece que no está mirando rosas y gladiolas, sino algo que perdió hace mucho tiempo y que las flores apenas le recuerdan.

 Buenas, señora. ¿Le puedo ofrecer algo? La anciana no responde de inmediato, sigue mirando las flores. Sus manos, pequeñas y llenas de manchas de la edad, se mueven ligeramente hacia un ramo de rosas amarillas que Aurelio preparó esa mañana casi por instinto, sin pedido especial, sin ninguna razón particular.

 “Las amarillas”, dice finalmente con voz suave. Siempre me gustaron las amarillas. Aurelio toma el ramo. Son 12 rosas bien abiertas con las hojas todavía firmes. Las envuelve en papel celofan con un movimiento rápido y experto. Son 80 pesos, señora. La anciana abre su bolsa de tela bordada. Busca adentro con esa parsimonia que tienen las personas mayores para todo, [música] como si el tiempo hubiera dejado de ser un recurso limitado y se hubiera convertido en algo que simplemente fluye sin urgencia.

Busca durante varios segundos. Luego deja de buscar. Levanta la vista hacia Aurelio. Sus ojos son oscuros, todavía vivos, a pesar del cansancio que lo rodea. Creo que olvidé mi monedero en casa, hijo. Lo siento mucho. Hace un gesto para devolver el ramo. Y aquí es donde sucede algo que Aurelio no puede explicar después, ni esa noche ni en los años que siguen.

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