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Los 5 Hijos Que el Che Guevara ABANDONÓ — Lo Que Les Pasó DESPUÉS Te DESTROZA

 

En ese momento nadie sabía que los cinco hijos de Cheegevara habían crecido sin conocer realmente a su padre. Lo que ellos finalmente revelarían cambiaría para siempre la forma en que el mundo entiende el precio invisible de la revolución. Porque detrás de cada héroe hay rostros que la historia nunca fotografió. La pantalla está en negro.

Una voz de niña, pequeña, frágil. Mami, cuando va a volver papá. La voz de una mujer cálida, pero cansada. Pronto, mi amor, pronto. Silencio. Luego la misma voz, pero ahora envejecida, quebrada por 64 años de espera. Pero papá nunca volvió. Tengo 64 años y todavía estoy esperando.

 En la pantalla aparecen cinco fotografías en blanco y negro, cinco rostros infantiles uno tras otro. Hildita, un bebé de mejillas redondas. Aleida, una niña de 3 años con ojos enormes. Camilo, apenas un bulto en brazos de su madre. Celia con el puño cerrado junto a su boca. Ernesto, el más pequeño, con la mirada perdida. Debajo de cada foto, una frase corta.

 Hildita nunca lo vio. Aleida lo perdió a los 7 años. Camilo lo perdió a los cinco. Celia lo perdió a los cuatro. Ernesto lo perdió a los dos. Mi nombre es Aleida Guevara. Soy la hija mayor de Che Guevara. Él tuvo cinco hijos y ninguno de nosotros, ninguno de nosotros lo conoció realmente. Esta es nuestra historia, la historia que nadie cuenta.

Las imágenes cambian. Archivos antiguos, fotografías borrosas, películas caseras que tiemblan en la pantalla. Un hombre joven con boina negra fumando un cigarro riendo. Ese hombre es Cheegevara, pero en estas imágenes no está solo. Hay una mujer embarazada a su lado, luego un bebé en sus brazos, luego otro y otro más. Lima, Perú.¿Qué Pasó con los Hijos del Che Guevara? La Historia que Pocos Conocen

 Hildita Guevara Gadea nace en una pequeña clínica. Su madre, Hilda Gadea, sostiene a la bebé contra su pecho. Ernesto Guevara está parado junto a la ventana. Mira a su hija, sonríe, pero sus ojos ya están en otra parte. En Cuba, en la revolución, en el futuro que va a cambiar. Un mes después, Ernesto se va.

 Hildita tiene apenas seis semanas. Hilda le escribe cartas. Hildita cuando crece le escribe cartas. Querido papá, te extraño. ¿Cuándo vendrás a visitarme? Pero las respuestas nunca llegan. Las cartas se acumulan en un cajón sin abrir, sin leer. Che montañas de Cuba luchando. Hildita está en Lime creciendo sin él. Hilda Gade escribe en su diario.

 Hildita dibuja retratos de su padre, pero su padre nunca ve esos dibujos, nunca toca esas manos pequeñas, nunca escucha esa voz que pregunta por el Cada noche La Habana Cuba. La revolución triunfa. Chegevara es un héroe nacional. Se casa con Aleida March, una guerrillera joven de ojos oscuros.

 En los próximos 6 años tienen cuatro hijos. Aida nace en 1960, Camilo en 1962, Celia en 1963, Ernesto en 1965. La casa está llena de niños, llena de voces, de risas, de pañales y biberones, pero Che casi nunca está allí. Las imágenes de archivo lo muestran en reuniones del gobierno, en fábricas, en campos de caña de azúcar, en aeropuertos despidiéndose con la mano, siempre en movimiento, siempre en otro lugar.

 Los niños lo ven en fotografías colgadas en las paredes, lo ven en la televisión dando discursos, pero en casa su silla en la mesa está vacía. Aleida, la niña, corre por los pasillos de la casa, busca a su padre en cada habitación. Papá no está en la cocina, papá no está en el jardín, papá está en Argelia, papá está en el Congo, papá está en Bolivia.

Palabras que para una niña de 5 años no significan nada, excepto ausencia. Camilo pregunta cada mañana. Hoy viene papá. A Leida March, la madre sonríe con cansancio. No, mi amor. Papá está trabajando, está haciendo cosas importantes, pero para un niño de 3 años nada es más importante que tener a su padre en casa. Marzo de 1965.

La casa en La Habana está en silencio. Los niños están dormidos. Che entra en la habitación de Aleida. Se sienta al borde de la cama. La niña abre los ojos confundida por la luz del pasillo. Papá está allí. Papá que casi nunca estáche la abraza. Le dice algo al oído. Aleida, tú eres la mayor, tienes que cuidar a tus hermanos.

 La niña no entiende por qué papá dice eso. Le pregunta con voz pequeña, “¿Cuándo vas a volver? Che sonríe pronto, mi amor, pronto. Pero en sus ojos hay algo que la niña no puede nombrar, algo que se parece a una dios. Esa noche, Che escribe una carta, una carta a Fidel Castro, a Cuba, al mundo. Renuncia a todo, a su ciudadanía, a sus cargos, a su vida en La Habana.

 Pero esa carta no se hace pública. Fidel la guarda en un cajón esperando el momento adecuado. Mientras tanto, Che desaparece. Los niños no saben a dónde fue, solo saben que papá ya no está. Durante 2 años los niños esperan. Aleida se sienta junto a la ventana todas las tardes, mira a la calle, espera ver a su padre caminar hacia la casa con su boina negra y su sonrisa, pero la calle está siempre vacía.

 Celia duerme abrazando una fotografía de Che. La besa antes de cerrar los ojos. Buenas noches, papá. Pero papá no puede escucharla. Papá está en la selva del cono, enfermo de discentería, perdiendo una guerra que no es suya, Ernesto. El más pequeño, no recuerda a su padre. Para él, She es solo un rostro en la pared, un hombre en las fotos que mamá guarda en una caja de cartón. Nada más a Leida March.

 La madre no habla de Che, no dice dónde está ni cuándo volverá, solo abraza a sus hijos y les dice que todo estará bien. Pero en las noches, cuando los niños duermen, ella se sienta sola en la cocina y llora en silencio. Los años pasan despacio. Las preguntas de los niños se vuelven menos frecuentes.

 Mami, ¿pá va a volver? Ya no se atreven a preguntar porque la respuesta siempre es la misma. No sé, mi amor. No sed en la escuela los otros niños hablan de sus padres. Mi papá me llevó al parque. Mi papá me enseñó a montar bicicleta. Ali escucha en silencio. Su papá está salvando el mundo. Pero su papá no la llevó al parque.

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