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LA VERDAD SOBRE EL ACCIDENTE DE PEDRO INFANTE: SU NIETO CONFIESA TODO POR PRIMERA VEZ

 Cada una de estas piezas está conectada. Al final comprenderás por qué. Pero primero retrocedamos porque para entender la tragedia necesitas conocer al hombre que la protagonizó. 18 de noviembre de 1917, Mazatlán, Sinaloa. A las 2:30 de la madrugada, en una casa humilde de la calle Constitución número 508, nace José Pedro Infante Cruz.

 Su padre, Delfino Infante García, toca el contrabajo en una banda local. gana poco, apenas lo suficiente para subsistir. Su madre, Refugio Cruzar es costurera, cose ropa ajena para poner alimento en la mesa. Pedro es el tercero de 15 hermanos. Sí, 15. Imagina eso. Una casa pequeña, 15 bocas que alimentar, un padre que gana centavos tocando música, una madre que se destroza los ojos cosiendo hasta la madrugada.

 Solo nueve de esos 15 hermanos sobrevivirán la infancia. Seis murieron.  Enfermedades, desnutrición, pobreza. La muerte era parte cotidiana de la vida en esa casa. Pedro aprendió desde muy pequeño que la vida es frágil, que puede acabar en cualquier momento, que hay que vivirla intensamente porque mañana puede no llegar.

 Y enguarda eso en tu mente porque explica cómo vivió. Y quizás cómo murió. La pobreza era tan extrema que Pedro no pudo terminar ni la escuela primaria. Se fue en cuarto año, tuvo que ponerse a trabajar. A los 10 años era mandadero en una tienda de abarrotes llamada Casa Melchor. Llevaba paquetes, hacía entregas, corría por las calles de Huamuchil cargando bolsas más grandes que él y lo hacía con una sonrisa.

Siempre con una sonrisa. Los clientes lo adoraban, los dueños lo notaban, lo ascendían rápido, lo nombraron jefe de mandaderos. Tenía 10 años y ya era jefe de algo. A los 10 años ya dirigía a otros niños. A los 10 años ya tenía carisma de líder. Eso no se aprende, eso se nace.

 Guarda esto en tu mente porque explica mucho de lo que viene. La familia se trasladó a Guamuchil, Sinaloa. Men fue ahí donde Pedro descubrió dos cosas que definirían su existencia. La primera fue la música. Su padre le enseñó a tocar guitarra. Pedro aprendió rápido, demasiado rápido. A los 16 años formó su propia orquesta. La llamó La rabia.

 Tocaban en palenques por todo Sinaloa. La gente comenzó a reconocerlo. Tenía algo especial, un magnetismo natural, una voz que hacía que las mujeres suspiraran y los hombres quisieran ser sus amigos. La segunda cosa que descubrió fue la carpintería. Trabajó en el taller de Jerónimo Bustillos. Aprendió a tallar madera. Le gustó tanto que fabricó su propia guitarra.

 Años después, cuando ya fuera famoso, interpretaría a Pepe el Toro, un carpintero de barrio. No sería actuación, sería su propia vida. 1936, Pedro tiene 19 años. Conoce a una mujer llamada María Luisa León Rosas. Ella es mayor que él, 10 años mayor. E proviene de una familia con dinero. Lo escucha cantar en una estación de radio en Culiacán. y queda fascinada.

 Averigua dónde se presentará, lo busca, lo halla en el casino atlético Umaya. Conversan y algo ocurre entre ellos. María Luisa ve en Pedro lo que nadie más percibe todavía. Ve al ídolo que será. Ve al hombre más famoso de México. Ve su propio futuro. Ella se convierte en todo para él.

 Manager, asistente, confidente, estilista. lo peina antes de cada presentación, le elige la ropa, le arregla el cabello, lo impulsa a abandonar Sinaloa y mudarse a la Ciudad de México. El 19 de junio de 1939 se casan. Pedro tiene 21 años, ella tiene 31. La boda es sencilla. Pedro estrena un traje que ganó en un certamen de aficionados. No tienen dinero, no tienen nada.

 Solo tienen fe en que algo grande está por venir y tienen razón. 1943. Y Pedro graba su primer disco. Se llama Mañana. Es un éxito instantáneo. La canción resuena en todas las radios, en todas las cantinas, en todos los hogares. La gente la tararea en la calle, la silva mientras trabaja, la entona en las fiestas.

 La XW, la emisora de radio más importante de México, lo contrata. Su voz se escucha en todo el país. Desde Tijuana hasta Cancún, desde las mansiones de Polanco hasta los ranchos de Chihuahua. Todos conocen a Pedro Infante, todos quieren escucharlo. Ese mismo año toma parte en la película La feria de las flores.

 No es el protagonista, solo interpreta el tema central. Pero la cámara lo ama y él ama la cámara. Hay algo magnético en su presencia, una mezcla de humildad y carisma que nadie puede explicar, de vulnerabilidad y fortaleza, de melancolía y alegría. Cuando sonríe, el público sonríe. Cuando llora, el público llora.

 Cuando canta, el público enmudece. El director Ismael Rodríguez lo ve y comprende de inmediato que tiene oro en las manos. No plata, no bronce, oro puro. El tipo de talento que surge una sola vez por generación. En 1948 filman juntos nosotros los pobres. Pedro interpreta a Pepe el Toro, un carpintero de barrio humilde, noble, trabajador, que soporta tragedias terribles, pero nunca pierde la fe, que quiere a su madre con devoción, que cuida a su hija adoptiva Chachita, que entona Amorcito Corazón mientras labra madera en su taller. La película rompe

todos los registros de taquilla, las filas rodean la manzana. La gente va a verla dos veces, tres veces, 10 veces. Memorizan los diálogos, cantan las melodías, lloran en los mismos momentos. Pedro Infante se convierte en el actor más famoso de México y también en el más querido, porque a diferencia de otras estrellas, Pedro nunca olvida de dónde viene.

 Sigue siendo el mismo muchacho de Huamuchil, el mismo niño que fue jefe de mandaderos a los 10 años, el mismo pobre que conoció el hambre y la muerte. saluda a todos, al portero, al electricista, al mesero, al que vende periódicos en la esquina. Firma autógrafos hasta que le duele la mano y luego sigue firmando. Regala dinero a quien lo necesita.

 Se detiene en la calle para hablar con sus seguidores. No los ignora, no los desprecia. Les entrega su tiempo, su atención, su corazón. En sus películas encarna al mexicano común, al ranchero que labra la tierra, al albañil que levanta casas, al carpintero que talla madera, al policía de tránsito que ordena el caos, al hombre que ama pero no sabe expresarlo, al padre que falla, pero lo intenta, al hijo que sufre, pero no se lamenta.

 La gente se ve reflejada en él. Ven a sus padres, a sus hermanos, a sus vecinos. a ellos mismos y lo aman por eso lo aman porque es uno de los suyos, porque jamás dejó de serlo. Pero hay un problema. Pedro Infante tiene una debilidad. Las mujeres. Está casado con María Luisa León, pero no puede serle fiel.

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