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La Enfermera Que VIO al Che LLORAR — 64 Años Después REVELA Su SECRETO

 

En ese momento nadie sabía que la enfermera María Santos, escondida detrás de la puerta del hospital en Santa Clara, había presenciado algo que destruiría para siempre, la imagen del guerrillero más duro de la revolución, lo que vio esa noche de marzo de 1959, la perseguiría durante 64 años. El cheguevara llorando como un niño, susurrando un nombre que nunca debió pronunciar. Marzo de 2023, La Habana.

Cuba. María Santos Rodríguez, de 89 años, se sienta frente a la cámara por primera vez en su vida. Sus manos arrugadas tiemblan mientras sostiene un viejo cuaderno de enfermería con páginas amarillentas. “He esperado 64 años para contar esto”, dice con voz quebrada. “Esperé a que murieran todos los que podrían ser lastimados por la verdad.

Fidel murió en 2016. El Che en 1967. Aleida March, su viuda, murió hace dos años. Ya no queda nadie a quien pueda dañar. Pero yo estuve allí. Yo vi lo que nadie más vio. Y antes de irme de este mundo, necesito que sepan quién era realmente Ernesto Guevara. María abre el cuaderno con cuidado.

 Las páginas crujen bajo sus dedos. Dentro hay notas médicas escritas a mano, fechas, horas, descripciones de síntomas. Pero hay algo más, observaciones personales que nunca debieron ser escritas. Era joven, tenía apenas 24 años cuando conocí al Che, recuerda María. Acababa de terminar mi formación como enfermera en el Hospital Militar de Santa Clara.

 Era enero de 1959 y la revolución acababa de triunfar. Los guerrilleros heridos llegaban todos los días, pero ninguno era como él. Lo más impactante era que María no solo fue testigo de los momentos más vulnerables del Che, sino que él le confió secretos que nunca compartió con nadie más, ni siquiera con Fidel Castro.

 Y esos secretos revelarían una faceta del revolucionario que destruiría el mito del hombre de hierro que todos conocían. Para entender lo que María vio esa noche de marzo, primero necesita saber cómo comenzó todo y por qué El Che confiaba en ella más que en cualquier otro médico o enfermera de Cuba. María Santos conoció a Ernesto Guevara el 4 de enero de 1959, tr días después de que los rebeldes entraran triunfantes a la Habana.

 Llegó al hospital caminando con dificultad. Recuerda, tenía uniforme militar sucio, barba larga. y respiraba con un sonido terrible que reconocí inmediatamente. Asma severa. El Che había sufrido de asma desde niño. Era su secreto más guardado durante la guerra. En la Sierra Maestra había ocultado sus crisis a los otros guerrilleros, porque mostrar debilidad podía costarle el respeto de sus hombres.Tập tin:Che Guevara.jpg – Wikipedia tiếng Việt

 Me asignaron para atenderlo porque era el único caso que podía manejar ataques asmáticos graves. Explica María. Esa primera noche tuvo una crisis tan fuerte que pensé que moriría. Su cara se puso azul, sus labios perdieron color, luchaba por cada respiración. María actuó rápido, le administró adrenalina, lo hizo sentarse erguido, le habló con voz calmada para que no entrara en pánico.

 Después de 20 minutos terribles, el che finalmente pudo respirar. Cuando pasó la crisis, me miró con ojos llenos de lágrimas y me dijo algo que nunca olvidaré. Gracias, compañera. Acabas de salvar la vida del revolucionario más cobarde de Cuba. Esas palabras sorprendieron a María, el cheegue vara llamándose cobarde, el hombre que había liderado batallas, que había marchado descalzo por montañas, que se había enfrentado a ejércitos enteros.

 Le pregunté por qué decía eso. Cuenta María. Él me miró y respondió, “Porque tengo miedo todo el tiempo, miedo de no poder respirar. Miedo de morir ahogándome como un pez fuera del agua. Miedo de que mis hombres me vean débil. Soy un fraude, compañera.” Durante las siguientes semanas, María se convirtió en la enfermera personal del Che.

 Lo visitaba todas las noches en su habitación del hospital para administrarle sus medicamentos. Nadie más sabía cuán grave era su condición. revela. Fidel visitaba durante el día cuando el che estaba bien, pero por las noches cuando llegaban las crisis solo estaba yo. Y justo en este punto todo cambió, porque durante esas noches privadas el Che comenzó a hablar.

 Al principio eran comentarios simples sobre la guerra, sobre sus compañeros caídos sobre el futuro de Cuba, pero gradualmente, conforme María ganaba su confianza, las conversaciones se volvieron más íntimas. más reveladoras. El guerrillero más duro de la revolución estaba mostrando su lado más humano.

 Una noche de febrero, después de otra crisis terrible, el che me preguntó si podía contarme algo. Recuerda María con voz temblorosa. Me dijo, “María, necesito hablar con alguien que no me juzgue, alguien que vea mis debilidades. ¿Puedo confiar en ti?” Le dije que sí. Y entonces comenzó a hablarme de ella. Ella, María, hace una pausa dramática.

 Sus ojos se llenan de lágrimas, incluso 64 años después. Me habló de una mujer. No era Aleida, su esposa actual. No era Gilda Gadea, su primera esposa, era alguien más, alguien de quien nadie sabía. El Che le contó a María que durante la guerra en la Sierra Maestra había conocido a una joven campesina llamada Rosa.

 Rosa era de un pequeño pueblo cerca de donde estaban escondidos los rebeldes. Explica María. Tenía 19 años. Llevaba comida a los guerrilleros arriesgando su vida y el Che se enamoró de ella. Pero había un problema terrible. Rosa estaba comprometida con otro hombre, un campesino del pueblo. Y más importante aún, el Che ya estaba casado con Hilda Gadea, quien estaba en México esperándolo.

 Ernesto me dijo que lo que sentía por Rosa era diferente a todo lo que había sentido antes. Cuenta María me dijo. Con Rosa sentí lo que significa ser completamente libre, sin ideología, sin revolución, solo dos personas. Todavía no sabes lo que está por venir, porque la historia de Rosa no era solo un romance prohibido, era algo mucho más complicado y doloroso que destruiría al Che desde adentro.

 Durante los meses de guerra en 1958, el Che y Rosa se veían en secreto. “Me contó que escapaban por las noches”, dice María. Se reunían en un claro del bosque, lejos del campamento. Hablaban durante horas. Rosa le contaba sobre su sueño de tener una familia, de vivir en paz, y el Che le hablaba de sus ideales, de cambiar el mundo.

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