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La Enfermera Que ESCRIBIÓ La ÚLTIMA CARTA del Che a Sus Hijos — 57 Años Después REVELA Todo

 

En ese momento nadie sabía que la enfermera Úrsula Martínez había guardado durante 57 años la carta más dolorosa que el Cheeguevara escribió antes de morir, una carta a sus hijos que nunca llegó a su destino. Aquella noche de octubre en la higuera, el Che no pidió clemencia ni perdón, solo pidió papel y lápiz. Escribe esto, por favor.

 Son mis últimas palabras para ellos le dijo. Octubre de 2024, Santa Cruz, Bolivia. Úrsula Martínez, de 79 años, se sienta frente a la cámara por primera vez en casi seis décadas. Sus manos tiemblan mientras sostiene un sobre amarillento que ha permanecido cerrado durante 57 años. Dentro hay tres páginas escritas a mano con letra temblorosa y manchas que parecen lágrimas secas.

 “He esperado toda mi vida para contar esto”, dice con voz quebrada. Esperé a que todos murieran. Fidel murió en 2016. Los militares que me amenazaron están muertos. Ya no tengo miedo. Pero antes de irme, el mundo merece saber qué le dijo realmente el Che a sus hijos esa última noche. Úrsula no era enfermera militar ni revolucionaria, era simplemente una joven de 22 años que trabajaba en el pequeño dispensario médico de la higuera, un pueblo olvidado en las montañas bolivianas.

 Su vida era simple. Atender partos, curar heridas de machete, tratar fiebres infantiles. Nada la había preparado para lo que sucedería el 8 de octubre de 1967. Ese día estaba limpiando el consultorio cuando escuché helicópteros. Recuerda Úrsula, en la higuera nunca había helicópteros. La gente salió corriendo de sus casas asustada.

 Luego llegaron los camiones militares, docenas de soldados con armas y todos hablaban del mismo nombre. Cheegevara. Los militares tomaron el control del pueblo en minutos, cerraron todas las salidas, reunieron a la gente en la plaza, advirtieron que cualquiera que intentara escapar sería fusilado. Úrsula estaba aterrorizada.Crónicas - LA ENFERMERA QUE CURÓ AL CHE EN BOLIVIA --- 56 AÑOS DESPUÉS  REVELA LO QUE ÉL LE DIJO. La noche del 8 de octubre de 1967, una joven  enfermera boliviana

 No entendía qué estaba pasando hasta que un coronel tocó a la puerta de su casa. ¿Usted es la enfermera?, le preguntó con tono amenazante. Úrsula asintió paralizada por el miedo. Venga conmigo. Ahora la llevaron a la pequeña escuela del pueblo, un edificio de adobe con solo dos aulas. Afuera había soldados por todas partes, rifles en mano, radios crepitando con órdenes en código.

 Úrsula sentía que iba a desmayarse. Me empujaron dentro de una de las aulas. Cuenta. Y allí lo vi por primera vez. Estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared. Tenía el uniforme roto, sucio de barro y sangre, su cabello largo y enmarañado, su barba descuidada. Pero fueron sus ojos los que me impactaron.

 No eran los ojos de un hombre derrotado, eran los ojos de alguien que ya había aceptado su muerte. El coronel le dio instrucciones secas. Este hombre está herido. Tiene una bala en la pierna. Usted lo va a atender. Le va a dar agua si la pide. Nada más no habla con él, no escucha lo que diga. ¿Entendido? Úrsula asintió, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el maletín médico que le habían dado.

 El coronel salió y cerró la puerta con llave. El sonido del cerrojo fue como una sentencia. Durante los primeros minutos, Úrsula y el Che permanecieron en silencio. Ella no se atrevía a mirarlo directamente. Él la observaba con curiosidad. como si estuviera estudiándola. “¿Cómo te llamas?”, preguntó el Che finalmente, con voz ronca pero amable. Úrsula se sobresaltó.

El coronel le había prohibido hablar, pero algo en el tono del revolucionario la hizo responder. “Úrsula”, susurró casi sin voz. Úrsula Martínez. El Che sonrió levemente, una sonrisa triste. “Úrsula, lindo nombre. ¿Tienes familia?” Ella asintió. Mis padres. y dos hermanos pequeños.

 El Che cerró los ojos por un momento. Entonces, ¿sabes lo que es amar a alguien más que a tu propia vida? Úrsula no entendía a dónde quería llegar. Se acercó lentamente con gasas y alcohol para limpiar la herida de bala en su pierna. La herida era fea, infectada, pero no mortal. “No te preocupes por eso,”, dijo el Che. “Mañana nada de esto importará.

” Úrsula sintió un escalofrío. Sabía exactamente qué significaba esa frase. Los militares no lo habían capturado para llevarlo a juicio. Las horas pasaron lentamente. Afuera, Úrsula escuchaba las voces de los soldados, el ruido de las radios, los motores de los vehículos. Pero dentro de ese aula había una calma extraña, casi irreal.

 El che le pidió agua varias veces. Úrsula se la daba en silencio. En un momento, él le preguntó si tenía cigarrillos. Ella negó con la cabeza. No fumo. El Che río débilmente. Yo tampoco debería. El asma, ¿sabes? Pero cuando sabes que vas a morir, el asma deja de importar. Úrsula sintió que las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos.

 Este hombre, el revolucionario más buscado del mundo, el guerrillero temido por todos los gobiernos de América Latina, estaba sentado frente a ella como cualquier otro ser humano herido y asustado. ¿Tienes miedo? Se atrevió a preguntar Úrsula. Su voz apenas un susurro. El che la miró directamente a los ojos. De morir. No he estado preparado para morir desde que tenía 20 años.

 Pero sí tengo miedo de algo. Úrsula esperó. Tengo miedo de que mis hijos crezcan pensando que su padre los abandonó, que los dejó por una causa más importante que ellos. En ese momento, algo cambió en la dinámica de esa habitación. Ya no era solo una prisionera y su cautivo. Era una joven escuchando las confesiones de un padre desesperado.

 “Tengo cuatro hijos en Cuba”, continuó el Che y su voz se quebró por primera vez. Gildita tiene 12 años, Aleidita tiene siete, Camilo tiene cinco y Celia solo tiene dos. La pequeña Celia ni siquiera me recordará. Ni siquiera sabrá quién era su padre. Úrsula no sabía qué decir. Nunca había imaginado al Cheegevara como un padre. Solo lo conocía como el revolucionario, el guerrillero, el símbolo de la lucha armada.

 Pero ahora, viéndolo hablar de sus hijos con lágrimas en los ojos, entendió algo fundamental. Antes de ser un revolucionario, era un hombre, un hombre con familia, con hijos que lo amaban y lo extrañaban. ¿Hace cuánto no los ves?, preguntó Úrsula suavemente. El Che pensó por un momento. 2 años y medio. Dejé Cuba en abril de 1965. Fui al Congo primero, luego aquí a Bolivia.

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