Por dentro tomo la pistola calibre las tres dos. Mis manos tiemblan. Un guerrillero se ofrece, comandante, yo puedo hacerlo. No, esta esta es mi decisión, así que debo hacerlo yo. 17 de febrero de 1957. La noche es oscura. Entro en la choa con la pistola en la mano. Outoo está en el suelo. Las manos atadas. Me mira. Yo sostengo la pistola.
Mis dedos están fríos. El metal pesa más de lo que debería. No es el peso del arma, es el peso de lo que estoy a punto de hacer. Salgo de la chosa, no puedo. Todavía no. Camino hacia el bosque. La noche huele a musgo y a tierra húmeda. Me siento contra un árbol. Respiro, mi pecho arde. El asma siempre viene cuando más la temo.
Cierro los ojos, pienso en mi madre en Buenos Aires, en las tardes leyendo poesía, en eruda, en las palabras que me hacían creer que el mundo podía ser mejor. Pienso en el juramento que hice cuando me gradué de médico. Primero, no hacer daño. Primero, salvar, nunca matar. Pero aquí, en esta montaña fría y oscura, ese juramento no significa nada.
Aquí solo importa la revolución. Y la revolución no perdona. Escribo en mi diario, sentado bajo ese árbol mientras la luna ilumina apenas el papel. Esa noche no pude dormir. Cerré los ojos y vi el rostro de Ubio, joven asustado. Vi sus manos atadas. Vi a sus hijos que nunca conoceré. Niños de 3 años, de uno, niños que crecerán sin padre por mi decisión.
Y me pregunté, ¿quién soy yo para decidir quién vive y quién muere? Soy solo un médico, un hombre con asma que vino a esta guerra creyendo que podía cambiar el mundo sin mancharse las manos de sangre. Pero la revolución no funciona así. La revolución exige sangre y ahora me pide la mía porque si mato a Uio, también mataré al hombre que fui.
La tintas se corre un poco en el papel. Tal vez por la humedad, tal vez porque mi mano tiembla tanto que las letras se deforman. Regreso al campamento cuando amanece. Los hombres me miran en silencio. Todos saben lo que debo hacer. Todos esperan. Algunos con curiosidad, otros con lástima. Fidel está sentado cerca del fuego. Fuma, siempre fuma.
Me mira y no dice nada. No necesita decir nada. Sus ojos me dicen todo. Che, ya decidiste? Me siento frente a él. El fuego crepita entre nosotros. Fidel. Yo yo no sé si puedo. Fidel echa humo al aire. habla despacio como siempre que quiere que yo entienda algo importante. Che, tú piensas demasiado.
Eso es lo que te hace diferente. Eso es lo que te hace valioso, pero también es lo que te hace débil. En la revolución no hay tiempo para pensar, hay tiempo para actuar. Tinio traicionó. 10 hombres murieron. Si lo dejamos ir, 10 más morirán. Es simple. Pero Fidel, él solo tuvo miedo. Lo hizo por su familia.
Lo sé, pero eso no cambia nada. El miedo no justifica la traición. La familia no justifica la muerte de otros. Che, escúchame bien. Si perdonas a Ubiio, envías un mensaje. El mensaje es, “La traición no tiene consecuencias.” Y si ese mensaje llega a los demás campesinos, esta revolución termina antes de empezar, me quedo callado. Fidel tiene razón.
Siempre tiene razón, o al menos siempre suena como si la tuviera. La decisión es tuya, che, pero debes decidir. Ahora me levanto. Camino hacia la chosa donde está Eutimbio. Mis pasos son lentos, pesados, como si llevara piedras en los pies. Entro. Utimbio levanta la cabeza. Nos miramos en silencio. Tino, necesito entender por qué lo hiciste.
Realmente fue solo por miedo. Él asiente. Lágrimas corren por su rostro sucio. Comandante, yo yo no quería. Batista me agarró cuando fui al pueblo a buscar medicina para mi hijo. El pequeño estaba enfermo. Me llevaron a una habitación. Me mostraron fotos de mi esposa, de mis hijos, me dijeron sus nombres, María, Juanito, me dijeron dónde viven y me dijeron, “Si no nos ayudas, los matamos a todos y yo.
” ¿Qué podía hacer? ¿Qué habría hecho usted, comandante? La pregunta me golpea como un puño. ¿Qué habría hecho yo si amenazaran a mi familia? ¿Sería más fuerte que Eutindio o haría exactamente lo mismo? Lo miro. Veo a un hombre roto. No veo a un traidor. Veo a un padre. a un campesino que solo quería proteger a los suyos. “¿Cuántos años tienes, Eutimio?” “No sé, comandante, tal vez 20, tal vez menos.
Mi madre nunca me lo dijo. En el campo no importan los años, tal vez menos, tal vez 14, tal vez 16. Tal vez es solo un niño que tomó la peor decisión de su vida. ¿Sabías que iban a morir hombres por tu culpa?” Tino, cierra los ojos. Sí, lo sabía, pero pensé pensé que si no lo hacía mis hijos morirían y yo yo elegí a mis hijos.
Un padre siempre elige a sus hijos, ¿verdad, comandante? Un padre siempre elige a sus hijos. ¿Eso lo hace un traidor o lo hace humano? Me siento frente a él. Hablamos no sé cuánto tiempo, tal vez una hora, tal vez dos. me cuenta de su esposa, cómo se conocieron en una fiesta del pueblo, de su vida antes de la guerra, de cómo cultivaba maíz, de cómo soñaba con que sus hijos fueran a la escuela, con qué aprendieran a leer, con que tuvieran una vida mejor que la suya, de cómo la revolución le parecía algo lejano hasta que Batista lo arrastró a ella,
comandante, yo no soy revolucionario. Yo solo quiero vivir en paz, trabajar mi tierra, ver crecer a mis hijos. Es mucho pedir, lo sé, Eutimbio, pero ya no hay paz. No en Cuba, no. Mientras Batista exista. Él me mira con ojos cansados. Y después de Batista, comandante, ¿habrá paz entonces? ¿O solo habrá otro hombre fuerte que nos dirá qué hacer? No sé qué responder porque no lo sé.
Tal vez después de Batista venga otro Batista. Tal vez la revolución solo cambie los nombres, pero no las injusticias. Tal vez estamos peleando por nada, pero no puedo decir eso porque si digo eso, entonces todo esto no tiene sentido. Y si esto no tiene sentido, entonces Eutimbio morirá por nada. Sí, Eutimbio, habrá paz, te lo prometo.
Construiremos un país donde los campesinos como tú no tengan que elegir entre sus hijos y sus principios. Es una mentira. Ambos lo sabemos, pero es una mentira necesaria. Salgo de la chosa. Un guerrillero me espera afuera. Es joven, tal vez de mi edad. Me mira con respeto. Comandante, ¿ya decidió? No, comandante, si me permite, yo puedo hacerlo.
Usted no tiene que ensuciarse las manos. Lo miro. Qué fácil sería dejar que otro lo haga, dejar que otro cargue con el peso, pero no. Si tomo la decisión, debo ejecutarla yo mismo. Eso es lo que significa ser comandante. No, si se hace, lo haré yo. El guerrillero asiente y se retira. Me quedo solo.
La tarde cae, el cielo se vuelve naranja, luego rojo, luego negro. Y yo sigo sin decidir. Camino por el campamento. Veo a los hombres. Están cansados, hambrientos, heridos, pero tienen algo en los ojos, esperanza. Creen en esta revolución. Creen que estamos construyendo algo mejor. Y yo soy uno de sus comandantes. Ellos confían en mí.
Confían en que tomaré las decisiones correctas. Pero, ¿qué es correcto? Matar a un padre para salvar a otros hombres o perdonar a un traidor y arriesgar más vidas. No hay respuesta correcta, solo hay decisiones y consecuencias. Esa noche voy con Fidel otra vez. Él está escribiendo algo. Levanta la vista y bien, Fidel o Tindio. Tal vez sea solo un niño.
Fidel deja la pluma. Me mira fijamente. Tal vez, pero es un niño que mató a 10 hombres. Che, escúchame. Sé lo que estás sintiendo. Sé que quieres ser el hombre bueno, el médico que salva vidas, pero ese hombre, ese hombre no puede ganar esta guerra. Para ganar, necesitamos hombres que puedan tomar decisiones difíciles, hombres que puedan hacer lo necesario, aunque les rompa el alma.
Y si me rompe tanto que ya no puedo volver a ser quien era. Fidel sonríe. Pero es una sonrisa triste. Entonces, bienvenido a la revolución, che. Ninguno de nosotros volverá a ser quien era. Esa es la naturaleza de esto. Peleamos por un mundo mejor, pero nos destruimos en el proceso. Y al final tal vez el mundo sea mejor o tal vez solo seamos nosotros los que estemos peor. Me quedo mirándolo.
Es la primera vez que Fidel me habla así, sin la máscara del líder, sin la certeza del revolucionario, solo como un hombre que también tiene dudas. Tú has matado Fidel. Sí. ¿Y cómo lo soportas? Fidel se queda callado un largo rato, luego habla, no lo soporto, che, solo lo cargo como una piedra en el pecho todos los días y seguiré cargándola hasta que muera.
Pero la cargo porque creo que vale la pena, porque creo que al final ese peso tendrá sentido. Y espero, espero tener razón. Sus palabras me quedan resonando. Una piedra en el pecho. Eso es lo que será. Outimio será una piedra que cargaré hasta mi último día. Salgo, camino solo en la oscuridad, llego a un río, me siento en la orilla, el agua corre, el sonido es suave, pacífico.
Cierro los ojos, pienso en mi viaje por América Latina, en los leprosos de Perú, en los mineros de Chile, en los niños descalzos de todas partes, en todas las injusticias que vi. Fue por ellos que vine aquí, fue por ellos que decidí pelear, pero ahora para salvarlos debo matar a uno de ellos. Autimbio, un campesino, un padre, tal vez un niño, es justo.
No, nada de esto es justo. Pero la justicia no existe en la guerra, solo existe la supervivencia. Recuerdo las palabras de uno de los leprosos en Perú, un hombre viejo que me dijo, “Doctor, usted tiene un buen corazón, pero el mundo no es bueno y a veces para hacer el bien hay que hacer el mal.
Esa es la maldición de los que intentan cambiar las cosas. No entendí sus palabras. Entonces, las entiendo. Ahora describo en mi diario. Esta noche tomé una decisión. Decidí matar al doctor Ernesto porque si Utimio vive otros morirán y no puedo cargar esa sangre. Pero si lo mato, yo también muero. Mi inocencia muere. Mi creencia de que puedo ser bueno y revolucionario al mismo tiempo.
Esa creencia es una mentira. Y esta noche esa mentira termina. Me levanto. El agua sigue corriendo indiferente. El mundo sigue girando indiferente. A la vida de indio, a mi tormento. A todo esto, el mundo es indiferente al sufrimiento. Por eso necesitamos la revolución. Para que deje de serlo, regreso al campamento. Busco la pistola calibre las 32. La tomo.
Es fría, pesada. La guardo en mi cinturón. Camino hacia la chosa. Los hombres me miran, nadie dice nada. Todos saben. Llego a la puerta, respiro hondo, mi mano está en la manija, tiembla. Cierro los ojos, cuento hasta tres. Abro la puerta de Uimbio está sentado. Me mira, ya no llora, solo espera, comandante.
Ya decidió. Sí, el asciente. Cierra los ojos, por favor, comandante. Hágalo rápido. Y si puede, dígale a mi esposa que lo siento. Dígale que trate de protegerla, que traté de proteger a nuestros hijos y que los amo. Saco la pistola, la sostengo. Es más pesada que nunca. Mi mano tiembla. Tinio abre los ojos, me mira directamente.
Gracias, comandante, por escucharme. Por estos últimos momentos usted, usted es un buen hombre. No deje que esto lo cambie, pero ya me cambió. Ya no soy el mismo. Nunca volveré a hacerlo. Apunto la pistola a su cabeza. 100 derecha como me enseñaron. rápido, sin sufrimiento. Perdóname, Eutimio. Ya lo hice, comandante. Mi dedo está en el gatillo.
Cierro los ojos, respiro una última vez como el doctor Ernesto y aprieto. El disparo resuena en la chosa. Luego silencio. Un silencio tan profundo que puedo escuchar mi propio corazón. Late rápido, desesperado, como si quisiera escapar de mi pecho. Abro los ojos. Tinio está en el suelo. Inmóvil. La sangre forma un charco pequeño oscuro.
La pistola sigue en mi mano, todavía humeante, todavía caliente. Salgo de la chosa. Mis piernas tiemblan, todo mi cuerpo tiembla. No es por el frío, es por algo más profundo, algo que se rompió dentro de mí y nunca volverá a ser lo mismo. Los hombres me miran, nadie habla. Fidel está de pie cerca del fuego. Nuestras miradas se encuentran.
El asiente. Solo eso, un gesto simple que dice, “Ya eres uno de nosotros, ya no hay vuelta atrás. Camino hacia el río. Necesito lavarme las manos, aunque no tienen sangre, aunque la sangre está toda adentro. Me arrodillo en la orilla, meto las manos en el agua fría, froto, froto, froto.
Pero no hay nada que limpiar, solo la sensación, el peso, la certeza de lo que acabo de hacer. Escribo en mi diario esa misma noche. Las palabras halen difíciles, como si la tinta pesara. Hoy maté a un hombre con una pistola calibre, las tres, dos en la 100 derecha, disparo limpio, salida por el lógulo temporal izquierdo.
Muerte instantánea, sin sufrimiento. Eso me digo que no sufrió, que fue rápido, pero la verdad es otra. La verdad es que Otinio Guerra murió asustado. Murió lejos de sus hijos. Murió por haber tenido miedo y yo yo lo maté. Mis manos temblaban, pero ahora ya no temblarán, porque esta es la primera vez, pero no será la última.
La revolución pide sangre y yo yo he comenzado a darla. Cierro el diario, miro mis manos. Son las mismas manos que curaban heridas, las mismas que inyectaban medicinas, las mismas que sostenían a los enfermos. Pero ahora también en sol las manos que mataron. Y esa contradicción, esa contradicción vivirá en mí para siempre. Esa noche no duermo, me quedo sentado mirando las estrellas.
Son las mismas estrellas que vi en Argentina, las mismas que vi en Perú, las mismas que me acompañaron cuando era solo un estudiante de medicina que soñaba con salvar al mundo. Pero ahora las veo diferentes. Todo se ve diferente. Después de matar a alguien, pienso en los hijos de Eutindio, en María y Juanito.
Niños que crecerán sin padre, niños que tal vez algún día sepan quién lo mató, niños que tal vez me odien y tendrán razón, porque yo les quité a su padre. No importa que fuera necesario, no importa que fuera por la revolución, para ellos yo seré siempre el hombre que mató a su papá. Fidel viene a sentarse a mi lado. Fuma en silencio.
Después de un rato largo, habla. ¿Cómo te sientes vacío? Eso pasará. Con el tiempo pasó para ti. Fidel no responde, solo fuma. Y en ese silencio está la respuesta. No pasa, nunca pasa, solo aprendes a vivir con ello. Che, lo que hiciste hoy fue necesario. Outvio traicionó. La revolución no puede permitir la traición.
Lo sé, pero eso no hace que sea más fácil. No, no lo hace, pero te hace más fuerte. Te hace un verdadero revolucionario. Me quedo callado. ¿Es eso lo que soy ahora? ¿Un verdadero revolucionario o solo un hombre que aprendió a matar? Los días pasan. Seguimos peleando, seguimos escondiéndonos en las montañas, seguimos soñando con derrocar a Batista, pero algo en mí ha cambiado.
Los demás hombres me miran diferente, con más respeto, con más miedo. También saben que el comandante médico puede apretar el gatillo cuando es necesario y yo. Yo sigo escribiendo en mi diario, sigo procesando lo que hice, sigo intentando entender quién soy ahora. Han pasado tres semanas desde que maté a Eutimbio. Tres semanas en las que he soñado con él todas las noches. Lo veo en sueños.
A veces me mira con odio, a veces con perdón, a veces con indiferencia. No sé cuál es peor. He matado a otros desde entonces, dos soldados de Batista en una emboscada. Pero no fue lo mismo porque no los conocía, no hablé con ellos, no vi sus familias. Eim Yo fue diferente. E Tim Yo fue mi primer asesinato y los primeros asesinatos nunca se olvidan.
Dos años después, la revolución triunfa. Batista huye. Fidel entra La Habana como héroe y yo, yo soy nombrado comandante, ministro. Me dan poder, responsabilidad. Me piden que siga haciendo lo que hice con Eutindio, que siga ejecutando, que siga siendo el brazo armado de la justicia revolucionaria.
Y lo hago en la cabaña. Ejecuto a decenas, tal vez cientos, pierdo la cuenta. Porque después del primero los demás son más fáciles. No más justos, solo más fáciles. Las manos ya no tiemblan, el corazón ya no duda. Me he convertido en lo que la revolución necesitaba que fuera, un hombre sin piedad. Pero en las noches, cuando estoy solo, todavía pienso en Eutimbio.
Todavía me pregunto si tenía 14 años o 20 o 25. Todavía me pregunto si sus hijos están vivos, si crecieron, si me odian y escribo en mi diario, “He matado a muchos hombres, he ordenado muchas ejecuciones, pero ninguno pesa como el primero.” Tin Yio Guerra, el campesino asustado que eligió a sus hijos sobre la revolución, fue un traidor. Sí, merecía morir.
Tal vez me arrepiento. No lo sé. Lo que sí sé es que ese día, el 17 de febrero de 1957, algo murió en mí. El Dr. Ernesto murió, el idealista murió, el hombre que creía que podía cambiar el mundo sin mancharse las manos de sangre. Ese hombre ya no existe, solo queda Chevich Che. Che es un revolucionario y los revolucionarios matan cuando es necesario Bolivia.
10 años después de Eutindio. Estoy en otra choosa, herido, capturado. Un soldado joven entra con una pistola. Me mira como yo miré a Eutimbio, con las manos temblorosas, con dudas en los ojos. Y en ese momento entiendo entiendo que yo ahora soy Unio, que este soldado joven está donde yo estuve, que para él yo seré su primer asesinato, su primer paso hacia algo más oscuro.
Le miro y le digo, “Dispara, cobarde. Solo vas a matar a un hombre, pero sé la verdad. Sé que cuando apriete el gatillo, no solo me matará a mí, se matará a sí mismo. También matará al hombre que era y nacerá algo nuevo, algo más duro, más frío. Como me pasó a mí con Eutimbio. El soldado aprieta el gatillo, el disparo resuena y en mis últimos segundos pienso en Eutimbio, en su rostro asustado, en sus hijos, en todas las vidas que tomé después de él.
Y pienso, tal vez esto es justicia, tal vez esto es lo que merezco, morir como él murió. asustado, lejos de casa, a manos de alguien que cree estar haciendo lo correcto. La oscuridad llega, pero antes de que todo termine, escribo mentalmente una última línea en mi diario. Una línea que nadie leerá. El primer asesinato nunca se olvida, porque no solo matas a tu víctima, te matas a ti mismo.
Y ese ese es el verdadero precio de la revolución. M.