Posted in

El Primer Asesinato del CHE GUEVARA — La Noche Que Mató Su Inocencia

 

 

La pantalla está en negro, un disparo seco. D f i n i v o. Sil i n s o. Luig voz, la voz del hombre que ya no existe. Hoy maté a un hombre por primera vez con una pistola calibre las tres dos en la 100 derecha. Mis manos temblaban, pero ya no temblarán más. Porque esta será la primera, pero no será la última.

 En la pantalla aparece mi diario, letra temblorosa, tinta negra sobre papel limpio. La fecha, 17 de febrero de 1957. Mi nombre es Ernesto Guevara, pero ese día Ernesto murió, nació Che y Che Che mató. Esta es la historia de mi primer asesinato y de mi última inocencia. Enero de 1957. Sierra maestra, Cuba. Tengo 28 años.

 Soy médico. Todavía me llaman doctor. Todavía creo que vine aquí para salvar vidas, no para quitarlas. El aire huele a tierra mojada y a pólvora vieja. Fidel y yo llevamos meses escondidos en estas montañas luchando contra Batista. Somos pocos, apenas 50 hombres hambrientos, enfermos, pero convencidos.

 Eu timira es uno de los nuestros. O eso creíamos. Un campesino joven, delgado, de manos callosas, nos trae comida, nos guía por los senderos, conoce cada piedra, cada árbol. Tiene ojos mansos. Fidel no confía en él, me lo dijo una noche fumando su tabaco. “Che, vigílalo. Ese muchacho tiene miedo en la mirada. Yo no le hice caso porque yo todavía creía que todos los hombres eran buenos si les dabas una razón para hacerlo.Che Guevara: la increíble historia de la primera estatua en su honor en el  mundo, que se levantó en Chile y lleva más de 50 años desaparecida - BBC  News Mundo

 Febrero de 1957. Amanece gris. El campamento está tranquilo, demasiado tranquilo. De repente, el sonido de botas, gritos, disparos. El ejército de Batista os encuentra. Imposible. Nadie sabe dónde estamos. Nadie, excepto nosotros corremos, algunos quen. La sangre se mezcla con el barro. Yo cargo mi rifle y disparo al aire sin apuntar.

 Todavía no puedo mirar a un hombre a los ojos y apretar el gatillo. Todavía soy Ernesto. Escapamos. Pero contamos los cuerpos. Faltan 10. 10 hombres que no volverán. Fidel reúne a los que quedamos. Su voz es hierro. Alguien nos traicionó. Alguien habló y investigamos. Interrogamos. Un prisionero herido. Confiesa entre soyosos. Fue UMbio.

Uimbio guerra. Le pagan 10,000 pesos. Él le dice a Batista, “¿Dónde están ustedes?” No lo creo. No puedo creerlo. Timbio es solo un campesino. ¿Por qué haría eso? Lo capturamos dos días después. Lo traen atado, arrastrándose. Lo encierran en una chosa. Fidel entra primero. Yo entro después. Tinio está en el suelo, las manos amarradas detrás de la espalda. Levanta la cabeza.

 Sus ojos están rojos. ¿Por qué, Otinio? ¿Por qué nos vendiste? Llora. Un llanto de niño. Batista. Batista me agarró. Me dijo, “Si no nos das información, matamos a tu mujer, a tus hijos. Yo yo tuve miedo. Fidel lo mira sin parpadear. ¿Cuántos murieron por tu culpa? Tinio baja la cabeza. No sé, tal vez 10, tal vez más.

Fidel se gira hacia mí. Me mira como nunca antes me había mirado. Shade, tú decides. Eres médico, pero ahora ya no eres solo médico, eres comandante. Y los comandantes castigan la traición. El mundo se detiene. Todos me miran. Timo yo me mira. Fidel me mira. Y yo, yo solo soy un doctor que vino a salvar vidas.

¿Qué qué debo hacer? Fidel pone su mano en mi hombro. Mátalo. O él matará a más. Salgo de la chosa. El aire frío me golpea la cara. Camino entre los árboles. Mis pulmones arden. El asma me aprieta el pecho. Respiro hondo. Cierro los ojos y pienso, “¿Puedo hacerlo? ¿Puedo matar a un hombre? Esa noche no duermo.

 Me quedo sentado mirando el fuego. Las llamas bailan. Pienso neuto. Pienso en sus manos callosas. Pienso en sus hijos. Dos niños. 3 años. Uno. ¿Cómo se mata al padre de dos niños? Escribo en mi diario. Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Outimio. Joven, tal vez 16, tal vez 20, tal vez 25, no lo sé.

 Pero sus ojos, sus ojos tenían miedo. Recuerdo Perú. 1952. el leprosario. Los enfermos me abrazaban, me llamaban doctor, me decían, “Usted es bueno, no cambie nunca.” Les prometí que no cambiaría, que nací para salvar vidas, pero ahora, 1957, ahora debo quitar una. Fidel viene a verme al amanecer. “Che, piensas demasiado.

 La revolución no ama a los que piensan. La revolución ama a los que actúan. Pero, pero es solo un campesino. Tuvo miedo. Lo hizo por su familia. Sí, pero murieron 10 hombres. Y si lo dejamos ir, morirán 10 más. La decisión es tuya, pero debes decidir. Esa mañana voy a ver a Eutio por última vez. Entro en la chosa. Ele levanta la cabeza.

 Eu Timbio, ¿por qué? ¿Por qué hiciste esto, comandante? Tuve miedo. Batista amenazó a mi esposa, a mis hijos. Yo solo quería salvarlos. ¿Cuántos hijos tienes? Dos. Uno de 3 años. Otro de uno. Me quedo callado. Un guerrillero se acerca y susurra. Comandante Eutindio es muy joven. Tal vez 14, tal vez 16. Me congelo.

 Un niño, pero no hay certeza, no hay documentos, solo rumores de Tim Yo me mira con ojos vacíos. Por favor, comandante, mátame, pero a mi familia. Protégela. Escribo esa noche. En ese momento vi en sus ojos no solo miedo, sino aceptación. Había aceptado su muerte, pero rogaba por su familia. ¿Yo qué podía hacer? Voy con Fidel. Fidel Timbiu.

 Tal vez sea un niño, tal vez, pero es un informante que mató a 10 hombres. Y si lo dejamos ir, matará a 10 más. Che decides. Pero recuerda, la revolución no perdona. Esa noche tomo una decisión. Decido matar al doctor Ernesto porque si lo dejo vivir otros morirán. Y yo no puedo cargar esa sangre. Pero si lo mato, yo también muero.

Read More