A los cuatro hermanos. Alejandro aguantó el tipo con educación. Prometió cuidarla siempre, pero supo entonces que sus cuñados jamás le darían su bendición ni su cariño. Para aquel clan, él no era más que un intruso capaz de romper el corazón de la mujer que más protegían en este mundo. Pese a ese clima tan tenso, la pareja siguió adelante con sus giras teatrales y sus pinitos en el cine que empezaba a despegar.
Pero en 1939 la vida les dio un vuelco. Mercedes anunció que estaba esperando su primer bebé. Aquella noticia fue un sueño hecho realidad para ella. Sin embargo, el parto la sorprendió en plena gira por tierras de Colombia. Estaba en un hotel y el niño tenía tanta prisa por nacer que no dio tiempo ni de buscar un hospital cercano. Avisaron corriendo a un doctor.
Los empleados ayudaron como pudieron y fue allí mismo, entre sábanas de hotel, donde Mercedes dio a luz a su primer hijo llamado Fernando Changuerotti o legalmente hablando, Fernando Changuerotti Díaz. Aunque el público lo amaría años después como Fernando Lujan, increíblemente este gran icono mexicano no nació en México, sino fuera.
Su primera cuna fue una habitación de hotel colombiana testigo de los viajes constantes de sus padres por toda la región latina. En cuanto pudieron, Mercedes y Alejandro regresaron a México con el pequeño en brazos para darle su verdadera identidad nacional. nos registraron legalmente en Topolobampo, en el estado de Sinaloa. Ese niño acabaría siendo el legendario intérprete que todos admiramos.
Creció sintiéndose profundamente mexicano, a pesar de que su madre venía de Los Ángeles y su padre era de origen argentino. Por aquel entonces, ambos ya se habían hecho un hueco importante en el mundillo artístico y profesional de su país de acogida. En los años que vinieron, la pareja dio la bienvenida a dos hijos más, empezando por el pequeño Alejandro Junior, a quien más tarde conoceríamos en las pantallas como Alejandro Cianguerotti Segund.
Y luego llegó la pequeña Mercedes. Los tres hermanos se criaron entre camerinos, decorados de cine y el ajetreo constante de las carpas. Aunque vivían en un caos creativo, sus padres se desvivieron por crear un ambiente cálido y estable dentro de las paredes de su casa. Su relación tenía altibajos, sobre todo por la sombra constante de los hermanos Soler, que nunca terminaron de ver con buenos ojos a Alejandro.
Aún así, Mercedes y su marido lucharon contra viento y marea para educar a sus hijos con todo el cariño del mundo. Como la familia no paraba de viajar, los niños no podían ir a una escuela normal. Suscríbete si quieres conocer más historias así. recibían lecciones de tutores privados hincando los codos en los ratos libres entre ensayo y ensayo por toda la geografía.
Cuando por fin se asentaron en Ciudad de México, Mercedes tomó la decisión más difícil y valiente de su trayectoria personal. Dejó la actuación para siempre. Prefirió centrarse en su hogar, en ver crecer a sus tres hijos y en apoyar la carrera de su marido. Se dedicó a las tareas domésticas para ofrecer a los suyos esa paz y estructura que la vida nómada del teatro nunca les dio.
Alejandro era un hombre de carácter fuerte y algo severo, pero sus hijos siempre recordaron que fue un padre ejemplar y muy responsable. Nunca dejó que les faltase de nada. Sabía que los soler no le darían ni agua, así que dejó de esperar cualquier favor de ellos. Se buscó la vida por su cuenta, picando piedra en la industria del cine hasta ganarse el respeto de todos sus compañeros.
A finales de los 30, Alejandro ya era una cara muy familiar para los espectadores que llenaban las salas de cine en México. Casi nunca era el galán. Solía ser de villano o de secundario de lujo, mientras sus coñados se convertían en estrellas mundiales. Alejandro sentía el aguijón de la envidia a veces. Se preguntaba a menudo por qué a él solo le daban personajes de relleno, pero no se rindió.
Trabajó en cintas como Bohemios, canaima o No basta ser charro, dejando su huella en cada escena que grababa. Se forjó una fama de actor de carácter impecable, aunque el estrellato absoluto le fuera esquivo durante su vida profesional. compartió cartel con los más grandes, incluido el mismísimo Mario Moreno Cantinflas, en momentos que ya son parte de nuestra memoria colectiva.
Pero su gran momento llegó con El Coyote en los tres Huastecos. Aquel enfrentamiento con Pedro Infante lo elevó a los altares del cine. El público llegó a odiarlo de verdad en la calle y eso era la prueba definitiva de que su actuación era sencillamente magistral. Ser el tipo que le disputaba la chica a Pedro Infante o que hacía sufrir a la pequeña Tucita, le dio un lugar eterno.
Alejandro firmó así uno de los papeles de malvado más brillantes y recordados de toda la época de oro del cine nacional. Resultaba del todo irónico. Lejos de los focos, era un tipo silencioso, muy disciplinado y siempre pendiente de proteger a su familia, pero ante la cámara mutaba en uno de los antagonistas más odiados y emblemáticos de su época.
En el cine, Alejandro Changuerotti era alguien inolvidable. Encarnando al coyote, desprendía esa aura que a los espectadores les apasionaba detestar profundamente. Pura soberbia, violencia, altivez y una estampa gélida, totalmente calculadora. Daba vida al malvado con tal intensidad que el público juraba que debía de ser idéntico en su vida cotidiana.
Se oían murmullos. Si es tan malvado en la cinta, ni pensar en cómo será cuando se apagan las luces. Alejandro nada de esto le molestaba. Entendía que despertar sentimientos tan viserales probaba que una interpretación de 10. Cuanto más asco daban sus personajes, más confiaba en su propio arte.
Gracias a ese don, el trabajo nunca dejó de llamar a su puerta. Daba igual si eran roles secundarios o papeles de mayor calado. La industria del cine siempre guardaba un hueco para él. Sin embargo, en la intimidad cargaba con una pesada sombra vitalicia, la de sus famosísimos cuñados, los reconocidos hermanos Soler. Fernando, Domingo, Andrés y Julián eran auténticos colosos del cine de oro mexicano con un éxito arrollador, ruidoso y muy aplaudidos.
Por el contrario, la trayectoria de Alejandro avanzaba de forma lenta y discreta. La familia Soler jamás llegó a aceptarlo de verdad. Le tachaban de pésimo actor, de tipo abusivo e incluso de padre negligente. Lo despreciaban continuamente y en el fondo le guardaban rencor. Aquella hostilidad salpicó también a sus herederos.
Por eso mismo, los hijos de Alejandro rechazaron tajantemente utilizar el célebre apellido Soler. Notaban que aquel linaje solo le había traído a su padre humillaciones y muchísimo desdén. Fue el propio Alejandro quien le sugirió buscar un nombre artístico distinto. En parte debido a que Chianguerotti Soler resultaba excesivamente largo para los carteles del teatro, pero sobre todo para que lograran brillar por sus propios méritos.
De ahí que Fernando eligiera el nombre de Lujan por la Virgen Argentina. Pese al constante rechazo de los Soler, Alejandro no se separó de Mercedes. Sentía un amor inmenso por ella y aguantó carros y carretas. Soportó insultos, frialdad y desplantes constantes. Los soler se empeñaban en creer que maltrataba a su hermana menor solo porque no lo tragaban.
Pero Mercedes siempre dio la cara por él. Tiempo después confesaría. Alejandro jamás me puso una mano encima, ni me trató con dureza. Cuando grababa, yo misma llevaba a los niños al set. Nos acogía siempre con mucha ternura. Nos quedábamos en los camerinos esperándolo y a él se le iluminaba la cara al vernos. Independientemente de lo que el mundo opinara y de la imagen que sus cuñados quisieran proyectar sobre él, Mercedes aseguraba que su marido no era ese demonio que la pantalla o el clan Soler intentaban vender a toda costa.
Tras la máscara del villano y los rumores más despiadados de la época, habitaba un hombre que solo buscaba cuidar de los suyos mientras liviaba con una industria y una poderosa estirpe que jamás le dio su sitio. Alejandro pasó casi toda su existencia entre decorados, plató de grabación y las tablas de los teatros.
Ese era su hábitat y acabó contagiando esa pasión por el espectáculo a sus propios hijos. crecieron viéndole repasar guiones sin descanso, transformándose en otros y perdiéndose en la pura magia del cine. Pese a las lenguas bífidas, el talento de Alejandro era innegable. Era algo que todos sabían. Poseía una elegancia única ya donde fuera, ya fuese a rodar, a un ensayo o a una cena familiar.
iba siempre impecable, luciendo traje de chaqueta y su corbata bien anudado. Los conocidos bromeaban diciendo que parecía una figurita de porcelana por lo pulcro y lo correcto que se mostraba siempre. Aunque tras ese porte elegante escondía una espina clavada. Jamás le permitieron interpretar los personajes con los que él soñaba.
Por mucho que se esforzara, nunca le daban la oportunidad de ser el galán ni el gran protagonista de las historias románticas. Su destino era ser el malo, el tipo oscuro, aquel personaje diseñado para que el público lo detestara sin remedio. Y aunque bordaba sus papeles de villano, verse siempre encasillado en lo mismo terminó por agotarle la paciencia, mientras sus cuñados, los ilustres hermanos Soler, se llevaban los mejores papeles, incluso de enamorados, a pesar de su avanzada edad.
Alejandro se torturaba pensando, ¿por qué ellos sí y yo no? tenía claro que no era menos talentoso que cualquiera de ellos, pero no disfrutaba de las mismas ventajas. Aún así, los domingos Dooler se presentaban en su casa buscando toda la atención. Querían a Mercedes con locura y mimaban a sus sobrinos, aunque sus visitas a menudo parecían auténticas inspecciones policiales, comprobando que todo estuviera en orden, que no faltase nada y tratando de mantener a Alejandro siempre en un segundo plano. Ni le dirigían la
palabra. Charlaban con Mercedes y jugaban con los pequeños, pero a él lo ignoraban de forma deliberada. Pese a todo, ese contacto semanal con las estrellas empujó a sus hijos al mundo del espectáculo. Suscríbete para más. Aquellas historias de rodajes, compañías de gira, ensayos infinitos, dramas y mucho humor, todo lo que envolvía la vida diaria sobre los escenarios.
Y aunque sus tíos brillaban como estrellas celebradas, la figura que más admiraban y el verdadero ejemplo que los formó fue siempre su padre. Porque a diferencia del clan Soler, que nunca le brindó un apoyo real, Alejandro Sanguerotti trabajó en silencio con una constancia admirable y profundo orgullo.
Sus hijos veían lo que otros no querían admitir. A pesar de ser alguien ignorado y muy subestimado por muchos en la industria, su padre era un verdadero actor, talentoso, disciplinado y digno hasta el último momento de su vida. Desde bien pequeños, los hijos de Alejandro se iniciaron en el medio artístico, pero a diferencia de otros padres, él jamás los presionó para hacerlo.
Simplemente comprendió que si sentían el deseo de actuar, la puerta ya estaba abierta para ellos. Gracias a sus tíos Soler y también a él mismo. Les otorgó total libertad. Un gran ejemplo fue su hijo mayor Fernando, quien un día le soltó, “Papá, ¿por qué pagas mi escuela si soy pésimo?” “Mejor déjame intentar actuar.” Alejandro no se opuso y años después aquel niño, Fernando Lujan, se convertiría en uno de los intérpretes más grandes de todo el cine mexicano.
Al llegar la década de 1950, Alejandro también estaba alcanzando uno de los puntos más altos y exitosos de su carrera profesional. Participó en los tres huastecos junto Pedro Infante y Blancastela Pavón, interpretando al inolvidable y malvado villano conocido como el coyote. Esa actuación le marcaría para siempre.
El público amaba odiarlo, lo que solo probaba lo convincente que resultaba ser en sus papeles. No solo compartió pantalla con Pedro Infante, también trabajó a menudo con sus cuñados, los famosos hermanos Soler. Aunque fuera de los rodajes, apenas lograban tolerarlo. Irónicamente, pese a rechazarlo en persona, solían elogiar su gran talento ante los demás.
Era el machismo típico de aquellos tiempos. Nunca le reconocerían en la cara su valía, pero tampoco podían negar su enorme calidad en privado. Alejandro continuó construyendo una filmografía muy sólida y respetada. Repitió rodaje con Pedro Infante en No desearás la mujer de tu hijo y también grabó con él la película Color, Pablo y Carolina.
Participó en varias comedias con Manolín y colaboró con Cantinflas en cintas como Si yo fuera diputado o también Abajo el telón, casi siempre como el gran antagonista, dejando siempre huella, aunque esta no fuera precisamente favorable para su propia imagen pública. Sus personajes resultaban tan duros que la gente asumía que él era igual en la realidad.
Pero su trayectoria no se limitó solo al cine, también dio el salto a la televisión. En los años 60 participó activamente en la exitosa telenovela titulada María Guadalupe. Más adelante apareció en producciones televisivas como Constitución, La Carreta, Los Miserables o incluso en el chóer. Mientras Televisa absorbía el canal 8 para volverse un gigante mediático, Alejandro seguía siendo pieza clave en aquellos años formativos de la industria.
Sin embargo, hacia finales de los años 60, su carga de trabajo empezó a disminuir de forma muy notable. actuaba ya con menos frecuencia y para el año 1971 terminó los que serían sus últimos proyectos profesionales. Entre ellos estaban mecánica nacional y pilotos de combate. Algunos registros dudan si realmente llegó a participar activamente en Mecánica Nacional.
Una prueba clara de lo profundamente conectado que estaba el legado de los Changueroti con la historia dorada del cine mexicano. Años después se supo que Alejandro Cianguerotti también se atrevió a incursionar con éxito en el mundo del doblaje profesional. prestó su voz a series muy conocidas, creando personajes memorables en producciones clásicas de la televisión como Combate, donde salía Ronald Rean, Los Supersónicos, Los Picapiedra e incluso la serie Meteoro.
Su labor de doblaje reveló una versatilidad que el público no solía asociar con los rudos villanos que interpretaba siempre en la gran pantalla. En el mundo del doblaje demostró poseer un tono fuerte y una expresividad que resultaba realmente sorprendente para todos. Pero la vida le asestó un golpe durísimo en febrero de 1971, cuando su esposa Mercedes Soler, falleció de trombosis.
Ella había participado en 24 películas durante su trayectoria y su partida destrozó a Alejandro, pero lo que ocurrió después desató mucha polémica. Solo dos años después de enviudar, Alejandro anunció que tenía la firme intención de volver a casarse. La reacción de la familia Soler y de sus propios hijos estuvo muy lejos de ser algo cálido o comprensivo para él.
Su nueva pareja era Margarita Díaz Mora, hija de una famosa y querida actriz de la época de oro. Me refiero a Margarita Mora y al editor de la revista Cinema Mundial, Isaac Díaz Araiisa. El escándalo no fue solo por su vínculo artístico. Alejandro tenía 61 años y Margarita 23, una diferencia de 38 años. El cotilleo estalló al instante con acusaciones de que aquel romance se había iniciado mucho antes del triste fallecimiento de Mercedes.
Fue algo que nunca se pudo comprobar, pero se rumoreaba constantemente. Incluso el diseño de las invitaciones de boda dio mucho de qué hablar. Diseñadas como entradas de teatro, lucían un lema muy amativo. El amor no tiene edad. Mucha gente pensó que era una obra de teatro. Jamás imaginaron que aquello anunciaba una boda de verdad.
Y entonces llegó la protesta más ruidosa de todas, nada menos que la del mismísimo Mario Moreno. El gran Cantinflas, se opuso totalmente a ese matrimonio porque la novia era su propia hijada. Pese a su rechazo frontal, la boda terminó celebrándose aquel día. Aquella unión, por desgracia, duró muy poco tiempo.
El 29 de agosto de 1975, solo dos años tras su segundo sí quiero, Alejandro Sianguerotti falleció a los 64 años. Sus restos descansan en el Panteón de la Anda, dentro de la gran Ciudad de México. Rodó 57 películas y 18 telenovelas de éxito. Su trayectoria artística quedó marcada por un talento inmenso, la polémica y papeles oscuros.
creó antagonistas que nadie olvida. ¿Por qué se encasilló siempre en tipos arrogantes y malvados? Es un enigma total, aunque una realidad brilla hoy. Amó de verdad a Mercedes. Sus allegados creían que casarse con alguien tan joven fue por buscar compañía, no por generar polémica.
Buscaba afecto y no ganas de provocar. Así termina la biografía del Coyote, una leyenda del cine mexicano que todos recordamos. El hombre al que todos amaban odiar, aunque su vida íntima fue mucho más compleja que la de sus malvados villanos de ficción.