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EL PLAN SECRETO QUE LLEVÓ A FIDEL AL PODER

 

La Habana, Cuba. 1 de enero de 1959, 2:47 de la madrugada, en la penumbra del aeropuerto militar de Columbia, un hombre sube apresuradamente a un avión de C4. No lleva uniforme de combate, no va armado, lleva maletas, maletas llenas de dinero en efectivo. Detrás de él queda el palacio presidencial, las luces de una habana que celebra el año nuevo sin saber lo que viene y un país entero, un país sin dueño.

 Ese hombre es Fulguencio Batista, el hombre fuerte de Cuba, el sargento que llegó a general, el dictador y está huyendo. Pero detente un segundo. Mientras ese avión despega rumbo a República Dominicana a 800 km de distancia en las montañas de la Sierra Maestra, otro avión invisible, metafórico también está despegando.

 El de Fidel Castro bajando a la carretera central. Ese hombre avanza sin encontrar resistencia real. Los cuarteles militares se rinden sin disparar. Los soldados de Batista bajan las armas y lo dejan pasar como si hubieran recibido una orden. La gente lo vitorea, lo llaman libertador. Creen que ha llegado la redención.

 Dos hombres, dos aviones, dos destinos aparentemente opuestos. El tirano que huye, el Salvador que entra triunfante. Esa es la historia que te vendieron durante 65 años. Pero pregúntate esto, ¿por qué Batista huyó cuando su ejército no estaba derrotado militarmente? ¿Por qué esperó hasta el último día del año cuando la Constitución de 1940 le daba 54 días más para entregar el poder ordenadamente? ¿Por qué dejó un vacío de poder que solo un hombre estaba listo para llenar? La respuesta no está en los libros de textos revolucionarios. La respuesta

está en un pacto de sangre, un pacto que comenzó mucho antes de la Sierra Maestra, mucho antes del Moncada, mucho antes de que Fidel y Raúl fueran guerrilleros. Un pacto que se selló en una sacristía. Prepárate, quédate conmigo, porque lo que vas a descubrir te va a helar la sangre. Para entender el pacto que destruyó Cuba, primero tenés que entender quiénes eran los Castro antes de la revolución.

 Y eso empieza con el padre Ángel Castro Arguí, un inmigrante gallego que llegó a Cuba sin un centavo a finales del siglo XIX. No era un campesino, trabajador honesto como te lo pintan, era un ladrón de tierras. Imagínate la escena completa. Madrugada, Virán, Oriente, tres ososo. Mientras los vecinos duermen, Ángel Castro sale con una cuadrilla de peones armados con palas, estacas y alambre de púas.

 Mueven las cercas metro por metro, hectárea por hectárea. Le roban terreno a la United Freed Company. Le roban terreno a los campesinos pequeños que no tienen cómo defenderse. Cuando el sol sale, la cerca ya está en el nuevo lugar. ¿Y qué van a hacer los vecinos? Denunciar al gallego que tiene protección militar desde la Habana. Así, noche tras noche, cerca tras cerca, Ángel construyó un latifundio de más de 10,000 hectáreas, una finca del tamaño de una ciudad pequeña.

 Para cuando Lina Rus González, una adolescente analfabeta de apenas 16 años llegada de Pinar del Río, tocó a su puerta buscando trabajo como sirvienta. Ángel ya era uno de los terratenientes más ricos del oriente cubano. Pero Ángel estaba casado con otra mujer, María Argota, eso no le importó.

 Lina entró a trabajar a la casa y Ángel la hizo su concubina. Lina le dio siete hijos, todos nacidos fuera del matrimonio, todos registrados con el apellido de la madre Rus. No. Castro Rus, Ramón Rus, Fidel Rus, Raúl Rus, Juana Rus, Emma Rus, Agustina Rus, Augusto Rus. Todos fueron los bastardos de Birán. Esa palabra bastardo los persiguió como una maldición grabada a fuego durante toda su infancia.

 Y esa humillación se quedó clavada en el alma de Fidel como un clavo oxidado que nunca se pudo sacar. Imagínate ser ese niño, la escuela rural. Los otros niños, hijos legítimos de familias decentes, y vos, el hijo de la sirvienta. Ahí viene Fidel Rus, el bastardo del gallego, los hijos de la los sin apellido.

 Fidel peleaba, Raúl lloraba, Ramón los defendía a golpes, pero las palabras seguían cayendo como piedras. No fue hasta 1943 cuando Fidel ya tenía 17 años, que Ángel finalmente se divorció de María Argota y se casó con Lina. Solo entonces, en 1943, los siete hijos pudieron llevar legalmente el apellido Castro.

 Fidel tenía 17 años cuando dejó de ser un bastardo en los papeles, pero el daño psicológico ya estaba hecho irreversible. Fidel nunca olvidó esa humillación de clase. Pero Ángel, astuto como solo un gallego acaparador, puede serlo. Sabía que el apellido no era suficiente para proteger a sus hijos. Necesitaban algo más poderoso que un papel.

 Necesitaban un padrino y les consiguió el mejor padrino que el dinero y la influencia podían comprar. El general Fulgencio Batista. Aquí entramos en la carne viva del asunto. Batista no era un extraño en virán, era de la familia. Cuando Batista visitaba Oriente en sus giras políticas o militares, la parada en la finca de Ángel Castro era obligatoria, no era protocolo diplomático, era amistad real.

 Los pequeños Fidel y Raúl no veían a un general temible. Veían al tío indio, el hombre de piel morena, mulato en un mundo de blancos aristócratas, que su padre respetaba más que a nadie en este mundo. El hombre que los cargaba en brazos cuando visitaba la finca, el hombre que compartía la mesa, el tabaco, el ron con ángel, el hombre que se reía con ellos.

 Y aquí llega el momento más oscuro y más oculto de toda esta historia, el momento que el castrismo ha intentado quemar con ácido. Durante 65 años, Fulgencio Batista fue el padrino de bautizo de Raúl Castro. Detente un segundo completo a procesar esta verdad. El hombre que hoy te venden como el carnicero del pueblo cubano. El hombre que la propaganda revolucionaria pinta como el enemigo ave soluto de los Castro.

 Ese mismo hombre cargó en brazos al bebé Raúl Castro en la sacristía de Virán. Lo presentó ante el cura. Prometió ante Dios protegerlo, educarlo, guiarlo. Lo convirtió en su ajijado. No eran rivales políticos, no eran enemigos de clase, no eran el dictador versus el revolucionario, eran compadres de sacristía, familia espiritual sellada con agua bendita.

 Ángel Castro entregó a su hijo menor a los brazos de Batista, sabiendo exactamente lo que hacía. Asegurar que pasara lo que pasara en Cuba, golpes de estado, revoluciones, guerras. Los castros siempre estarían protegidos por el mando militar más alto de la isla. Era un seguro de vida, un blindaje político, una garantía de impunidad.

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