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El Hombre Que ESTUVO Con el Che Sus ÚLTIMAS 24 Horas — Lo Que Le DIJO Sobre FIDEL Nadie Lo Sabía

 

Imagina que alguien te confía el secreto más peligroso del mundo, que ese secreto involucra a dos de los revolucionarios más poderosos del siglo XX y que la única condición es que lo guardes en silencio, sin decírselo a nadie hasta que ambos estén muertos. Eso es exactamente lo que le pasó a Harry Villegas, conocido en la historia como Pombo.

 Y la noche en que el cheegue vara le susurró esas palabras en la selva boliviana, Pombo supo con la certeza fría que solo da la guerra, que cargaría ese peso el resto de su vida. Octubre de 2022, La Habana, Cuba. Harry Villegas hasta Mayo, 82 años, se sienta frente a una cámara por primera vez en décadas. Sus manos tiemblan ligeramente, no de miedo, sino del peso físico de lo que está a punto de decir.

 Durante 55 años ha guardado silencio sobre la verdadera relación entre su comandante Ernesto Guevara y Fidel Castro. La gente cree que conoce esa historia, pero lo que Pombo está a punto de revelar demuestra que la historia oficial es apenas la mitad de la verdad y que la otra mitad fue sepultada deliberadamente en una noche de octubre de 1967.

en un cañón oscuro de Bolivia, entre dos hombres que sabían que el mundo estaba a punto de cambiar para siempre. Pombo no era un guerrillero cualquiera. Para entender el peso de lo que le fue confiado, hay que entender primero qui en era este hombre y porque el Chelo lo eligió a él para cargar con ese secreto.

Harry Villegas conoció a Ernesto Guevara en 1963 cuando era un joven cubano de apenas 22 años que había crecido viendo la revolución como la cosa más sagrada que existía. El chevió en el algo que pocas veces encontraba en sus hombres no solo valentía, sino la clase de lealtad silenciosa que no necesita ser proclamada ni demostrada, la lealtad que simplemente existe como el oxígeno invisible pero indispensable.

 Desde el primer año, el Che comenzó a confiarle cosas que no compartía con nadie más. No estrategias militares ni planes políticos, cosas más pequeñas y más importantes, sus dudas, sus miedos, sus contradicciones. Y Pombo, que era un hombre de pocas palabras, las guardaba con la misma naturalidad con que guarda un cofre su contenido.

 En 1965, cuando El Che decidió dejar Cuba para llevar la revolución al Congo, eligió a Pombo como uno de sus comandantes más cercanos. Lo que encontraron en África fue devastador. Los guerrilleros congoleños no estaban preparados para la clase de guerra que Guevara sabía librar. La selva era hostil de una manera diferente a todas las selvas que había conocido antes, como si la propia Tierra rechazara aquella revolución importada.

 El che enfermó gravemente de Disentería y melerie, y en medio de esa miseria física, Pombo comenzó a notar algo que le perturbaba profundamente. Los mensajes que salían hacia Cuba pidiendo armas, medicinas, refuerzos parecían caer en un silencio espeso. Fidel respondía con palabras vagas, con promesas que se deshacían en el aire húmedo africano antes de que nadie pudiera sostenerlas.

 Los hombres morían y el Che empezó a apagarse por dentro de una manera que Pombo reconocía porque la había visto antes. No era la derrota ante el enemigo, sino la derrota ante el abandono. Cuando la misión del combo colapsó a finales de 1965, el Ch leyó el último mensaje que llegó de La Habana. Era frío, casi burocrático, la clase de carta que se escribe cuando ya no queda afecto que disimular.

 Lo que más le dolió no fue el contenido, sino la firma. Ya no decía hermano, decía solo Fidel como si lo hubiera borrado de su vida con la misma facilidad con que se borra un hombre de una lista. El che arrojó el papel al fuego y permaneció en silencio durante un rato largo, mirando como las llamas lo consumían. Pombo estaba presente, pero no dijo nada.

 Había aprendido que los silencios del Che contenían más verdad que los discursos de la mayoría de los hombres. Para un momento, no te pierdas este detalle porque es el núcleo de todo lo que vendrá después. En ese instante, frente al fuego africano, el Chellas sabía algo que no diría en voz alta hasta mucho más tarde, ya no en el Congo, sino en Bolivia, ya no con fuerzas, sino con horas contadas.

 Lo que sabía era esto, que Fid lo había enviado lejos, no por fe en la revolución global, sino por miedo a lo que el CH representaba dentro de Cuba, que el abandono no era un error de logística ni una limitación de recursos, era una decisión política tomada en frío por un hombre que amaba el poder más de lo que amaba a su hermano.

 1966 instalados en Tensenie mientras el Che recuperaba las fuerzas que África le había robado. Llegó la noticia del siguiente destino. Bolivia, una guerrilla nueva, un continente distinto. Una apuesta que el propio Che describió ante Pombo con esa mezcla extraña de determinación y resignación que solo se encuentra en los hombres que ya han aceptado su final, pero deciden caminar hacia él de todas formas.

 Cuando Pombo le preguntó y esta vez Fidel os apoyaría de verdad, el che guardó un silencio que duró mucho más de lo que debía. Luego respondió que fidelaría lo suficiente para que nadie pudiera acusarlo de abandono abierto, pero no lo suficiente para garantizar el éxito. Estaban solos, dijo, completamente solos.

 Y en su voz no había amargura, había algo peor. La resignación lúcida de quien ya no espera nada diferente, llegaron a Bolivia en noviembre de 1966 con 50 hombres mal equipados, comunicaciones deficientes y la certeza íntima compartida en silencio entre los dos, de que nadie vendría a rescatarlos si las cosas salían mal.

 El ejército boliviano, entrenado por asesores de la CIA empezó a acercar la zona desde los primeros meses. Los campesinos loers desconfiaban de esos extranjeros que hablaban de revolución en un idioma que no era el suyo. Los mensajes hacia Cuba se volvieron cada vez más urgentes y cada vez más ignorados. Pombo enviaba las solicitudes del Che noche tras noche.

 Armas, municiones, penicilina, un radio nuevo, hombres y desde La Habana llegaban respuestas que prometían ayuda sin enviarla nunca. La clase de respuestas que son peores que el silencio porque mantienen viva una esperanza que ya no tiene razón de existir. Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que Pombo descubriría años después, cuando se desclasificaron archivos cubanos en la década del 90, era aún más perturbador que el abandono mismo.

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