Fidel había recibido cada uno de esos mensajes, los había leído y había tomado la decisión consciente, deliberada, de no enviar lo que se pedía. No por limitaciones reales, no por errores de cálculo, sino porque un che victorioso en Bolivia habría sido para Fidel un problema mucho más grande que un che muerto. Y esa respuesta que Pombo tardaría décadas en encontrar llegó finalmente la noche del 7 de octubre de 1967 de los propios labios del Che.
A pocas horas de ser capturado para siempre. Los primeros meses en Bolivia destruyeron cualquier ilusión que pudiera quedar. El ejército boliviano, entrenado y dirigido por asesores de la CIA que conocían la doctrina de contrainsurgencia mejor que sus propios alumnos, fue cerrando el cerco con una paciencia metódica que resultaba más aterradora que cualquier ataque directo.
La guerrilla del Che no tenía apoyo local. Los campesinos desconfiaban de esos hombres de afuera que llegaban con fusiles y teorías y esa desconfianza era una herida que ninguna proclama revolucionaria podía cerrar. Para fines de 1966, la columna ya estaba fragmentada. Para mediados de 1967 era una sombra de lo que había sido. Pombo era el encargado de las comunicaciones.
Cada noche, en cualquier rincón de selva donde se detuvieran, intentaba establecer contacto con la Habana. Enviaba las solicitudes que el che redactaba personalmente con la precisión meticulosa de quién sabe que cada palabra puede ser la diferencia entre vivir y morir rarmas. medicamentos para el asmaquelo, consumía, baterías, nombres de hombres entrenados que podían reforzar la columna.
Y desde Cuba llegaban respuestas que prometían sin comprometerse, que reconocían sin actuar, que mantenían viva la línea de comunicación sin enviar nada de lo que realmente se necesitaba. Pombo aprendió a leer esas respuestas con el mismo desencanto. Con que se lee un parte médico que no dice la verdad completa. Todo sonaba razonable, pero algo fandemente faltaba.
siempre lo que Pombo descubriría décadas después, cuando documentos del Ministerio del Interior Cubano empezaron a filtrarse a investigadores independientes en los años 90, era que Fidel Castro había leído cada uno de esos mensajes, los había recibido, los había procesado y había tomado decisiones conscientes respecto a cada solicitud.
No hubo confusión logística, no hubo errores de coordinación, hubo cálculo. La diferencia entre esas dos explicaciones es la diferencia entre una tragedia y una traición. Y Pongo tardó décadas en poder nombrarla con esa palabra sin que la voz se le quebrara. Para el séptimo día de octubre de 1967. De los 50 hombres que habían llegado a Bolivia un año antes, quedaban 17.
Estaban hambrientos, enfermos, rodeados por tres flancos y con el cuarto cerrado por un río que no podían cruzar. El Che tenía el asma más grave que Pombo le había visto en todos los años que llevaban juntos. Cada respiración era audible. Cada paso costaba una negociación silenciosa con un cuerpo que se estaba rindiendo más rápido que la voluntad que lo habitaba.
Se habían refugiado en un cañón angosto cerca del poblado de la higuera, sin fuego para no delatar la posición, comiendo lo último que les quedaba. Era una de esas noches en que el silencio tiene textura, en que el aire de la selva pesa diferente porque todo lo que está por pasar ya existe en potencia, esperando solamente que el tiempo lo haga real.
Alrededor de las 11 de la noche, el che buscó a Pombo con la mirada y le indicó con un gesto que se alejara del grupo. Se internaron unos metros entre los arbustos, lo suficiente para que las voces no llegaran a los otros hombres. La luna casi llena iluminaba apenas los contornos de sus rostros y Pombo notó algo en el cheque que no había visto antes o que quizás había visto, pero había preferido no nombrar una calma que no era serenidad, sino aceptación.
La diferencia es sutil, pero absoluta. La serenidad viene de creer que todo saldrá bien. La aceptación viene de saber que no y de haber hecho las paces con eso. Lo que el Chele dijo esa noche en el cañón boliviano no fue una confesión improvisada, era algo que había estado construyendo durante años.
¿Qué había pensado en el Congo mientras esperaba mensajes que no llegaban? ¿Qué había madurado en Tensenie mientras miraba los mapas de Bolivia sabiendo lo que vendría? ¿Qué había confirmado en cada noche sin respuesta desde La Habana? Lo dijo con la precisión de quién ha ensayado las palabras hasta que ya no duelen al pronunciarlas, aunque duelen igual.
Le dijo que Fidel sabía desde el principio que la misión estaba condenada, no porque le faltara capacidad analítica para entenderlo, sino precisamente porque la tenía. le dijo que había enviado 47 mensajes a La Habana en los últimos 10 meses, 47 solicitudes de ayuda concreta y verificable y que en ninguna de las respuestas recibidas había llegado lo que había pedido.
No una sola vez le dijo que eso no era incompetencia ni mala suerte, ni las dificultades inevitables de la logística revolucionaria. Era una política, una decisión tomada con la misma frialdad con que se toman todas las decisiones que tienen consecuencias irreversibles para otros. Le dijo que Fidel podía haber enviado un avión con suministros en 24 horas si hubiera querido, porque Cuba tenía los recursos y los contactos y las rutas para hacerlo, y que no lo había hecho porque no quería.
Pombo escuchó todo esto en silencio, de pie en la oscuridad boliviana, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía menos sólido con cada palabra. Había una parte del que quería interrumpir, que quería hacer otra explicación, que quería proteger la imagen que había construido durante años de la amistad entre los dos hombres más importantes de la revolución, pero no interrumpió.
Había aprendido que los silencios del Che pedían ser respetados y este en particular pedía más que respeto. Pedía que alguien lo sostuviera sin intentar arreglarlo. El Che continuó. Le dijo que Fidel lo había empujado hacia Bolivia no a pesar de saber que fracasaría, sino precisamente porque lo sabía, que dentro de Cuba, vivo y activo, representaba una incomodidad demasiado profunda para ser gestionada políticamente.
Era demasiado puro para el pragmatismo que el poder requería. Era demasiado honesto para los compromisos que gobiernar una isla pequeña rodeada de enemigos grandes inevitablemente exigía. Y lo que era aún más difícil de soportar para Fidel, según el propio Che, era que el pueblo cubano lo amaba con una intensidad que no era inferior a la que sentía por el propio Fidel, tal vez superior.
Y ese amor había sido construido a través del sacrificio, no del poder. Y esa clase de amor no se puede reemplazar ni controlar. le dijo que Fidel no era un monstruo. Esa precisión importaba y el che la hizo explícita. No había ordenado ninguna ejecución. No había enviado ninguna gente a sabotear la guerrilla. No había firmado ningún documento que pudiera leerse como una orden de eliminación.
Lo que había hecho era más sutil y más político y en cierto modo más difícil de perdonar que la maldad abierta. Había creado las condiciones para que la muerte fuera el resultado probable y luego había esperado a que ocurriera. Y cuando eso ocurriera, lloraría en el funeral. Convertiría la muerte en un símbolo, construiría un mártir que pudiera controlar, porque los mártires no cuestionan ni hacen sombra.
Muerto, el che sería útil para la revolución, tal como Fidel la entendía. Vivo. Era una amenaza constante para la versión de esa revolución que Fidel necesitaba que prevaleciera. Pombo preguntó lo único que podía preguntar en ese momento. ¿Por qué entonces no intentaban escapar? ¿Por qué no cruzaban a Chile o a Perú o a cualquier lugar donde las probabilidades fueran mejores? El Che respondió algo que Pombo no olvidaría en los 55 años siguientes, que si se rendía, si huía, si sobrevivía, de cualquier manera que implicara abandonar
la lucha. Fidel ganaba de todas formas. Podría decir que las ideas habían fallado, que el camino pragmático era el correcto, que la pureza ideológica era un lujo, que la realidad no se podía permitir. Pero si moría allí peleando hasta el final, se convertía en algo que Fidel nunca podría hacer, aunque viviera 100 años un mártir verdadero, sin compromisos, sin concesiones, sin la mancha de haber elegido la comodidad sobre el principio.
Y eso dijo el Che, era su única venganza posible, no contra Fidel como persona, sino contra todo lo que Fidel había elegido ser. Antes de que el silencio se cerrara sobre esa conversación, el Chele pidió una promesa que si sobrevivía, si lograba salir de Bolivia y regresar a Cuba, no le dijera nada a Fidel, ningún reproche, ninguna acusación, ninguna repetición de lo que se había dicho esa noche.
No porque Fidel lo mereciera, sino porque ya lo sabía. Ya cargaba con eso y cargaría con ello durante el resto de su vida, que sería larga, mucho más larga que la del Che. Y cada día de esa vida sería un día adicional de recordar. Esa sería la carga, el castigo real. No necesitaba que Pombo lo enunciara.
La mañana del 8 de octubre llegó con la frialdad propia de las alturas bolivianas y la guerrilla se puso en movimiento al amanecer. El Che caminaba con dificultad. El asma lo había reducido a una capacidad pulmonar que apenas alcanzaba para sostenerse en pie. Y cada metro de terreno ascendente era una negociación silenciosa con un cuerpo que se rendía más rápido que la voluntad.
Pombo caminaba detrás de él observándolo con esa mezcla de admiración y dolor que solo se siente por alguien a quien se admira demasiado como para mentirle sobre lo que se está viendo. A la 1:30 de la tarde, cuando la columna avanzaba por un cañón estrecho en las proximidades de la higuera, comenzó el tiroteo. Fue sin advertencia previa, sin ese segundo de silencio anormal que a veces precede a las emboscadas y que los guerrilleros experimentados aprenden a reconocer.
Las varas llegaron desde arriba y desde los flancos simultáneamente, lo que significaba que la posición había sido preparada con anticipación que alguien había informado la ruta. El ejército boliviano sabía exactamente dónde estaban. El cerco no había sido fortuito, lo que siguió, duró menos de 3 horas, pero tuvo la densidad temporal de algo mucho más largo.
Los guerrilleros respondieron al fuego desde posiciones que eran inevitablemente inferiores, sin cobertura adecuada, sin munición suficiente, sin la energía física que habría requerido resistir un enfrentamiento prolongado. Bombovioka era hombres que conocía desde hacía años. Hombres que habían cruzado el Atlántico y los Andes por una idea en la que creían con la misma intensidad con que otros creen en algo más antiguo.
Vio a Alche intentar avanzar por una ladera con el rifle en una mano y la otra presionada contra el pecho, como si pudiera contener el asma con la presión de los dedos. Y en un momento que Pombo no podría ubicar con precisión en el tiempo, porque el tiempo y los combates no funciona como el tiempo en el resto de la vida.
El Che se detuvo y giró la cabeza, sus ojos encontraron los de Pombo. La sonrisa que Pombo vio en ese momento lo persegiría durante medio siglo. No era la sonrisa de alguien que estaba ganando, ni la de alguien que estaba resignado a perder. Era la sonrisa de alguien que había llegado exactamente al lugar al que había decidido llegar, que había cumplido con algo que se había propuesto, aunque ese algo fuera paradójicamente su propio fin.
Era la sonrisa de la coherencia absoluta, que es la cosa más rara y más terrible que puede verse en el rostro de un hombre. Cinco guerrilleros lograron escapar del cerco, entre ellos pombo. Se escondieron en la vegetación mientras el combate se apagaba y el ejército boliviano aseguraba las posiciones. Esa noche, escuchando losidios militares capturados semanas antes, Pombo y los sobrevivientes supieron que un prisionero había sido identificado como comandante guerrillero y trasladado a una escuela del poblado.
Pombo quiso regresar, quiso organizar algo, cualquier cosa. Los demás le recordaron las órdenes que el propio Che había dado en múltiples ocasiones. Si me capturan, sigan. La misión no termina conmigo. La mañana del 9 de octubre, a las 13 hor:10 minutos, la transmisión que Pombo esperaba y temía llegó por el radio. El prisionero había sido ejecutado.
Su nombre era confirmado. El cuerpo sería trasladado para verificación formal. Pombo escuchó esas palabras en el interior de una cueva a varios kilómetros de la higuera. rodeado de cuatro hombres en silencio. No hubo llanto inmediato, hubo algo más profundo, la certeza aplastante de que el Che había tenido razón en todo, que no hubo intento de rescate desde Cuba, que no hubo presión diplomática ni operación de extracción, ni ninguna de las cosas que se hacen cuando alguien verdaderamente no quiere que otro muera.
Kel había visto todo esto con absoluta claridad desde aquella noche en el Congo y que había sejido adelante de todas formas, porque esa claridad, lejos de paralizarlo, había sido su brújula. Pombo tenía una promesa que cumplir y los meses que le llevaría a salir de Bolivia, cruzar la frontera, llegar hasta Chile y finalmente regresar a Cuba serían los meses más largos de su vida, meses en que esa promesa echa en voz baja a un hombre que ya no estaba, sería lo único que lo mantendría orientado dentro de la oscuridad. Pombo regresó a
Cuba en febrero de 1968 después de 4 meses de fuga. El recorrido había sido Bolivia, la frontera, Chile, contactos clandestinos, rutas que no podían ser directas porque nada en aquella etapa de la historia podía hacerlo. Cuando pisó tierra cubana fue recibido como lo que era un sobreviviente, uno de los pocos hombres vivos que habían estado con el Che hasta casi el final.
Los periódicos publicaron su foto, el gobierno lo condecoró y Fidel Castro lo recibió en privado a solas en el Palacio de la Revolución para pedirle que le contara cómo había muerto su hermano. Pombo lo miró a los ojos y tomó la decisión más difícil de su vida. tenía la verdad en la boca, tenía las palabras exactas que el che había dicho en aquel cañón oscuro, tenía el derecho y quizás la obligación de repetirlas, pero también tenía una promesa y eligió la promesa.
Le dijo que el Che había muerto como un guerrero luchando hasta el final sin miedo. Fidel asintió con los ojos húmedos y dijo que lo sabía, que el Che era el más valiente de todos. Pombo sostuvo la mirada sin apartar los ojos y vio algo en el fondo de esos ojos que confirmó todo. Una culpa antigü densa que ningún discurso público y ninguna ceremonia oficial podría disolver jamás.
No necesitó decir nada más. El che había tenido razón también en eso. Durante los años que siguieron, Pombo vivió con ese peso de una manera que solo puede entenderse si se acepta que hay secretos que no pesan como objetos, sino como clima. como la humedad constante que lo impregna todo, sin que nadie pueda señalar exactamente de dónde viene.
Cada 9 de octubre, Kube se detenía para honrar al Che. Fidel daba discursos en los que hablaba de su hermano con una emoción que Pombo no podía saber si era genuina o aprendida o ambas cosas al mismo tiempo, que es probablemente lo más cercano a la verdad. Y Pombo estaba allí de pie en silencio, cumpliendo su promesa de la única manera que podía cumplirla.
No diciendo nada, en 1997 encontraron los restos del Chi en Bolivia y los trasladaron a Cuba con honores de estado. Pombo estuvo en el aeropuerto cuando llegó el féretro. Vio a Fidel acercarse, poner la mano sobre la madera y susurrar algo que no estaba destinado a ningún oído. Pero Pombo estaba cerca, demasiado cerca para no escuchar dos palabras.
Perdóname, hermano. Pombo no necesitó más. Esas dos palabras eran la confesión que ningún archivo, ningún documento desclasificado y ninguna investigación académica podría haber producido con la misma contundencia. Fidel sabía, siempre había sabido y había vivido 30 años cargando con eso, que era exactamente el castigo que el Che había predicho en la oscuridad boliviana en 2014.
2 años antes de morir, Fidel le preguntó a Pombo directamente si el Chele había dicho algo sobre él antes de ser capturado. Era la primera vez en 47 años que hacía esa pregunta en voz alta y Pombo supo que era también la última. Le respondió la verdad a medias, que era la única verdad que la promesa le permitía, que el Chel le había pedido que no le dijera nada porque él ya lo sabía.
Fidel cerró los ojos. Cuando los abrió, tenía una lágrima en la mejilla que no intentó disimular. Dijo que el che había tenido razón, que siempre la había tenido. No fue una confesión completa, fue algo más extraño y más honesto que una confesión. Fue el reconocimiento de un hombre viejo de que el hombre al que había abandonado, lo había conocido mejor de lo que él se había conocido a sí mismo Fidel Castro murió el 25 de noviembre de 20116.
Pombo asistió al funeral y escuchó los discursos que hablaban de grandeza y legado y dedicación y pensó en el Cheé muriendo en un salón de escuela en Bolivia mientras Fidel vivía 49 años más. No con odio ni amargura, con esa tristeza que ya no duele porque lleva demasiado tiempo instalada para seguir doliendo.
Después de la muerte de Fidel apareció una carta sellada que nadie sabía que existía, escrita por él en 2015 con instrucciones de abrirla cuando Pombo comenzara a hablar públicamente. Era como si Fidel hubiera sabido que Pombo hablaría, como si lo hubiera esperado, como si hubiera querido tener la última palabra, incluso desde el otro lado.
La carta admitía todo, que la misión boliviana estaba condenada y que él lo sabía, que pudo enviar ayuda y eligió no hacerlo, que no había ordenado la muerte del Che, pero había creado las condiciones para que fuera inevitable. Y en la línea que dejó a Pombo sin palabras, Fidel escribía que el Che era mejor hombre que él en todos los sentidos que importan y que no había podido soportarlo y que es su castigo había sido vivir 49 años sabiendo exactamente lo que había destruido.
La carta terminaba con una sola frase dirigida al Che: “Te amé mal, pero te amé con todo lo que tenía.” Pombo leyó esa carta y lloró por primera vez en décadas, no por Fidel ni por el Che, sino por los dos juntos, por lo que habían sido antes de que el poder lo separara por la amistad que existió de verdad antes de convertirse en lo que terminó siendo.
Viajó a Santa Clara, al mausoleo, donde descansan los restos del Cheé, y se quedó solo frente a la tumba durante un tiempo que no midió. le habló en voz alta porque ya no había nadie a quien le importara lo que decía, ni nadie a quien pudiera dañar diciéndolo. Le dijo que había cumplido su promesa. Le dijo que esperaba haber hecho lo correcto.
Le dijo que el mundo necesitaba saber que había sido un hombre real, no un dios, y que esa verdad paradójicamente lo hacía más grande. Harry Villegas Pombo murió el 28 de septiembre de 2023 a los 84 años. En su testamento dejó escrito que la verdad siempre encuentra su momento, que puede tardar décadas, que puede costar toda una vida, pero que eventualmente inmerse.
Y que cuando lo hace es mejor que la mentira, por dolorosa que sea, porque las mentiras cómodas protegen a los muertos, pero traicionan a los vivos, que necesitan entender qué pasó realmente y por qué. Esa fue su última lección y ahora es tuya también para hacer con ella lo que creas correcto.