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El Padrino de la televisión mexicana: El sistema de sumisión, humillación y control absoluto de Raúl Velasco que marcó a una generación de estrellas

El 26 de noviembre de 2006, en una silenciosa residencia de Acapulco, lejos de los reflectores, los aplausos y los foros de televisión que durante casi treinta años obedecieron ciegamente cada uno de sus gestos, Raúl Velasco falleció a los 73 años. No hubo un público de pie, no hubo ovaciones, solo un cuerpo cansado y vulnerable que ya no controlaba absolutamente nada. Mientras los noticieros nacionales preparaban homenajes institucionales pulcrisimos y apresurados, en la intimidad se cerraba una vida marcada por el ejercicio del poder más centralizado y absoluto que haya conocido la industria del entretenimiento en América Latina. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no ocurrió el día de su deceso, sino en todo lo que comenzó a emerger de las sombras colectivas de la farándula mexicana de forma posterior.

Durante casi tres décadas, la voz de Raúl Velasco decidió de manera unilateral quién existía y quién no en el firmamento musical mexicano. Su programa emblemático, Siempre en Domingo, estrenado en 1969 bajo el cobijo de Emilio Azcárraga Milmo, el legendario “Tigre” de Televisa, no era simplemente una plataforma de variedades; funcionaba como una aduana emocional implacable y una frontera existencial definitiva. Cruzar esa frontera con la bendición del conductor significaba la fama internacional inmediata; quedarse fuera implicaba la desaparición del mapa cultural de manera fulminante. Artistas consagrados y jóvenes prom

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