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Ex Reina De Belleza Colombiana Se Casó Con Estadounidense Viejo — Encontrado Muerto En Su Cama

Ex Reina De Belleza Colombiana Se Casó Con Estadounidense Viejo — Encontrado Muerto En Su Cama

Rosa Méndez llevaba 4 años limpiando el apartamento 8B del edificio Monteverde en el barrio Chapinero Alto de Bogotá. Conocía ese apartamento mejor que muchos de sus propios espacios. Sabía qué cajón cerraba mal. Sabía que la ducha del baño principal tardaba 3 minutos en calentarse.

 Sabía que el señor Charles siempre dejaba su vaso de agua de la noche sobre la mesita del lado derecho de la cama. Ese lunes llegó a las 8:14 de la mañana, como todos los lunes. Tocó el timbre, nadie respondió. Usó su llave, llamó desde el corredor. Silencio. La puerta del cuarto principal estaba cerrada, lo cual era inusual porque Charles dormía con ella abierta.

Rosa tocó dos veces, esperó, abrió. Charles Whitfield, 67 años, empresario de Atlanta, Georgia, estaba en la cama con la cobija hasta el pecho y los ojos entrecerrados como alguien que se quedó dormido mirando el techo. Rosa lo llamó por su nombre. No hubo respuesta. Se acercó, le tocó el hombro.

 Estaba frío desde hacía horas. Eso fue el lunes a las 8:14 de la mañana. Y para entender cómo llegamos hasta esa habitación, hay que retroceder exactamente 5 meses, porque esta historia no empieza con una muerte, empieza con un evento corporativo y una mujer que sabía exactamente cómo entrar a una habitación y cómo salir de ella sin que nadie lo recordara.

 Adriana Pedraza tenía 31 años cuando Charles Whitfield la vio por primera vez, no en una app, no en redes sociales, en persona, en el salón de eventos del hotel Sofitel de Bogotá durante una recepción para empresarios del sector de servicios veterinarios que Adriana había organizado como parte de su trabajo como asesora de protocolo y comunicación corporativa.

Tenía 95000 seguidores en Instagram. No los había conseguido siendo influencer. Los había conseguido siendo lo que era, una mujer con criterio visual preciso, una capacidad natural para hablar en cámara y una historia que la gente quería escuchar. Su contenido no era glamour, era sustancia presentada con elegancia, que es una combinación más difícil de lograr de lo que parece.

 Y aquí tengo que decirte algo sobre Adriana Pedraza, que los medios simplificaron después hasta hacerle daño a la verdad. La llamaron ex reina de belleza, como si eso lo explicara todo. Y sí, Adriana había sido reina del Café de Caldas 7 años atrás, a los 24, en un concurso regional con tradición de décadas en el Eje Cafetero.

 Pero eso era el dato más viejo de su biografía, no el más relevante. Lo más relevante era lo que había construido después, una firma de asesoría de imagen y comunicación con cuatro clientes corporativos fijos, un podcast de marca personal con 12,000 escuchas por episodio y una reputación en el sector de eventos de Bogotá que le conseguía trabajo sin necesidad de buscar. Pero eso no es lo más extraño.

Lo más extraño es que Adriana había investigado a los asistentes al evento del Sofitel antes de que llegaran. era parte de su método de trabajo, conocer a los clientes potenciales antes de conocerlos. Charles Whitfield, viudo desde hacía 3 años, dueño de una red de seis clínicas veterinarias en el estado de Georgia, patrimonio estimado en ,300,000 entre activos fijos y cuentas de inversión.

 Viajaba a Bogotá cada 6 semanas por negocios relacionados con importación de insumos médicos veterinarios desde laboratorios colombianos. Cuando Charles se acercó esa noche y se presentó, Adriana ya tenía la ficha completa. Esta historia ocurrió en Bogotá, pero sé que muchos de ustedes me siguen desde distintos rincones del continente, desde Chile, desde Venezuela, desde Perú, desde México, desde lugares que no alcanzo a imaginar.

 Déjenme en los comentarios desde dónde están viendo esto, porque me interesa saber hasta dónde llegan estas historias. La conversación esa noche en el Sofitel duró hasta que el personal del hotel empezó a recoger las mesas. Charles hablaba con la lentitud pausada de los hombres del sur de los Estados Unidos, que aprendieron que no hay prisa en ninguna conversación que valga la pena.

 Le preguntó a Adriana sobre su trabajo con una curiosidad que no parecía protocolar. le preguntó por Bogotá con el interés genuino de alguien que lleva dos años visitando una ciudad y siente que todavía no la entiende del todo. Adriana respondió todo con la precisión de alguien que sabe que la primera conversación define el tono de todas las que vienen.

 Al final de la noche, Charles le pidió su tarjeta. Adriana se la dio y agregó, sin que él preguntara que si quería conocer Bogotá de verdad en su próxima visita, ella podía mostrarle la ciudad que no aparece en las guías de turismo para ejecutivos. Charles volvió seis semanas después, la llamó el segundo día y ese segundo encuentro no fue en ningún restaurante de ejecutivos ni en ningún lugar que apareciera en una guía de negocios.

 Fue en el mercado de las pulgas del parque Elrey un domingo por la mañana entre puestos de libros viejos y muebles con historia con el ruido de la ciudad de fondo y dos tintos comprados en un carrito de madera que costaban 1000 pesos cada uno. Presta atención a este detalle porque va a ser clave más adelante.

 En ese encuentro, mientras caminaban entre los puestos, Charles mencionó de pasada que sus dos hijos adultos en Atlanta, Brett y Melissa, no habían tomado bien su viudez, que lo llamaban demasiado, que lo trataban como si la muerte de su madre lo hubiera dejado incapaz de tomar decisiones propias, que lo que más extrañaba de su vida antes de enviudar no era la compañía en sí, sino la sensación de que alguien confiaba en su criterio.

 Adriana escuchó eso con una atención que Charles notó y agradeció. Y hay algo que todavía no te he contado sobre ese domingo en el mercado, porque mientras Charles hablaba de sus hijos y de Atlanta, Adriana recibió un mensaje en su teléfono que leyó de reojo y guardó sin responder. El remitente guardado como una inicial, ese no era un cliente, no era una amiga, era alguien que Adriana llevaba años manteniendo en un compartimento separado de su vida, que nadie de su entorno conocía. completamente.

Ese mensaje de ese decía tres palabras. ¿Cómo va todo? Adriana respondió horas después cuando Charles ya se había ido al hotel. Respondió con cuatro palabras que los investigadores encontrarían meses después en el historial de su teléfono y que cambiarían el rumbo de toda la investigación.

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