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El NIÑO Que el Che SALVÓ en Bolivia — 57 Años Después REVELA La VERDAD Que NADIE Conocía

 

En ese momento nadie sabía que el niño de 8 años escondido detrás de esa roca en las montañas de Bolivia estaba presenciando el último acto de humanidad del Cheegevara. Hoy, 57 años después, ese niño, ahora convertido en un hombre de 65 años, finalmente revela la verdad completa sobre lo que vio ese día de octubre de 1967.

Lo que el Che hizo por él en sus últimas horas de libertad cambiaría para siempre la forma en que el mundo entiende al revolucionario más famoso de la historia. Octubre de 2024, La Paz, Bolivia. Pedro Quispe se sienta frente a la cámara por primera vez en su vida. Sus manos curtidas por décadas de trabajo en el campo tiemblan ligeramente mientras sostiene una fotografía descolorida.

 Es una imagen del cheegue vara que nunca ha sido publicada, tomada por un soldado boliviano días antes de su captura. “Durante 57 años he guardado silencio”, dice Pedro con voz quebrada por la emoción y los años. Prometí no hablar mientras hubiera gente que pudiera sufrir por la verdad, pero todos están muertos ahora.

 Fidel murió en 2016. Los soldados que perseguían al Che ya no están. Y yo yo no tengo mucho tiempo tampoco. Pedro nació en 1959 en una pequeña comunidad quechua llamada Ñanahuazú en el departamento de Santa Cruz, Bolivia. Era el menor de seis hermanos en una familia campesina tan pobre que algunos días solo comían chuño, papas deshidratadas y agua hervida con sal.

 Su padre Martín Quispe trabajaba como jornalero en las haciendas cercanas, ganando apenas lo suficiente para que la familia sobreviviera. Su madre, Rosa, tejía mantas de lana de llama que vendía en el mercado del pueblo cada mes. La vida era dura, pero era la única vida que Pedro conocía. En 1967, cuando Pedro tenía 8 años, algo extraño comenzó a suceder en las montañas que rodeaban su comunidad.El NIÑO Que TRAICIONÓ al Che Guevara --- 57 Años Después CONFIESA Yo Lo  MATÉ - YouTube

 Llegaban soldados constantemente, helicópteros sobrevolaban las cumbres nevadas y los adultos de la comunidad hablaban en voz baja sobre guerrilleros extranjeros que se escondían en la selva. Pedro no entendía significaba todo eso. Para él, la montaña siempre había sido un lugar sagrado donde su abuelo le enseñaba a reconocer las plantas medicinales y a pedir permiso a la Pachamama antes de tomar cualquier cosa de la tierra.

 Pero ahora esa montaña se había convertido en un campo de batalla invisible. Mi padre me advirtió mil veces, recuerda Pedro, cerrando los ojos como si pudiera ver la escena nuevamente. Me decía, Pedro, si ves soldados en el camino, te escondes. Si escuchas helicópteros, corres. Y si encuentras hombres armados en la montaña, actúas como si fueras sordo y ciego.

 No entendía por qué mi padre tenía tanto miedo, pero sabía que debía obedecerle. El 7 de octubre de 1967, Pedro desobedecería ese consejo y esa desobediencia cambiaría su vida para siempre. Era un sábado frío y gris. Pedro había salido temprano en la mañana para buscar leña en las laderas bajas de la montaña. Su madre necesitaba combustible para cocinar y como el más pequeño de la familia, esa tarea siempre le correspondía a él.

 Llevaba un viejo costal de yute sobre su hombro y un machete oxidado que su hermano mayor le había prestado. El aire era tan frío que su aliento formaba pequeñas nubes de vapor y sus pies descalzos no tenía zapatos, se entumecían contra el suelo helado cubierto de rocío. Pedro había caminado durante casi dos horas cuando escuchó algo que lo hizo detenerse en seco.

 Eran voces, voces de hombres hablando en voz baja, pero con urgencia. No eran voces de campesinos. El acento era diferente, extranjero. Algunas palabras sonaban como español, pero con una musicalidad que nunca había escuchado. Eran voces argentinas, cubanas, bolivianas, mezcladas en una conversación tensa y rápida. Siguiendo el instinto de supervivencia que su padre le había inculcado, Pedro se escondió detrás de una formación rocosa grande, cubierta de musgo verde oscuro.

Desde allí asomó apenas la cabeza. Lo que vio lo dejó paralizado de miedo y fascinación. Había aproximadamente 15 hombres en un claro pequeño entre los árboles. Todos estaban flacos, demacrados, con barbas largas y descuidadas. Sus uniformes verdes estaban rasgados y manchados de barro y sangre seca.

 Varios cojeaban visiblemente, tenían rifles, pero muchos de ellos se veían cansados, enfermos, derrotados. Estos eran los guerrilleros de los que todos hablaban. Estos eran los hombres que el ejército boliviano había estado cazando durante meses. Y entre ellos, aunque Pedro no lo sabía entonces, estaba Ernesto Che Guevara.

 El Che en ese momento era un hombre de 39 años que parecía tener 60. El asma que lo había atormentado toda su vida se había agravado terriblemente en la húmeda selva boliviana. No había recibido medicamentos en semanas. Su inhalador se había acabado hacía dos meses y cada respiración era una batalla contra sus propios pulmones.

 Había perdido casi 20 kg. Sus botas estaban desintegradas. envolvió sus pies con pedazos de neumático atados con alambre. Tenía una herida infectada en la pierna izquierda por una caída contra rocas filosas tres semanas atrás la infección se estaba extendiendo y sin antibióticos sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que la gangrena se estableciera.

 Pero lo peor no era el dolor físico, lo peor era la certeza aplastante de que la misión había fracasado. Habían llegado a Bolivia en noviembre de 1966, con sueños grandiosos de encender una revolución continental. El Che había imaginado que los campesinos bolivianos se unirían a su causa en masa, que crearían focos guerrilleros por toda América Latina, que derrotarían a los regímenes militares respaldados por Estados Unidos.

 Pero nada de eso había sucedido. Los campesinos locales, en su mayoría quechuas, que no hablaban español como lengua materna, no entendían ni confiaban en estos revolucionarios extranjeros. Muchos incluso los delataban al ejército a cambio de pequeñas recompensas. Pedro observaba desde su escondite, conteniendo la respiración, vio como uno de los hombres más delgados ese era el Che.

 Aunque Pedro no lo sabía, se dejaba caer contra un árbol con un gemido de agotamiento. Se quitó la boina negra que llevaba y se limpió el sudor de la frente con manos temblorosas. Otro hombre, que después Pedro sabría que se llamaba Pombo, le ofreció una cantimplora de agua. El Che bebió con desesperación, el agua derramándose por su barba enmarañada.

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