Mi nombre es Alberto Granado. El mundo me conoce como el amigo del Cheegevara. Pero nadie pregunta qué pasó con ese amigo. Déjenme decirles la verdad. Ese amigo perdió. La revolución ganó y hoy voy a contar lo que realmente ocurrió. Esta fotografía colgada en mi pared de la Habana la tomaron en 1952. Dos jóvenes sonriendo junto a una motocicleta vieja. Yo tenía 30 años.
Ernesto tenía 23. Éramos hermanos. Lo sentíamos en cada risa, en cada kilómetro de polvo, en cada noche bajo las estrellas. Esa motocicleta destartalada se llamaba la poderosa y realmente lo era. Nos llevó a descubrir un continente entero. Enero de 1952, Buenos Aires. Ernesto llegó tarde, como siempre.
Traía un sombrero ridículo y una mochila llena de libros de medicina. Yo le dije que no cabían. Él insistió. Terminamos dejando la mitad de mi ropa para hacer espacio. Así era Ernesto, testarudo, soñador, imposible de convencer. La carretera se extendía como una promesa infinita. Argentina, Chile, Perú, Colombia. 8,000 km de polvo y montañas.
Dormíamos donde nos agarraba la noche. Ernesto roncaba. Yo me burlaba. Él me tiraba piedrecitas. Así pasábamos las noches como dos niños que acababan de escapar de casa, pero no éramos niños. Todavía creíamos que el mundo se podía cambiar con bondad. En ese viaje, Ernesto descubrió la pobreza de América Latina. Yo la había visto antes, pero verla a través de sus ojos fue como verla por primera vez.
Su indignación era tan pura que me contagiaba. Recuerdo una noche en Chile habíamos visitado una mina de cobre. Esa noche Ernesto no pudo dormir. Me dijo que no podía seguir siendo solo un médico, que curar cuerpos individuales no bastaba cuando todo un sistema estaba enfermo. Puse mi mano en su hombro y en ese silencio sellamos algo.
La certeza de que ese viaje nos había marcado para siempre. La última noche del viaje en Caracas hicimos una fogata. Brindamos por la poderosa. Ernesto me miró con esos ojos oscuros que tenían una intensidad extraña. Me dijo, “Alberto, si no hubiera hecho este viaje contigo, nunca me habría encontrado a mí mismo. Tú me enseñaste todo lo que importa.
” Yo le respondí, “Eres mi hermano, Ernesto. Siempre lo serás. Nos abrazamos. Pensé que nada podría separarnos jamás. Qué equivocado estaba. Los años pasaron. Ernesto terminó medicina, se fue a Guatemala, luego a México. Las cartas iban y venían. Siempre firmaba Tu hermano, Ernesto. En 1956 me escribió desde México.
Había conocido a un cubano llamado Fidel Castro. Iban a hacer una revolución. Me invitó a unirme. Yo le contesté que era una locura. Él me respondió, “Prefiero morir de pie que vivir de rodillas.” Reconocí en esa frase al Ernesto de la carretera. Enero de 1959, la revolución triunfó. Las noticias mostraban a Ernesto junto a Fidel, pero ya no era Ernesto.
Los periódicos lo llamaban Elche. Llevaba boina, fumaba puros. Su mirada había cambiado. Él me escribió, “Alberto, ven a Cuba. Te necesito aquí. Tenemos que construir un mundo nuevo.” Leí esa carta 100 veces. Mi hermano me llamaba. Compré el pasaje sin pensarlo. Marzo de 1959. Aeropuerto de La Habana. El calor caribeño me golpeó al salir del avión.
Todo era caos y alegría. Banderas rojas y negras por todas partes. Jenche cantando. Cuba entera celebraba. Yo también celebraba. Iba a ver a Ernesto después de años. Me dieron la dirección de su oficina, un edificio del gobierno en el centro. Llegué sin avisar. Quería sorprenderlo.
Subí las escaleras con el corazón latiendo fuerte. Una secretaria abrió. Sus ojos se iluminaron. Usted es el amigo del comandante Guevara. Pasé. Me hizo esperar en una sala. Había guardias armados, gente yendo y viniendo con papeles urgentes. Esperé media hora, luego una hora. Finalmente la puerta del despacho se abrió y ahí estaba él.
Pero no era él. Llevaba uniforme verde olivo, boina negra, barba espesa. Estaba más delgado. Sus ojos tenían una dureza que no recordaba. Me miró. Hubo un silencio. Yo sonreí. Me acerqué para abrazarlo. Él extendió la mano. Una mano firme, formal, fría. Alberto, dijo, “bienvenido a Cuba.
Nada más ningún hermano, ningún cuanto te extrañé, solo mi nombre. Dicho con educación. como si fuera un conocido lejano, como si no hubiéramos recorrido juntos 8,000 km, como si no hubiéramos dormido bajo las mismas estrellas. Yo me quedé ahí parado, sintiéndome ridículo. Estreché su mano, estaba fría. Él me invitó a sentarme.
Hablamos de trivialidades, del clima, de mi trabajo futuro como profesor. Todo era correcto, todo era amable, pero algo faltaba. El calor, la hermandad, esa conexión invisible que habíamos tejido en la carretera. Ya no estaba. La reunión duró 20 minutos. Él tenía otra cita. Me despidió con una palmada en el hombro. Nos vemos pronto, Alberto.
Salí de esa oficina sintiendo un frío extraño en el pecho, un frío que el calor de la habana no podía aliviar. Bajé las escaleras lentamente. Me senté en un banco del parque. Saqué aquella fotografía vieja. Dos jóvenes junto a una motocicleta sonriendo como si el futuro fuera una promesa dulce. Y entendí algo terrible.
Ernesto había muerto en algún momento entre aquella carretera de 1952 y esta oficina de 1959, mi amigo había desaparecido. En su lugar había nacido el Che, el comandante Guevara, el revolucionario, el símbolo. Y ese hombre que acababa de estrechar mi mano con frialdad no me conocía. o peor aún, me conocía, pero ya no le importaba porque para ser el che había tenido que dejar de ser Ernesto.
Y Ernesto era quien me amaba como hermano. Esa noche, solo en mi habitación de hotel, escribí en mi diario. Hoy abracé a un mito, no a mi amigo. Los primeros meses en Cuba fueron extraños. Yo tenía un trabajo, tenía un apartamento, tenía colegas en la universidad que me respetaban, tenía todo lo que necesitaba para vivir, excepto lo único que había venido a buscar a mi amigo.
Ernesto estaba en todas partes y en ninguna. Su rostro aparecía en los periódicos. Su voz sonaba en la radio. Los estudiantes hablaban de él con admiración casi religiosa. El comandante Guevara esto, el comandante Guevara aquello. Pero yo no lo veía. Llamaba a su oficina. La secretaria me decía que estaba en reunión, que llamara la próxima semana.
Llamaba la próxima semana, estaba de viaje, que llamara el mes siguiente y así pasaban los días, las semanas, los meses. Una tarde de junio me crucé con él en la calle. Pura casualidad. Él iba rodeado de guardaespaldas, caminando rápido hacia alguna reunión importante. ¿Me vio? ¿Se detuvo, sonró? Esa sonrisa educada que uno le da a un conocido del pasado. Me preguntó cómo estaba.
Le dije, “Qué bien.” Me preguntó por mi trabajo en la universidad. Le dije que iba bien. Hubo un silencio incómodo. Luego miró su reloj. Me dijo que tenía prisa. “Que nos viéramos pronto.” Me dio un abrazo rápido, tan rápido que apenas lo sentí. y se fue. Yo me quedé ahí parado en la acera, viéndolo alejarse, rodeado de sus guardias, entrando a un auto negro que arrancó con urgencia, como si cada segundo de su tiempo valiera más que todas las horas que habíamos compartido en la carretera.
Esa noche escribí en mi diario, Ernesto me trata como si yo fuera un recuerdo bonito pero irrelevante, como si yo fuera parte de su pasado, no de su presente y tal vez tenga razón. Tal vez yo sí soy solo pasado. Septiembre de 1959. Finalmente logré una cita formal con él. Su secretaria me llamó. El comandante Guevara podía recibirme el jueves a las 4 de la tarde, 15 minutos.
Llegué 10 minutos antes. Esperé en esa misma sala donde había esperado la primera vez. Los mismos guardias, la misma sensación de ser un extraño en un lugar que debería sentirse como hogar. A las 4:30 me hicieron pasar. Ernesto estaba firmando documentos. No levantó la vista cuando entré. Me indicó con un gesto que me sentara.
Siguió firmando. Pasó un minuto, 2 minutos. Finalmente dejó la pluma. Me miró esa mirada suya que ya no reconocía, esa dureza, esa distancia. Me preguntó qué necesitaba, como si yo fuera un peticionario más. como si yo fuera alguien que venía a pedirle un favor, no su hermano que venía a pedirle tiempo. Le dije que no necesitaba nada, que solo quería verlo, que lo extrañaba, que extrañaba nuestras conversaciones, extrañaba al Ernesto que conocí.
Él se quedó callado. Luego suspiró. un suspiro cansado me dijo que entendía que él también extrañaba esos tiempos, pero que esos tiempos habían terminado, que ahora había una revolución que construir, que no había espacio para nostalgia, que el pasado era hermoso pero inútil y que él no podía permitirse ser inútil.
Le pregunté si yo era inútil para él. Se quedó callado otra vez. Luego dijo algo que me partió el alma. Alberto, tú me recuerdas quién era y yo no puedo ser esa persona nunca más. Cada vez que te veo siento una tentación de volver, de ser solo Ernesto. Y eso sería una traición a todo por lo que hemos luchado. Yo no supe qué decir.
Él se puso de pie. La reunión había terminado. Me acompañó hasta la puerta. Me puso la mano en el hombro. me dijo que me cuidara, que hiciera bien mi trabajo, que eso era contribuir a la revolución y cerró la puerta. Yo bajé las escaleras con una sensación de vacío que no había sentido nunca, ni siquiera cuando murió mi padre, porque mi padre había muerto, pero Ernesto seguía vivo y eso hacía todo más doloroso.
Los meses siguientes fueron una lenta agonía. Yo trataba de concentrarme en mi trabajo. Enseñaba bioquímica a estudiantes entusiastas. Hacía investigación, escribía artículos, pero siempre había una parte de mí que esperaba, que esperaba una llamada, una carta, una señal de que Ernesto se acordaba de mí, de que yo todavía importaba.
A veces lo veía en actos públicos. Él en el estrado dando discursos, yo entre la multitud mirándolo desde lejos. Hablaba de justicia, de revolución, de sacrificio. Su voz era firme, sus palabras eran poderosas. La gente lo adoraba. Y yo me preguntaba si alguna vez había sido real, si ese Ernesto que reía conmigo en la carretera realmente había existido o si solo había sido un ensayo, un borrador de este hombre duro que ahora veía ante mí.
En octubre de 1960 lo vi en la universidad. había venido a dar una conferencia. Habló durante 2 horas sobre economía socialista. Yo estaba en la primera fila. Lo miraba fijamente, esperando que me viera, que me reconociera, que aunque sea sonriera, pero sus ojos pasaban sobre mí como sobre cualquier otro rostro en el auditorio.
Al final de la conferencia hubo preguntas. Yo no levanté la mano. ¿Qué iba a preguntar? ¿Te acuerdas de mí? Cuando terminó el acto me acerqué. Había una multitud de estudiantes rodeándolo. Todos querían hablar con él. Todos querían tocarlo. Yo esperé. Cuando la multitud se dispersó, me acerqué. Lo llamé Ernesto. Se volteó. Me vio.
Hubo un destello de algo en sus ojos. Cariño, incomodidad. No lo sé, me dijo. Alberto, qué sorpresa verte aquí. como si no fuera obvio que yo estaría ahí, como si yo no trabajara en esa universidad, como si él hubiera olvidado completamente que yo existía. Hablamos brevemente, 3 minutos, cuatro a lo mucho.
Me preguntó por mi trabajo. Yo le dije, “Qué bien.” Le pregunté por él. Me dijo que ocupado. Luego alguien lo llamó. Tenía otra reunión. Siempre tenía otra reunión. me despidió con un nos vemos, hermano, pero la palabra hermano sonó vacía, como una fórmula de cortesía, como algo que uno dice pero no siente.
Esa noche no escribí en mi diario, no tenía palabras. Noviembre de 1961. Dos años habían pasado desde mi llegada a Cuba. Dos años de esperar, de intentar, de ser ignorado. Entonces recibí una llamada. Era Ernesto. Su voz sonaba diferente, más suave, más humana. Me dijo que quería verme, que quería cenar conmigo, los dos solos, como en los viejos tiempos.
Mi corazón dio un salto. Dije que sí inmediatamente. Acordamos en un pequeño restaurante en el vedado, un lugar discreto, sin guardaespaldas, sin protocolo, solo nosotros dos. Llegué temprano, pedí una mesa en la esquina. Esperé nervioso, como si fuera una primera cita. A los 20 minutos llegó él. Vestía ropa civil sin uniforme, sin boina.
Casi parecía el Ernesto de antes. Se sentó, sonrió. Una sonrisa verdadera. La primera sonrisa verdadera que le veía en dos años. Pedimos comida. Hablamos de cosas triviales al principio, del clima, de la comida cubana, de la universidad, pero había una tensión en el aire, algo que ninguno de los dos decía. Finalmente, después del segundo trago de Ron, yo rompí el silencio.
Le dije que lo extrañaba, que extrañaba nuestra amistad, que no entendía por qué nos habíamos distanciado tanto. Él dejó su vaso en la mesa, me miró directo a los ojos. Por primera vez en mucho tiempo. Vi al Ernesto real detrás de la máscara del che. me dijo, “Alberto, yo también te extraño todos los días, pero ya no puedo ser tu amigo.
” Esas palabras me cayeron como un puñetazo. Le pregunté por qué. Él suspiró largo, profundo, luego habló. Me dijo que cada vez que me veía sentía la tentación de volver, de ser el Ernesto que yo conocí, que yo le recordaba una época en la que podía ser humano, en la que podía tener amigos, en la que podía reír sin culpa.
Pero que ahora ya no podía darse ese lujo, que el Che no podía tener amigos, solo camaradas, que el Che no podía sentir nostalgia, solo determinación, que el Che no podía mirar atrás, solo adelante. Yo ya no soy Ernesto me dijo. Ernesto murió en algún lugar entre Argentina y aquí. Y tú, Alberto, eres el último testigo de que Ernesto existió y eso me duele, porque cada vez que te veo veo mi propia tumba.
Le pregunté, “Entonces, ¿qué soy yo para ti?” Me respondió, “Eres mi pasado, Alberto. Y yo no puedo vivir en el pasado. Tengo que vivir en el futuro. Y en ese futuro no hay espacio para lo que fuimos. Yo sentí que me ahogaba. Le dije, “Pero yo, ¿qué hice mal? ¿Por qué me castigas así?” Él negó con la cabeza.
Me dijo, “No hiciste nada mal. Ese es el problema. Tú sigues siendo el mismo Alberto de siempre, bueno, leal, humano. Y yo ya no puedo permitirme ser humano, porque si soy humano voy a dudar y si dudo voy a fallar y si fallo miles de personas van a morir. Así que elegí elegí ser el Che en lugar de ser Ernesto y esa elección significa perderte a ti.
Hubo un silencio largo, doloroso. Finalmente le pregunté, “¿Valió la pena?” Él se quedó pensando. Luego dijo algo que nunca olvidaré. No lo sé todavía. Pregúntame cuando esté muerto. Terminamos de cenar en silencio. Cuando llegó la cuenta, él insistió en pagar. Salimos del restaurante. En la calle nos despedimos. Esta vez sí nos abrazamos.
Un abrazo largo, fuerte, desesperado. Como si ambos supiéramos que era la última vez. Él me susurró al oído. Perdóname, hermano. Y se fue caminando en la noche. Yo me quedé ahí parado, viéndolo desaparecer en la oscuridad, sabiendo que acababa de perder a mi mejor amigo. No a la muerte, sino a algo peor, a una causa.
Esa noche escribí en mi diario. Ernesto me pidió perdón, pero no hay nada que perdonar. Él no me traicionó, solo eligió un camino diferente y ese camino no tenía espacio para mí. Eso no es traición, es solo tristeza. Los meses siguientes fueron más fáciles en un sentido extraño. Ya no esperaba, ya no tenía esperanza.
Había aceptado que Ernesto se había ido, que el Che había ganado, que yo era solo un fantasma del pasado merodeando en el presente. Me enfoqué en mi trabajo, hice amigos nuevos. Traté de construir una vida en Cuba que no girara alrededor de Ernesto, pero a veces en las noches sacaba esa vieja fotografía, los dos junto a la poderosa sonriendo, y me preguntaba si ese momento había sido real o si solo había sido un espejismo.
Un breve instante de felicidad antes de que la historia nos tragara a ambos. Marzo de 1965. Me enteré por el periódico. Chegevara había desaparecido. Nadie sabía dónde estaba. Había rumores que estaba muerto, que estaba preso, que había huído. Yo no sabía qué creer. Llamé a todos los contactos que tenía.
Nadie me daba información. Era como si Ernesto se hubiera evaporado. Meses después se supo la verdad. Se había ido al Congo a pelear en otra revolución. Ni siquiera se había despedido de mí. ni una carta, ni una llamada, nada. Simplemente se fue como si yo no existiera, como si esos 8,000 km que recorrimos juntos no significaran nada.
Yo no sentí enojo, ya no me quedaba enojo, solo sentí una profunda tristeza porque confirmaba lo que yo ya sabía. Para Ernesto, yo había dejado de existir hacía mucho tiempo. Él había seguido adelante. Yo me había quedado atrás y esa es la diferencia entre nosotros. Él fue capaz de cortar todos los lazos con su pasado. Yo nunca pude punto octubre de 1967.
Estaba dando clases cuando alguien interrumpió. Me dijeron que encendiera la radio. Lo hice. La noticia me golpeó como un rayo. Chegevara había sido capturado en Bolivia. Chegevara había sido ejecutado. Chegevara estaba muerto. Me senté en mi escritorio. Los estudiantes me miraban esperando una reacción, pero yo no reaccioné, no grité, no lloré, solo me quedé ahí sentado mirando al vacío, porque la verdad es que yo había perdido a Ernesto hacía 8 años.
En 1959, cuando llegué a Cuba y vi a ese hombre con uniforme que no me reconoció. Ernesto murió ese día para mí y ahora en 1967 solo moría el Che y al Cheo nunca lo conocí realmente. Esa noche, por primera vez en meses, volví a escribir en mi diario. Hoy murió el Che, pero Ernesto murió hace años y nadie lloró por Ernesto.
Todos lloran por el che, por el símbolo, por el revolucionario. Pero yo lloro por mi amigo, por el muchacho que reía en la carretera. por el hermano que perdí mucho antes de que una bala lo matara. Los años pasaron como pasan las cosas que duelen. Seguí viviendo en Cuba, seguí enseñando, pero algo dentro de mí se había roto esa noche de octubre de 1967.
La gente me preguntaba por el Che. Todos querían saber cómo era el verdadero Cheegevara y yo no sabía qué decirles. Ese Ernesto que yo conocí era mío. No estaba dispuesto a compartirlo, así que les hablaba del símbolo. Me convertí en lo que Ernesto se había convertido, una máscara. 997, 30 años después de su muerte, habían encontrado sus restos en Bolivia.
iban a traerlo a Cuba, iban a darle un funeral de estado y querían que yo estuviera ahí. Acepté. Tal vez porque necesitaba un cierre o tal vez porque era demasiado viejo para seguir huyendo. El funeral fue en Santa Clara. Construyeron un mausoleo enorme. Miles de personas llenaron la plaza. Fidel estaba ahí. Los viejos guerrilleros, todos llorando al héroe.
Yo estaba en primera fila, el amigo del Che. La gente me señalaba, me tomaban fotos como si yo fuera importante por haber conocido a alguien importante. Fidel dio un discurso. Habló de Ernesto como si hubieran sido hermanos inseparables. Pero Fidel era bueno reescribiendo la historia. Siempre lo fue. Cuando terminó, llevaron el ataúd al mausoleo.
La multitud lloró y yo solo miraba. Miraba ese ataúda, “Ahí dentro hay huesos, solo huesos. Ernesto no está ahí. Ernesto se fue hace mucho tiempo. Cuando todos se fueron, yo me quedé. Me acerqué al mausoleo. Estaba solo. Puse mi mano en la lápida fría y por primera vez en 30 años hablé con Ernesto. Le dije que lo extrañaba.
que había pasado 30 años enojado, pero que ahora entendía que él no me había abandonado a mí, que él se había abandonado a sí mismo, que había matado a Ernesto para crear al Che. Le dije que lo perdonaba, no porque hubiera hecho algo malo, sino porque yo necesitaba perdonar, necesitaba soltar esa rabia, necesitaba aceptar que él había elegido un camino y yo había elegido otro.
Le dije que yo había tenido una buena vida, que había enseñado, que había tenido amigos, que había envejecido con dignidad, cosas que él nunca tuvo, cosas que él sacrificó por su causa. Y le dije que tal vez yo era el afortunado, porque yo viví. Y él quedó congelado en el tiempo, para siempre joven, para siempre muerto.
Cuando terminé de hablar, sentí algo extraño, una ligereza, como si hubiera dejado una carga pesada en esa tumba, como si después de 30 años finalmente pudiera respirar. Lumab 11. Tengo 88 años. Sé que no me queda mucho tiempo, por eso acepté hacer esta entrevista, porque quiero que alguien sepa la verdad, no la leyenda, la verdad simple y dolorosa.
Me preguntan si el Che me traicionó. La respuesta es no. Él simplemente se transformó en alguien que yo no reconocía y esa transformación no me dejó espacio a mí. Pero eso no es traición, es solo evolución. Me preguntan si valió la pena y yo no sé. Él murió por sus ideales. El mundo lo recuerda. Su cara está en millones de camisetas, pero él no vivió para ver nada de eso.
Murió solo en una escuela sucia de Bolivia. Lo que sí sé es esto. Yo perdí a mi mejor amigo y el mundo ganó un símbolo. Y no sé si ese intercambio fue justo. Aprendí que las grandes causas consumen a las personas que las abrazan, que el idealismo tiene un precio y ese precio casi siempre es la humanidad. Ernesto sacrificó su humanidad por la revolución.
Tal vez esa era la única manera. Tal vez no se puede cambiar el mundo siendo humano, pero yo no quise ser más grande, yo quise ser humano y por eso sobreviví. Miro esa fotografía vieja una vez más, dos jóvenes junto a una motocicleta sonriendo y pienso, “Ese momento fue real. Ese Ernesto existió y yo fui su amigo.
El mundo recuerda al Che, pero yo recuerdo a Ernesto y Ernesto era mejor que el Che. Porque Ernesto podía reír, Ernesto podía abrazar. El Che tenía que ser perfecto y la perfección es fría. Yo no fui amigo del Che, yo fui amigo de Ernesto. Y Ernesto murió mucho antes de que las balas lo alcanzaran. Si pudiera hablar con él una última vez, le diría, “No estoy enojado, hermano.
Entiendo por qué hiciste lo que hiciste.” Está bien, porque tú me diste los mejores 8 meses de mi vida. Y eso es más de lo que la mayoría recibe en 80 años. Gracias por haberme dejado conocer a Ernesto antes de que el che lo matara. Y perdóname si no pude seguirte, pero alguien tenía que quedarse para recordar quién eras antes de ser quien te convertiste. Cierro los ojos.
Estoy cansado, pero es un cansancio tranquilo porque ya no cargo con rabia, solo cargo con recuerdos. Buenos recuerdos de carreteras polvorientas, de risas compartidas, de una amistad que fue perfecta precisamente porque fue breve. El mundo tiene al Che, yo tuve a Ernesto y honestamente creo que yo gané. M.
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