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Luis Donaldo Colosio: Lo que Jorge Sánchez Ortega Calló 30 Años… y NADIE Quiso Resolver

Esa noche, en 2025, 31 años después, lo subieron a un avión rumbo al penal del altiplano. El nombre del hombre es Jorge Antonio Sánchez Ortega. Era exagente del CISEN. Tenía apenas 7 meses trabajando para el servicio de inteligencia mexicano cuando lo asignaron a vigilar el miteting de lomas taurinas disfrazado de reportero. Estaba a un metro de Luis Donaldo Colosio cuando le pegaron los dos tiros y 32 años después todavía nadie ha querido contarte por qué su jefe, Jorge Carrillo Olea, lo dejó libre al día siguiente. Lo que vas a escuchar hoy no

es la historia de un loco solitario llamado Mario Aburto. es la reconstrucción documental con expediente desclasificado en mano de cómo el Estado mexicano cerró el magnicidio más importante de su historia moderna en cuestión de horas. ¿Cómo escondió las pruebas físicas que acreditaban a un segundo tirador? ¿Cómo blindó a una red de funcionarios cuyos nombres apenas hoy pueden pronunciarse en voz alta? ¿Y cómo dejó pasar 31 años antes de tocar al hombre que tenía sangre del candidato presidencial en la ropa? 31 años.

Un año por cada vez que un fiscal sucesivo decidió que la versión del asesino solitario era más cómoda que la verdad. Y si esto ya te parece grave, prepárate, porque lo que la docuserie Los asesinos de Colosio estrenada en HBO Max el 19 de marzo de 2026 acaba de poner en el espacio público es la confirmación con testimonios inéditos de que esto no fue un asesino con la cabeza rota disparando solo.

Esto fue según el propio padre del candidato muerto, Luis Colosio Fernández, citamos textual, un complot. Yo soy investigador del espectáculo y de los archivos políticos del México contemporáneo. Llevo 26 años metido en los expedientes prohibidos, los que el poder quiso enterrar. Y esta historia es la herida abierta de un país entero.

Suscríbete ahora mismo porque documentales como este, con los nombres reales, las fechas exactas y los papeles en la mano, no los vas a encontrar en ningún otro canal. Porque todos crecimos creyendo que a Luis Donaldo Colosio lo mató un mecánico de 23 años llamado Mario Aburto en un arrebato de locura individual.

Pero si eso fue un asesino solitario, alguien va a tener que explicar por qué a un metro del candidato había un agente del SISEN con plomo en las manos. ¿Por qué ese agente fue liberado a las 24 horas? ¿Por qué vivió libre tres décadas? ¿Y por qué 31 años después fiscalía decidió que sí, que sí había un segundo tirador y que sí, que se llamaba Jorge Antonio Sánchez Ortega.

Para entender lo que pasó esa tarde en Lomas Taurinas, hay que volver al hombre que estaban a punto de matar. Hay que entender por qué tenía que morir y por qué tenía que morir exactamente entonces. Luis Donaldo Colosio Murrieta había nacido en Magdalena de Quino, Sonora, el 10 de febrero de 1950. Hijo de empresario regional, estudios de economía en el Tecnológico de Monterrey.

Maestría en planificación regional en la Universidad de Pennsylvania. Doctorado inconcluso. Subió en el PRI por la vía técnica, no por la vía cacique, diputado federal, senador, presidente del PRI, secretario de desarrollo social. Y en noviembre de 1993, Carlos Salinas de Gortari le tocó el hombro y le dijo, “Tú vas a ser el próximo presidente de México.

En ese momento, en el sistema político mexicano, tú vas a ser el próximo presidente.” No era una posibilidad, era una sentencia. El dedazo del presidente saliente garantizaba la presidencia siguiente. Llevaba 65 años funcionando así. Si Salinas escogía a Colosio, Colosio iba a ser presidente. Pero algo se rompió entre ellos en cuestión de meses.

Y aquí es donde esta historia se pone realmente perturbadora. El 6 de marzo de 1994, frente al monumento a la revolución en Ciudad de México, Luis Donaldo Colosio dio el discurso más importante de su vida y viéndolo en perspectiva, también el último. Habló de un país con hambre, con sed de justicia. Habló de un PRI que tenía que reformarse desde adentro.

habló, con palabras cuidadas, pero clarísimas para quien sabía leer entre líneas, de una nomenclatura que había secuestrado al partido. Esta palabra nomenclatura, apuntaba hacia un nombre concreto, apuntaba al círculo más íntimo del presidente saliente, apuntaba a Carlos Salinas de Gortari y a su hombre fuerte, José María Córdoba Montoya, el francés mexicano, que había manejado la oficina de la presidencia durante 6 años con poder casi absoluto sobre las decisiones más sensibles del régimen.

Quédate un segundo en esa palabra. Nomenclatura es una palabra rusa. Es la palabra con la que en la antigua Unión Soviética se designaba a la élite del partido Único, al puñado de funcionarios privilegiados que controlaban los recursos del Estado a costa del pueblo. Que un candidato del PRI mexicano usara en pleno 1994 la palabra nomenclatura para describir a su propia cúpula partidaria era una bofetada deliberada.

era decirle al país, “El PRI se ha convertido en lo que combatió. Es una élite cerrada que ha capturado el aparato del Estado y yo voy a abrirla.” Cualquier observador medianamente atento a la política del régimen entendió en ese momento dos cosas. Primera, que Colosio había decidido romper con Salinas. Segunda, que Salinas no se lo iba a permitir.

Cuando el sistema se siente amenazado desde dentro, el sistema se defiende con todos los recursos disponibles. Y en el caso del PRI mexicano de los 90, los recursos disponibles incluían el aparato de inteligencia, las fiscalías políticas y, en última instancia, las redes paralelas del crimen organizado con las que el régimen había cohabitado durante décadas.

Hay un detalle adicional sobre ese discurso del 6 de marzo que conviene subrayar porque es de los que más eriza la piel. Carlos Salinas de Gortari estuvo presente en el evento del monumento a la revolución, sentado en primera fila frente al candidato que le acababa de declarar en código la ruptura. Hay fotografías de ese momento, salinas con cara de piedra, aplaudiendo apenas, mirando hacia el frente con una expresión que los expertos en lectura corporal han descrito posteriormente como contenida, como conteniendo una furia. El presidente saliente acababa de

escuchar al candidato saliente que iba a heredar su poder anunciar en cadena nacional que iba a desmontar la herencia política que él tanto cuidó. En la noche siguiente, según trascendió en años posteriores en distintas fuentes periodísticas mexicanas, Salinas convocó a Colosio a Los Pinos.

La conversación, dicen quienes han documentado el episodio, fue dura. Salinas le habría reprochado el discurso, le habría exigido que rectificara, le habría dicho que ese tono no era el tono que esperaba de su sucesor. Colosio, según las mismas fuentes, no rectificó. volvió a insistir en que su candidatura iba a ser distinta, que el país necesitaba un cambio de fondo y salió de Los Pinos con una distancia ya marcada respecto a su padrino político.

A partir de esa noche, según testigos posteriores de la campaña que han hablado en años recientes, ciertos apoyos económicos clave dejaron de llegar, ciertas oficinas dejaron de devolver las llamadas, ciertos gobernadores empezaron a alejarse. La maquinaria del PRI, que un mes antes había estado al servicio del candidato, empezó a crujir desde adentro y el candidato, sin recursos plenos, sin apoyos completos, fue cargando con una campaña debilitada precisamente en las semanas previas a Lomas Taurinas.

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