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El escalofriante favor que el G2 le EXIGIÓ a “El Tavo” en secreto | La VERDAD de Alberto Pujol

 

1990, la Habana. Cada noche, millones de cubanos se clavan frente al televisor para ver al mismo hombre. El Tabo, un informante secreto del G2. Un tipo que se infiltra en los rincones más oscuros de la capital, que caza delincuentes y que sirve a la revolución con una lealtad absoluta. El pueblo lo adora. Los jóvenes imitan su forma de caminar.

En la calle la gente lo para creyendo que es un espía de verdad. Y el régimen sonríe porque esta serie no la paga una productora de televisión, la financia directamente el Ministerio del Interior. La gente creía estar consumiendo ficción, pero en realidad estaba viendo una advertencia del Estado.

 Te estamos vigilando. Sin embargo, en esa maquinaria perfecta había un error de cálculo. El hombre que le daba vida al personaje. Alberto Puyol no era un soldado de la revolución, era hijo de un padre disidente, un actor que había sido subido a patrulleras de la policía, que conocía la censura de cerca y que sentía un asco profundo por el sistema que lo convertía en héroe cada vez que se apagaban las cámaras.

 1994, Bogotá. Una pizzería cualquiera. Un oficial real de la inteligencia cubana se sienta frente a él, lo mira a los ojos y le pide que cruce la línea. Quieren que trabaje como espía para el gobierno en la vida real. Pero Puyal lo mira y le da una respuesta tan demoledora que en esa mesa las reglas del juego cambian por completo.

 Una sola frase que destroza la fantasía del régimen, que levanta un muro irreversible entre él y la dictadura y que siembra el terreno para su rebelión definitiva. ¿Qué le respondió exactamente a los servicios de inteligencia y cómo la mayor arma de propaganda de Cuba terminó parodiando al sucesor del dictador y abriendo un frente de guerra desde Miami? Quédate conmigo porque hoy vamos a destapar la mayor ironía de la televisión cubana.Alberto Pujol (El Tabo) aclara sobre Día y Noche en Miami

Esto es Cuba oculta. Empezamos. Para entender el peso de lo que acabo de contarte, hay que retroceder al momento exacto en que Cuba necesitó fabricar un héroe. No uno cualquiera, uno que hablara como el pueblo, que caminara como el pueblo y que, sin embargo, trabajara para el aparato que vigilaba al pueblo.

 Estamos a principios de los 90. La Unión Soviética acaba de colapsar. El petróleo, la comida y el dinero que mantenían a flote a la isla desaparecen de un día para otro. Los apagones duran hasta 16 horas diarias. La desnutrición provoca brotes de neuropatía óptica. El mercado negro estalla. La prostitución, el robo de ganado, el contrabando de joyas se convierten en la economía real de millones de cubanos.

 Detectámonos un instante para dimensionar lo que estaba por ocurrir. El Estado necesita un mecanismo para recordarle al pueblo que aunque no haya comida, aunque no haya luz, el brazo largo de la seguridad del Estado sigue ahí vigilando, infiltrado, omnipresente. Y ese mecanismo no será un discurso de Fidel desde la tribuna.

 Será algo mucho más sofisticado, una serie de televisión. Así nace su propia guerra dentro del espacio día y noche. Abel Ponce y José A Torres dirigen. Antonio Joaquín González y Nilda Rodríguez escriben los guiones. El propio Puyalán lo confirmaría años después. Fue una serie muy apoyada. La pagaba el Ministerio del Interior con personal técnico y actoral de la televisión.

 No una cadena privada. El Minint, la misma institución que operaba villamarista, que manejaba la seguridad del Estado, que tenía archivos sobre cada cubano que alguna vez levantó la voz. Es precisamente en este punto donde la historia da un giro perturbador, porque el papel de Octavio Sánchez Guzmán, alias El Tabo, no estaba escrito para Puyol, estaba destinado a Mario Balmaseda, un actor más establecido en el circuito oficial, pero el destino, o lo que Puyal llama una casualidad muy grande, puso el guion en sus manos. El

apodo octavo fue elegido en honor a Octavio Cortazar, el director que le dio su debut en Guardafronteras en 1981. Nadie imaginaba que esa casualidad iba a crear al personaje más incónico y más incómodo de la televisión cubana. Ponte en los zapatos de Puyol un segundo. Tienes 30 años, naciste en cuna de artistas, creciste en el corazón del vedado y a los 10 años ya estabas en la televisión cubana.

 Eres una de las caras más premiadas de la cultura nacional. copresentador de Para Bailar, ganador en el festival de Cartagena de Indias, condecorado con la medalla por la cultura nacional, pero nada de eso te prepara para lo que el Tabo va a hacer con tu vida. El personaje es un marginal de la Habana, un tipo que vive en el ambiente, que maneja el argot de la calle, que lleva cadenas de oro, que camina con ese balanceo inconfundible de los guapos habaneros.

 Es detenido y captado por el Departamento Técnico de Investigaciones. Convertido en trompeta en informante. Trabaja bajo las órdenes del oficial César, interpretado por César Ébora y del capitán Pablo, encarnado por Jorge Villazón. Se infiltra en redes de contrabando, sacrificio ilegal de ganado, corrupción en almacenes del estado y hasta crímenes extremos. La escena más recordada.

 El Tabo es enterrado vivo en el cementerio de Colón por su rival, el Puri, interpretado por Fidel Pérez Michel y rescatado en el último segundo. El impacto fue sísmico. Frases como marginal se nace, delincuente se hace entraron en el vocabulario cotidiano. El gesto de la trompeta, el dedo en los labios que significaba informante, se convirtió en lenguaje de calle.

 La serie ganó el premio Uneac en 1992 y el pueblo, ese pueblo que no tenía luz ni comida, se sentaba cada noche a ver como un hombre de su misma condición atrapaba a otros hombres de su misma condición. Eso era exactamente lo que el Minint quería, una represión psicológica envuelta en entretenimiento. Sin embargo, bajo este éxito televisivo, subyacía una realidad mucho más letal, porque el Tabo no era un invento de escritorio, tenía un modelo real.

 y su historia es infinitamente más brutal que cualquier cosa que se vio en pantalla. Se llamaba Arsenio Saavedra Candelario. Nombre en clave: Felo, un muchacho de 19 años, flaco, sin contacto previo con el mundo criminal, hijo de un limpiador que ganaba 120 pesos al mes. Su acto de lealtad al régimen fue descabellado.

Detuvo el convoy del comandante Ramiro Valdés y le entregó en mano una carta pidiendo servida a la revolución. Un mes después, el Minint lo llamó. Lo enviaron a las zonas más peligrosas de Marianao a mezclarse con los antisociales. Sin entrenamiento, sin armas, sin red de seguridad.

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