Tardaron casi dos horas en llegar al lugar de donde habían venido los disparos. Era un pequeño claro junto a un arroyo. Cuando Roberto llegó, vio los cuerpos de tres guerrilleros caídos. Dos estaban claramente muertos. El tercero, un hombre rubio y joven, todavía respiraba. Tenía un disparo en el pecho y otro en el abdomen.
Sus ojos azules miraban al cielo sin ver nada. Roberto se acercó al hombre herido. Podía escuchar su respiración entrecortada, el sonido burbujeante de la sangre en sus pulmones. El capitán se acercó también y examinó al herido con indiferencia. Este no sobrevive, dijo fríamente. Déjenlo morir y sigan buscando a los demás. No vale la pena gastar una bala en él.
Roberto y sus compañeros obedecieron las órdenes y continuaron rastreando el área. El capitán dividió al grupo en equipos de tres hombres. Roberto fue asignado con dos soldados novatos que estaban tan asustados como él. Su sector de búsqueda era una zona de vegetación densa cerca del arroyo, a unos 200 m de donde habían encontrado a los guerrilleros caídos.
Avanzaban lentamente con las armas listas. esperando una emboscada en cualquier momento. Pero la selva estaba extrañamente silenciosa. Ni siquiera los insectos cantaban. Era como si toda la naturaleza estuviera conteniendo la respiración. Después de una hora de búsqueda infructuosa, Roberto necesitaba descansar.
Les dijo a sus compañeros que iba a revisar una zona cercana al arroyo mientras ellos vigilaban el perímetro. En realidad, solo quería un momento de soledad para calmar sus nervios. Caminó hacia el sonido del agua, apartando ramas con su rifle. Cuando llegó a la orilla del arroyo, lo que vio lo dejó completamente paralizado. Había un hombre arrodillado en el barro, inclinado sobre uno de los cuerpos caídos.
Roberto reconoció inmediatamente la silueta. Era el chequeev vara. Había visto suficientes fotografías y descripciones para saber que estaba mirando al hombre más buscado de América Latina, pero algo estaba mal. El che no estaba en posición de combate, no tenía su arma en las manos. Estaba arrodillado en el lodo, su cuerpo temblando visiblemente y sus manos sostenían el rostro del guerrillero rubio que Roberto había visto morir horas antes.
El rubio Roberto entendió en ese instante que el Che había regresado por su compañero caído, arriesgando su vida para estar con él en sus últimos momentos. Pero había llegado tarde. El cuerpo del rubio ya estaba frío y rígido. Roberto debería haber disparado. Tenía la orden clara de matar o capturar al Che en cualquier oportunidad.
Pero sus manos no respondían, sus piernas no se movían, porque lo que estaba presenciando era algo que ningún libro de historia, ningún testimonio, ningún documento oficial jamás mencionaría. El cheevara estaba llorando. No era un soyo, silencioso, era un llanto desgarrador, profundo, animal. Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que Roberto vio en los siguientes minutos cambiaría completamente su comprensión de quién era realmente el Cheegevara.
El comandante tenía las manos cubiertas de sangre seca del rubio. Las lágrimas caían por su rostro barbudo, sin ningún control. Su cuerpo entero se sacudía con cada soyoso. Roberto podía escuchar claramente las palabras que el che repetía una y otra vez, un nombre pronunciado con desesperación infinita. Rubio, perdóname. Perdóname, hermano.
Te fallé. Te prometí que íbamos a salir de aquí juntos. Te prometí que ibas a ver a tu madre otra vez. Te fallé, rubio. Perdóname. El che acariciaba el cabello del hombre muerto con una ternura que parecía imposible en alguien conocido por su dureza implacable. Roberto vio como el comandante se inclinaba y besaba la frente fría de su compañero caído.
Era el gesto de un hermano mayor despidiéndose de un padre que ha perdido a su hijo. Roberto había crecido escuchando que el Che era una máquina de matar, un comunista sin corazón, un monstruo ideológico. Lo que estaba viendo era simplemente un hombre destruido por el dolor de perder a alguien que amaba profundamente.
Roberto permaneció escondido detrás de un árbol grueso durante casi 20 minutos. No se atrevía a moverse. Ni siquiera respiraba con normalidad por miedo a ser descubierto. El che seguía arrodillado junto al cuerpo del rubio, hablándole como si pudiera escucharlo. Le contaba historias de Cuba, le recordaba momentos compartidos en la Sierra Maestra.
le prometía que su sacrificio no sería en vano. En algún momento, el Che sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo y comenzó a escribir. Roberto podía ver sus manos temblando mientras las palabras llenaban la página. Años después, Roberto leería los diarios del Che publicados tras su muerte y encontraría una entrada de esa fecha.
El rubio cayó hoy. Había escrito el che con letra temblorosa. Con él se fue uno de mis mejores hombres y uno de mis mejores amigos. Su muerte me pesa como ninguna otra desde los días de la sierra. Pero en ese momento, escondido en la oscuridad, Roberto solo veía a un hombre roto tratando de procesar una pérdida insoportable.
El revolucionario de acero se había derretido completamente ante sus ojos. Aún no habías visto la mayor sorpresa, porque lo que sucedió después dejó a Roberto marcado para toda su vida. Después de escribir en su diario, el che guardó el cuaderno y miró al cielo nocturno. Las nubes se habían abierto ligeramente y algunas estrellas eran visibles.
El comandante comenzó a hablar en voz baja, pero en el silencio absoluto de la selva, Roberto podía escuchar cada palabra. Mamá”, dijo el che mirando hacia arriba. “cuida a este muchacho. Él era bueno, era puro, no merecía morir en este barro, tan lejos de casa. Recíbelo con amor, porque yo lo quería como a un hermano.” Roberto sintió que su propio corazón se rompía.
El Che estaba rezando. No era exactamente una oración religiosa tradicional, pero era una súplica a su madre muerta, Celia de la Cerna, fallecida en 1965. para que cuidara el alma del rubio. Roberto había escuchado que el Che era ateo, que rechazaba toda religión como opio del pueblo. Pero en ese momento de dolor absoluto, el comandante recurría a lo más humano y universal, el deseo de que nuestros muertos no estén solos donde quiera que vayan.
El Che permaneció junto al cuerpo del rubio durante casi una hora. Roberto sabía que debía irse, que sus compañeros estarían buscándolo, que el capitán sospecharía si tardaba demasiado, pero no podía moverse. Estaba presenciando algo sagrado, algo que ningún otro ser humano había visto ni vería jamás. Finalmente, el Che se puso de pie lentamente.
Sus rodillas crujieron después de tanto tiempo en el suelo húmedo. Con movimientos cuidadosos y reverentes, cerró los ojos del rubio y cruzó sus manos sobre el pecho. Después tomó hojas y ramas y cubrió parcialmente el cuerpo para protegerlo de los animales carroñeros. Era todo lo que podía hacer. No tenía tiempo ni recursos para cabar una tumba digna.
Antes de irse, el che se quedó mirando el montículo improvisado durante un largo momento. Nos volveremos a ver, hermano dijo finalmente. No sé dónde ni cuándo, pero nos volveremos a ver y entonces podrás cobrarme las cervezas que te debo. Una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro. Un recuerdo de alguna broma privada entre los dos hombres.
El che se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, dejando rastros de barro en su rostro. Roberto lo vio tomar una profunda respiración, cuadrar los hombros y transformarse físicamente ante sus ojos. En cuestión de segundos, el hombre destrozado por el dolor desapareció y en su lugar apareció el comandante de acero que todos conocían.
Era como ver a alguien ponerse una máscara, pero Roberto ahora sabía que esa máscara era exactamente eso, una máscara, una protección necesaria para sobrevivir en un mundo brutal. El che recogió su rifle y comenzó a alejarse del arroyo. Roberto se pegó más al árbol, conteniendo la respiración. Por un momento terrible, el che se detuvo y miró directamente hacia donde Roberto estaba escondido.
Sus ojos, esos ojos famosos por su frialdad parecieron penetrar la oscuridad. Roberto estaba seguro de que había sido descubierto. Esperaba un disparo, una confrontación, algo. Pero después de unos segundos que parecieron eternos, el che simplemente asintió levemente con la cabeza, como si estuviera reconociendo una presencia sin considerarla una amenaza, y desapareció en la selva sin hacer ruido.
Roberto nunca supo si el che realmente lo había visto o si ese gesto fue solo una coincidencia. Pero esa incertidumbre lo perseguiría durante 55 años. Cuando finalmente pudo mover sus piernas, regresó con su unidad. El capitán le preguntó dónde había estado. Roberto mintió diciendo que se había perdido en la oscuridad.
No mencionó nada de lo que había presenciado. No dijo una sola palabra sobre el Che, llorando junto al cuerpo de su compañero. En los días siguientes, su unidad encontró el cuerpo del rubio y lo enterró sin ceremonia en una fosa común con los otros guerrilleros caídos. Roberto participó en el entierro en silencio, sabiendo algo que ninguno de sus compañeros sabía.
Ese hombre rubio había sido amado profundamente, había sido llorado con desesperación. Había recibido promesas de reencuentro en algún otro lugar. No era solo un comunista muerto, era el hermano de alguien que lo extrañaría cada día hasta su propia muerte. Roberto comenzó a ver la guerra con ojos diferentes a partir de esa noche. 6 meses después, en octubre de 1967, Vero, Roberto estaba entre los soldados que participaron en la captura del Cheegevara en la quebrada del yuro.
Vio al comandante herido, agotado, pero todavía desafiante. Y cuando lo miraron a los ojos, Roberto buscó algo. Buscó algún rastro del hombre que había visto llorar en la selva. alguna señal de la humanidad que sabía que existía detrás de esa mirada de piedra. Pero el Che había reconstruido su máscara perfectamente.
Sus ojos estaban fríos, duros, impenetrables. Solo Roberto sabía que esa frialdad era una mentira necesaria, una armadura construida para proteger un corazón que sentía demasiado profundamente. Al día siguiente, el che fue ejecutado en la escuela de la higuera. Roberto no participó en el fusilamiento, pero escuchó los disparos desde afuera.
Y en ese momento, mientras el eco de las balas se perdía en las montañas bolivianas, Roberto pensó en el rubio. Pensó en la promesa del Che de volverlo a ver. Y por primera vez desde aquella noche en la selva, Roberto Vargas lloró también porque sabía que dos hermanos finalmente se habían reunido. Roberto Vargas regresó a su pueblo en el Valle de Cochabamba en diciembre de 1967, dos meses después de la ejecución del Cheeguevara.
Tenía 27 años y había envejecido décadas en cuestión de meses. Su madre lo recibió con lágrimas de alegría, sin saber que su hijo cargaba un secreto que lo consumiría lentamente durante el resto de su vida. Los primeros meses fueron difíciles. Roberto no podía dormir sin ver el rostro del che arrodillado en el barro llorando sobre el cuerpo de su compañero caído.
Cada noche se despertaba sudando, escuchando las palabras que el comandante repetía en la oscuridad. Perdóname, rubio, te fallé. Su madre pensaba que era el trauma normal de la guerra. Los vecinos decían que con el tiempo se le pasaría, pero Roberto sabía que lo que había presenciado no era un trauma ordinario, era algo sagrado, algo que había cambiado fundamentalmente su comprensión de la humanidad, del enemigo, de la guerra misma.
En enero de 1968, Noberto encontró trabajo en una mina de estaño cerca de Oruro. El trabajo era brutal, pero le permitía estar solo con sus pensamientos durante horas. En las profundidades de la mina, rodeado de oscuridad y el sonido constante de los picos golpeando la roca, Roberto revivía aquella noche una y otra vez.
Analizaba cada detalle, cada palabra, cada gesto del che junto al cuerpo del rubio. Lo que más lo perturbaba no era haber visto llorar al hombre más temido de América Latina. Lo que lo destrozaba era no haber disparado. Había tenido al Cheegev Vara completamente vulnerable. Desarmado, de rodillas, ajeno al peligro.
Un solo disparo habría terminado con la cacería. Roberto habría sido un héroe nacional. Quizás incluso habría recibido una medalla del presidente Barrientos, pero no disparó. Y ahora, meses después, se preguntaba constantemente por qué. La respuesta lo avergonzaba y lo enorgullecía al mismo tiempo. No disparó porque en ese momento, viendo al Che llorar, ya no veía a un enemigo.
Veía a un ser humano sufriendo una pérdida devastadora. veía a un hermano llorando a otro hermano y Roberto, que también había perdido a un hermano menor por una fiebre tropical años atrás, simplemente no pudo apretar el gatillo. Su humanidad había sido más fuerte que sus órdenes. Todavía no sabías lo que está por venir, porque el secreto de Roberto estaba a punto de convertirse en una carga aún más pesada.
En marzo de 1968, preservió, Roberto conoció a María Elena Gutiérrez en una fiesta del pueblo. Era una joven maestra de escuela con ojos oscuros y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Se enamoraron rápidamente, como suele suceder en los pueblos pequeños, donde las opciones son limitadas y los corazones están hambrientos de conexión.
Se casaron en septiembre de ese año. En una pequeña ceremonia en la Iglesia del Pueblo, Roberto pensó que el matrimonio lo ayudaría a olvidar, que el amor de una buena mujer borraría las imágenes que lo perseguían cada noche. Se equivocó en su noche de bodas, mientras María Elena dormía pacíficamente a su lado, Roberto se quedó despierto mirando el techo pensando en el che.
Se preguntaba si el comandante había tenido una esposa que lo esperara, hijos que nunca volverían a verlo. Después supo que sí, que Aleida March había quedado viuda con cuatro hijos pequeños y la culpa se multiplicó exponencialmente. Los años pasaron con la lentitud de la miel en invierno. Roberto y María Elena tuvieron tres hijos.
El primero nació en 1969 en Nanets, una niña que llamaron Carmen en honor a la madre de Roberto. El segundo llegó en 1972, un varón al que llamaron Pedro como el padre de María Elena. El tercero nació en 1976. Otro varón que recibió el nombre de Ernesto. María Elena nunca entendió por qué Roberto insistió tanto en ese nombre específico.
Le dijo que era en honor a un compañero de la guerra. que había muerto valientemente. No era exactamente una mentira, pero tampoco era la verdad completa. Cada vez que Roberto llamaba a su hijo, cada vez que pronunciaba el nombre Ernesto, sentía una punzada de algo que no podía definir, culpa, quizás, homenaje secreto, definitivamente una forma de mantener vivo el recuerdo de lo que había presenciado, sin poder contárselo a nadie.
El pequeño Ernesto creció sin saber por qué su padre a veces lo miraba con una expresión extraña, como si viera a través de él hacia algo muy lejano y muy doloroso. Roberto nunca le explicó, nunca pudo explicarle a ninguno de sus hijos el peso que cargaba. Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que Roberto descubrió en 1980 casi lo destruye completamente.
Ese año, mientras trabajaba en la mina, uno de sus compañeros le prestó un libro que acababa de publicarse. Era el diario del Cheeguevara en Bolivia, finalmente editado y distribuido al público. Roberto lo leyó en una sola noche, con las manos temblando y el corazón latiendo tan fuerte que pensó que iba a sufrir un infarto.
Encontró la entrada que buscaba, la del 10 de abril de 1967. El rubio cayó hoy había escrito el che. Perdimos a uno de nuestros mejores hombres en una emboscada cerca del río. Su muerte me afecta profundamente. Era un compañero leal, valiente hasta el final y un amigo verdadero. Con él se va una parte de mi esperanza.
Pero Roberto encontró algo más en el diario, algo que lo heló hasta los huesos. En una entrada posterior, el Che mencionaba haber regresado al lugar donde cayó el rubio para despedirse. Escribía que había sentido una presencia en la oscuridad, pero que no le importó si era un enemigo que disparara. Ya no tenía miedo de morir.
Roberto cerró el libro con manos temblorosas. El Che lo había visto, lo había sabido todo el tiempo y aún así no había hecho nada. No había dado la alarma, no había intentado matarlo, no había siquiera mencionado el incidente a sus compañeros. El Che había elegido ignorar su presencia, permitirle vivir, dejarlo ser testigo de su momento más vulnerable sin consecuencias.
Roberto no podía entender por qué durante semanas esa pregunta lo consumió. ¿Por qué el Che lo había perdonado? ¿Por qué no lo había matado cuando tuvo la oportunidad? La única explicación que Roberto podía encontrar era casi demasiado humana para creerla. Quizás el Che, en su dolor, simplemente no le importaba ya su propia seguridad.
Quizás estaba tan destruido por la pérdida del rubio que la muerte le parecía irrelevante. Oeste quizás, y esta posibilidad era la más perturbadora. El Che había querido que alguien lo viera llorar. Quizás necesitaba que al menos una persona en el mundo supiera que detrás de la leyenda había un hombre capaz de amar y de sufrir como cualquier otro.
Aún no habías visto la mayor sorpresa porque lo que Roberto hizo en 1985 lo cambió todo. Después de años de investigación discreta, finalmente encontró lo que buscaba. La familia del rubio Jesús Suárez Gallol. Había nacido en La Habana, Cuba, hijo de un carpintero y una costurera. Tenía una madre que todavía vivía, una anciana de 78 años llamada Rosario y una hermana menor llamada Margarita.
Roberto ahorró dinero durante 2 años para poder viajar a Cuba en 1987. Vior, aprovechando una rara oportunidad de visita familiar, llegó a La Habana con el corazón en la garganta. Encontrar a la familia no fue fácil. Cuba había cambiado mucho desde la revolución y los registros estaban dispersos en múltiples oficinas burocráticas, pero Roberto era persistente.
Después de una semana de búsqueda, finalmente llegó a una pequeña casa en el barrio de Centro Habana. Una anciana de cabello blanco abrió la puerta. Sus ojos, de un azul sorprendentemente claro, eran idénticos a los que Roberto había visto en el rostro del rubio aquella noche en la selva boliviana. Roberto se quedó paralizado en el umbral de la puerta.
No había preparado qué decir. Durante años había imaginado este momento. Había ensayado discursos en su mente, pero ahora que estaba frente a la madre del rubio, todas las palabras se le escapaban. La anciana lo miraba con curiosidad y algo de desconfianza. Los visitantes extranjeros no eran comunes en esa parte de la Habana.
Señora comenzó Roberto con voz temblorosa, usted no me conoce, pero yo conocí a su hijo. Conocí a Jesús. Los ojos de Rosario se llenaron de lágrimas instantáneamente. El nombre de su hijo, pronunciado por un extraño después de tantos años, abrió heridas que nunca habían sanado completamente. Lo invitó a pasar con un gesto silencioso.
La casa era pequeña pero inmaculada. En la pared principal había una foto ampliada del rubio, joven y sonriente con su uniforme de guerrillero. A su lado, otra foto más pequeña mostraba al rubio junto al cheegevara, ambos riendo por algún chiste perdido en el tiempo. Roberto se sentó en un sofá desgastado y comenzó a contar su historia, no toda, pero sí la parte que importaba.
Le conté que había estado en Bolivia durante la guerrilla, explica Roberto en su testimonio grabado en 2022. Le dije que había visto el lugar donde su hijo cayó, que había visto cómo lo enterraron. No le dije que había visto al Che llorando sobre su cuerpo. No podía. era demasiado sagrado, demasiado íntimo.
Pero le di algo que ella necesitaba desesperadamente. Le di detalles, le describí el lugar exacto, el arroyo cercano, los árboles que rodeaban el claro. Le dije que su hijo no había sufrido, que la muerte había sido rápida. Era una mentira piadosa. Roberto había visto la herida en el pecho del rubio. Sabía que probablemente había agonizado durante horas, pero algunas verdades son demasiado crueles para las madres.
Rosario lloró durante mucho tiempo. Después lo abrazó con una fuerza sorprendente. Para una mujer de su edad. Gracias, le dijo entre soyosos. Durante 20 años me pregunté cómo fueron sus últimos momentos. Ahora puedo descansar un poco. Roberto nunca le contó la verdad completa, pero le dio paz y eso pensó era suficiente.
Roberto regresó a Bolivia con el corazón más ligero, pero también más pesado. Había hecho algo bueno al visitar a Rosario, pero también había confirmado la magnitud de lo que sabía y no podía contar. En los años siguientes, la vida continuó con su rutina implacable. Sus hijos crecieron, se casaron. Le dieron nietos. María Elena envejeció a su lado con gracia y paciencia, sin nunca preguntar por qué su esposo a veces se quedaba mirando al vacío durante horas.
En 1995, Roberto se jubiló de la mina con los pulmones dañados por décadas de polvo y la espalda torcida por el trabajo brutal. Tenía 55 años y sentía que había vivido 100. Pasaba sus días en el pequeño jardín de su casa cultivando tomates y lechugas, tratando de encontrar paz en el contacto con la tierra.
Pero las noches seguían siendo difíciles. El insomnio se había convertido en su compañero permanente. Cada vez que cerraba los ojos, veía al Che arrodillado en el barro. escuchaba su voz quebrada repitiendo el nombre del rubio. 55 años de secreto estaban empezando a cobrar su precio. Lo que estás viendo ahora no es nada comparado con lo que sucedió en 2019.
María Elena murió ese año después de 51 años de matrimonio, un derrame cerebral. se la llevó en cuestión de horas, sin darle tiempo a Roberto de despedirse. El dolor fue devastador. Roberto se encontró solo por primera vez en medio siglo, en una casa llena de recuerdos y silencios. Sus hijos lo visitaban regularmente, pero tenían sus propias vidas, sus propios problemas.
Roberto pasaba la mayor parte de sus días solo, hablando con las fotografías de María Elena, preguntándole cosas que nunca le había preguntado en vida. Fue durante esos meses de soledad absoluta que Roberto tomó una decisión. Iba a contar su secreto antes de morir. No podía llevárselo a la tumba. El mundo necesitaba saber que el Cheegevara, el icono revolucionario convertido en póster de dormitorio universitario, había sido capaz de llorar como un niño por un amigo perdido.
La humanidad necesitaba recuperar al hombre detrás del mito, pero todavía no era el momento. Roberto sentía que aún le quedaban años de vida. En marzo de 2022, Medio Rage Briage, Roberto recibió el diagnóstico que cambiaría todo. Cáncer de pulmón. Etapa cuatro. Los médicos le dieron entre 6 meses y un año de vida. Roberto recibió la noticia con una calma que sorprendió a sus hijos.
Había vivido 82 años. Había visto crecer a sus nietos. Había amado y sido amado. No tenía miedo de morir. Lo único que temía era morir sin haber contado la verdad. Esa misma semana, Roberto llamó a su hijo menor, Ernesto, y le pidió que trajera una cámara de video. “Voy a contarte algo que nunca le he contado a nadie”, le dijo con voz firme.
“Y quiero que quede grabado para la historia.” Ernesto llegó al día siguiente con una cámara prestada y una expresión de confusión total. No tenía idea de qué secreto podía guardar su padre, un simple minero jubilado que había pasado toda su vida en el mismo valle de Cochabamba, lo que escuchó durante las siguientes 3 horas, lo dejó completamente mudo.
Su padre había presenciado algo que ningún libro de historia, ningún documental, ninguna biografía del Che jamás había mencionado. No vas a creer esto. Pero cuando Roberto terminó de contar su historia, su hijo Ernesto tenía lágrimas corriendo por sus mejillas. Durante toda su vida había llevado el nombre del Cheeguevara sin saberlo.
Su padre lo había nombrado en honor secreto al hombre que había visto llorar en la selva boliviana. Al hombre cuya humanidad lo había salvado de convertirse en un asesino. “Papá, preguntó Ernesto con voz temblorosa, ¿por qué nunca nos contaste esto?” Roberto cerró los ojos por un momento antes de responder, “Porque algunas verdades son demasiado pesadas para compartirlas, hijo.
Durante 55 años viví con esto solo. No porque quisiera guardarlo, sino porque no sabía cómo contarlo sin que sonara increíble, sin que la gente pensara que estaba inventando historias para hacerme interesante. Pero ahora que voy a morir, necesito que alguien más sepa. Necesito que el mundo sepa que el cheegev vara no era solo un póster, no era solo un símbolo, era un hombre que amaba profundamente, que sufría profundamente, que era capaz de llorar durante 20 minutos por un compañero caído.
Eso es lo que quiero que recuerden. Cuando pensabas que había terminado, Roberto revela la parte final de su historia, la parte que ni siquiera su hijo Ernesto conocía. En 2010 Tordí, Roberto había hecho un último viaje a Bolivia, a la región de Ñancauazú, donde todo había sucedido. Tenía 70 años y su salud ya empezaba a deteriorarse, pero necesitaba regresar una última vez.
Necesitaba encontrar el lugar exacto donde el Che había llorado por el rubio. El viaje fue difícil. La selva había cambiado en 43 años. Los senderos que recordaba ya no existían. cubiertos por la vegetación implacable. Pero Roberto era persistente. Después de tr días de búsqueda, finalmente encontró el arroyo. El lugar era diferente, pero reconoció la formación de las rocas.
La curva específica del agua se arrodilló exactamente donde el Che se había arrodillado aquella noche de 1967. Y por primera vez en su vida, Roberto rezó. No sabía a quién le rezaba, no era un hombre particularmente religioso, pero rezó por el alma del rubio, por el alma del Che, por todas las almas perdidas en esa guerra que había destruido tantas vidas de ambos bandos.
Roberto dejó algo en ese lugar, una pequeña cruz de madera que había tallado él mismo, sin nombre, sin fecha, solo una cruz para marcar el sitio donde había presenciado algo sagrado. Nadie más sabría lo que significaba. Quizás algún día un excursionista la encontraría y se preguntaría quién la había puesto allí y por qué, pero para Roberto esa cruz era su forma de cerrar un capítulo de su vida que había permanecido abierto durante demasiado tiempo.
Cuando regresó a Cochabamba después de ese viaje, sintió una paz que no había experimentado en décadas. El fantasma del Che seguía visitándolo en sus sueños, pero ahora las visitas eran diferentes. Ya no eran pesadillas. Eran conversaciones tranquilas entre dos viejos conocidos que compartían un secreto que nadie más en el mundo conocía.
A veces, en esos sueños, el cheele sonreía y le decía, “Gracias. Gracias por no disparar. Gracias por guardar mi secreto. Gracias por recordarme como un hombre y no solo como un símbolo.” Roberto no sabía si esos sueños eran reales o solo proyecciones de su propia necesidad de perdón. Hoy en octubre de 2022, Rocket por dos Vargas está en sus últimos días.
El cáncer ha avanzado más rápido de lo que los médicos predijeron. Apenas puede levantarse de la cama, pero su mente sigue clara como el agua del arroyo, donde vio llorar al Che hace 55 años. Su hijo Ernesto ha compartido el video de la confesión de su padre con historiadores y periodistas. Las reacciones han sido mixtas.
Algunos creen completamente en la historia de Roberto, señalando que coincide con las entradas del diario del Che y con los testimonios de otros sobrevivientes de la guerrilla. Otros son escéticos, argumentando que no hay forma de verificar lo que Roberto dice haber presenciado. Pero Roberto ya no le importa si le creen o no.
Lo que importaba era contar la verdad antes de morir. Lo que importaba era que al menos una persona más en el mundo supiera que el Cheegevara había sido capaz de amar tan profundamente que su pérdida lo había destruido momentáneamente. El revolucionario de acero tenía un corazón de carne y hueso, y ese corazón se había roto aquella noche en la selva boliviana.
En su última entrevista grabada, Roberto responde a una pregunta que su nieto le hace tímidamente. Abuelo, ¿te arrepientes de no haber disparado esa noche? ¿Te arrepientes de haber dejado escapar al che? Roberto cierra los ojos por un largo momento antes de responder. Durante muchos años me hice esa misma pregunta. Dice, “Finalmente, si hubiera disparado, quizás la historia habría sido diferente.
Quizás menos gente habría muerto en las guerrillas que siguieron. inspiradas por el mito del Che. Pero también quizás el mundo habría perdido algo importante. Roberto abre los ojos y mira directamente a la cámara. Lo que vi esa noche me enseñó que nuestros enemigos también son humanos, que incluso los hombres que consideramos monstruos pueden amar, pueden sufrir, pueden llorar por sus muertos igual que nosotros.
Esa lección vale más que cualquier medalla que pudiera haber recibido por matarlo. Esa lección me hizo mejor persona, mejor esposo, mejor padre. No me arrepiento de no haber disparado. Si tuviera que volver a vivir esa noche, haría exactamente lo mismo. Me quedaría escondido, en silencio, siendo testigo de la humanidad de mi enemigo.
Roberto Vargas murió el 15 de noviembre de 2022, más rodeado de sus hijos y nietos. Sus últimas palabras, según su hijo Ernesto, fueron dirigidas a alguien que no estaba en la habitación. Rubio, Che, ya voy. Susurró antes de cerrar los ojos por última vez. Lo esperaron 55 años. Ya puedo descansar. Fue enterrado en el cementerio de su pueblo natal junto a su esposa María Elena.
En su lápida, por petición expresa suya, hay una inscripción simple que confunde a quienes no conocen su historia. Vi llorar a un gigante y aprendí que todos somos humanos. Los historiadores seguirán debatiendo si el testimonio de Roberto Vargas es verdadero o no. Los escépticos señalarán la falta de evidencia física.
Los creyentes citarán las coincidencias con el diario del Che. Pero quizás la verdad importa menos que el mensaje. Quizás lo que Roberto nos dejó no fue solo un testimonio histórico, sino una lección sobre la humanidad compartida que existe incluso entre enemigos mortales. El cheev vara lloró una sola vez en su vida y un simple soldado boliviano guardó ese secreto durante 55 años.
Ahora ese secreto pertenece al mundo para que hagamos con él lo que queramos. ¿Y tú qué harías si vieras llorar a tu enemigo? más temido, dispararías o guardarías su secreto.