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TCHAIKOVSKY: El genio ocultó su alma al mundo y la volcó por completo en su última sinfonía.

San Petersburgo, 28 de octubre de 1893. El gran  salón de la sociedad filarmónica estaba lleno   hasta los bordes. En el podio, un hombre de 53  años, pelo completamente blanco, ojos grises y   expresión ausente, levantó la batuta. La sala  enmudeció. Lo que sonó durante los siguientes   45 minutos dejó al público perplejo, incómodo,  casi sin saber si aplaudir.

 No era la música   triunfal que esperaban de Potter Ilic Chaikovski.  Era otra cosa. Era una sinfonía que comenzaba con   un lamento surgido de las profundidades del  fagot. Crecía hasta el pánico. Se aferraba   por un instante a la belleza más frágil que  jamás había escrito y luego se desmoronaba.   Lentamente en un silencio que parecía definitivo.

  Era la sinfonía número seis en sí menor,   la patética. Y 9 días después de aquella noche,  su autor estaba muerto. Pero para entender lo que   Chaikovski  puso en esa música, hay que  viajar mucho más atrás. Hay que ir a los Urales,   a un pequeño pueblo industrial llamado Botkinsk,  donde el 7 de mayo de 1840 nació el niño que   cambiaría la historia de la música rusa para  siempre. Botkinsk un soñar con ser compositor.  

Era una ciudad de hierro y nieve, de chimeneas  y trabajo duro, gobernada por el ritmo de la   fundición de metales que daba empleo a casi todo  el mundo. El padro de Poter, Ilia Chaikovski,   era director de esa fábrica, un hombre afable,  generoso y algo ingenuo en los asuntos económicos.   La madre Alexandra Asier tenía sangre francesa y  alemana, tocaba el piano con soltura y poseía esa   mezcla de elegancia y frialdad emocional que  a veces confunde a los hijos sensibles con el   rechazo. Poter fue el segundo de los seis hijos  que sobrevivieron y desde muy pequeño quedó claro  

que era diferente a todos ellos. A los 4 años  la familia contrató a una institutriz francesa   llamada Fanny Durbach. Tenía 22 años, carácter  firme y una sensibilidad pedagógica. poco común.   En principio, Pioter era demasiado pequeño para  estudiar con los mayores, pero el niño insistió   tanto que Fanny cedió. Lo que descubrió la  sorprendió.

 A los 5 años leía y escribía,   hablaba francés con fluidez y mostraba una  memoria prodigiosa. Pero lo que más llamaba   la atención era su reacción ante la música.  Cuando alguien tocaba el piano en casa, el   niño se quedaba inmóvil con los ojos muy abiertos,  como si la música le atravesara de parte a parte.   Y después de que la música terminara, lloraba,  no de tristeza, de algo que no tenía nombre   todavía.

 A los 5 años comenzaron sus clases de  piano y sus progresos fueron tan rápidos que a   los 8 ya superaba. Pero sus padres no veían  en aquello más que una habilidad agradable.   Rusia en 1848 no era el lugar donde un hijo de  familia decente se convirtiera en músico. La   música era entretenimiento, no profesión. Y así,  cuando Poter tenía 10 años, Ilia Chaikowski tomó   una decisión que marcaría la infancia de su hijo  de forma indeleble.

 Lo inscribió en la Escuela   imperial de jurisprudencia de San Petersburgo.  Fue el primero de los grandes desgarros.   La escuela estaba a más de 1000 km de Botkinsk.  Poter tenía 10 años, no había hecho nunca nada   solo.  Su madre lo acompañó hasta San  Petersburgo, lo instaló en el internado y cuando   llegó el momento de despedirse, el niño se aferró  al carruaje con tanta desesperación que hubo que   arrancarlo físicamente. Alexandra   Chaikovski se marchó sin mirar atrás.

 Poter   la vio alejarse y no volvió a ver su rostro  tranquilo con claridad. Lo que quedó grabado   en su memoria fue esa imagen, ese carruaje que  desaparecía calle abajo, esa separación que nunca   supo del todo procesar. 4 años después, en 1854,  su madre murió de cólera. Poter tenía 14 años.   El golpe fue brutal y lo aceptó de una forma  que los que lo rodeaban tardaron tiempo en   entender. No era solo el duelo por una madre,  era la confirmación de algo que ya intuía.

 Que   las cosas hermosas se van, que el mundo no ofrece  garantías, que la pérdida es la condición natural   de la existencia. Esa certeza instalada en él a  los 14 años nunca lo abandonaría y años después   quedaría impresa en cada nota de su música. En la  escuela de jurisprudencia, Caikovski sobrevivió   como pudo.

 Era un estudiante aplicado, sociable  en la superficie, con un talento particular para   las relaciones humanas, pero profundamente  solitario en su interior. La música siguió   siendo su refugio. Tomó clases de  piano  como actividad extracurricular, asistía a la ópera   siempre que podía y fue en esos años cuando Mozart  se convirtió en su Dios personal. Don Giovanni, en   particular lo deslumbró de una manera que él mismo  describió después como una revelación religiosa.  

La perfección formal de Mozart, su capacidad  para hacer convivir la alegría y la tragedia   en el mismo compás, dejaron una huella permanente  en la forma en que Chaikovski concebía la música.   En 1859, con 19 años se graduó de la escuela  de jurisprudencia y cumpliendo con lo esperado,   aceptó un puesto de funcionario en el Ministerio  de Justicia de San Petersburgo.

 Fue el segundo   desgarramiento, aunque esta vez fue diferente.  Esta vez él mismo era cómplice. Firmó los papeles,   tomó asiento en su escritorio y pasó 4 años  copiando documentos que no le importaban   en lo más mínimo, mientras dentro de él algo se  agitaba con una urgencia que iba creciendo semana   a semana. Pero el destino a veces llega disfrazado  de algo modesto.

 En 1861, la Sociedad Musical   Rusa de San Petersburgo abrió clases de teoría  musical abiertas al público. Caikovski se apuntó.   Tenía 21 años, era funcionario de día y músico  aficionado de noche, y aún no sabía exactamente   qué era lo que buscaba. Lo que encontró fue  a Anton Rubinstein, pianista y compositor de   fama continental, que al año siguiente abriría  el primer conservatorio de San Petersburgo.

 Y   Rubinstein, al ver a ese joven de mirada intensa  y dedos ágiles, le dijo algo que cambió el curso   de todo, que tenía que dedicarse a la música,  que no había otra opción. Cikovski renunció al   Ministerio de Justicia y se convirtió en uno de  los primeros alumnos del nuevo conservatorio.   Tenía 22 años.

 Empezaba tarde según los cánones de  la época, pero iba a recuperar el tiempo perdido   de una forma que nadie podía imaginar todavía.  En el conservatorio de San Petersburgo, Caikovski   encontró por primera vez en su vida un lugar donde  lo que sentía tenía un lenguaje. Estudió armonía   y contrapunto con Nicol Saremba y composición e  instrumentación con el propio Anton Rubinstein.

 La   relación con Rubinstein fue intensa y complicada,  como todas las relaciones importantes de su vida.   El maestro reconocía el talento del alumno, pero  lo exigía con una dureza que rozaba la crueldad.   Cuando Cikovski presentó su obertura  La tormenta en 1864 usando instrumentos   prohibidos en las composiciones de estudiantes,  el hecho que incluyese arpa, Corno inglés,   tuba y platillos dejó a Rubinstein furioso.

 Pero  también hubo momentos de admiración genuina,   como cuando Caikovski entregó 200 variaciones de  contrapunto como ejercicio de una sola semana y el   maestro se quedó sin palabras. 3 años después  de entrar, Caikovski se graduó y fue entonces   cuando Rubinstein hizo algo que resultó  decisivo. Recomendó a su antiguo alumno,   a su hermano Nikolai, que acababa de fundar el  Conservatorio de Moscú.

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