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TCHAIKOVSKY: El genio ocultó su alma al mundo y la volcó por completo en su última sinfonía.

San Petersburgo, 28 de octubre de 1893. El gran  salón de la sociedad filarmónica estaba lleno   hasta los bordes. En el podio, un hombre de 53  años, pelo completamente blanco, ojos grises y   expresión ausente, levantó la batuta. La sala  enmudeció. Lo que sonó durante los siguientes   45 minutos dejó al público perplejo, incómodo,  casi sin saber si aplaudir.

 No era la música   triunfal que esperaban de Potter Ilic Chaikovski.  Era otra cosa. Era una sinfonía que comenzaba con   un lamento surgido de las profundidades del  fagot. Crecía hasta el pánico. Se aferraba   por un instante a la belleza más frágil que  jamás había escrito y luego se desmoronaba.   Lentamente en un silencio que parecía definitivo.

  Era la sinfonía número seis en sí menor,   la patética. Y 9 días después de aquella noche,  su autor estaba muerto. Pero para entender lo que   Chaikovski  puso en esa música, hay que  viajar mucho más atrás. Hay que ir a los Urales,   a un pequeño pueblo industrial llamado Botkinsk,  donde el 7 de mayo de 1840 nació el niño que   cambiaría la historia de la música rusa para  siempre. Botkinsk un soñar con ser compositor.  

Era una ciudad de hierro y nieve, de chimeneas  y trabajo duro, gobernada por el ritmo de la   fundición de metales que daba empleo a casi todo  el mundo. El padro de Poter, Ilia Chaikovski,   era director de esa fábrica, un hombre afable,  generoso y algo ingenuo en los asuntos económicos.   La madre Alexandra Asier tenía sangre francesa y  alemana, tocaba el piano con soltura y poseía esa   mezcla de elegancia y frialdad emocional que  a veces confunde a los hijos sensibles con el   rechazo. Poter fue el segundo de los seis hijos  que sobrevivieron y desde muy pequeño quedó claro  

que era diferente a todos ellos. A los 4 años  la familia contrató a una institutriz francesa   llamada Fanny Durbach. Tenía 22 años, carácter  firme y una sensibilidad pedagógica. poco común.   En principio, Pioter era demasiado pequeño para  estudiar con los mayores, pero el niño insistió   tanto que Fanny cedió. Lo que descubrió la  sorprendió.

 A los 5 años leía y escribía,   hablaba francés con fluidez y mostraba una  memoria prodigiosa. Pero lo que más llamaba   la atención era su reacción ante la música.  Cuando alguien tocaba el piano en casa, el   niño se quedaba inmóvil con los ojos muy abiertos,  como si la música le atravesara de parte a parte.   Y después de que la música terminara, lloraba,  no de tristeza, de algo que no tenía nombre   todavía.

 A los 5 años comenzaron sus clases de  piano y sus progresos fueron tan rápidos que a   los 8 ya superaba. Pero sus padres no veían  en aquello más que una habilidad agradable.   Rusia en 1848 no era el lugar donde un hijo de  familia decente se convirtiera en músico. La   música era entretenimiento, no profesión. Y así,  cuando Poter tenía 10 años, Ilia Chaikowski tomó   una decisión que marcaría la infancia de su hijo  de forma indeleble.

 Lo inscribió en la Escuela   imperial de jurisprudencia de San Petersburgo.  Fue el primero de los grandes desgarros.   La escuela estaba a más de 1000 km de Botkinsk.  Poter tenía 10 años, no había hecho nunca nada   solo.  Su madre lo acompañó hasta San  Petersburgo, lo instaló en el internado y cuando   llegó el momento de despedirse, el niño se aferró  al carruaje con tanta desesperación que hubo que   arrancarlo físicamente. Alexandra   Chaikovski se marchó sin mirar atrás.

 Poter   la vio alejarse y no volvió a ver su rostro  tranquilo con claridad. Lo que quedó grabado   en su memoria fue esa imagen, ese carruaje que  desaparecía calle abajo, esa separación que nunca   supo del todo procesar. 4 años después, en 1854,  su madre murió de cólera. Poter tenía 14 años.   El golpe fue brutal y lo aceptó de una forma  que los que lo rodeaban tardaron tiempo en   entender. No era solo el duelo por una madre,  era la confirmación de algo que ya intuía.

 Que   las cosas hermosas se van, que el mundo no ofrece  garantías, que la pérdida es la condición natural   de la existencia. Esa certeza instalada en él a  los 14 años nunca lo abandonaría y años después   quedaría impresa en cada nota de su música. En la  escuela de jurisprudencia, Caikovski sobrevivió   como pudo.

 Era un estudiante aplicado, sociable  en la superficie, con un talento particular para   las relaciones humanas, pero profundamente  solitario en su interior. La música siguió   siendo su refugio. Tomó clases de  piano  como actividad extracurricular, asistía a la ópera   siempre que podía y fue en esos años cuando Mozart  se convirtió en su Dios personal. Don Giovanni, en   particular lo deslumbró de una manera que él mismo  describió después como una revelación religiosa.  

La perfección formal de Mozart, su capacidad  para hacer convivir la alegría y la tragedia   en el mismo compás, dejaron una huella permanente  en la forma en que Chaikovski concebía la música.   En 1859, con 19 años se graduó de la escuela  de jurisprudencia y cumpliendo con lo esperado,   aceptó un puesto de funcionario en el Ministerio  de Justicia de San Petersburgo.

 Fue el segundo   desgarramiento, aunque esta vez fue diferente.  Esta vez él mismo era cómplice. Firmó los papeles,   tomó asiento en su escritorio y pasó 4 años  copiando documentos que no le importaban   en lo más mínimo, mientras dentro de él algo se  agitaba con una urgencia que iba creciendo semana   a semana. Pero el destino a veces llega disfrazado  de algo modesto.

 En 1861, la Sociedad Musical   Rusa de San Petersburgo abrió clases de teoría  musical abiertas al público. Caikovski se apuntó.   Tenía 21 años, era funcionario de día y músico  aficionado de noche, y aún no sabía exactamente   qué era lo que buscaba. Lo que encontró fue  a Anton Rubinstein, pianista y compositor de   fama continental, que al año siguiente abriría  el primer conservatorio de San Petersburgo.

 Y   Rubinstein, al ver a ese joven de mirada intensa  y dedos ágiles, le dijo algo que cambió el curso   de todo, que tenía que dedicarse a la música,  que no había otra opción. Cikovski renunció al   Ministerio de Justicia y se convirtió en uno de  los primeros alumnos del nuevo conservatorio.   Tenía 22 años.

 Empezaba tarde según los cánones de  la época, pero iba a recuperar el tiempo perdido   de una forma que nadie podía imaginar todavía.  En el conservatorio de San Petersburgo, Caikovski   encontró por primera vez en su vida un lugar donde  lo que sentía tenía un lenguaje. Estudió armonía   y contrapunto con Nicol Saremba y composición e  instrumentación con el propio Anton Rubinstein.

 La   relación con Rubinstein fue intensa y complicada,  como todas las relaciones importantes de su vida.   El maestro reconocía el talento del alumno, pero  lo exigía con una dureza que rozaba la crueldad.   Cuando Cikovski presentó su obertura  La tormenta en 1864 usando instrumentos   prohibidos en las composiciones de estudiantes,  el hecho que incluyese arpa, Corno inglés,   tuba y platillos dejó a Rubinstein furioso.

 Pero  también hubo momentos de admiración genuina,   como cuando Caikovski entregó 200 variaciones de  contrapunto como ejercicio de una sola semana y el   maestro se quedó sin palabras. 3 años después  de entrar, Caikovski se graduó y fue entonces   cuando Rubinstein hizo algo que resultó  decisivo. Recomendó a su antiguo alumno,   a su hermano Nikolai, que acababa de fundar el  Conservatorio de Moscú.

 En 1866, con 26 años,   Caikovski se instaló en Moscú como profesor de  armonía. Un hombre que apenas dos años antes   copiaba documentos judiciales. Era ahora docente  en uno de los centros musicales más importantes   de Rusia. Moscú lo transformó. San Petersburgo era  europea, fría, geométrica, con sus canales y sus   fachadas barrocas mirando hacia Occidente.

 Moscú  era otra cosa, caótica, asiática en su corazón,   llena de campanas de iglesia y mercados ruidos  y esa mezcla de colores que ninguna otra ciudad   rusa tenía. Shaikowski la amó y la odió por igual.  La amó porque le daba material, calor humano, una   textura sonora diferente. La odió porque nunca fue  del todo suyo.

 Era un hombre de San Petersburgo en   el exilio voluntario de Moscú y esa tensión entre  los dos mundos alimentó su música durante años. En   aquellos primeros tiempos moscovitas, Chaikovski  compuso con una urgencia casi febril. Su primera   sinfonía, apodada sueños de invierno, llegó en  1866 y el proceso de crearla casi lo destruyó.   Trabajó en ella durante meses en un estado  de agotamiento extremo con insomnio severo,   visiones y lo que hoy reconoceríamos como  una crisis de ansiedad grave.

 Cuando por fin   la terminó y la presentó a Anton Rubinstein y a  Zaremba esperando aprobación, ambos la rechazaron.   Querían cambios. La sinfonía no era lo bastante  académica, no era lo bastante seria. Chaikovski,   destrozado, guardó la partitura en un cajón. Más  de un año después, en 1868, se estrenó en Moscú   en la versión revisada y el público la recibió  con entusiasmo. Fue su primer triunfo real.

 Y   fue también la primera vez que comprobó algo que  tardaría años en aceptar, que su instinto era más   fiable que el juicio de los demás, porque Cikowski  vivía bajo una presión constante y doble. Por un   lado, la presión estética. En aquellos años,  la música  rusa estaba dividida en dos   bandos que se miraban con desconfianza.

 Estaba el  grupo nacionalista, el llamado grupo de los cinco   formado por Balakirev, Quy, Borodín, Musorkski  y Rimski Korsakov, que defendían una música rusa   pura, basada en el folklore y libre de influencias  académicas occidentales. Y estaba la escuela de   los conservatorios, la de los Rubinstein, que  apostaba por la formación técnica europea como   base de cualquier gran composición. Caikovski  estaba en tierra de nadie.

 Demasiado occidental   para los nacionalistas, demasiado emocional y  ruso para los académicos más estrictos. A oídos de   Europa le faltaba disciplina. A oídos del grupo de  los cinco le sobraba formación y le faltaba alma   rusa. Esa condena al exilio estético lo persiguió  durante décadas y fue una fuente constante   de angustia. Y por otro lado estaba la otra  presión, la que nunca podía nombrar en voz alta.  

Caikovski era homosexual en la Rusia imperial  del siglo XIX, donde la homosexualidad no solo   era un escándalo social, sino un delito  penado por la ley. Desde adolescente,   en la escuela de jurisprudencia había desarrollado  vínculos intensos con otros jóvenes, el más   importante de ellos con Sergei Kireyev, al que  su hermano Modes describió después como el amor   más profundo y duradero de la vida de Pioter. Pero  ese amor era imposible de vivir en la superficie.  

Tenía que sobrevivir en las sombras, en cartas  que se guardaban y quemaban, en afectos que se   disfrazaban de amistad. Y esa imposibilidad, esa  brecha permanente entre lo que sentía y lo que   podía mostrar, se coló en su música de una forma  que no admite otra explicación. Cuando en 1869   compuso la obertura fantasía Romeo y Julieta,  revisada en 1870 y 1880 hasta alcanzar su forma   definitiva, no estaba escribiendo únicamente sobre  Shakespeare, estaba escribiendo sobre el deseo   imposible, sobre el amor que enfrenta obstáculos  insuperables, sobre la hermosura de algo que ya  

nace condenado. El famoso segundo tema de esa  obertura, esa melodía de cuerdas que es quizás   la más reconocible que jamás escribió, no suena  como música de teatro, suena como una confesión.   En esos mismos años intentó algo que hoy parece  casi inverosímil, enamorarse de una mujer. La   cantante y medosoprano belga de Sirié Artot visitó  Moscú en 1868 y Cheikovski quedó hechizado por   ella. Los dos pasaron meses en una relación que él  mismo describió como amor en sus cartas.

 Aunque la   naturaleza exacta de ese sentimiento sigue siendo  debatida. Sea como fuere, Artot se casó con otro   al año siguiente sin apenas avisar y Caikovski  encajó el golpe con una serenidad que él mismo   encontró reveladora. Quizás en el fondo sabía  que ese camino no era el suyo.  Siguió   componiendo.

 En 1875 llegó el concierto para piano  número uno en Siemol Menor, una de las obras que   lo haría inmortal. La historia de su creación es  una de las más famosas y ágrias de la historia de   la música. Cheikovski lo escribió para Nicolai  Rubinstein, el director del Conservatorio de   Moscú y su amigo más cercano en aquellos años,  esperando que fuera él quien lo estrenara. En   la víspera de Año Nuevo de 1874, interpretó la  obra para Rubinstein al piano.

 Rubinstein escuchó   en silencio y luego dijo que el concierto era  mediocre, técnicamente defectuoso, que no podía   tocarse tal como estaba. Cheikovski respondió que  no cambiaría ni una sola nota. Fue así, no cambió   nada de importancia, buscó otro pianista y Hans  von Bullow estrenó la obra en Boston en octubre   de 1875. El éxito fue inmediato y apabullante.

  Cuando Rubinstein  escuchó la reacción   del público, incluyó el concierto en su propio  repertorio sin mencionar jamás aquella noche   de críticas. Era 1875. Cheikovski tenía 35 años  y empezaba a ser famoso, pero lo peor y también   lo mejor de su vida estaba todavía por llegar.  En el verano de 1877, Poter Lich Chaikovski tomó   la peor decisión de su vida y lo hizo, según él  mismo explicó después, por miedo, por el miedo   constante y agotador de ser descubierto de que  alguien señalara aquello que llevaba toda la vida   ocultando por el miedo a la humillación pública,  al escándalo, a la cárcel y quizás también por  

esa extraña debilidad que tienen las personas muy  sensibles ante el sufrimiento ajeno. Todo empezó   con una carta. Una estudiante del conservatorio  de Moscú llamada  Antonina Miliukova,   le escribió declarándole su amor. Chaikovski  la conocía vagamente, no tenía ningún interés   romántico en ella y en circunstancias normales  habría ignorado el asunto con discreción.

 Pero   en ese momento estaba componiendo la  ópera Eugenio Oneguí basada en el poema   de Pushkin  sobre un hombre que rechaza  cruelmente el amor de una joven enamorada y la   coincidencia lo paralizó. Él era Oneguí, no podía  serlo. Contestó la  carta. Se vieron.   Y el 18 de julio de 1877, Peter Lich Chaikovski  se casó con Antonina Milukova.

 El matrimonio fue   una catástrofe  desde la primera noche.  Chaikovski escribió a su hermano Modest con una   desesperación que saltaba de cada línea, que  no podía soportarla, que su sola presencia le   resultaba insufrible, que había cometido   un error irreparable. Pasaron unas pocas semanas.   Chaikovski huyó a San Petersburgo  con  la excusa de un viaje de trabajo.

 Desde allí, una   noche de septiembre,  caminó hacia el río  Moscova con la intención de que el frío del agua   le provocara una neumonía y lo liberara de todo.  El agua estaba helada.  Él entró, salió,   no consiguió enfermar, regresó al hotel y al día  siguiente, al borde del colapso nervioso total,   su hermano Anatoli, lo metió en un tren hacia  Suiza. Nunca más volvió a vivir con Antonina.  

El divorcio era prácticamente imposible en la  Rusia ortodoxa de la época, así que permanecieron   casados en papel durante años, mientras ella,   que no era una mujer estable, descendía   lentamente hacia la enfermedad mental en la que  pasaría  las últimas décadas de su vida.   Pero en medio de ese naufragio personal ocurrió  algo extraordinario.

 Mientras Chakovski se hundía,   alguien le tendió la mano desde la distancia.  Su nombre era Nadesda Bonme, viuda de un magnate   ferroviario, dueña de una fortuna considerable,  melómana apasionada. Era también una mujer   profundamente excéntrica que había descubierto la   música de Cikovski y se había obsesionado   con ella.

 En 1876  le había encargado  algunos arreglos menores y le había pagado   generosamente. Ahora, en el otoño de 1877, cuando  Chikovski estaba en los pedazos de sí mismo, VonMC   le ofreció una asignación mensual fija de 6000  rublos al año para que pudiera dejar de enseñar   y dedicarse únicamente a componer con una sola  condición, que nunca se conocieran en persona.   Caikovski aceptó sin dudar.

 Lo que vino después es  una de las historias más extrañas y conmovedoras   de toda la historia de la música. Durante 13 años,  Chaikovski y Nadesda Vonmex se escribieron más de   100 cartas. Se contaron todo, los miedos, las  inseguridades,  los sueños, los planes.   Chaikovski le describía el proceso de composición  con una honestidad que rara vez tenía con nadie   más.

 Von Meck le respondía con una adoración que  no era solo admiración artística, sino algo más   complejo y más difícil de nombrar. Solo se vieron  una vez por accidente en un paseo en carruaje y   los dos apartaron la mirada sin hablar. Así lo  habían acordado, así lo necesitaban. Liberado   de la angustia económica y protegido por esa  amistad epistolar que funcionaba como un ancla,   Chaikovski compuso en los años siguientes   con una productividad asombrosa.

 En 1878 terminó   la sinfonía número cuatro, que había comenzado  durante el tormento del matrimonio y que lleva   la huella de ese tormento en cada movimiento. Su  primer tema, brutal y urgente, es lo que él mismo   llamó el tema del destino,  esa fuerza que  aplasta al individuo cuando pretende ser feliz.   La cuarta está dedicada a Von Mme, a quien  llamaba en sus cartas mi mejor amiga.

 También en   1878 completó el concierto para violín, una de las  obras más luminosas y vitales que jamás escribió.   Extraña paradoja para alguien que en ese mismo  periodo seguía lidiando con la convalescencia de   su crisis.  Y también en 1878, desde  la paz de su nueva libertad, terminó Eugenio   Oneguin. La ópera que había comenzado mientras se  precipitaba hacia el desastre de su matrimonio.  

La ópera sobre el hombre que rechaza el amor y  pasa el resto de su vida lamentando esa decisión.   Era difícil no leer en ella algo autobiográfico.  Chaikovski lo sabía. No hizo nada por ocultarlo.   En 1880 llegó la gran obertura solemne de 1812   encargada para conmemorar la victoria   rusa sobre Napoleón.

 Cheikowski la escribió  rápido, sin demasiado  entusiasmo,   y después la describió como una obra sin mérito  artístico, excesivamente ruidosa. Tenía razón en   que era espectacular y ruidosa. Estaba equivocado  en lo del mérito artístico. Se convertiría en   una de las piezas  orquestales más  interpretadas del mundo. Así era Chaikowski,   incapaz de juzgarse a sí mismo con objetividad,  siempre oscilando entre la soberbia íntima de   saber que lo que hacía venía de un lugar verdadero  y la humillación pública de creerse inferior a los   grandes maestros. En 1888 vino la sinfonía número  cinco en mi menor. Si la cuarta era el combate con  

el destino, la quinta era la negociación con él.  Los cuatro movimientos recorren un camino que va   desde la sombra opresiva del primer tema, ese  clarinete oscuro y lento que abre la sinfonía   hasta el finale triunfal que muchos escuchan como  una victoria y otros como una victoria forzada,   como la alegría que se impone por encima de la  duda porque no queda otra opción.

 Chaikovski mismo   no estaba seguro  de que hubiera salido  bien, pero el público la aclamó desde el primer   día y al año siguiente, en 1889, Chaikovski  entregó La Bella Durmiente, un ballet para   el Teatro Imperial de San Petersburgo que muchos  consideran su obra maestra absoluta en el género.   150 minutos de música que van desde el hechizo  de la bruja Carabose hasta el bals del acto final   pasando por el adagio de la rosa,  una de  las piezas más bellas jamás compuestas para danza.  

El zar Alejandro Iero asistió  al estreno  y al terminar su único comentario fue que le había   parecido muy bonito. Chaikowski se quedó herido.  Esperaba más. Nunca aprendió a recibir los elogios   que merecía. En 1890 llegó el golpe más inesperado  de su vida adulta.

 No de Antonina, de quien ya se   había desconectado emocionalmente hacía años.  No de los críticos a quienes había aprendido   a soportar. llegó de Nadesta vonmec en una carta  fría y breve. Su mecenas de 13 años le comunicaba   que estaba arruinada y que no podía seguir pagando  la asignación. Añadía que su amistad llegaba a su   fin, no daba más explicaciones.

 Cheekovski quedó  devastado, no por el dinero que a esas alturas   ganaba suficiente con sus conciertos y derechos,  sino por el abandono, por la incomprensión de esa   ruptura brusca, sin explicación real, de alguien  en quien había confiado como en nadie más.   Años después se supo que Fonmec no estaba  arruinada. Nadie ha podido explicar con certeza   por qué rompió el vínculo.

 Tal vez la enfermedad,  tal vez algo que leyó en una de aquellas cartas   y que nunca comentó. El misterio sobrevivió  a ambos. Ese mismo año, a pesar del dolor,   Cikovski terminó la dama de picas, su segunda gran  ópera basada en un relato de Pushkin. Es una obra   oscura, obsesiva sobre el juego, los fantasmas y  la perdición. El protagonista Herman lo sacrifica   todo por descubrir el secreto de tres cartas  ganadoras y en el proceso pierde la mujer que ama,   la razón y la vida. Era difícil no escuchar en  ella los ecos de la propia vida de su autor.

 La   dama de pica se estrenó en el Meringski de San  Petersburgo con un éxito rotundo. La prensa la   comparó favorablemente con lo mejor de la ópera  europea. Chaikowski apenas se alegró. En los años   que siguieron recorrió a Europa como director de  sus propias obras. Ya no era solo famoso en Rusia,   era una figura internacional. Dirigió en Hamburgo,  en Praga, en París, en Londres.

 En 1891 cruzó   el Atlántico por primera vez y dirigió en la  inauguración del Carnegy Hall de Nueva York.   Fue recibido con una ovación que lo sorprendió.  América no conocía su cara, pero conocía su   música. El concierto para piano número uno, la  serenata para cuerdas, las sinfonías. Cuando subió   al podio en Nueva York, el público ya lo amaba  antes de que él levantara la batuta.

 Pero Cikowski   seguía siendo en su interior ese niño que miraba  alejarse del carruaje de su madre. La fama no   curó nada, los viajes no cubrieron el vacío y en  los últimos años de su vida, algo en él empezó a   moverse hacia una profundidad diferente, hacia un  lugar donde la música ya no necesitaba conquistar   a nadie, donde solo tenía que ser verdad. En  1892 se estrenó el cascanueces.

 Hoy es el ballet   más representado de la historia, el espectáculo  navideño por excelencia, la obra que generaciones   de niños conocen antes de conocer ninguna otra  música clásica. Pero cuando se estrenó  en   San Petersburgo en diciembre de 1892, los críticos  lo recibieron con frialdad.

 La primera parte les   pareció aburrida, la segunda demasiado larga.  Caikowski, que tampoco estaba especialmente   satisfecho con ella, anotó la reacción con su  habitual mezcla de indiferencia resignada y dolor   contenido. Lo que ya estaba escribiendo entonces  era otra cosa. Desde principios de 1893 trabajó   en la que sería su última sinfonía, con una  concentración y una urgencia que sus colaboradores   más cercanos no recordaban haber visto antes.

 La  sinfonía número seis en Si menor creció rápido,   como si ya estuviera entera dentro de él y solo  necesitara ser transcrita.  En una carta   a su sobrino Vladimir, el joven al que llamaba Bob  y por quien sentía un afecto que iba más allá de   lo familiar, Caikovski escribió que había volcado  en esa sinfonía toda su alma, que era la obra más   sincera que jamás había compuesto. Su estructura  era radicalmente subversiva.

 Mientras todas las   convenciones de la época dictaban que una sinfonía  debía terminar con un finale enérgico y triunfal,   la sexta hacía exactamente lo contrario. Su  último movimiento. Adagio lamentoso. Es una   retirada hacia la oscuridad, un descenso paulatino  hasta el silencio más absoluto. No hay resolución,   no hay victoria, solo ese final apagado, como una  llama que se extingue sin drama, casi con alivio.  

El 28 de octubre de 1893 la dirigió el mismo en  San Petersburgo. El público aplaudió, pero con   confusión. No sabían qué habían escuchado. Al día  siguiente, su hermano Modes le sugirió el nombre   de patética. Cheikowski lo aceptó 9 días después  estaba muerto. El 6 de noviembre de 1893, Peter   Prilich Chaikowski murió en San Petersburgo. Las  autoridades declararon cólera como causa oficial.  

Había un brote activo en la ciudad  y  varios testigos afirmaron que el día anterior   había bebido un vaso de agua sin hervir,  pero casi desde el primer momento circularon   otras versiones. Algunos biógrafos del siglo XX  argumentaron que Cheikovski se había suicidado,   quizás envenenado con arsénico, quizás tras un  juicio de honor privado entre antiguos compañeros   de la escuela de jurisprudencia  que  habrían descubierto una relación comprometedora   con un noble. La teoría es dramáticamente  coherente con el final de la patética, pero no  

está respaldada por evidencia documental sólida.  La historiografía más rigurosa sigue situando la   causa probable de su muerte en el cólera, aunque  reconoce que ciertas circunstancias permanecen   sin explicación. Lo enterraron en el cementerio  de Tikwin, en San Petersburgo, junto a Glinka,   Dostoyevski y Musorski, una compañía formada por  el mejor talento ruso del siglo.

 Lo que dejó atrás   era inconmensurable. Siete sinfonías, 11 óperas,  tres ballets que transformaron para siempre el   género, el Lago de los Cisnes, La Bella Durmiente,  el Cascanueces, Tres conciertos para piano,   un concierto para violín, La Serenata para  cuerdas, Romeo y Julieta, Laertura 1812 de   Francesca Dar Rimini, 169 obras catalogadas, una  música que no necesita presentación en ningún   rincón del mundo porque ya vive en la memoria  colectiva de la humanidad con una naturalidad   asombrosa. fue el primer compositor ruso que llevó  personalmente su música a los escenarios de Europa  

y América. El primero que hizo que el mundo mirara  a Rusia no como una potencia política, sino como   una potencia musical. Antes de él, la música rusa  era un fenómeno local y exótico. Después de él,   Igor Stravinski pudo estrenar la consagración de  la primavera en París en 1913 porque el camino ya   estaba abierto.

 Pero quizás lo más extraordinario  de Caikovski no sea lo que hizo por la música   rusa, sino lo que hizo por algo más universal  y difícil de nombrar. Vivió en un tiempo y en   un lugar donde lo que era no podía ser, donde  sus amores más profundos no tenían derecho a   existir en la superficie del mundo. Y en lugar de  claudicar o desaparecer o simplemente sobrevivir,   transformó todo ese peso en música.

 En esa  obertura de Romeo y Julieta, que suena como   un amor imposible porque lo era. En esa cuarta  sinfonía que enfrenta al destino  porque   él lo enfrentaba cada día. En esa sexta que  termina en silencio porque hay silencios que son   la única respuesta honesta. No hay que entender  nada de música para que Chaikovski te llegue. No   hay que saber quién fue, ni lo que vivió, ni  el nombre de ninguna de  sus obras.  

Basta con escuchar. Y si en algún momento de esa  escucha algo se te aprieta en el pecho sin que   sepas exactamente por qué, ya sabes lo que es. Es  él diciéndote lo que nunca pudo decirle al mundo.

 

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