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Nino Bravo Recibió una Carta desde Argentina que lo Hizo Llorar Delante de Todo su Equipo|Nunca lo..

 Hay que entender de dónde venía para entender por qué aquella carta llegó tan hondo. Porque Nino Bravo no nació siendo Nino Bravo, nació siendo Luis Manuel. Luis Manuel Ferry Ylopis, un hombre  de barrio, de familia humilde, de padre que quería que su hijo fuera médico y que miraba con una mezcla de orgullo y miedo cuando veía aquel muchacho subirse a un pequeño escenario por primera vez.

 Luis Manuel creció en Valencia, no en los salones dorados de la música. Creció en los mismos pasillos por los que pasaba cualquier chico de su tiempo, la calle, el trabajo, el peso de no tener casi nada y la certeza de que algo dentro de él era diferente, aunque todavía no supiera ponerle nombre.

 Trabajaba en una joyería. Pulía diamantes con las manos y por la noche, cuando el taller cerraba y la ciudad se quedaba quieta, él cantaba. Lo hacía primero en fiestas de barrio, luego en pequeños locales,  luego con grupos que fueron creciendo poco a poco. Se llamaron los hispánicos, luego los superson.

 Nadie sabía todavía lo que estaban haciendo. Nadie, excepto quizás él.  ¿Cuántas personas tienen esa convicción tan silenciosa y tan fuerte al mismo tiempo? Esa certeza de que la vida les tiene preparado algo que todavía no han visto. Un locutor de radio llamado Miguel Siurán escuchó su voz un día y ya no pudo olvidarla.

 Fue él quien le dijo, “Necesitas un nombre artístico, un nombre que suene a algo.” Y así nació Nino Bravo. Un nombre inventado, pero una voz que era completamente real. En 1969 llegó su primer éxito. Luego vino otro y otro.  Las canciones de Nino Bravo empezaron a sonar en radios, en televisiones, en cocinas de casas donde la gente bailaba sin querer mientras escuchaba: “¡Te quiero, te quiero, Noelia.” Cartas amarillas.

 Y entonces llegó algo que nadie en su equipo había previsto, algo que iba a demostrar que aquella voz no llegaba solo a los teatros, llegaba a sitios mucho más pequeños, mucho más íntimos, mucho más necesarios. Y entonces llegó a Argentina.  Era septiembre de 1971. Nino Bravo tenía 27 años. Acababa de casarse con Amparo, la mujer de su vida, y estaba en el mejor momento de su carrera.

 Su representante, José Mary, había organizado la primera gran gira latinoamericana. Argentina, Chile, Perú, Colombia, Venezuela. Un recorrido que para un artista español de aquella época era casi como cruzar el océano hacia lo desconocido. Pero lo que encontró al llegar a Buenos Aires no lo había previsto nadie. El aeropuerto estaba lleno de gente, no unos pocos fans con carteles, no un grupo pequeño.

 Cientos de personas, personas que habían ido a recibirle como si llegara a alguien de la familia, que gritaban su nombre, que lloraban sin saber muy bien por qué, que extendían los brazos hacia él como si pudieran tocarlo, aunque hubiera una valla de por medio. Manu Martínez, su cuñado, su road manager, el hombre que conducía el coche y que conocía a Nino mejor que nadie, lo vio todo desde atrás y recordó ese momento el resto de su vida.

 Nino se quedó parado en la puerta del aeropuerto, diría Manu. Años después miró a toda esa gente y no dijo nada. Solo tragó saliva y caminó hacia ellos  sin guardaespaldas, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para cada uno. ¿Cuántos artistas habrían hecho lo mismo? ¿Cuántos se habrían quedado detrás del cristal, detrás de la distancia, detrás de la fama? Nino, no.

Nino siempre fue hacia la gente. Eso lo sabían todos los que le conocieron. Era algo en él que no se podía fingir. Los shows en Canal 9 de Buenos Aires fueron vistos por millones de personas,  millones. En una época sin internet, sin redes sociales, sin manera de compartir nada más que la conversación del día siguiente en la mesa de desayuno, la gente se congregaba frente al televisor para verle cantar.

 Y cuando cantaba, algo ocurría en los salones de esas casas  argentinas. Algo que es difícil de explicar con palabras, pero que cualquiera que lo vivió recuerda perfectamente. Era como si la voz de Nino Bravo tocara exactamente lo que uno llevaba dentro sin poder decirlo. Las cartas empezaron a llegar desde el primer día al hotel, a la cadena de televisión a través de sus representantes,  cartas en sobres blancos, en sobres de colores, escritas a máquina o a mano, algunas largas como un cuaderno y otras

con apenas cuatro líneas, de señoras mayores que le decían que su voz les recordaba a alguien que habían perdido, de jóvenes que le escribían que una canción suya les había acompañado en un momento muy oscuro, de familias enteras que firmaban juntas, Mino Las leía todas. Eso también lo decía a mano. Las leía todas.

 Guardaba algunas, otras las respondía de su puño y letra cuando tenía un momento. Era algo que no entendía nadie del equipo porque no había tiempo, porque la agenda era un infierno, porque entre concierto y concierto apenas había horas para dormir. Pero él insistía, “Estas personas se han tomado el tiempo de escribirme”, decía Nino.

 “Lo menos que puedo hacer es leerlas.” Y entre todas aquellas cartas había una que era diferente a las demás, una que no había llegado por correo, una que alguien había dejado en plena madrugada, sin nombre, sin remite, con solo cuatro palabras escritas en el frente y que Nino iba a poder leer hasta que llegara el momento exacto.

 Y aquí es donde comienza la parte de la historia que nadie contó durante mucho tiempo. En el equipo de Nino Bravo había un chico joven, un ayudante que se encargaba de recoger la correspondencia y organizarla. Se llamaba Ramón. Era de Valencia como Nino y tenía la cara todavía llena de esa ilusión de quien está viviendo la aventura de su vida por primera vez.

 Ramón recogía los sobres, los ordenaba, los llevaba al hotel. Era parte del engranaje invisible que hace funcionar una gira. Y fue Ramón quien una mañana de octubre de 1971 encontró un sobre diferente. Estaba en el suelo del pasillo del hotel, como si alguien lo hubiera deslizado por debajo de la puerta durante la noche. No tenía matasellos.

No había sido enviado por correo. Alguien lo había llevado hasta allí personalmente en plena madrugada y lo había dejado sin nombre ni remite. Solo tenía escrito con letras grandes y torpes casi de niño para Nino. Bravo, importante, por favor. Ramón lo recogió, lo llevó al cuarto donde estaban organizando el día, lo puso encima de la mesa junto al resto de la correspondencia y ahí se quedó.

 Esa mañana hubo ensayo, luego un compromiso en televisión, luego una comida con productores que se alargó más de lo previsto, luego un concierto, luego las horas de después del concierto, que siempre son las más largas porque el cuerpo está despierto, pero la mente ya ha dado todo lo que tenía. Nino vio el sobre al final del día lo cogió, lo miró, lo guardó en el bolsillo del abrigo. “Ahora no”, dijo.

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