Posted in

Con casi 90 años, esta es la vida de Lucha Villa en su granja Rancho Fortuna: Tragedia, Amor.

Un rancho tranquilo en medio de San Luis Potosí, México. Árboles frondosos, aire puro, el canto de los pájaros cada mañana. Silencio, paz absoluta. Aquí, lejos de las cámaras, lejos de los palenques, lejos de los aplausos que alguna vez retumbaron en cada rincón de México, vive una de las voces más poderosas que ha dado este país.

 Una mujer que conquistó escenarios, que protagonizó más de 70 películas, que vendió millones de discos, que fue musa de los más grandes compositores mexicanos. Su nombre es Lucha Villa, la grandota de Camargo, la reina de los palenques. Una leyenda viviente que hoy, a sus 88 años transcurre sus días en la tranquilidad de este rancho que se ha convertido en su refugio final.

 El rancho no es suyo, es propiedad de su hija Rosa Elena, mejor conocida como Rosy. Aquí viven juntas, aquí pasan los días. Aquí la familia se reúne constantemente para cuidar a quien durante décadas cuidó de todos ellos. Porque Lucha no vive sola, la acompañan  sus tres hijos. Rosa Elena, la mayor, nacida en 1954 durante su primer matrimonio, Carlos Alberto, también del primer matrimonio, y María José Rengifo, la menor, nacida en 1974, fruto de su cuarto matrimonio.

 Pero no solo sus hijos están presentes. El rancho se llena constantemente de nietos y bisnietos, de familiares que llegan desde diferentes partes del país para visitarla, para platicar con ella, para cantarle. para asegurarse de que esté bien. Damiana Villa, su sobrina y también cantante, visita el rancho cada vez que puede.

 En entrevistas recientes ha descrito cómo es la vida de su tía en ese lugar.  Dice que Lucha está rodeada de amor, que la familia nunca la deja sola, que aunque su voz ya no es la misma, todavía intenta cantar cuando alguien le toca alguna de sus canciones. La rutina de lucha es sencilla, pero constante.

 Despierta temprano, toma sus terapias diarias. Hay una enfermera de planta. El costo del tratamiento es alto, muy alto. Por eso las hijas de lucha han tenido que vender parte del vestuario que la cantante usó durante su carrera. Esos trajes de charra bordados con lentejuelas, esos vestidos de gala que brillaban bajo las luces de los escenarios.

 Todo se ha ido vendiendo poco a poco para mantener los cuidados necesarios. Las regalías de su música también ayudan. Lucha Villa sigue sonando en la radio, sus discos siguen vendiéndose, sus películas siguen transmitiéndose en televisión. Esa es la herencia que dejó. Una obra tan vasta que continúa generando ingresos décadas después de su retiro forzado.

 Pero el dinero nunca alcanza del todo. No cuando se necesita atención médica especializada a las 24 horas del día, no cuando las secuelas neurológicas requieren terapias constantes. No cuando cada día representa un desafío nuevo. Porque Lucha Villa no vive así por elección, vive así por consecuencia, por un error médico que cambió todo en 1997, por una cirugía estética que debió ser rutinaria y terminó en tragedia.

 Pero llegaremos a eso todavía no. Antes de entender cómo llegó Lucha Villa a este rancho, antes de comprender por qué una de las artistas más importantes de México vive alejada del mundo desde hace casi 30 años, necesitas  conocer su historia completa. Necesitas saber quién fue Lucha Villa antes de convertirse en la mujer que hoy camina despacio por los pasillos de este rancho, antes de perder la capacidad de hablar con claridad, antes de olvidar fragmentos de su propia vida debido al daño cerebral, porque Lucha Villano

siempre fue frágil. Hubo un tiempo en que su voz grave y potente hacía temblar los palenques. Un tiempo en que su presencia en el escenario era magnética. Un tiempo en que todos los compositores querían escribir para ella, un tiempo en que el cine mexicano la necesitaba para sus producciones más importantes.

 Hubo un tiempo en que Lucha Villa era imparable y esa historia comienza muy lejos de este rancho en San Luis Potosí. Comienza en un pueblo pequeño del norte de México, un lugar donde nació una niña que nadie imaginó que conquistaría al país entero. Comienza en Camargo, Chihuahua. El 30 de noviembre de 1936. Luzelena Ruiz Bejarano.

 Ese era su nombre real, el nombre que aparece en su acta de nacimiento, el nombre que casi nadie recuerda porque desde muy joven fue rebautizada como Lucha Villa. Camargo es un municipio en el estado de Chihuahua, tierra árida, clima extremo, calor sofocante en verano, frío penetrante en invierno, un lugar donde la vida no es fácil, donde las familias trabajan duro solo para sobrevivir.

 La familia de Lucelena era humilde, no había lujos, no había comodidades, había lo necesario para comer y poco más, pero había música. Siempre había música. Desde pequeña, Lucelena cantaba en el coro de la iglesia del pueblo. Su voz era diferente, grave, profunda, nada típica para una niña. Los adultos se volteaban a verla cuando cantaba.

 Había algo especial en esa voz. Pero cantar en una iglesia de pueblo no paga las cuentas. No saca a una familia de la pobreza, no abre puertas. La vida transcurría tranquila en Camargo, sin sobresaltos, sin grandes sueños. Luz Elena crecía como cualquier otra niña de su edad. Iba a la escuela, ayudaba en la casa, cantaba los domingos en misa.

 Nadie sabía que esa niña del coro terminaría compartiendo escenario con Jorge Negrete, con Pedro Infante, con José Alfredo Jiménez, con Juan Gabriel. Nadie imaginaba que su voz se escucharía en cada rincón de México, que su rostro aparecería en cientos de carteles de cine, porque en Camargo los sueños eran pequeños y las oportunidades casi inexistentes.

Pero entonces algo cambió, alguien la vio. Alguien notó que esa joven tenía algo especial. No solo la voz, también la presencia, la estatura, los rasgos finos, una belleza natural que no necesitaba adornos. Un empresario argentino llamado Luis Guillermo Dillon llegó a Chihuahua buscando talento.  Estaba formando un grupo de bailarinas y modelos llamado Las Dianas de Dillon.

Mujeres jóvenes, hermosas, que trabajarían en programas de televisión y eventos especiales. Dijon vio a Lucelena, quedó impresionado, le ofreció unirse al grupo. Ella aceptó sin dudarlo. Era la oportunidad de salir de Camargo, de conocer el mundo, de hacer algo más que cantar en la iglesia. Se mudó a la Ciudad de México.

 Tenía poco más de 15 años. Llegó con una maleta pequeña y sueños enormes. Las dianas de Dion eran famosas en los años 50. Aparecían en televisión, modelaban, bailaban. Eran el sueño de muchas jóvenes mexicanas. Luz Elena encajó perfectamente. Era alta, esbelta, elegante. Aprendió rápido a moverse frente a las cámaras, a posar para las fotografías, a sonreír en el momento exacto.

Read More