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Javier Solís murió y dejó a su familia en la miseria: La injusticia con El Rey del Bolero Ranchero 

Javier Solís murió y dejó a su familia en la miseria: La injusticia con El Rey del Bolero Ranchero 

¿Por qué Javier Solís murió y dejó a su familia en la miseria? La injusticia con el rey del bolero ranchero, cuatro mujeres en un pasillo  de hospital. Ninguna de ellas sabía de la existencia completa de las otras. Cada una tenía documentos en la mano que probaban ser la esposa legítima del mismo hombre.

 Y ese hombre acababa de morir en el cuarto de al lado con 34 años en el momento exacto en que era el artista más escuchado de toda América Latina. Era la madrugada del 19 de abril  de 1966 en el Hospital Santa Elena en la colonia Roma de la Ciudad de México. Y el silencio en ese pasillo era el tipo de silencio que solo existe cuando algo irreversible acaba de ocurrir y nadie sabe todavía quién va a pagar por ello.

Hoy vas a descubrir por qué el médico que operó a Javier Solís no tenía título de cirujano y lo que le pasó a ese médico después de que su paciente murió. Vas a saber cómo alguien falsificó la firma de Javier en su propio testamento y cómo su familia tardó 40 años en descubrirlo.

 Vas a conocer la doble vida que él construyó con nombres falsos, cuatro matrimonios simultáneos y 11 hijos repartidos entre familias  que nunca se conocieron entre sí. Y vas a entender por qué un hombre que grabó  más de 400 canciones, hizo 33 películas y recorrió dos continentes, murió sin dejar un solo peso seguro para ninguno de sus hijos.

No fue mala suerte, no fue destino, fue una serie de silencios que alguien eligió mantener y ese alguien nunca respondió por nada. Y si todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora. Presiona el botón de suscripción y activa la campanita. Aquí hay investigación. Cada video que lanzamos vas a ser el primero en saberlo.

Quédense hasta el final porque esta historia no termina como creen. Para entender la magnitud de esta injusticia,  primero hay que entender qué fue exactamente lo que se perdió. Porque lo que México perdió aquella madrugada no era solo un cantante,  era algo que tardó años en construirse desde la nada más absoluta.

 Y la nada en esta historia es literal. Javier Solís grabó más de 400 canciones en apenas 10 años de carrera activa.  Hizo 33 películas. Recorrió toda Centroamérica y Sudamérica.  Rompió récords de ventas en la disquera Columbia con el álbum Sombras. era comparado con Jorge Negrete y Pedro Infante.

 El propio Frank Sinatra lo admiraba  y cuando murió, a los 34 años sus hijos se quedaron sin nada, no porque no hubiera dinero, sino porque nadie se ocupó  de protegerlo. Sus bienes quedaron intestados, sin un testamento claro y válido que pusiera orden en lo que dejaba atrás. Un juez tuvo que intervenir para dividir  lo que quedaba entre cuatro familias distintas, cuatro familias que no se conocían, cuatro familias que durante décadas pelearon en tribunales por lo que consideraban suyo.

 Y eso apenas era el principio del desastre, porque décadas después de su muerte, su viuda blanca Estela Sainz descubrió algo que la dejó sin palabras. Dos de las herederas que figuraban en el testamento de Javier habían obtenido sus derechos con firmas falsas. Javier Solís nunca reconoció legalmente a esas dos niñas, nunca firmó nada para incluirlas.

Alguien lo hizo por él y durante 40 años esas herederas cobraron dinero que la justicia mexicana  terminaría determinando que no les pertenecía. Blanca Estela lo dijo en conferencia de prensa con una calma que dolía más que el enojo. Yo no les quiero quitar nada. únicamente que durante  40 años percibieron dinero que no les pertenecía y ahora es un juez, no yo, quien determinó que todo lo que recibieron deben  pagarlo.

 Cuando ella intentó ir más lejos, cuando quiso entender no solo el fraude en la herencia, sino también las circunstancias exactas de la muerte de Javier, pidió el expediente médico al Hospital Santa Elena. La respuesta que recibió fue tan simple como devastadora.  El expediente había desaparecido sin rastro, sin explicación, como si nunca hubiera existido.

 Y entonces surgió la pregunta que nadie ha podido responder del todo hasta hoy.  ¿Qué estaba protegiendo ese silencio? Un artista que lo dio todo y una familia que quedó sin nada.  ¿Crees que esto fue negligencia o hubo algo más detrás? Déjame tu opinión en los comentarios antes de que termines  el video.

Para entender cómo un hombre tan grande pudo dejar tan poco, hay que empezar donde él empezó, en el abandono. Porque Javier Solís no nació siendo el rey de nada, nació siendo un niño al que nadie  quiso. Y esa herida, invisible para el público que lo aplaudía, estuvo presente en cada decisión que tomó en su vida. Javier Solís no existía.

 Era una construcción,  un personaje, una armadura que Gabriel Siria Levario usó para enfrentarse al mundo. La leyenda que él mismo se inventó decía que era un Jacki nacido en Nogales, Sonora, un hombre  del norte, de tierra dura y silencio fiero. La realidad era otra,  mucho más ordinaria y mucho más dolorosa.

 Nació en el barrio de Tacubaya en la Ciudad de México, el primero de septiembre de 1931. Su padre, Francisco Siria Mora, era  panadero. Su madre, Juana Levario Plata, tenía un puesto de verduras en un mercado público. A los 8 meses de nacido, su madre lo llevó a casa de sus tíos Ángela López Martínez  y Valentín Levario Plata, y les pidió que lo cuidaran mientras ella atendía su puesto en el mercado.

 Nunca regresó por él. No al día siguiente, no la semana siguiente, nunca. El bebé llegó con una infección grave en la piel por falta  de higiene básica. Sus tíos lo atendieron, lo curaron, lo  criaron y se convirtieron en sus verdaderos padres. Javier nunca volvió a saber qué fue de su madre. Ese abandono, ese primer abandono que ocurrió antes de que pudiera siquiera entenderlo, marcó para siempre la forma en que Gabriel Siria Levario se relacionó con el mundo.

 Creció en Tacubaya entre la pobreza y el esfuerzo. Llegó a estudiar hasta el quinto grado de primaria antes de tener que abandonar la escuela para ayudar en los gastos de la familia. Trabajó como recolector de huesos y vidrios, como lavador de carros, como cargador de mercancías. Se entrenó como boxeador amatér durante 6 años con la ilusión de llegar a ser profesional.

 Pero después de varias derrotas y ante la  insistencia de su familia de que eligiera algo más decente, lo dejó y así llegó al oficio que lo definiría antes de la música. Se convirtió en carnicero. Cantaba mientras trabajaba. Cantaba entre los cortes de carne, entre el frío y el olor de la madrugada.

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