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Una joven embarazada fue acogida en una casa de ancianos — y uno de ellos la esperaba hace años.

Cuando despertó, lo primero que oyó fue una radio bajita en algún rincón. Hablaban del tiempo, de lluvias fuertes en Castilla, de carreteras cortadas y de un invierno que parecía no tener prisa por marcharse. Lo segundo fue el olor a caldo caliente. Lo tercero, una voz de mujer.

—No te incorpores tan rápido. Estás segura.

Lucía abrió los ojos. Estaba en una habitación pequeña pero limpia, con paredes color crema, una lámpara de mesilla y una manta de cuadros sobre las piernas. A su derecha había una silla. En la silla, una taza humeante.

La mujer de la puerta estaba allí. Ya no parecía tan severa.

—Soy Carmen —dijo—. Supervisora de noche. Bueno, de noche, de día y de cuando haga falta, porque aquí una acaba siendo de todo menos persona libre.

Lucía intentó sonreír, pero le salió una mueca.

—¿Dónde estoy?

—En la residencia Santa Clara. Te trajimos a la enfermería. Te vio Teresa, nuestra médica. El bebé está bien. Tú estás agotada, deshidratada y con más sustos encima de los que una chica de tu edad debería cargar.

Lucía llevó ambas manos al vientre.

El bebé se movió. Un golpecito. Pequeño, insistente.

Rompió a llorar.

No fue un llanto bonito. No fue de esos que las películas ponen con música suave y una lágrima bajando limpia por la mejilla. Fue un llanto feo, roto, con mocos, con respiración entrecortada, con vergüenza. Carmen no dijo “tranquila” porque hay momentos en los que esa palabra sobra. Le acercó un pañuelo y esperó.

—No tengo dónde ir —dijo Lucía al fin.

—Eso ya lo imaginaba.

—No quería molestar. Solo quería pasar la noche.

Carmen suspiró.

—Aquí molestan más los políticos cuando vienen a hacerse fotos que una chica embarazada pidiendo refugio.

Lucía levantó la mirada. Aquella frase, inesperadamente, le arrancó una risa mínima.

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