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Jacobo Zabludovsky: 30 Años Cobrando de Los Pinos… El SILENCIO que Condenó a su Propio HIJO 

Jacobo Zabludovsky: 30 Años Cobrando de Los Pinos… El SILENCIO que Condenó a su Propio HIJO 

Miércoles 30 de mayo de 1984, 2:30 de la tarde. La avenida Insurgentes en Ciudad de México está llena de coches, de gente que sale a comer, de oficinistas que aprovechan el sol, de familias con bolsas del mercado. Es un martes normal, ruidoso, con el tráfico habitual de la capital más grande del continente. Y en ese ruido completamente normal, en esa banqueta de todos los días, un hombre cae de bruces después de cinco disparos por la espalda.

 Se llamaba Manuel Buen Día. Era el columnista más leído de México, 48 años de edad. Llevaba bajo el brazo, según los testigos que estuvieron ese día en la calle, el borrador de la siguiente entrega de su columna Red Privada. Una columna que desde hacía años publicaba en Excelor y después en El Universal Lo que nadie más en el periodismo mexicano se atrevía a escribir.

 Los vínculos entre el narcotráfico y el aparato de seguridad del Estado, los archivos de operaciones de la CIA en territorio mexicano, los nombres de funcionarios que no aparecían en ningún otro periódico porque ningún otro periódico tenía el valor o la fuente para nombrarlos. Buen día sabía cosas, cosas muy específicas, cosas que incomodaban a gente que tenía el poder y los recursos para reaccionar de maneras que iban mucho más allá de una demanda legal.

 Y esa tarde de mayo de 1984, en plena avenida Insurgentes, alguien decidió que Manuel Buen Día ya había publicado suficiente cinco disparos por la espalda. El asesino, como la Procuraduría General de la República determinaría años después, en uno de los procesos judiciales más largos de la historia de México, era José Antonio Zorrilla Pérez, el director de la propia Dirección Federal de Seguridad, el jefe del brazo de inteligencia del gobierno de Miguel de la Madrid, el director del aparato que se suponía debía proteger a los ciudadanos

mexicanos, había ordenado el asesinato del periodista que más había investigado a ese mismo aparato. No era una hipótesis conspirativa, era lo que el proceso judicial estableció, lo que los archivos confirmaron, lo que décadas de investigación documentaron con nombres, fechas y órdenes. Esa noche, miles de mexicanos encendieron el televisor buscando respuestas, buscando a alguien que les dijera que había pasado y porque el periodista más valiente del país yacía en una morgue con cinco balas en la espalda.

Y el hombre que apareció en la pantalla era el hombre con más poder informativo de México. La voz que durante 14 años había entrado cada noche a cada sala de cada familia que tuviera televisor. Jacobo Sabludowski. Lo que dijo esa noche y mucho más importante, lo que decidió no decide en los días y semanas siguientes, resume 50 años de una historia que hasta hoy pocos han contado completa.

 Una historia que no termina en los estudios de Televisa. Termina en un hospital, en el mismo hospital donde su padre murió 3 años antes con el nombre de un hijo que nunca eligió cargar lo que su padre dejó sin pagar. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian la manera de entender la historia del periodismo mexicano del siglo XX y lo que les hace a las familias cuando un padre decide que el silencio vale más que la verdad.

Primero, como un niño hijo de inmigrantes que aprendió a sobrevivir callando se convirtió en el guardián oficial de los secretos más oscuros del poder mexicano y exactamente que cobraba a cambio. Segundo, ¿cuál fue el precio real que pagaron los periodistas que sí dijeron la verdad mientras Jacobo seguía sentado en su silla y que tenía que ver él con ese precio? Tercero, ¿qué pasó exactamente cuando el sistema que Jacobo había protegido durante 30 años decidió que ya no lo necesitaba? ¿Y cómo reaccionó el hombre

que creía que su lealtad lo hacía intocable? Y cuarto, como Abraham, su hijo, terminó pagando una factura que él nunca firmó en los mismos pasillos del mismo hospital donde había muerto el padre, dependiendo de la solidaridad de los mismos mexicanos a quienes Jacobo había estado informando durante toda una vida.

Te aviso cuando llegue cada revelación, pero primero necesitas entender de dónde venía el hombre que durante casi tres décadas le dijo a México que era la realidad. Ciudad de México. 1928. La colonia Roma todavía tiene el olor de la revolución reciente. En las calles conviven comerciantes, inmigrantes de media Europa, trabajadores de mercado y familias que llegaron de todas partes del mundo huyendo de algo.

 David Sabludowski y Raquel Kravesski llegaron de Polonia huyendo del antisemitismo europeo que ya en esos años comenzaba a mostrar su peor cara. Llegaron con dos maletas, algunos pesos ahorrados con trabajo duro en otro continente y una lección aprendida a golpes que iba a moldear la vida de su hijo para siempre.

 La lección era simple y brutal. En un país que no te conoce, que a veces te mira con desconfianza porque tu apellido suena raro y tu idioma no es el de ellos, la única forma de sobrevivir es no molestar al poder. Nada de opiniones públicas, nada de confrontaciones visibles. La cabeza agachada en el momento correcto y la sonrisa lista cuando alguien con apellido importante entraba al negocio familiar.

El 24 de mayo de 1928, en ese contexto exacto, nació Jacobo Sabludowski Kraveski. Su infancia transcurrió entre la sinagoga de la colonia, los colegios donde el español y el idis se mezclaban en los pasillos y las conversaciones de una comunidad que había aprendido que la discreción era una forma de supervivencia.

La comunidad judía mexicana de aquellos años funcionaba como un mundo dentro del mundo. Las familias se cuidaban entre ellas porque sabían que afuera, en el México de los años 30, ser inmigrante judío significaba estar siempre a una mala palabra del rechazo público. Y en ese ambiente, Jacobo absorbió desde niño algo que pocos mexicanos de su generación entendieron con la misma claridad, que la diferencia entre progresar y desaparecer dependía de a quien decidías estarle agradecido y que esa gratitud se demostraba con silencio,

no con palabras en público, con silencio bien administrado, con favores discretos, con la capacidad de ver lo que pasaba y decidir que no convenía contarlo. A los 14 años ya escribía notas para periódicos, no por vocación romántica, por necesidad. En el México de los años 40, la palabra escrita era una de las pocas puertas que se abrían sin dinero ni apellido criollo.

 Estudió derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, no para ejercerlo, sino para aprender el lenguaje del Estado. Las leyes, los comunicados oficiales, los eufemismos, todo ese andamiaje verbal que convierte una decisión brutal en una frase aceptable para la opinión pública. Antes de entrar al periodismo, Jacobo ya entendía cómo funcionaba la gramática del poder y había decidido que él iba a ser uno de los que hablaban ese lenguaje con fluidez.

A finales de los años 40 comenzó en la radio estaciones pequeñas, notas sin importancia, aprendizaje y ahí observando fue descubriendo algo que muy pocos jóvenes de su edad lograban descifrar con esa claridad. Los periodistas que se atrevían a incomodar al gobierno desaparecían del aire en semanas. Los que guardaban silencio ascendían.

Los que colaboraban activamente con el régimen se volvían intocables. No era una teoría que alguien le enseñara en ningún aula. Era lo que veía pasar a su alrededor, mes tras mes, con una regularidad casi matemática. La palabra peligrosa costaba la carrera. El silencio conveniente la construía. Y Jacobo eligió.

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