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Él No Sabía que Era Luis Miguel — el Maestro Italiano Desafió al Cantante Equivocado

En Londres había avergonzado a un cantante de pop irlandés. En París había ridiculizado a un intérprete de Chanson francés. Cada vez el resultado era el mismo. El invitado fracasaba miserablemente. Benedetti lucía superior y el público aplaudía la demostración de verdadero arte. Esa noche de febrero, el teatro estaba completamente lleno.

 Era uno de los escenarios musicales más observados de Italia y un templo donde solo los artistas más comentados tenían el privilegio de actuar.  Las entradas habían costado fortunas y la audiencia estaba compuesta por la élite cultural italiana y turistas adinerados de toda Europa. Entre el público en la fila 12 estaba Luis Miguel.

 Luis Miguel había llegado a Italia días antes, no como turista, sino en una misión personal de perfeccionamiento artístico. Acababa de terminar una etapa intensa de promoción y había decidido viajar a Italia para estudiar técnica vocal con maestros italianos. Durante el día trabajaba con profesores que quedaban impresionados por su rango vocal y su capacidad para absorber técnicas complejas, pero esa noche había decidido tomarse un descanso y simplemente disfrutar como espectador.

 Luis Miguel había comprado su entrada como cualquier otro asistente, eligiendo un asiento en una fila intermedia donde pudiera escuchar sin ser el centro de atención. Vestía ropa sencilla, pantalón oscuro, camisa blanca sin corbata, chaqueta casual, nada que indicara que era una joven estrella internacional.

 Cuando entró al teatro, algunas personas lo miraron con curiosidad. Su rostro le resultaba familiar,  pero fue de México y del público juvenil latino. Luis Miguel aún no era reconocido inmediatamente por el público general europeo.  Los que lo identificaron fueron discretos, respetando la atmósfera solemne del teatro.

  se sentó tranquilo estudiando el programa, admirando la acústica perfecta del  teatro histórico. A su alrededor escuchaba conversaciones en italiano sobre Benedetti, sobre su talento indiscutible, también sobre su personalidad difícil. “Es brillante, pero insoportable”, susurraba una mujer italiana a su esposo.

 “Cada noche hace lo mismo. Invita a alguien para humillarlo. Es una tradición suya”, respondió el hombre. Dice que así educa al público sobre música verdadera. Luis Miguel escuchaba sin comentar, simplemente esperando que comenzara la función. La actuación de Benedetti y esa noche había sido técnicamente perfecta.  Durante 90 minutos dirigió la traviata con una precisión que dejó al público admirado.

  Su control de la orquesta era absoluto, cada matiz musical ejecutado exactamente como él lo visualizaba. Pero cuando terminó la ópera,  en lugar de agradecer y retirarse, Benedetti hizo su gesto característico, levantó la mano para silenciar los aplausos y caminó hacia el frente del escenario. Señoras y señores, comenzó con su italiano preciso,  pero ligeramente pedante.

 Antes de terminar esta noche perfecta, quiero compartir con ustedes una lección importante sobre música. Un murmullo recorrió el teatro. Los habituales del Ariston sabían lo que venía. Vivimos en una época donde la confusión musical es común, donde se llama artista cualquiera que pueda cantar una melodía simple. Esta noche,  como hago en cada ciudad, voy a demostrar la diferencia entre el arte verdadero y el mero entretenimiento.

 Sus ojos recorrieron la audiencia con la mirada calculada de un cazador buscando presa. Voy a invitar a alguien del público, alguien que represente esa música popular que tanto se consume hoy y veremos qué sucede cuando se encuentra con arte real. El silencio se volvió incómodo. Nadie quería ser elegido para la humillación pública  de Benedetti.

 Su dedo se extendió directamente hacia Luis Miguel. Usted, joven mexicano, en la fila 12.  Por su aspecto, imagino que es admirador de esas baladas románticas tan populares en su país. Suba, por favor. Pero lo que estaba por pasar nadie en el Ariston lo esperaba. Un murmullo inmediato recorrió las filas cercanas a Luis Miguel.

 Las personas que lo habían reconocido intercambiaban miradas nerviosas.  Sabían exactamente quién era y lo que estaba a punto de suceder. Dios mío”, susurró la mujer italiana que había estado hablando antes. “Ese es Luis Miguel,  el cantante mexicano.”, preguntó su esposo súbitamente interesado. “No solo cantante, es  un prodigio.

 Ha trabajado con maestros de técnica vocal desde muy joven. El murmullo se extendía fila por fila,  como ondas en un estanque. Benedetti, desde el escenario, notaba la reacción,  pero no entendía su origen. Había esperado silencio incómodo, no es energía creciente de expectativa.

 Luis Miguel se levantó lentamente,  sin prisa. No mostró nervios, irritación o desafío. Simplemente la calma de alguien que había estado en muchos escenarios y para quien subir a uno más era tan natural como respirar. Y mientras caminaba por el pasillo hacia las escaleras laterales, más personas lo reconocían. Los susurros se intensificaban, pero mantenían la discreción apropiada para el teatro.

 Esto va a ser histórico,  murmuró alguien en el palco principal. Benedetti no sabe lo que acaba de hacer,  respondió otra voz. Luis Miguel subió las escaleras del escenario con dignidad absoluta. No había teatralidad en sus movimientos. No buscaba impresionar antes de cantar. Era simplemente un joven respondiendo a una invitación sin importar las intenciones detrás de ella.

Benedetti lo recibió con su sonrisa con descendiente habitual, la misma que había usado para humillar a docenas de músicos en otras ciudades. “Perfecto”,  dijo usando el italiano con la exageración de quien quiere subrayar la superioridad cultural. “Otro mexicano que seguramente cree entender de música.

Vamos a ver qué puede hacer cuando se enfrenta al arte verdadero.” La arrogancia en su tono era tan obvia que algunos espectadores se removieron incómodos en sus asientos. “¿Cómo se llama, joven?”, preguntó Benedetti, aunque claramente no esperaba que el nombre le dijera nada. Luis, respondió él simplemente, sin añadir el apellido que habría revelado todo inmediatamente.

 Bien, Luis, imagino que en México canta esas baladas románticas y esas canciones simples que llaman música popular. Entre otras cosas, respondió Luis Miguel con una sonrisa que no tenía nada de defensiva.  Perfecto, entonces aquí está el desafío. Cante algo, lo que quiera, lo que pueda.  Mostraremos a esta audiencia culta la diferencia entre un cantante formado en conservatorios europeos y un muchacho de la música comercial.

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