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“GANADERO JUSTICIERO” DE CÓRDOBA: RODRIGO PARRA M4TÓ A MÁS DE 7 MIEMBROS DEL CLAN DEL GOLFO QUE…

“GANADERO JUSTICIERO” DE CÓRDOBA: RODRIGO PARRA M4TÓ A MÁS DE 7 MIEMBROS DEL CLAN DEL GOLFO QUE…

En las Sabanas de Córdoba, donde el estado nunca llegó y el silencio cuesta vidas, un ganadero humilde de 47  años cruzó una línea que nadie esperaba. Rodrigo Parra no era sicario, no era soldado,  no era policía. Era un hombre que ordeñaba vacas desde las 4 de la mañana y soñaba con pagar la universidad de su hijo hasta que le robaron todo y cuando la fiscalía archivó su denuncia y la policía nunca apareció, decidió que la justicia  tendría que escribirse con sus propias manos.

Siete hombres del clan del Golfo cayeron en 8 meses, todos en emboscadas silenciosas, sin testigos, sin huellas. Esta es  la historia de un justiciero que nadie vio venir. Rodrigo de Jesús Parra Montiel tenía 47  años cuando su nombre empezó a circular en los ranchos y tiendas de planeta Rica, Córdoba.

 No como ganadero, no como vecino de la vereda El  brillante, sino como el que está bajando gente del clan. La prensa local nunca lo llamó justiciero, tampoco héroe, apenas un sospechoso. Pero en las conversaciones de los finqueros,  en las mesas de las cantinas polvorientas, el apodo ya corría. El ganadero.

 Rodrigo llevaba 30 años levantándose  a las 4:30 de la mañana. Heredó 12 haáreas de tierra cuando su padre murió. Él apenas tenía 16. Aprendió a curar vacas, a reconocer  cuando una re estaba enferma con solo mirarle los ojos, a manejar partos  difíciles en medio de la madrugada, sin ayuda de veterinario.

Tenía 35 reces propias. No era rico. Apenas alcanzaba para vivir, para mandar a Jonathan a estudiar en Montería para que Daniela siguiera en el colegio sin tener que trabajar en las fincas vecinas. La vereda El Brillante no tenía puesto de policía. La inspección más cercana quedaba a 18 km por trocha destapada.

 Cuando llovía, el camino se volvía intransitable. Los finqueros resolvían sus problemas  entre ellos. Una cerca rota, un caballo perdido, un vecino que necesitaba ayuda para levantar un corral. Rodrigo era de los que  movía contactos, de los que prestaba la camioneta cuando alguien necesitaba llevar a un enfermo al  pueblo.

La gente lo respetaba. Don Rodrigo era callado, pero trabajador. Nunca se metía en problemas, decían. Usaba botas  pantaneras, camisa a cuadros, sombrero volteado viejo que heredó de su papá. Conocía  cada trocha de la región, cada quebrada seca, cada punto donde el monte se cerraba y uno podía desaparecer sin que nadie  lo viera.

Esa geografía, esa memoria del terreno era su verdadero recurso. No tenía moto de alta cilindrada, no tenía armas  de guerra, no tenía ejército, solo tenía una camioneta Mazda del 98, una linterna, un machete y el conocimiento de un hombre que pasó media vida caminando  esas tierras. El clan del Golfo controlaba la zona desde hacía  años.

 Cobraban vacuna a los finqueros. movían ganado robado hacia  Tierralta y Urabá. Usaban las trochas para transportar lo que fuera necesario. La policía  sabía, todo el mundo sabía, pero nadie hacía  nada. Los que denunciaban terminaban amenazados, los que insistían desaparecían. Rodrigo  nunca había disparado un arma en su vida.

 No hasta marzo de 2022, no hasta que todo se rompió. En los meses siguientes empezaron a aparecer cuerpos, siempre en lugares solitarios, trochas, quebradas, caminos sin cámaras, siempre hombres vinculados al clan, siempre con el mismo patrón, emboscadas rápidas, salidas limpias, sin testigos. La policía llegaba tarde, levantaba el cuerpo, abría una investigación que se archivaba sola, nadie hablaba, nadie declaraba.

En la vereda la gente murmuraba, “Dis que fue un ajuste de cuentas entre ellos mismos.” Pero algunos sabían que no. Rodrigo seguía con su rutina. Ordeñaba, vendía leche en el mercado de Planeta Rica, visitaba a Jonathan en Montería los domingos. Nadie sospechaba. ¿Cómo iban a sospechar de un ganadero de 47 años que toda la vida se dedicó a sacar adelante su familia? El mito empezó a crecer  cuando cayeron tres hombres en una sola semana, luego cuatro más en el mes siguiente.

 La banda entró en pánico. Empezaron a cambiar rutas,  a moverse en grupos, a desconfiar hasta de su propia sombra. Pero el ganadero seguía ahí, invisible, metódico, implacable. Hasta que un domingo de septiembre, en medio de las fiestas patronales de Planeta Rica, todo explotó. Antes de marzo de  2022, la vida de Rodrigo era predecible y tranquila.

 Se levantaba cuando todavía era de noche, prendía la  estufa de leña, tomaba un tinto aguado que luz marina le dejaba listo en termo y salía al corral con la linterna. Las vacas ya lo esperaban. Reconocían el sonido de sus botas en la tierra. Él las llamaba por nombre, la mona, la negra, canela, princesa.

 Cada una tenía  su historia, su carácter. Rodrigo las conocía como si fueran familia. Los fines de semana, Luz Marina y él cargaban la camioneta con queso  fresco, cuajada y suero y se iban al mercado de Planeta Rica. Instalaban el puesto bajo una carpa azul deñida al lado de otras familias campesinas que vendían yuca. Plátano, gallinas vivas.

Rodrigo no era de hablar mucho, pero cuando alguien le preguntaba por los hijos se le iluminaba la cara. “El mayor está estudiando tecnología en  Montería. Ese pelao va a ser alguien”, decía con orgullo contenido. Jonathan era  su razón de ser. Rodrigo trabajaba de sol a sol para que el muchacho no tuviera que quedarse en la finca  arando tierra como él.

Quería que estudiara, que consiguiera un trabajo en una oficina. que no se tuviera que parar a las 4 de la mañana con las manos  partidas por el frío. Jonathan trabajaba de mesero por las noches en Montería para ayudarse con los gastos, pero su papá siempre le mandaba algo más. 50,000, 100,000, lo que pudiera.

 No te preocupes  por la plata, mijo. Yo me encargo. Daniela, la menor, estudiaba en el colegio de la vereda. Era callada como el papá, pero buena estudiante. Rodrigo soñaba con que ella también pudiera ir a la universidad, tal vez a estudiar  enfermería en Montería, para que atienda a la gente de acá que siempre hace falta, decía.

 Su sueño era simple, comprar 10  reces más. ampliar el corral, ahorrar un poco para cuando llegara la vejez. Nada  extraordinario, solo estabilidad, solo dignidad. La vereda, el brillante era un lugar donde todos se conocían. 40 familias, la mayoría viviendo de la ganadería o la  agricultura. No había puesto de salud, no había señal de celular en varios puntos, no había presencia del estado más  allá de una inspección de policía que casi nunca respondía.

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