Posted in

Firmaron el divorcio. Y siguieron viviendo juntos cuarenta años hasta que él murió

Firmaron el divorcio. Y siguieron viviendo juntos cuarenta años hasta que él murió

En el año 2015, en una habitación de Marbella, murió un hombre al que nadie en Europa sabía exactamente cómo llamar. El divorcio llevaba años firmado y guardado en algún cajón, pero Guniya von Bismarck no soltó su mano. Habían pasado más de cuatro décadas desde aquella primera noche en el Mar Bella Club y ningún papel firmado había logrado lo único que intentó, separarlos.

 Hay fotografías que no necesitan pie de foto, en las que la manera en que dos cuerpos ocupan el mismo espacio ya lo dice todo, o la ausencia de distancia entre ellos. Existe una de Gunia von Bism y Luis Ortiz en el jardín de Villa Sagitario, la finca de Marbella que fue su mundo compartido durante décadas. No tiene fecha, no la necesita.

 En la imagen están los dos con esa clase de proximidad que no se ensaya, que no se construye de cara a ninguna cámara. Si no supieras lo que sabes de ellos, pensarías que estás mirando a una pareja y llevarías razón, aunque la definición legal ya no los acompañara desde hacía años. Luis Ortiz murió a los 80 años después de una enfermedad larga y difícil.

 Guni ya estuvo a su lado hasta el final, no como esposa, porque legalmente no lo era, como algo para lo que el lenguaje ordinario no tiene una palabra precisa, como la persona que había elegido estar ahí más de 40 años atrás y que había seguido eligiéndolo cada mañana sin necesitar que nadie se lo explicara. Cuando el mundo del jetset europeo, ese universo de yates y villas y portadas de hola se enteró de la muerte de Luis, hubo una reacción que fue en parte tristeza genuina y en parte algo parecido a la perplejidad de siempre, porque Guniáy y Luis habían generado esa

perplejidad durante toda su vida juntos. Nunca habían encajado del todo en ninguna categoría disponible. Y ese no encajar no era un defecto de ellos, era un defecto de las categorías. ¿Cómo se llama a dos personas que se divorcian y no se van? ¿Cómo se llama a una mujer que hereda uno de los apellidos más cargados de historia de Europa y elige construir su vida con un hombre al que su clase social nunca le concedió el rango que justificara esa elección? ¿Cómo se llama a un vínculo que sobrevive a los contratos, a los años? a

los rumores y que termina en una habitación con una mano que aprieta la otra hasta que no puede más. Para encontrar esas respuestas hay que volver al principio, al verano de 1971, a una noche en el Mar Bella Club. Para entender lo que Gunija von Bismark y Luis Ortiz representaron para la Europa de su época, hay que entender primero qué era Marbella a principios de los años 70.

 No era solo un destino turístico, era una declaración de principios. Era el lugar donde la aristocracia continental, los nuevos ricos de media docena de países, los artistas de vanguardia y los personajes inclasificables del Mediterráneo habían decidido, sin ponerse de acuerdo, que las reglas del viejo mundo no aplicaban. El príncipe Alfonso de Jo en Loge había fundado el Mar Bella Club en los años 50 con la ambición deliberada de crear un espacio donde la elegancia conviviera con la libertad.

 A comienzos de los 70, esa ambición era ya un hecho consumado. El club era la mesa de mezclas de una Europa que se reinventaba a sí misma después de décadas de guerra y reconstrucción. En ese contexto llegó Gunijafon Bismark, descendiente directa de la familia del canciller de hierro, Otofon Bismark, el estadista que había forjado el imperio alemán en el siglo XIX.

 Ella no era solo una heredera con recursos, era el símbolo vivo de una saga que los libros de historia describen en centenares de páginas. Rubia, de presencia poco común, con esa combinación de autoridad natural y desenfado que solo da haber crecido con el peso de un apellido legendario, Gunió a Marbella sabiendo perfectamente que llevaba consigo la expectativa de encajar en un molde diseñado hacía más de un siglo y entonces conoció a Luis Ortiz.

 Luis era otra cosa, español, joven, sin título nobiliario que lo respaldara en los salones donde él se movía con la misma naturalidad que si hubiera nacido en ellos. Había llegado al círculo del Mar Bella Club por los caminos tortuosos por los que llegaba la gente a ese tipo de círculos. una conexión aquí, un talento de presencia allí, la capacidad innata de estar exactamente en el lugar correcto, en el momento correcto.

Ese verano de 1971, el lugar correcto fue justo delante de Gunya. Nadie que los viera juntos aquella primera noche habría apostado por la historia larga. Él no tenía el tipo de historia familiar que los aristócratas del viejo continente exigían como condición mínima de entrada. Ella llegaba marcada por un apellido que era en sí mismo un destino sellado.

 Y sin embargo, según recuerdan quiénes estaban allí, entre los dos ocurrió algo que las crónicas de sociedad rara vez consiguen capturar. una atención mutua inmediata que no tenía nada de pose ni de cálculo. Los años que siguieron los convirtieron en una presencia fija en el paisaje social de Marbella y por extensión del jetset europeo que gravitaba en torno a la Costa del Sol.

Sus nombres empezaron a aparecer juntos en las páginas de Hola, en las crónicas de Vanity Fair, España, en los reportajes que documentaban las temporadas veraniegas de la alta sociedad. Juntos formaban exactamente la imagen que aquella Europa consumía con avidez. La aristocracia que no se tomaba demasiado en serio a sí misma, la elegancia que no excluía el placer, el glamur que tenía sentido del humor.

 Toda Europa creyó en ellos y tenía motivos de sobra para hacerlo. Las portadas de revista documentan muy bien el aspecto exterior de una relación. La sonrisa calibrada para la cámara, la postura de dos personas que saben que las están mirando, el conjunto de la imagen pública que se construye semana a semana en las páginas de las revistas del corazón.

 Lo que no documentan es lo que ocurre cuando los fotógrafos se van. Quienes convivieron con Gunija von Bismark y Luis Ortiz en los años de Marbella describen algo más difícil de clasificar que una simple pareja de Jetset. Había entre ellos una especie de entendimiento que no requería explicación, un código propio que funcionaba en privado con la misma fluidez que en los eventos públicos.

 Él la hacía reír de un modo que las crónicas de sociedad no podían reproducir. Ella lo escuchaba con una atención que no tenía nada de protocolo. Guniya había crecido bajo el peso de un apellido que era más una obligación que un privilegio. Ser descendiente directa de una de las familias más marcadas por la historia europea significaba llevar consigo la expectativa constante de comportarse según un guion redactado antes de nacer.

Cada elección pública era leída a través del filtro de ese apellido. Cada aparición era calibrada por quienes la rodeaban en función de lo que la familia Fombis Mark debía o no debía hacer. Marbella, con su rechazo deliberado a las convenciones del viejo mundo, era exactamente el espacio donde ese guion podía interrumpirse y Luis Ortiz fue en muchos sentidos la encarnación concreta de esa interrupción.

 No venía de donde se suponía que debían venir las parejas de las herederas europeas. No aportaba el pedigrí que los círculos aristocráticos del continente exigían como condición mínima, pero tenía otra cosa, la capacidad de ver a la persona detrás del apellido, de hablarle a Guniá como Guniá y no como la portadora de un legado.

Read More