Alejandro Iero nace en julio del 356 anes de Cristo en pela la capital del reino de Macedonia, o sea, antigua Grecia. Y de momento no tiene el Magno en su nombre. Este es un título que el mundo le dará después. Este es el de niño. Bueno, no del todo porque esto pasó hace muchísimo tiempo y en ese entonces no había cámaras, ni fotos, ni nada parecido.
Solo quedaron algunos escritos y esculturas hechas en su honor que hoy nos ayudan a imaginar cómo pudo haber sido. Por eso, para este video usamos dramatizaciones basadas en lo que se sabe de su vida. Al tratarse de hechos históricos tan antiguos, no todo se puede comprobar con un 100% de certeza. Pero lo que escucharás a continuación es lo que los historiadores han logrado reconstruir hasta hoy.
Alejandro nació siendo hijo del rey Filipo II de Macedonia, una estratega brillante perteneciente a la dinastía Argueada. En el momento de su nacimiento, Filipo se encontraba en pleno proceso de unificar el territorio griego. Porque sí, Grecia fue de las civilizaciones que marcaron un antes y un después en el arte, filosofía y arquitectura, pero estaba lejos de ser un país unido.
Era un conjunto de ciudades estadoindes, llamadas polis como Atenas, Esparta, Tebas o Corinto. Cada una tenía su propio gobierno, sus leyes, su ejército y hasta su moneda. Y aunque a veces se alian, existían tensiones, traiciones y las guerras eran constantes. Sin embargo, no siempre fue así.
Aproximadamente 100 años antes del nacimiento de Alejandro, todas estas polis lograron unirse temporalmente frente a un enemigo común, el Imperio Persa. Desde lo que hoy es Irán, los persas intentaron conquistar Grecia y esa amenaza dio lugar a batallas legendarias como Maratón y las termópilas, en las que los griegos por única vez lucharon juntos.
Pero esa unidad fue breve. Con el tiempo, las viejas rivalidades reaparecieron y tras las guerras del Peloponeso, especialmente entre Atenas y Esparta, Grecia quedó profundamente debilitada, dividida y políticamente inestable. Filipo vio en ese caos una oportunidad. Fortaleció el reino de Macedonia con reformas militares, entre ellas mejoró la falange e intervino en las polis griegas mediante guerras, tratados y alianzas estratégicas con un objetivo, unificar Grecia bajo su liderazgo.
Sí, por poder, pero también para lanzar una campaña militar contra los persas, el eterno enemigo que seguía siendo una amenaza para la paz de Grecia. Alejandro crece en esta Grecia dividida y desde pequeño lo preparan para ser rey. Lo educan con el mejor maestro de la época que es Aristóteles, uno de los filósofos más importantes de la historia.
Con él aprende muchas cosas: filosofía, ciencia, ética, política, lógica y geografía. Todo lo que un líder necesita para entender el mundo. Su padre aprende lo otro. Cómo liderar, cómo pensar en el campo de batalla, trazar estrategias y dominar ejércitos. De su madre aprende cosas distintas.
Olimpia le habla de los dioses, de señales, de sueños, de dioses del Olimpo que bajan a la Tierra para mezclarse con los humanos y hasta tienen hijos con ellos. De esta mitología, uno de los personajes más importantes era Zeus, rey del Olimpo y padre de muchos emidioses que se volvieron héroes como Perseo o Hércules.
Luego estaban sus hermanos Poseidón, rey de los mares, y Hades, rey del inframundo. Esto era importante porque cuando empieza a conquistar otras tierras, vas a ver cómo moverse entre dioses de otras religiones y adaptarse con respeto. Tanto así que incluso llegará a ser proclamado faraón en Egipto.
Pero en un momento vamos con eso. Desde pequeño la madre de Alejandro le decía que él no era hijo de Filipo, sino de Zeus. La leyenda cuenta que Olimpia soñó con una serpiente que se deslizó sobre su cuerpo la noche en que fue concebido y Olimpia interpretó esto como una señal divina. Así que le contó a Alejandro que era descendiente directo de los dioses.
Además, los reyes de Macedonia afirmaban descender de Heracles y su propia familia, la realeza de Eepiro, desea provenir de Neoptólo, hijo de Aquiles. Es decir, incluso dentro de la genealogía tradicional, Alejandro era visto como heredero de sangre heroica y su madre le hablaba de esto con orgullo. Era como si desde la cuna le dijera que no era un niño cualquiera, era heredero del mito.
Puede ser que por eso desde muy joven Alejandro empezó a obsesionarse con los héroes de la mitología griega, especialmente con Aquiles, a quien admiraba. Y esto es algo que encontré bastante interesante por las cosas que sucederán más adelante, así que tienes que conocer la historia de Aquiles para entender bien lo que vendrá.
Aquiles nació siendo el hijo de un rey, una diosa marina, es decir, era un semidios. Pero su madre, que podía ver el futuro, sabía que Aquiles tenía dos posibles caminos. Una vida larga, tranquila y sin gloria, o una vida corta, pero inmortalizada en la memoria de los hombres. Tetis, como madre que teme por su hijo, intentó cambiar ese destino.
Primero trató de hacerlo invulnerable, sumergiéndolo en las aguas del río del inframundo, sosteniéndolo solo por el talón y volviendo este su punto débil. Luego, cuando creció, lo escondió para evitar que fuera a la guerra de Troya. Pero en la mitología griega, el Moira, el destino, está incluso por encima de los dioses.
Con los años, Aquiles fue raptado por un centauro, entrenado y se convirtió en un guerrero. Y aunque sabía que moriría joven si peleaba, también sabía que su nombre viviría para siempre. Así que eligió la gloria, se convirtió en un guerrero inigualable y temido por sus enemigos. Su nombre resonó por todos los rincones hasta que un mal día, una flecha lo alcanzó en el talón y murió entre los 25 y 30 años de edad, inmortalizando su nombre y su historia.
Quiero que recuerdes esta historia y esta parte de la infancia de Alejandro influenciada por las historias que su madre le contaba, porque será importante para tratar de entender la historia de Alejandro. Sin embargo, a medida que Alejandro crece, el ambiente en su casa se complica. La atención aparece cuando su padre empieza a casarse con otras mujeres para formar alianzas políticas y seguir expandiendo su poder.
Eso es bueno para Macedonia, pero no para Alejandro, porque si nace otro hijo varón, podría quitarle el lugar que le han venido preparando desde pequeño. El trono no se hereda solo por ser el mayor. Hace falta apoyo político, fuerza dentro de la familia real y aceptación de la nobleza. Por eso, cualquier nuevo hijo de Filipo se vuelve una amenaza.
Alejandro aprende pronto que nada está garantizado y que incluso dentro de su propia familia puedencer rivales. Y eso más adelante volverá a repetirse. Por suerte, Alejandro no está tan solo en este entorno. Se hace amigo de Efestión, alguien con quien comparte la formación militar. se vuelven muy buenos amigos, tan cercanos que incluso hoy muchos creen que fueron algo más que eso.
Pasa el tiempo y ahora con 18 años ya está listo para demostrar en el campo lo que ha aprendido. Su primera gran prueba es queronea, un enfrentamiento importante contra las ciudades griegas que se resisten a la invasión que su padre Filipo comienza. En Queronea, las tropas macedonias se enfrentan a una alianza formada principalmente por Atenas y Tevas en una batalla intensa y decisiva donde Alejandro demuestra valentía y estrategia a liderar a su ejército, logrando una victoria que le permite someter a ambas ciudades.
Con esto, Filipo impone la Liga de Corinto, una alianza donde Tebas, Atenas y Tesalia quedan bajo su mando con Macedonia como fuerza dominante y solo Esparta es la única polis que se niega a unirse. Y es así como Alejandro gana respeto y confianza entre los generales macedonios que empiezan a verlo como un líder.
Pero justo cuando el chico está agarando peso como heredero, una de las nuevas esposas del rey queda embarazada y manda todo a la basura porque no es cualquier esposa. Es una mujer macedonia de sangre noble, algo que Olimpia, la madre de Alejandro, no tiene, ya que ella es de piro. En la lógica de la corte, esto lo cambia todo.
El hijo por venir, si resulta ser varón, puede ser visto como un heredero más legítimo y eso pone en riesgo todo lo que Alejandro viene construyendo. Se dice que esta situación genera una fuerte discusión entre padre e hijo que se sale de control al punto de que Alejandro decide abandonar el palacio junto a su madre. Mientras tanto, al otro lado del mar, el Imperio Persa ha estado creciendo y para ese momento se ha convertido en el más grande del mundo.
Todo bajo el mando de Darío Iero. Él controla un territorio inmenso que se extiende desde Egipto, uno de sus pilares fundamentales pasando por Asia Menor, Babilonia y toda Mesopotamia. Para que te des una idea, en términos de geopolítica actual es como si un solo país abarcara parte de Turquía, Irak, parte del este de Siria, gran parte de la India, todo Irán, parte de Afganistán, parte de Turkmenistán, parte de Uzbekistán, el Líbano, Israel, Palestina y parte de Siria y algunas zonas de Georgia, Armenia y Azerbaián.
Es un imperio que parece indestructible y nadie en su sano juicio se atreve a desafiarlos, pero esta historia está a punto de cambiar. Durante casi 2 años, Alejandro permanece lejos del palacio mientras su padre prepara la conquista del Imperio Persa. El distanciamiento termina cuando él y su madre regresan para asistir a la boda de una de sus hermanas con un monarca local y su presencia parece indicar que el conflicto familiar ha quedado atrás.
La ceremonia es imponente con la presencia de nobles, soldados y diplomáticos. Filipo entra acompañado por su guardia personal, pero de repente y sin que nadie lo espere, uno de ellos se lanza sobre él y lo apuñala frente a todos. El rey Filipo es eliminado en plena ceremonia. Esto desata un caos y también genera dudas sobre quién pudo estar detrás.
Hasta hoy no se sabe con certeza quién fue el autor intelectual del crimen. Algunos culpan a enemigos políticos, otros a Olimpia y hay quienes incluso sospechan de Alejandro, pero nunca se prueba nada. Lo que sí se supo en ese momento fue que quien lo apuñaló tenía por nombre Pausanias de Orestis. Después de esto, Pausanios fue capturado y eliminado.
Lo que sí está claro es que en medio del caos, el joven heredero se mueve rápido. Con apenas 20 años reúne a los principales generales y asegura su proclamación como nuevo rey de Macedonia. Mientras tanto, su madre también actúa. Alejandro toma el poder de frente y ella aparentemente desde las sombras se asegura de que no quede ningún cabo suelto.
Según los historiadores que intentaron reconstruir lo ocurrido, Olimpia habría ordenado la muerte de la joven esposa de Filipo y del hijo varón que acababa de tener con el rey para no poner en riesgo el trono de Alejandro. Algunas versiones dicen que la mujer se quitó la vida, otras que fue obligada, pero lo cierto es que madre e hijo desaparecen y con ellos la única amenaza directa al poder de Alejandro.
Así comienza el reinado de Alejandro, quien tiene la convicción de continuar con lo que su padre comenzó, conquistar Persia. El problema es que apenas asume el mando enfrenta las primeras revueltas. Algunas ciudades griegas, al enterarse de la muerte de Filipo, creen que es el momento perfecto para recuperar su libertad. Y en respuesta, Alejandro la somete.
Primero Tesalia, después el Peloponeso y finalmente llega a Tebas, donde arrasa con todo. Ahí destruye todo a su paso, vende a sus habitantes como esclavos y quema lo que encuentra. Esa demostración brutal de fuerza basta para que el resto de las ciudades griegas se rindan sin pelear.
Ahora con el control asegurado convoca la Liga de Corinto y se presenta como líder de la campaña, es decir, como comandante supremo de todos los griegos. Reúne un ejército de aproximadamente 40,000 soldados y cruza el elesponto, o sea, hacia Menor para iniciar una de las campañas más audaces de la historia, conquistar a los persas.
Para que te des una idea, en este momento el imperio persa es tan grande que está dividido en regiones llamadas satrapías. Cada una está gobernada por un sátrapa que es como un gobernador local con mucho poder. Estos sátrapas manejan el ejército de su región, cobran impuestos y administran justicia, pero deben responder ante el rey persa, Mario Icero.
Y cuando los sátrapas se enteran de que Alejandro se acerca, los átrapas de Asia Menor se reúnen para planear una respuesta. Menón de Rodas, un general griego que trabaja para Persia, les recomienda no enfrentarlo directamente. Propone usar tácticas para desgastar a los macedonios, cortar sus recursos y dejarlos sin suministros. Pero los Atrapas no están dispuestos a retirarse sin dar pelea.
Ellos confían en su gran número de soldados y creen que pueden derrotarlo, así que deciden enfrentarlo. Alejandro no toma el camino habitual, lleva 22 días marchando con su ejército hacia Asia y ya deja claro que no piensa como los demás. Antes de entrar en combate se desvía para visitar la antigua ciudad de Troya, ubicada en lo que hoy es Turquía.
Allí rinde homenaje en la tumba de Aquiles, el héroe que admiró desde niño. Le ofrece una guirnalda y realiza un ritual en su honor como si buscara no solo protección, sino también legitimarse como su heredero. El chico está por comenzar la campaña más ambiciosa de su vida y lo hacía invocando la memoria del mayor guerrero de la mitología griega.
Ahora, si nos detenemos a pensarlo un momento, la historia de Aquiles suena un tanto extraña. Un niño sumergido en el río de la muerte para hacerlo inmortal, salvo por el talón y criado por un centauro, suena poco probable que los reyes macedonios afirmaran tener sangre divina para descender de estos héroes también suena bastante conveniente.
Y soñar que el dios más poderoso del Olimpo baja a la tierra y te embaraza, dando como resultado que tu hijo nazca como un semidios suena bueno a eso, a un sueño. Y si es fácil pensar que todo esto es absurdamente fantasioso como para ser tomado como una verdad, pero lo estamos viendo con ojos modernos desde una distancia de casi 3000 años.

En su momento, esas historias no eran leyendas, eran historia, eran realidad, eran los grandes relatos que organizaban el mundo, las metanarrativas que les daban sentido a las cosas. Para ellos esas historias eran tan verdaderas como lo puede ser hoy para un católico la historia de que María dio a luz siendo virgen.
Y cuando uno lo entiende así, se vuelve fascinante mirar la historia de Alejandro desde esa perspectiva, porque ahí podemos ver como esos mitos no solo contaban el pasado, sino que moldeaban el futuro, forjaban creencias, aspiraciones e ideales. Si en esa época el mito de Aquiles te decía cómo debía ser un héroe, entonces eso era lo que uno buscaba hacer.
Así como hoy alguien de Occidente puede aspirar a imitar a Cristo y ganarse el reino de los cielos, Alejandro aspiraba a imitar a Aquiles y ganarse un lugar en la eternidad, una meta perfectamente normal dado su contexto y que ese mismo contexto molde en él. El enfrentamiento entre los macedonios y los átrapas ocurre en el Río Gránico, donde se da su primer gran combate de esta gran campaña.
Cuando Alejandro llega, encuentra el ejército persa esperándolo del otro lado del río. Al frente tiene una caballería de aproximadamente 10,000 jinetes y detrás una infantería formada por miles de mercenarios griegos. Sí, griegos que se pasaron al bando persa. También está Memnón de Rodas que dirige a los mercenarios.
Todos buscan frenar a Alejandro y confían en que el río será suficiente para detener a los macedonios. No obstante, el chico organiza su ejército en tres partes. A la izquierda ubica la caballería bajo el mando de Parmeniion, comandante que en el pasado estuvo a la orden de Filipo. En el centro del ejército, Alejandro coloca la creación perfeccionada por su padre, la falange Macedonia.
Se trata de una formación compacta de soldados que combaten alineados hombro con hombro, formando una especie de muro viviente. Cada uno lleva un escudo pequeño colgado al cuello y una lanza muy larga llamada Zarisa, que puede medir entre 4 y 6 m. Estas lanzas sobresalen en varias filas hacia el frente, lo que hace casi imposible que el enemigo se acerque sin ser atravesado.
A la derecha, él mismo lidera una segunda caballería compuesta por soldados de élite junto a los arqueros más hábiles. A simple vista, tiene todo en contra. Los persas lo superan en número y además lo separa un río. Pero Alejandro es más astuto de lo que aparenta. Fue entrenado por Aristóteles en pensamiento y aprendió estrategia directamente de su padre, uno de los mayores genios militares de su tiempo.
Presta atención porque lo que hace en esta batalla es lo que empieza a marcar su nombre como uno de los estrategas más brillantes de la historia. Alejandro lanza parte de su caballería por la zona menos profunda del río. Esto provoca una reacción inmediata de los persas que salen a enfrentarlos. Pero justo cuando estos avanzan, los arqueros macedonios los reciben con una lluvia de flechas y jabalinas diseñadas especialmente para ser lanzadas a distancia, lo que facilita el avance de su caballería.
Mientras tanto, él mismo avanza por el centro para enfrentar cara a cara a la caballería persa, donde están los principales líderes de Asia Menor. Cuando los macedonios logran cruzar, los persas hacen todo lo posible por empujarlos de nuevo hacia el río. En medio del combate, Alejandro está en peligro, de hecho casi pierde la vida, pero uno de sus hombres lo salva justo a tiempo.
Esto puede parecer imprudente, mandar al rey al punto más difícil de la batalla, pero ahora, aparte de su estrategia, mientras los persas están concentrados en esa pelea frontal, el resto del ejército macedonio avanza desde la izquierda del río. La falange, con sus enormes lanzas forma una muralla imponente que empieza a arrasar con todo a su paso.
Los persas no aguantan y comienzan a huir. Todo sucede tan rápido y con tanta precisión que los mercenarios griegos al servicio de Persia ni siquiera llegan a entrar en combate. Alejandro los alcanza antes de que escapen y aunque son de su misma tierra no les perdona la traición ni la vida. Todos son ejecutados. La batalla del río Gráico marca el primer Gran Triunfo de Alejandro, parte de Asia Menor ya es suya y demuestra que está listo para liderar incluso frente a enemigos más numerosos.
Aún así, los persas siguen siendo muy poderosos y aunque tal vez lo subestimaron, no piensan repetir el error y ya preparan una nueva estrategia para detenerlo. Después de esto, Alejandro avanza hacia ciudades costeras como Mileto y Alicarnazo, lo que hoy sería Balat Turquía, con el objetivo de asegurar la zona y cortar las fuerzas navales persas en el Mediterráneo antes de continuar hacia el interior del imperio.

El chico avanza y toma las ciudades una por una. Algunas se rinden sin luchar, otras resisten, pero igual caen. En ese camino llegan a una ciudad donde buscan a Memnón de Rodas, el general griego que peleó en la batalla del río, ya que representa una amenaza para las futuras batallas contra el rey. Conoce sus tácticas y cuenta con la plena confianza de Darío.
Memnon logra escapar antes de ser capturado por Alejandro, pero muere poco después, aunque no a manos del rey macedonio. Según Lloyd Lewel Jones, experto en la vida de Alejandro, murió en combate mientras intentaba recuperar ciudades costeras para Persia, aunque otros creen que fue por enfermedad. Lo cierto es que con su muerte, Persia pierde a uno de sus generales más valiosos y Alejandro encuentra menos obstáculos para asegurar el dominio de la costa.
En medio de este recorrido llegan a la ciudad de Gordeón, donde existe una antigua leyenda que dice que quien logra desatar un nudo atado al carro de un antiguo rey sería el dueño legítimo de Asia. Muchos lo habían intentado, pero nadie lo había logrado. Cuando Alejandro toma la ciudad, agarra su espada y corta el nudo de un solo golpe.
Esto podría verse como una trampa, pero la realidad o el mensaje que da es que Alejandro está dispuesto a hacer lo que sea para lograr lo que quiere, adueñarse de toda Persia. En este punto ya ha pasado más de un año desde la primera batalla y el avance de Alejandro empieza a preocupar seriamente a Darío Icero. El territorio que ha conquistado no es poca cosa y cuando el chico llega a Siria, el rey persa decide intervenir en persona antes de que alcance el corazón de su imperio.
De hecho, confía tanto en que su presencia como comandante le asegurará la victoria que lleva con él a toda su familia al campo de batalla. Su madre Isigambis, su esposa es Tatira y sus hijos. Puede que esto hoy parezca exagerado, pero en realidad no era tan extraño para los persa. En victorias anteriores, la familia real solía presenciar el triunfo del ejército desde una carpa o una colina cercana, pero esta vez Darío no dimensiona lo que está enfrentando.
Cuando Alejandro llega a ISO, el ejército persa lo sorprende atacándolo desde atrás. Es la primera vez que se enfrenta cara a cara con Darío Tercero. El rey Persa intenta rodearlo por las montañas y cortar su línea de suministros, obligándolo a retroceder, pero en el proceso comete un error clave.
Elige un terreno demasiado estrecho entre el mar y las montañas, lo que impide desplegar por completo a su enorme ejército. En ese espacio reducido, no todos sus hombres pueden pelear al mismo tiempo y eso reduce significativamente su ventaja numérica. La batalla comienza en ese paso angosto. Darido cree que el lugar le da ventaja porque obliga a los macedonios a luchar en condiciones difíciles.
Además, su ejército lo supera en número, casi dos a un. Esta vez coloca a su mejor caballería a la derecha, pegada al mar, donde el terreno es más favorable para los caballos. En el centro ubica los mercenarios griegos al frente de la formación. A la izquierda coloca la infantería persa y él mismo se queda en la retaguardia, rodeado por su guardia personal de unos 10,000 hombres.
Alejandro repite la estrategia que usó en el gránico. Coloca la caballería macedonia cerca del mar al mando de Pameniion y la falange en el centro. Él toma posición en el ala derecha junto a su caballería de élite, arqueros y lanzadores cerca de las montañas. El combate comienza con el choque de caballerías junto al mar.
Los persas tienen superioridad numérica, así que Alejandro envía refuerzos desde su flanco. Mientras tanto, avanza con firmeza junto a la falange que enfrenta a los mercenarios griegos en el centro. La ofensiva Macedonia es tan fuerte que comienza a romper las líneas enemigas. Alejandro se lanza entonces hacia el centro donde está Darío, pero antes de alcanzarlo, el rey persa, al ver que sus tropas ceden terreno, decide huir del campo de batalla.
En su escape abandona su carro, su tesoro y a su esposa, sus hijas y su madre, que son capturadas por los macedonios. Sin embargo, Alejandro ordena que se les trate con respeto y dignidad, lo que fortalece su imagen como un líder justo ante sus propios soldados y ante el mundo. Esto, sin duda, es una gran victoria, pero no la última, porque ganar una batalla no es lo mismo que ganar la guerra.
Y esta guerra los llevará a enfrentarse de nuevo en una batalla aún más grande, la misma que te conté al inicio. Tras la victoria, Alejandro toma el campamento persa y captura a la familia de Darío. Según el profesor Lloyd, usa ese poder a su favor. Cuando Darío se entera, le ofrece una enorme suma de dinero y los territorios ya conquistados, con tal de recuperarlos.
Una oferta difícil de rechazar. Su amigo de festión le aconseja aceptarla. Al fin y al cabo ganaron. Pero los persas siguen siendo superiores en número, recursos y territorio. Pero Alejandro lo rechaza todo. Su plan sigue en marcha y en lugar de perseguir a Darío o regresar a Macedonia, decide tomar rumbo a Egipto. En el camino va tomando una por una las ciudades costeras, lo que le lleva alrededor de 6 meses, dejando a su paso cuerpos, fuego y esclavos.
Cuando Alejandro llega a Pelucium, la puerta de entrada a Egipto, sus hombres lo miran con preocupación. La región sigue bajo control persa, pero también es una de las más valiosas del imperio. Tiene una cultura milenaria, tierras fértiles y gran producción de alimentos. Sin embargo, Alejandro conoce la historia y sabe que esta batalla no se gana solo con fuerza.
Desde el siglo VI antes de Cristo, los persas habían dominado Egipto. Al principio intentaron integrarse, pero con el tiempo impusieron altos impuestos, colocaron gobernadores ajenos a la cultura local y trataron a Egipto como una provincia para explotar. Eso generó resentimiento, especialmente en un pueblo con una identidad religiosa y cultural tan fuerte.
Ser gobernados por alguien que no compartía sus creencias era un humillación. Alejandro lo entiende y también sabe que si logra entrar, lograría controlar los recursos y también rompería uno de los pilares del poder persa. Por eso, cuando llega a Egipto, se presenta como un aliado. Les promete respeto por sus costumbres y la posibilidad de gobernarse esa sin presión extranjera.
Sorprendentemente, esa actitud lo convierte en un libertador y las ciudades se rinden sin luchar. No solo eso, lo reciben con los brazos abiertos. Tan fuerte es la aceptación que lo proclaman faraón. Y en Egipto, ser faraón no es solo volverse rey, es ser visto como una figura sagrada, el representante de los dioses en la tierra.
Antes de él, ese lugar lo ocuparon figuras como Ramé II o Tutmosis tercero, parte esencial de la religión y del alma egipcia. Pero ahora un joven macedonio es visto como la nueva encarnación de esa tradición milenaria. Y obviamente Alejandro acepta el título con honor, pues pareciera que es a lo que estaba destinado a ser, una especie de semidios.
Bueno, para este punto ya entendimos cómo las metanarrativas pueden moldear muchas partes de nuestra vida, nuestras aspiraciones y nuestras creencias, pero solo hemos hablado de las teológicas. Así que creo que para entender aún mejor el caso de Alejandro, vale la pena mencionarlas de carácter culturales. Estas apelan más al plano humano y marcan lo que una cultura considera como ideal, valioso o deseable dentro del mundo tangible.
y muchas no son tan evidentes, pero si moldean gran parte de nuestra forma de navegar el mundo. En el caso de Alejandro, y situándonos en ese momento histórico, una metanarrativa importante en el corazón de la sociedad griega antigua era un concepto llamado Cleos. En su forma más básica puede traducirse como gloria, pero en el caso de figuras como Alejandro es un término que se refiere a la búsqueda y celebración de acciones gloriosas que en ese tiempo eran principalmente en el campo de batalla.
Quienes aspiraban al Cleos debían dejarlo todo atrás, su comodidad, sus afectos, incluso su vida. Y quienes lo conseguían eran considerados héroes y se convertían en inmortales gracias a la memoria de sus hazañas. Ahora bien, no se trataba de cualquier fama. Para los griegos, el Claus era un tipo de gloria que solo podía ganarse a través del valor, la virtud y acciones tan extraordinarias que pudieran convertirse en leyenda.
Básicamente, alcanzar la inmortalidad mediante la fama eterna de los propios actos. Sabiendo esto, es fácil entender por qué Alejandro no quería conformarse con unas cuantas batallas. Lo quería todo porque era lo que toda su vida había visto como el deber ser. Y aunque eso fue hace miles de años, nosotros no estamos exentos de estos mismos condicionamientos.
Porque aunque hayan cambiado los símbolos, seguimos viviendo dentro de relatos que nos dicen qué es vivir bien, qué es triunfar y qué es lo que vale la pena perseguir. Al final te explicaré por qué. La conquista de Egipto representa un golpe directo para Darío Tercero, que pierde una de las regiones más valiosas de su imperio.
Mientras intenta reorganizarse para enfrentar a Alejandro, sufre otra pérdida. Su esposa Stateira, que seguía cautiva, muere. Con la muerte de la reina, el imperio persa comienza a desmoronarse aún más rápido. Alejandro, por su parte, se instala en Egipto y funda una ciudad costera a la que llama Alejandría, la primera de muchas que establecerá en su avance por el Imperio Persa.
La ubica en una zona pesquera con salida directa al Mediterráneo, cerca del delta del Nilo y conectada por rutas comerciales. Desde el inicio la convierte en un centro de comercio, cultura y poder gracias a su puerto natural que facilita el intercambio de mercancías, ideas y personas. La ciudad se planifica a su gusto, calles anchas, templos, edificios públicos y más adelante la biblioteca de Alejandría que llegará a reunir el conocimiento del mundo antiguo.
En este punto, Alejandro ya es rey de Macedonia, faraón de Egipto y comandante de uno de los ejércitos más eficientes de su tiempo. En pocos años pasó de asegurar su trono a gobernar vastos territorios que antes pertenecían al imperio más grande del mundo. Pero mientras expande su dominio hacia el este, en Grecia las cosas se complican.
Muchos griegos comienzan a verlo como un tirano, alguien que amenaza la libertad de las polis. El Esparta decide actuar y organiza una revuelta para liberarse del control macedonio. Sin embargo, enfrentarse al Ejército Alejandro no es fácil. Los macedonios ahora son una fuerza imponente con soldados bien entrenados y disciplina férrea.
La rebelión genera tensión en otras ciudades griegas que dudan entre apoyar a Esparta o mantenerse aliadas a Macedonia, provocando un clima de inestabilidad política. Alejandro desde lejos debe sostener su autoridad y mantener el control interno sin perder de vista su ambición de seguir conquistando.
A pesar de los intentos por desafiarlo, no logran vencerlo. Pasan dos años y durante ese tiempo Darío se reorganiza y junta un nuevo ejército mucho más grande que el anterior. Reúne tropas de todas las regiones del imperio. Infantería, caballería, carros de guerra, mercenarios de élite y hasta elefantes. Sabe que la próxima batalla será decisiva, así que pone todo lo que tiene sobre la mesa.
Antes de enfrentarlo de nuevo, intenta negociar. Le ofrece a Alejandro la mitad del imperio, la alianza matrimonial con una de sus hijas y mucho dinero. Cualquier otro lo habría pensado dos veces, pero Alejandro no quiere la mitad, quiere todo y está dispuesto a avanzar hasta conseguirlo. La gran batalla que va a definir quién es el mayor conquistador de su tiempo finalmente llega.
Los dos ejércitos se enfrentan en la llanura de Gaugamela, un lugar elegido por el propio Darío, quien incluso lo prepara con anticipación para tener ventaja. Manda a limpiar y aplanar el terreno para que sus carros de guerra se muevan con libertad. Larío llega con todo. Tiene entre 200,000 y 300,000 hombres.
Una fuerza enorme compuesta por caballería, infantería, carros con cuchillas y elefantes de guerra. Alejandro, en cambio, llega con un ejército mucho más pequeño, unos 40,000 soldados y 7,000 jinetes, pero sus hombres están unidos, entrenados, tienen experiencia real y confianza total en su líder. Lo que hace Alejandro en esta batalla es muy interesante.
Las tácticas que usó antes contra Darío fueron similares. Por eso es probable que el rey Perse estuviera esperando algo parecido. Prepara una respuesta especial para la formación macedonia. Y sí, Alejandro vuelve a usar su formación clásica, la caballería en los costados y la falange al frente. Pero esta vez cambia la estrategia.
En vez de atacar de frente, avanza en diagonal. Al mismo tiempo, ordena una carga por el flanco opuesto donde la defensa persa es más débil. La idea es dividir al enemigo y romper su orden. Larío al notar el movimiento estira sus filas para cubrir el frente, pero eso debilita su centro. En ese momento, Alejandro cambia el rumbo y lanza un ataque directo al corazón del ejército persa.
Cuando comienza el combate, los carros de guerra avanzan al frente. La infantería ligera Macedonia se abre, los deja pasar y luego los rodea. Mientras tanto, la presión por el flanco derecho sigue funcionando. Dar se ve obligado a mover más unidades y eso debilita aún más su línea central. Ahí llega el golpe final.
La caballería pesada rompe el centro persa. Los carros no logran abrir brecha, los elefantes no tienen espacio para avanzar y los soldados empiezan a desorganizarse. Darío, al ver que Alejandro se acerca, huye por segunda vez, dejando atrás a su ejército y la posibilidad de recuperar el control. El resultado es una victoria total para Alejandro.
Caugamela marca el fin del poder persa. El ejército vencedor entra en las principales ciudades sin resistencia y se hace con el control del territorio. Darío huye hacia el este, lo que marca el fin, al menos, del corazón del Imperio Persa. Sin embargo, aún hay regiones que le siguen siendo fieles. Por eso, Alejandro decide perseguirlo y eliminarlo para convertirse en el rey legítimo de todos los persas.
Lo persigue durante varios días cruzando zonas montañosas y desérticas. Cuando finalmente lo encuentran, Darío ya ha sido eliminado por uno de sus propios sátrapas, algo que probablemente dejó en Alejandro una sensación de vacío, porque después de tanto buscarlo, no pudo ser él quien pusiera fin a esta historia.
Con la muerte del rey, Alejandro se convierte en el rey legítimo de Persia. Su primera orden es enterrar a Darío junto a sus ancestros como un gesto de humanidad. Con esta victoria se concentra en gobernar. ya es rey de Macedonia, faraón de Egipto y ahora señor de todo el antiguo imperio persa. Lo que sigue a partir de aquí es conquista tras conquista.
La siguientes ciudades se resisten al principio, pero logra tomarlas una por una. En un principio uno podría pensar que ahora que ha logrado su objetivo regresaría a Macedonia, pero no es así. Alejandro posicionó a su gente de confianza como gobernadores en las ciudades más importantes y se dedicó a casarse principalmente para fortalecer los lazos con cada ciudad de Persia.
Pero no volvió nunca más a Macedonia. De hecho, fundó otras 11 Alejandrías por todo el territorio, ciudades que mantienen algo de la cultura griega, pero que son una señal de que no piensa volver, pues ahora tiene otro objetivo, la India. Así que comienza la campaña. El problema es que en medio de esa expansión empieza a tomar decisiones que incomodan a sus propios hombres.
Adopta vestimentas persas, exige ser tratado como una figura divina y se aleja de sus raíces. Sus antiguos generales, ahora gobernadores, lo ven con otros ojos. Algunos lo siguen admirando y otros ya no lo reconocen. Eso inevitablemente le genera conflictos con otras personas que intentan hacerle daño. El hijo del general Parmenion es uno de los primeros en ser acusado de conspirar contra él y Alejandro no duda ni un segundo.
Ordena ejecutarlo a él y también a su padre Parmenion, el hombre de confianza que estuvo con él en todas las batallas que lo llevaron hasta donde está ahora. Parece que lograr lo que persiguió por tanto tiempo, el poder lo transforma. De ser un líder carismático, pasa a ser un hombre temido y paranoico ante la posibilidad de que lo asesinen.
Aunque sigue cruzando fronteras para conquistar, manteniéndose invicto, su ejército pierde la motivación. En su búsqueda por conquistar India, llegan al río Indo y vencen al rey Poros. Pero sus tropas se niegan a seguir conquistando, no quieren avanzar más, parecen agotadas y llevan años sin volver a casa. Entonces, por primera vez, Alejandro acepta detenerse.
Da la orden de regresar. Cruz en el desierto de Yedroscia hacia Persia, perdiendo hombres, provisiones y animales en el camino. Al llegar nuevamente a Babilonia, Alejandro se encuentra con la noticia de que Efestión ha muerto. Ese compañero más cercano y quizás su gran amor. Debido a esto, Alejandro queda destruido, ordena un funeral monumental, sacrifica miles de animales y lo declara figura divina.
Después de eso, algunos dicen que nunca volvió a ser el mismo. Y justamente un año después de la muerte de Festión, en el 323 ates de Cristo, el gran Alejandro cae gravemente enfermo. Una fiebre lo consume por días, hasta que con apenas 32 años, el rey de Macedonia, faraón de Egipto y gran rey persa deja este mundo.
Las causas de su muerte aún no están claras, pero lo que se sabe gracias a historiadores que han estudiado su vida a profundidad es que pudo haber sido una infección, una última batalla que venció al hombre que conquistó el mundo. Agravada por años de campañas. Su cuerpo fue embalsamado siguiendo la tradición de los faraones egipcios y trasladado a Alejandría, la primera ciudad que fundó.
Sin embargo, hasta hoy no se ha encontrado su tumba. Tras conquistar un imperio gigantesco, Alejandro nunca volvió a Macedonia. Aunque heredó el trono familiar, su mirada siempre estuvo puesta hacia oriente y jamás se preocupó realmente por gobernar su tierra natal. Esto tuvo como consecuencia que al morir su imperio quedara sin un líder claro.
El vacío de poder que deja es enorme. Su hijo Alejandro I aún no ha nacido y su medio hermano Filipo I a Arrideo tiene discapacidades que le impiden gobernar. Por eso, los generales más cercanos a Alejandro toman el control. Al principio intentan mantener el Imperio Unido gobernando en nombre de los herederos, pero la ambición y las diferencias terminan dividiéndolos.
Cada general comienza a tomar su parte del territorio y a actuar por su cuenta. Ptolomeo se queda con Egipto y funda una dinastía que dura casi 300 años. Celeuco gobierna en Asia, desde Siria hasta Persia, creando el imperio Celeucida. Casandro controla Macedonia y Grecia, mientras Lisíima se adueña de Tracia y partes de Asia Menor, lo que significó que el gran sueño de Alejandro de unir oriente y Occidente llegara a su fin.
Con el tiempo, esos reinos helenísticos compiten y se enfrentan entre sí, debilitando la influencia que pudo haber tenido un imperio unificado. Finalmente, siglos después, llegan los romanos que con su poder militar y administrativo terminan conquistando y absorbiendo esos territorios fragmentados. Estos fueron los que terminaron por bautizarlo como Alejandro Magno o Alejandro el Grande.
Alejandro conquistó casi todo lo que se propuso. Fundó ciudades, cruzó desiertos, ejércitos imposibles, llevó su nombre hasta los rincones más remotos del mundo conocido. Pero después de su muerte, su imperio se rompió en pedazos. Los generales, que alguna vez lo siguieron, se enfrentaron entre ellos por el poder.
Su ciudad natal fue envuelta en caos y él jamás pudo regresar a ella. Hubo traiciones, muertes, conflictos sin sentido y sí, su historia sigue siendo impresionante. Si para él valió la pena, nadie puede decir lo contrario. Pero también es cierto que en el fondo, Alejandro fue una manifestación de las metanarrativas en las que creció.
Fue moldeado por ellas, por el mito de Aquiles, por la gloria eterna, por la idea de que valía más morir joven y ser recordado que vivir mucho y pasar desapercibido. Y aunque hoy con siglos de distancia podamos ver esas metanarrativas como cosas del pasado, lo cierto es que nosotros también estamos inmersos en otras. Ya no hablamos de dioses o de gloria en el campo de batalla, pero seguimos guiando nuestra vida por historias que nos dicen qué es triunfar, qué es vivir bien, qué vale la pena sacrificar.
El problema es que no siempre las vemos y a veces sin darnos cuenta también nos convertimos en reflejos de esas ideas que no cuestionamos pero que sí nos condicionan. Por ejemplo, está la idea de que la ciencia es la única forma válida de conocer el mundo o el amor romántico con su promesa de que hay una persona destinada para ti que te va a completar.
También está el relato de la nación que nos hace sentir parte de una gran familia imaginaria o esa narrativa que convierte a la juventud en la cima de la vida como si todo después fuera pérdida o decadencia y que el éxito económico es sinónimo de valor personal. Hoy no medimos la grandeza por cuántos territorios conquistas, pero sí por cuánto dinero generas, cuánta atención recibes o qué tanto subes en la escalera profesional.
No matamos enemigos, pero sacrificamos tiempo, salud o relaciones para cumplir con lo que se espera. Y no está mal tener metas. Lo importante es preguntarse, ¿de dónde vienen? ¿Esas narrativas que nos guían? ¿Son realmente nuestras? ¿Nos hacen bien? ¿Nos hacen sentido? Porque si sí, si nos dan paz, si nos dan dirección, si las elegimos con conciencia, quizás no está mal.
Pero si no, si solo la seguimos, porque así se supone que debe ser, entonces quizás vale la pena detenerse un momento y atreverse a construir otras. Yeah.