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ESTEBAN LOAIZA: CONFESÓ La ASQUEROSA Razón Por La Que AYUDÓ Al NARCOTRÁFICO 

ESTEBAN LOAIZA: CONFESÓ La ASQUEROSA Razón Por La Que AYUDÓ Al NARCOTRÁFICO 

Dos veces en el juego de estrellas, 21 victorias en una sola temporada, 43,0000000 dólar ganados. Casado con Jenny Rivera y ese mismo hombre acabó arrestado en Imperial Beach con 20 kg de sustancias ilegales escondidas dentro del compartimento secreto de su Mercedes-Benz. Pero eso no fue lo peor. Lo más asqueroso fue lo que los medios ocultaron durante 7 años.

 Lo que pasó realmente después de la muerte de Jenny Rivera. La caída silenciosa de 6 años que llevó a Esteban Loaisa desde una mansión en San Diego hasta dormir en un colchón mugriento sin sábanas en la calle, debajo de un puente. Quédate hasta el final porque vas a saber para quién trabajaba realmente Esteban Loaisa y por qué la muerte de Jenny Rivera lo dejó sin un solo peso de los 43 millones que había ganado.

 Pero antes de llegar a esa mañana fría del 9 de febrero de 2018, cuando una unidad de la oficina del alguacil del condado de San Diego rodeó el Mercedes-Benz negro de Esteban Loaisa en una calle residencial de Imperial Beach, California. Hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó esa mañana, lo que los agentes encontraron dentro de la cajuela del Mercedes y dentro de la casa vacía que el expecher de Grandes Ligas rentaba a solo 300 m de una escuela primaria.

 No empezó ese viernes, tampoco empezó en febrero ni en 2018. Empezó 35 años antes en una colonia obrera de Tijuana, Baja California, donde nació un niño flaco con los brazos demasiado largos para su cuerpo y una recta natural que iba a llevarlo a los estadios más grandes de Estados Unidos. Aquí es donde todo cambia.

Tijuana, Baja California. 31 de diciembre de 1971, las 11:18 de la noche, en una casa modesta de la colonia Libertad, separada de la garita internacional con Estados Unidos por solamente 4 km de calles polvorientas, nace Esteban Antonio Loaisa Veina, hijo de Esteban Loaisa, padre, mecánico automotriz que reparaba camionetas pickup en un taller de la avenida Revolución y de María del Carmen, Veina, ama de casa que llevaba a su único hijo varón a la Iglesia de Nuestra Señora del Refugio cada domingo a las 9 de la

mañana sin falta durante 15 años seguidos. Esteban Loaiisa creció con un pie en cada país. Su padre lo cruzaba en su camioneta vieja por la garita de San Isidro a las 5:30 de la mañana, antes de que el sol saliera completo sobre el cerro Otai. Esteban iba a la secundaria pública en Imperial Beach.

 del otro lado de la frontera en California. Comía sándwiches americanos a las 11 de la mañana. Hablaba inglés con un acento de Tijuana que sus compañeros gringos le burlaban en los primeros meses. Y a las 3 de la tarde, su padre regresaba a recogerlo del estacionamiento de la escuela. Lo cruzaba de regreso por la misma garita.

 Y a las 4:15, Esteban ya estaba bateando piedras con un palo de escoba en el patio de tierra de la Casa Familiar de la Libertad. Esa fue su infancia. Cco días a la semana cruzando una frontera. Tijuana a las 6 de la tarde, Imperial Beach a las 9 de la mañana. Una vida partida en dos países, sin que nadie todavía hubiera notado, ni en uno ni en el otro lado, que ese muchacho flaco con los brazos demasiado largos tenía algo dentro del cuerpo que pocos seres humanos del planeta tienen, una recta natural que medía 93 millas por

hora a los 14 años. Aquí aparece el primer caramelo de esta historia, porque la pelota de béisbol con la que Esteban Loaisa lanzó su primera recta profesional cronometrada el 12 de abril de 1986 en un campo de tierra de la colonia Otai de Tijuana, frente a un casatalentos llamado Gilberto Mota, que trabajaba para una empresa de visores mexicana subcontratada por los piratas de Pittsburg.

 Esa pelota la guardó la madre María del Carmen dentro de una caja de zapatos azul en el closet principal de la Casa de la Libertad durante 32 años. Y esa misma caja de zapatos azul, hoy en mayo de 2026, sigue guardada en una bodega de almacenaje pagada mensualmente por el propio Esteban Loaisa desde una pensión de empleado mexicano que gana 00 mensuales en un puesto que no quiere que se publique.

 La pelota tiene escrito con tinta negra destñida en la letra apretada de Gilberto Mota, una sola frase de seis palabras. Este niño va a las mayores. Esa pelota la vamos a abrir más adelante. Esteban Loaisa firmó su primer contrato profesional con los piratas de Pittsburg a los 17 años. En agosto de 1989, un bono de $12,000, una camiseta nueva, un boleto de avión a Bradenton, Florida, donde estaban las instalaciones de ligas menores del equipo.

 Esteban llegó a Bradenton con una maleta de cartón amarrada con un cordón. Hablaba inglés mejor que la mayoría de los mexicanos que llegaban a las ligas menores. Tiraba una recta de 92 millas por hora con una facilidad que asustaba a los entrenadores americanos. Tardó 5 años en debutar en las Grandes Ligas.

 5 años de autobuses de larga distancia entre Bradenton, Carolina y los pueblos chicos del medio oeste donde estaban los equipos filiales. Durmiendo en moteles baratos, comiendo en cadenas de comida rápida. llamando a su madre María del Carmen, cada domingo después de misa por un teléfono público de la calle, ahorrando centavo a centavo el dinero del bono inicial, sin gastar en nada que no fuera comida y guantes de repuesto, hasta que llegó el 21 de abril de 1995, 5:42 minutos de la tarde.

Three Rivers Stadium de Pittsburg. Esteban Loaisa subió al montículo de Grandes Ligas por primera vez en su vida, vistiendo la camiseta amarilla y negra de los piratas frente a 38,000 aficionados americanos que nunca habían escuchado su nombre. lanzó seis entradas, recibió dos carreras, ganó su primer juego en el mejor béisbol del planeta y al final del partido, cuando los reporteros le pusieron una grabadora enfrente, Esteban dijo en inglés con un acento de Tijuana que apenas había suavizado en 5 años de Estados Unidos.

Una sola frase de ocho palabras. This is just the beginning. I want more. Aquí entra ahora el segundo caramelo. Porque esa grabadora donde Esteban Loaisa dijo esa frase, la grabadora del reportero del Pittsburg Post Gasset, que cubrió el partido esa noche sigue existiendo. La cinta original almacenada en el archivo del periódico durante 24 años fue digitalizada en 2019 por un becario universitario que estaba inventariando el archivo histórico del medio.

 La cinta digitalizada apareció en un podcast deportivo independiente de Pittsburg en marzo de 2022 dentro de una serie sobre lanzadores latinos del Pittsburg de los años 90 y la voz de Esteban Loaisa esa noche registrada al detalle, escuchada hoy con el contexto de lo que pasó 18 años después y él a la sangre porque dice exactamente lo que dijo, pero no dice lo que estaba pensando.

 Lo que Esteban Loaisa estaba pensando esa noche del 21 de abril de 1995, según le confesó muchos años después a un amigo de la infancia de Tijuana en una conversación privada que ese amigo nunca llegó a hacer pública, pero sí compartió parcialmente con un periodista mexicano en 2022, lo que estaba ocupando la cabeza de Esteban arriba de ese montículo de Pittsburg era una cosa muy distinta a la confianza que mostró frente al micrófono.

pensaba en su padre en el taller mecánico de la avenida Revolución de Tijuana y en una promesa que le había hecho a María del Carmen un domingo de julio de 1983 después de misa, cuando él tenía 11 años recién cumplidos. La promesa fue que iba a sacar a su madre de Tijuana, que iba a comprarle una casa en San Diego, que iba a llevarla a vivir del otro lado de la garita sin tener que cruzarla nunca más a las 5:30 de la mañana.

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