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CANTINFLAS: El SECRETO que OCULTÓ 30 AÑOS… y la MALDICIÓN que DESTRUYÓ a su FAMILIA

CANTINFLAS: El SECRETO que OCULTÓ 30 AÑOS… y la MALDICIÓN que DESTRUYÓ a su FAMILIA

20 de abril de 1993, Panteón Jardín, Ciudad de México. El funeral más grande en la historia del espectáculo mexicano. 150,000 personas en las calles, flores que llegan de Hollywood, de Madrid, de toda América Latina. Un país que llora con una intensidad que no se había visto desde la muerte de Pedro Infante.

 No hay un solo canal de televisión que no transmita en vivo. No hay un solo periódico que no tenga el nombre en ocho columnas. No hay en toda la ciudad de México un lugar donde la gente no hable de lo mismo. Y en algún lugar de esa multitud, entre el llanto y las coronas y los mariachis, hay un hombre joven que sostiene algo en la mano, un papel, una nota que alguien acaba de entregarle desde el banco.

 El hombre mira el papel, lee los números y en ese momento, rodeado de 200,000 personas que lloran a su padre, ese hombre entiende que algo no cuadra, que hay algo que nadie le explicó, que detrás de ese funeral monumental, detrás de ese amor colectivo, detrás de esa fortuna que todos conocían, hay un número que no tiene sentido, 13,000 pes.

 Eso es lo que quedaba en la cuenta bancaria, donde todos sabían que había entre 68 y 70 millones de dólares, 13000 pesos, menos de lo que cuesta una semana de comida en cualquier casa de clase media de México. Y eso era todo lo que quedaba del mayor imperio del cine cómico latinoamericano. Pero lo verdaderamente inquietante no fue ese número.

 Lo verdaderamente inquietante fue lo que apareció después, una dirección, un hotel, una joven tejana y una historia que Cantinflas había pasado 30 años intentando borrar. Una historia que su único hijo conoció a los 18 años, sentado frente a su padre en una cena que ninguno de los dos olvidaría jamás. Una historia que terminó en un hotel de la Ciudad de México de una manera que nadie, absolutamente nadie, debía saber.

 59 años antes, en 1934, ese mismo hombre era un jovencito de 22 años sin un centavo, recorriendo los teatros ambulantes de México con una bailarina rusa de ojos claros que lo había elegido cuando podría haber elegido a cualquier otro. Valentina Ivanova Zubarev había llegado a México huyendo de la guerra europea.

 Era joven, era bella, era culta, hablaba cuatro idiomas y se enamoró de Mario Moreno con la obstinación de las mujeres que eligen sin miedo al que dirán. Se casaron ese mismo año con la pobreza como único testigo y el escenario de una carpa ambulante como Palacio Nupcial. Y durante los años que siguieron, mientras Mario construía el personaje que cambiaría su vida para siempre, Valentina fue el sostén silencioso de todo.

 La que administraba el poco dinero, la que lo esperaba después de cada función, la que creyó en él cuando el mundo todavía no sabía su nombre. Pero había algo que los dos callaban con la dignidad de quienes saben que hay dolores que no se muestran en público. No podían tener hijos. Los médicos lo habían dicho, Valentina era estéril y Mario, según los relatos que emergieron décadas después, también tenía dificultades para procrear.

 Dos personas que se amaban que habían construido una vida juntos, que tenían todo el dinero del mundo después de la fama, excepto lo único que no podía comprarse, un hijo. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo lo que muchos creían saber sobre Cantinflas. Primero, cómo una joven tejana llamada Marion Roberts llegó a México en 1959 sin un centavo cómo conoció al hombre más famoso del país en el lobby de un hotel de la Ciudad de México y qué ocurrió en los meses siguientes entre los dos. Un secreto que Cantinflas

intentó borrar con dinero, con silencio y con la complicidad de todo su entorno, y que terminó en una habitación de hotel de la Ciudad de México, de la manera más oscura que una historia de amor puede terminar. Segundo, ¿qué pasó realmente con Marion Roberts? ¿Por qué su nombre nunca apareció en los periódicos? ¿Por qué el mismo de México tuvo que mover cielo y tierra para que nadie lo relacionara con ella? ¿Y por qué su hijo Mario conoció esa historia solo cuando cumplió 18 años? En una cena que su padre preparó durante semanas sin saber

cómo empezar. Tercero, ¿qué encontró Mario Moreno Ivanova cuando fue al banco después del funeral de su padre? ¿Cómo es posible que 70 millones de dólares distribuidos en cuentas de España, Islas Caimán, Nueva York y México se convirtieran en 13,000 pesos? ¿Y qué dijo el banco cuando le preguntaron dónde había ido el dinero? Y cuarto, como ese apellido que prometía riqueza, amor y un legado glorioso, el apellido del hombre más querido de México, terminó siendo la herencia más envenenada que una familia puede

recibir. Con adicciones, demandas, un nieto suicidado en un hotel de Talnepantla a los 20 años y una guerra legal que más de 30 años después de la muerte de Cantinflas todavía no tiene fin. En este video verás declaraciones del propio Mario Moreno Ivanova en entrevistas televisivas. documentos judiciales del proceso de herencia, reportajes de Infobae, La nación y revista Hola que reconstruyeron la historia familiar y los testimonios de los propios nietos de Cantinflas, que decidieron hablar públicamente sobre lo

que su padre les hizo. Pero para entender como el hombre más amado de México construyó una familia que después se destruyó sola, primero hay que volver al principio. Porque para entender dónde terminó la historia, hay que entender dónde empezó. Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en el barrio de Santa María La Redonda en la ciudad de México.

 Era el sexto de 14 hijos de un cartero llamado Manuel Moreno y de un ama de casa llamada María Guadalupe Reyes, 14 hijos, en una casa donde el sueldo de un cartero tenía que alcanzar para 16 bocas. La pobreza en esa casa no era una condición abstracta, era la textura cotidiana de cada mañana, era el color de las paredes descascaradas, era el olor de la comida que nunca alcanzaba para todos.

 Era el peso de los zapatos rotos que se reparaban una y otra vez hasta que ya no había suela que reparar. Y Mario, desde muy niño, desarrolló la habilidad que desarrollan todos los niños que crecen en la miseria cuando tienen un carácter especial. La habilidad de hacer reír, no porque la vida fuera graciosa, sino porque la risa era la única moneda que no costaba nada y que, sin embargo, le daba algo invaluable.

 Atención, espacio, el derecho a existir en un cuarto donde de otra manera sería invisible. Antes de los 15 años, Mario Moreno ya había trabajado como lustrabotas, mandadero ayudante de zapatero, boxeador aficionado y torero de segunda categoría. No porque le gustaran esos oficios, sino porque en su casa no había lujo de elegir. Cada peso contaba.

 Y Mario aprendió muy temprano con la brutalidad pedagógica de la pobreza, que el mundo no te da nada que no vayas a buscar tú mismo, que nadie te espera con los brazos abiertos, que tienes que abrirte paso o quedarte quieto. Y Mario eligió siempre abrirse paso. Fue a los 14 años cuando descubrió los teatros de Carpa, esos escenarios ambulantes y populares que recorrían los barrios más humildes de México con espectáculos de barieté, comedia y música.

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