funciones a beneficio de los presos políticos, festivales sindicales, recitales en plazas públicas donde una nena de 7 años cantaba para que los presos pudieran comer. Esa es la primera escena real de la biografía de libertad la Marque. No el conservatorio, no las clases de canto con maestros italianos. Una niña flaca de zapatos remendados recitando poemas a los presos políticos del puerto de Rosario.
Y todavía hay algo más oscuro, algo que ella misma cuenta en su autobiografía, pero que pocos se atrevieron a citar. Su madre, Josefa Bouza, a la que llamaban Peppa, venía de la Coruña en España. Era una mujer dura, marcada por la pobreza y por una primera viudez en Francia con cinco hijos a cuestas. Cuando se mudó a Argentina, volvió a casarse, esta vez con un sastre que resultó ser un bígamo.
Estaba casado en otro lado y nunca se lo había dicho. Cuando se descubrió, Peppa amenazó con denunciarlo y el hombre huyó a Francia. Imagina la infancia de libertad. Una madre traicionada dos veces, un padre anarquista entrando y saliendo de comisarías, hermanos mayores que se habían perdido en la marina y una casa donde no había dinero, pero sí ideología, donde no había estabilidad, pero sí canciones, donde la palabra libertad significaba todo y nada al mismo tiempo.
Hay una escena de esos años que se me clava cada vez que la vuelvo a leer. La madre de libertad, Peppa, la castigaba haciéndola arrodillar sobre granos de maíz. Una vecina, harta de escuchar los llantos de la niña, fue una vez a la comisaría a denunciar a la madre. Esto no aparece en los homenajes, no aparece en los pósters del centenario, aparece en una autobiografía publicada en 1986 y luego enterrada por décadas.
Libertad, la marque, la diva de América, la voz que enamoró a un continente, fue de niña una víctima de violencia doméstica. Y eso lo entendemos hoy con más claridad que entonces deja marcas que no se borran ni con todos los aplausos del mundo. A los 12 años se subió a un escenario con un grupo llamado Los Libres.
A los 14 ya cantaba en giras por el interior del país. A los 15 empezaba a viajar por provincias. Y a los 18 grabó su primer disco con la empresa Víctor, un sello con el que se quedaría toda la vida ocho décadas seguidas. Imagínate la magnitud de eso. Ocho décadas grabando para la misma compañía. Es un récord que probablemente nadie va a volver a romper en la historia del fonógrafo.
Pero los aplausos no la salvaron y aquí empieza la primera grieta de su vida, la primera caída, la primera muerte simbólica antes de la muerte real. Y atento, porque esto es algo que vas a encontrar repetido en cada etapa de su existencia. Cada vez que parecía que tocaba el cielo, alguien le cortaba las alas desde adentro. En 1925, con apenas 16 años, Libertad estaba en una gira por el sur de Argentina cuando conoció a un hombre llamado Emilio Romero.
Algunos dicen que se llamaba José María, otros lo registran como Emiliano. Lo que está claro es que era apuntador de teatro, trabajaba en el Smart, tenía 31 años y la doblaba en edad. Ella tenía 16, él tenía 31. Hagan la matemática. Estamos hablando de una niña casi y un hombre adulto que sabía exactamente lo que hacía. Volvieron a encontrarse meses después en el cabaret Tabarís en Buenos Aires, y en menos de un año se habían casado contra la opinión de la familia, contra el consejo de las amigas.
Libertad estaba enamorada o estaba huyendo, no se sabe bien. Su biografía no aclara cuál de las dos cosas pesaba más. Lo que sí sabemos es que el matrimonio fue con sus propias palabras un infierno. Emilio Romero era alcohólico y era ludópata y era violento. Tres ingredientes que en cualquier época, pero más en 1927, formaban un cóctel devastador para una mujer joven sin recursos legales para defenderse.
Libertad no podía denunciarlo. No existía la figura de violencia de género. No existían refugios, no existía nada. Lo único que existía era la vergüenza social de una mujer separada y la pobreza segura para una madre soltera. Y Libertad ya era madre. En noviembre de 1927, mientras seguía actuando en teatro hasta los últimos días del embarazo, dio a luz a su única hija.
La llamó Libertad Mirta. Le decían ñatita en casa. Tita entre los íntimos. Y esa criatura, esa beba recién nacida, iba a convertirse pronto en el reen de una guerra silenciosa entre dos padres que ya no podían sostener nada juntos. Emilio le prohibía trabajar. Le rechazaba a contratos para que ella no actuara en el teatro Maipo, uno de los grandes escenarios de Buenos Aires. Le hacía escenas de celos.
La golpeaba, le gritaba en hoteles, le revisaba la correspondencia. Era el manual completo del marido controlador, escrito antes de que el manual se llamara así. Y Libertad, mientras tanto, era una estrella en ascenso. En 1933, con apenas 25 años, protagonizó Tango, la primera película sonora del cine argentino. Con eso bastó.
Su nombre empezó a sonar en las marquesinas, en las radios, en los discos. Una encuesta de la revista Sintonía en 1934 la coronó Miss Radio con 57,483 votos. Una cifra brutal para la época. ganaba en sueldo lo mismo que ganaban Nini Marshall, Pepe Arias y Luis Sandrini, los grandes nombres del momento, pero en casa la cosa empeoraba.
Y aquí llega el episodio que durante décadas se ocultó por orden expresa de sus abogados. El episodio del balcón era 1935. Libertad estaba de gira por Chile presentándose en Santiago. Su marido la había acompañado, no como apoyo, sino como vigilante. Los testigos cuentan que esa noche hubo una discusión brutal en la habitación del hotel, que él la insultó, la empujó, la acorraló, que ella, desesperada, hizo lo único que se le ocurrió para escapar de ese hombre que ya no era su marido, sino su carcelero. Se subió a la varanda
del balcón. y se dejó caer. Era un primer piso, no muy alto, pero alto suficiente como para terminar todo si caía mal. Cayó sobre un toldo. El toldo amortiguó el golpe y de ahí cayó encima de un hombre que pasaba por la calle y que por puro instinto intentó atajarla. Algunas versiones que nunca pudieron confirmarse aseguran que ese hombre era el músico Alfredo Malerba, que años después se convertiría en su segundo esposo.
Otras versiones lo niegan tajantemente. Lo único cierto es que Libertad salió viva, magullada, con golpes, pero viva. y los abogados le aconsejaron callar porque en 1935 en Chile intentar quitarse la vida estaba penado por la ley. Era delito. Podían meterla en la cárcel, podían quitarle la patria potestad de la hija. Entonces, la versión oficial fue otra, que se había resbalado, que era un accidente, que el balcón tenía la varanda baja.
Y así se contó durante décadas, hasta que ella misma, en su autobiografía de 1986 dejó caer la verdad en una página, casi al pasar, como quien suelta una piedra en un pozo profundo y se queda mirando cómo se hunde. Pero la tragedia de esa noche no terminó ahí. Mientras Libertad se recuperaba en una clínica de Santiago, Emilio Romero hizo lo más cruel que podía hacer un padre.
agarró a la pequeña Mirta que tenía 7 años, la subió a un tren y se la llevó a Montevideo. La cruzó el río de la plata sin avisar, sin papeles, sin permiso de la madre. Cuando Libertad llegó a Buenos Aires, su hija no estaba. Le habían robado a su hija. Imagina ese momento. Imagina el silencio de una casa vacía después de un secuestro.
Imagina a una mujer de 27 años, recién recuperada de la noche del balcón, sentada en el comedor, sin nadie, con los juguetes de su hija sobre la mesa. Eso es lo que vivió Libertad la Marque en 1935. Y eso es lo que el público nunca supo cuando la veía cantar Madre Selva, con esa voz quebrada que parecía nacida del más puro melodrama.
Esa voz tenía cicatrices adentro y se notaba. Tardó meses en encontrar a Mirza. Tuvo que contratar abogados en dos países. Tuvo que mover influencias en el medio artístico, llamar a periodistas, presionar a jueces. Finalmente la localizó en Montevideo, en una casa donde Emilio la había escondido. La recuperó.
Pero el divorcio iba a tardar 10 años en llegar. 10 años en los que ella siguió cantando, siguió filmando, siguió siendo la estrella más taquillera del habla hispana, mientras por dentro tenía un agujero que ninguna canción podía tapar. Emilio Romero murió en 1945, justo antes de que se dictara la sentencia de divorcio. Ese mismo año, Libertad se casaría con Alfredo Malerba, el músico al que había conocido en 1934 y que había sido su compañero, su director musical, su protector silencioso durante todos esos años de pesadilla legal. Por fin parecía llegaba
la paz. Por fin parecía llegaba el amor verdadero, pero el mismo año en que se casó con Malerba, el mismo año en que parecía que la vida le iba a devolver algo de lo robado, el destino le metió en el set de una película a una jovencita rubia, ambiciosa, con conexiones militares y una mirada de hielo.
una jovencita que entonces no era nadie, que aparecía en los créditos como actriz de reparto y que en menos de 12 meses iba a convertirse en la mujer más poderosa de Argentina. Su nombre era Eva Duarte y todavía no era Evita. Aquí entramos al capítulo más mitológico, más malentendido, más manoseado de la vida de libertad la Marque. El de la famosa cachetada.
Y atento, porque lo que vas a oír contradice casi todo lo que se contó después. Era 1945. Se estaba rodando La cabalgata del circo, una película dirigida por Mario Sofichi y Eduardo Boneo en los estudios San Miguel. Una superproducción para la época. Libertad, La Marque y Hugo del Carril eran los protagonistas.
En un papel secundario casi de relleno figuraba una actriz de radioteatro. que apenas conocían en los círculos del cine. Eva Duarte, una rubia delgada con un peinado severo, con una voz nasal que en pantalla no terminaba de funcionar. Pero detrás de esa actriz secundaria había algo que el productor Miguel Machinandiarena sabía y que Libertad ignoraba.
Eva era la novia de un coronel llamado Juan Domingo Perón y Perón estaba a punto de convertirse en presidente. El productor visitó a Libertad semanas antes del rodaje. Le preguntó casi rogándole si le importaba compartir cartel con esa desconocida. Libertad, que nunca se metía en política, dijo que no había problema.
Total, era un papelito secundario. Total, ella era la estrella. Total, ¿qué podía pasar? Lo que pasó es que Eva Duarte empezó a llegar tarde al set. Sistemáticamente, una hora, 2 horas, 3 horas. Mientras todo el equipo, técnicos, asistentes, los protagonistas esperaban con las luces encendidas y la cámara montada, ella se aparecía cuando le daba la gana con su chóer oficial y su aire de princesa.
Y nadie le decía nada porque nadie quería problemas con un coronel del grupo de oficiales unidos. Hasta que un día Libertad explotó. Tenía que rodar una toma junto a Eva. La esperaron una hora, dos, la cámara puesta, las luces calientes, Hugo del carril fumando uno y otro cigarrillo. Y cuando por fin la rubia apareció con su sonrisa entreabierta y sin una sola palabra de disculpa, libertad hizo una de las cosas más argentinas que se pueden hacer.
Una ironía vestida de cortesía, una bofetada disfrazada de buena educación. Se dobló en una reverencia exagerada, casi cómica. y le dijo con tono de marquesa, “Buenas tardes. Eso fue todo. Eso fue, según la propia libertad y según los testigos del set, la totalidad del enfrentamiento. Una reverencia, un saludo irónico, nada más.
No hubo cachetadas, no hubo insultos, no hubo agarrones de pelo, pero la cara de Eva Duarte se transformó. Se le borró la sonrisa, se le tensó la mandíbula y a partir de ese instante Libertad supo que se había metido en algo que no iba a terminar bien. Lo que ocurrió después fue una operación silenciosa, implacable, sin testigos, sin documentos firmados, sin órdenes oficiales.
Cuando Perón llegó a la presidencia en febrero de 1946, los contratos para libertad simplemente dejaron de llegar. Las radios que la habían adorado empezaron a omitir su nombre. Los productores que la habían cortejado de pronto estaban muy ocupados. Los periodistas que le hacían tapa cada semana empezaron a no levantarle el teléfono.
Libertad no entendía o fingía no entender. En su autobiografía cuenta que las puertas se cerraban una tras otra, lentamente, casi educadamente, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo en no nombrarla. Quizá lo más cruel del veto peronista, si es que existió en términos formales, es que nunca tomó la forma de una prohibición escrita.
Nunca hubo un decreto, nunca hubo una orden, hubo solo silencio. Un silencio que asfixia, un silencio que mata sin dejar huella. Y aquí viene un dato que casi nadie menciona y que cambia la percepción de la historia. Hay historiadores como el académico Mariano Navarro que sostienen que el veto a libertad pudo no haber sido obra directa de Evaperón.
Argumentan que en 1944, antes incluso de la cachetada simbólica, la revista Antena había publicado una crítica feroz contra la marque, llamando a sus excesos divísticos un peligro para el cine nacional. Argumentan también que Mario Sofici, el director de la cabalgata del circo, dejó testimonio de que Libertad entró y salió de Argentina durante todo el peronismo sin ningún impedimento.
Entonces, ¿hubo veto o no hubo? Aquí es donde la historia se complica y se vuelve fascinante, porque la versión oficial argentina durante décadas fue que Eva Perón había destruido la carrera de libertad por venganza personal. La versión revisionista más reciente dice que el mercado argentino ya no daba para tantos contratos, que México pagaba mejor, que Libertad simplemente vio una oportunidad económica y la verdad probablemente está en algún punto difícil de fijar entre ambas.
Hubo presión política, sí, pero también hubo una decisión personal de libertad, harta, herida en su amor propio, que prefirió irse antes que mendigar contratos en su propio país. En 1946, Libertad aceptó una propuesta en Cuba. cantó en la Habana, en los grandes teatros, ante un público que la trataba como una reina, sin saber todavía que esa reina venía huyendo de su propio reino.
Allí en Cuba le pusieron el apodo que la iba a acompañar hasta la tumba, la novia de América porque cantaba en español como nadie, porque le hablaba al continente entero con una sola voz, porque a esas alturas ya no le pertenecía a ningún país en particular, era de todos. Detente un momento, un noim, porque lo que viene es lo que se vendió como el milagro mexicano de libertad la marque.
Pero detrás de ese milagro había heridas que ningún público logró notar. Y hay nombres en esta etapa que vale la pena que retengas, porque uno de ellos cambió la historia del cine para siempre y otro, sin proponérselo, le marcó a libertad uno de los rodajes más amargos de su vida. A finales de 1946 aterrizó en México con su segundo marido, Alfredo Malerba, su director musical, su manager, su compañero.
Traía maletas con vestidos, partituras, recortes de prensa y traía también, aunque no lo dijera, el peso de haber sido borrada de su propia patria por una mujer que en otro tiempo había sido apenas una corista atrasada. El productor Ócar Danzigers, un visionario que estaba reorganizando el cine mexicano, le ofreció una película.
El director iba a ser un español, un hombre raro, de pocas palabras, con fama de excéntrico. Un tal Luis Buñuel, el coprotagonista, iba a ser nada menos que Jorge Negrete, el charro cantor, el ídolo más grande del cine mexicano de oro. La película se iba a llamar Gran Casino. Lo que se vendió como un triunfo en realidad fue una pesadilla profesional para los tres.
Buñuel venía del surrealismo, de un perro andaluz, de experimentos visuales que en Hollywood lo habían dejado al borde de la quiebra. Y ahora, exiliado en México, tenía que dirigir un melodrama musical con dos divas que se llevaban como el agua y el aceite. Negrete tenía un carácter de los 1 demonios.
Era el charro cantor, una marca registrada, un negocio en sí mismo y exigía control absoluto sobre sus películas. Libertad, por su parte, venía dolida, herida, con miedo de no ser aceptada en un país nuevo y se aferraba a su estilo melodramático argentino. Ese estilo de lágrima fácil que en Buenos Aires era oro, pero que en el cine mexicano, más ranchero, más viril, sonaba antiguo.
Los testigos cuentan que Negrete y la Marque no se aguantaban, tanto que se negaron a cantar a dúo en una película musical. con dos cantantes protagónicos y se negaron a cantar juntos. Acordaron, mediante negociaciones que llevaron semanas tener exactamente la misma cantidad de canciones cada uno, ni una más ni una menos, y rodarlas por separado.
Buñuel, harto, se limitó a hacer su trabajo y a poner banditas de mariachis en lugares imposibles, como un acto de venganza estética contra el género que le estaban obligando a dirigir. granino fue un fracaso de taquilla. Una de las peores películas de Buñuel, según él mismo confesaría años después, ya consagrado como uno de los grandes maestros del cine mundial.
Pero para libertad, ese fracaso, paradójicamente fue el comienzo de su consagración porque le permitió quedarse en México, porque la productora Dancillers, viendo el potencial, le ofreció otra película y otra y otra y de pronto Libertad la Marque, la diva exiliada era la actriz más solicitada del cine mexicano de oro.
Filmó Soledad en 1947. Filmó La Dama del Velo en 1948. Firmó Otra Primavera en 1949. Filmó Huellas del pasado y la marquesa del barrio en 1950. Filmó La mujer sin lágrimas en 1951. Y siguió y siguió. Trabajaba con los grandes directores del cine mexicano Tito Davison, Miguel Zacarías, Alfredo B.
Crevena, el indio Emilio Fernández, Roberto Gabaldón, hombres que en otra geografía habrían sido considerados gigantes del cine de autor. En total filmaría más de 40 películas en México, más del doble de las que había filmado en Argentina, y su voz se expandiría como un eco por toda América Latina. España, Cuba, Puerto Rico, Colombia, Venezuela, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Perú, Bolivia, Ecuador.
En cada país cuando llegaba, los teatros se llenaban antes de que vendiera la primera entrada y todos repetían el mismo apodo. La novia de América, la reina del tango, la señora de la lágrima, doña Liber. Pero detrás de la consagración había algo que pocos vieron. una mujer que llamaba por teléfono a Buenos Aires y se ponía a llorar al escuchar la voz de su hija.
Una mujer que en cada hotel desempacaba primero un retrato de Mirta, su única hija, esa ñatita que se había quedado del otro lado del continente cuando ella se subió al avión rumbo al exilio. Esa hija que recién pudo verla en persona después de muchos años de separación intermitente. Imagínate esa escena.
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Una madre cantando boleros para un país entero, ganando premios, recibiendo aplausos de pie en el teatro de bellas artes y al volver a su camerino, lo primero que hacía era mirar la foto de la nena rubia que había dejado en Buenos Aires. Esa es la grieta que Libertad nunca terminó de cerrar, el precio del exilio, el precio de la novia de América.
Mirta, su hija, se había quedado con los abuelos en Buenos Aires. Tenía 17 años cuando Libertad se fue. Era casi una mujer y a Libertad le tocaba ser madre por teléfono, por carta, por giros postales. Más tarde, Mirta viajaría a México a verla. Pasaría temporadas largas con ella, pero algo se había roto. La distancia, los años perdidos, las visitas escolares a las que la madre no llegaba porque estaba filmando del otro lado del mundo.
Mirta lo decía sin rencor, casi con resignación. Mi madre fue ante todo una artista y eso en boca de una hija suena a herida. Una herida pequeña, vieja, que ya no sangra, pero que tampoco se cierra del todo. Mirta le dio a libertad seis nietos. Uno de ellos, Leonardo, murió a los 18 años en un accidente automovilístico. Esa noticia, la pérdida del nieto Leonardo, fue uno de los dolores más profundos que Libertad cargó en silencio el resto de su vida.
Nunca habló públicamente del tema. Nunca aceptó dar una entrevista al respecto. Cuando los periodistas le preguntaban por los nietos, respondía con elegancia, mencionaba a los demás, sonreía y nunca jamás pronunciaba en público el nombre de Leonardo. Lo guardó como guardaba todos sus duelos. Adentro. Voy a frenar un segundo porque hay algo que necesito que entiendas antes de seguir.
La libertad, la marca pública, la del moño en el cuello, la de la sonrisa amable en las entrevistas con Mirta Legrand, la de los honores oficiales. Era una máscara, una máscara magnífica, sí, construida durante 70 años de oficio, pero una máscara al fin. Detrás de esa máscara había otra mujer, una que dormía con la luz prendida, que tenía pesadillas con el balcón de Chile, que se despertaba en la madrugada y se ponía a tocar el piano para que el silencio no la devorara.
Eso lo contaron quienes vivieron con ella en los últimos años, quienes la cuidaron en Coral Gables, quienes vieron detrás de la diva a la niña de Rosario que su madre castigaba sobre los granos de maíz. 1952 llegó la noticia. Eva Perón había fallecido a los 33 años en Buenos Aires. Cáncer, una agonía pública transmitida en cadena nacional que paralizó a Argentina.
Libertad estaba en México cuando le avisaron y la actriz, según contó ella misma años después, no festejó, no celebró, no dijo nada cruel. se encerró en su habitación, se sentó frente al tocador y se quedó callada durante mucho rato porque entendía algo que el resto del mundo aún no entendía, que ella, Libertad la Marque, había sobrevivido a su rival y que ahora le tocaba cargar para siempre con el peso de haber sido la enemiga de Evita.
Una etiqueta que no la abandonaría jamás ni en su tumba. Cuando Perón cayó en 1955, Libertad pudo volver a Argentina y volvió. Filmó, creo en ti, en 1960, una coproducción argentino-mexicana con Jorge Mistral. Fue un fracaso comercial. La Argentina de los 60 ya no era la de los 30. El público había envejecido, los gustos habían cambiado, las nuevas estrellas se llamaban Sandro y Palito Ortega y cantaban cosas que Libertad no entendía.
Filmó luego, Bello Recuerdo, en 1961 en España con el niño Joselito y volvió a Argentina para protagonizar el musical Hello Dolly en teatro, esta vez con un éxito enorme. Pero la sensación dentro de ella era de que su país se había convertido en una postal nostálgica, que su verdadero hogar estaba ahora en otro idioma, en otro acento, en otro continente, aunque siguiera siendo el mismo idioma.
y el mismo continente. Y aquí entra un detalle inquietante que muestra hasta qué punto la fantasma de Eva Perón seguía marcándole el calendario. En cada elección presidencial argentina de las décadas siguientes, en cada cambio de gobierno, Libertad consultaba con sus abogados si era seguro volver, si no habría represalias, si el peronismo nuevo seguía teniéndole rencor al peronismo viejo.
Pasaron 30 años, 40 años y ella seguía con esa cautela, como si Eva pudiera asomar todavía en algún despacho oficial para vetarle otra vez los contratos. Detente conmigo un momento, porque lo que voy a contarte a continuación es lo que muchos prefieren obviar de su trayectoria. Los años en los que el mundo cambió y ella no.
Los años en los que el cine la dejó de necesitar y tuvo que reinventarse. Los años en los que se volvió, sin proponérselo, una sobreviviente de un siglo entero. En los años 70 y 80, mientras Hollywood y el cine europeo entraban en revoluciones estéticas, Libertad se reciclaba en el formato que en América Latina mandaba a todo. La telenovela.
Filmó Esmeralda en Venezuela en 1972. Filmó Mamá en 1975. Filmó Soledad en México en 1980. Filmó Amada en Argentina en 1985. 30 años después de su primer triunfo cinematográfico, seguía trabajando, seguía vigente, seguía haciendo papeles de matriarca, de abuela, de mujer enérgica, mientras la mayoría de sus contemporáneos ya estaban retirados o muertos.
Y aquí hay algo que me parece importante recalcar, porque define a la mujer, la gran mayoría de las divas del cine de oro mexicano y argentino de su generación se retiraron a tiempo. María Félix, por ejemplo, casi no apareció en cámara en sus últimos años. Dolores del Río se fue apagando con elegancia. Tita Mereello hacía cameos, pero Libertad no.
Libertad seguía a los 70, a los 80, a los 85, a los 90, a los 92 años, días antes de morir, seguía grabando una telenovela. ¿Por qué? Las explicaciones varían. Necesitaba el dinero, dicen algunos. Era adicta al aplauso, dicen otros. Tenía pánico al silencio, dicen los que la conocieron de verdad.
Y esa última versión, creo yo, es la más cercana a la verdad. Libertad no podía vivir sin escenario, porque el escenario era el único lugar donde el dolor de su vida tomaba forma, donde se ordenaba, donde se volvía hermoso. En 1982 escribió y protagonizó su propio espectáculo en el teatro Lola Membrivés de Buenos Aires. Lo tituló con una ironía rara en ella, “Libertad la marque. Es una mujer de suerte.
Esa pregunta, ese signo de interrogación lo dice todo. Era una mujer de suerte, una niña pobre que llegó a ser la actriz más amada del continente, una víctima de violencia doméstica que terminó recibiendo el Ariel de Oro, una madre que perdió a su hija durante meses y luego perdió a un nieto para siempre. una exiliada política que nunca pudo decidir del todo de qué país era.
Era una mujer de suerte. Ella misma se hacía la pregunta cada noche en el escenario y el público le respondía con aplausos. Pero ella, dicen los que la conocieron, nunca tuvo una respuesta clara. A finales de los 80, después de más de 40 años de matrimonio, se separó de Alfredo Malerba. La razón oficial fue que él decidió retirarse de los escenarios y a ella le sobraban 20 años más de trabajo por delante.
La razón verdadera, según fuentes cercanas a la pareja, fue mucho más oscura. Hubo una traición, hubo un secreto, hubo algo que Libertad descubrió en los últimos años de convivencia y que nunca quiso revelar públicamente. Solo dijo, “No tuve suerte en mis matrimonios.” y se fue a vivir sola a Miami a Coral Gabels. Ese gesto comprarse una casa en Miami con piscina y jardín a los 80 años fue su declaración silenciosa de independencia.
Lejos de Argentina, donde la fantasma de Eva todavía la hacía dudar. Lejos de México, donde el público la quería, pero los productores ya no la convocaban con la frecuencia de antes. En Miami, en territorio neutral, en una ciudad cosmopolita, donde el español se mezclaba con el inglés y donde nadie la miraba con la nostalgia agobiante de quien recuerda los viejos tiempos.
Allí libertad podía ser simplemente una señora mayor con gatos. Y vinieron los gatos, ocho gatos, según los testigos. Ocho gatos que dormían con ella, que comían con ella, que la acompañaban cuando se sentaba al piano por las noches. Ocho gatos a los que les puso nombres que nadie recuerda con precisión, pero que ella saludaba uno por uno cada mañana, como si fueran familia, como si fueran los hijos que nunca pudo tener con Malerba, como si fueran los nietos que veía solo de tanto en tanto.
Aquí necesito que pares y respires conmigo porque lo que estás escuchando es la radiografía de una soledad enorme. Una de las mujeres más amadas del continente americano. Terminó sus días en una casa enorme de Miami, sola, con ocho gatos. Le rendían homenajes desde lejos, le mandaban premios por correo, le pedían entrevistas que ella aceptaba o rechazaba según el humor del día.
Pero no había nadie, no había marido, no había hijos a tiro de auto, no había hermanos. Toda su generación se había ido muriendo. Toda su familia de origen estaba en cementerios de Rosario y de Buenos Aires. Y ella, la última sobreviviente de la era dorada del tango y del cine de oro, miraba el océano desde su ventana con un gato en el regazo y un vaso de agua sobre la mesa.
En 1990 fue declarada ciudadana ilustre de la ciudad de Buenos Aires. en 1995, personalidad emérita de la cultura argentina. En 1989, el festival de cine de San Sebastián le dedicó una retrospectiva entera. En 1990 recibió el Gisar Awards en Los Ángeles. Premios y más premios, reconocimientos, estatuillas, diplomas.
Una habitación entera de su casa estaba dedicada a guardar todo lo que el mundo había decidido entregarle a destiempo después de haberla maltratado durante décadas. Pero ella seguía trabajando. Y aquí entra el último gran capítulo, el que la encontró con la guardia baja, el que se le metió en el cuerpo cuando ya no tenía fuerzas para defenderse.
En 1998, con 90 años cumplidos, Televisa la llamó. Querían que interpretara un papel pequeño, pero clave en una telenovela que iba a ser un fenómeno mundial, la usurpadora. Una historia de gemelas, de venganzas, de mansiones y secretos familiares. Protagonizada por Gabriela Spanck y Fernando Colunga.
Libertad interpretó a Piedad Bracho, una anciana alcohólica, una mujer destruida por la vida, una abuela con tragedias enormes guardadas detrás de los ojos. Y ahí, en esa telenovela, la audiencia la redescubrió. Las nuevas generaciones que nunca la habían visto cantar tango ni protagonizar melodramas en blanco y negro, conocieron por fin a Libertad la Marque. La vieron actuar y se rindieron.
La usurpadora superó los 45 puntos de rating. Se vendió a más de 100 países, Croacia, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Ecuador, Grecia, Paraguay, Perú, Chile. En todas partes la gente lloraba con las escenas de la anciana borracha, que en realidad era la madre de las gemelas. Y nadie sabía, mientras la veía, que esa actriz de 90 años llevaba más de 70 años haciendo lo mismo, oficio y dolor, profesión y autobiografía.
24 de julio del año 2000. El día que cumplía 92 años de edad y casi un siglo de carrera, recibió el premio Ariel de Oro Honorífico en México, la estatuilla más alta del cine mexicano, el máximo reconocimiento. Subió al escenario despacio, sostenida con dignidad, vestida de negro, con un broche de perlas en el pecho y dio un discurso breve.
agradeció a México, agradeció al público y dijo algo que pocos retuvieron, pero que ahora leído a la distancia suena casi a despedida. Nací artista y artista me voy a morir, de eso estoy segura. Faltaban menos de 5 meses para que su profecía se cumpliera. Hay una entrevista, una de las últimas que dio, que me parece desgarradora.
Le preguntan por la muerte. Y ella con una sonrisa tranquila responde, “Jamás pienso en ella. Es más, no le tengo temor. A esta altura de mi vida, todas las cosas feas ya las borré de mi mente. Las borró de verdad las borró. ¿O las había sepultado bajo capas y capas de canciones, de premios, de personajes, de aplausos? hasta que ya no se notaban en la superficie, pero seguían ahí debajo latiendo como un corazón paralelo. Yo creo que no las borró.
Yo creo que las había aprendido a manejar, que sabía cuándo dejarlas salir y cuándo encerrarlas, que era después de todo una artista. Y los artistas trabajan con el dolor, como los albañiles trabajan con el cemento, y se siguen levantando paredes. Volvió a México, le ofrecieron una nueva telenovela, esta vez una infantil, carita de ángel.
Iba a interpretar a una madre superiora, Piedad de la Luz, jefa de un colegio religioso de niñas, un papel dulce, maternal, alejado de los melodramas oscuros de su juventud. Aceptó, empezó a grabar y aquí viene la pregunta que mucha gente nunca se hizo. ¿Por qué seguía trabajando una mujer de 92 años con todos los premios del mundo? ¿Era ambición? ¿Era necesidad económica? ¿Era miedo? La explicación que da su familia es la más simple y la más triste a la vez. No sabía hacer otra cosa.
Había estado más de 80 años subiéndose a escenarios. La idea de quedarse en casa mirando el mar le parecía una forma anticipada de morir. 30 de noviembre del año 2000. Estaba en el set de Carita de Ángel en Televisa, en la Ciudad de México, cuando empezó a sentir un dolor fuerte en la espalda.
Los compañeros se preocuparon, la sentaron, le ofrecieron agua, llamaron al médico. El médico recomendó internación inmediata. La llevaron al Hospital Santa Elena. le diagnosticaron una neumonía. A esa edad, una neumonía es una sentencia. Pero Libertad no quería rendirse. Desde la cama del hospital pedía que le trajeran el guion, que le faltaban pocas escenas, que ella seguía siendo profesional, que el público mexicano la estaba esperando en el capítulo siguiente.
Y los médicos, los enfermeros, las visitas, todos asentían mientras le pinchaban el suero, mientras le ajustaban la mascarilla de oxígeno, mientras escuchaban su voz cada vez más ronca pedir agua, pedir una almohada, pedir que la dejaran irse a casa. Mirza, su hija, voló desde Buenos Aires con varios de los nietos.
Llegaron a tiempo. La acompañaron en esos últimos días. Una de las nietas, Claudia de Luca, contaría después que en el hospital, en esas últimas noches, Libertad cantaba bajito, tangos viejos, frases sueltas de canciones que había grabado en 1926, como si estuviera repasando el catálogo de su vida en orden cronológico antes de devolverlo entero.
12 de diciembre del año 2000, a las 5 de la madrugada, hora de México. Libertad. La Marque, doña Liber, la novia de América, la reina del tango, la señora de la lágrima, dejó de respirar en el hospital Santa Elena. Tenía 92 años. Le quedaban exactamente 12 días para cumplir los 93. El obituario del diario Clarín al otro día fue una frase que se quedó grabada en la historia, el final de un sueño.
Porque eso había sido libertad. Un sueño largo, melancólico, perfecto y roto al mismo tiempo. Un sueño compartido por dos hemisferios. Un sueño que duró desde un escenario de rosario en 1915 hasta una cama de hospital en el Distrito Federal en el 2000. 85 años subida a un escenario. ¿Cuántos artistas pueden decir lo mismo? Mirza Legrand, la otra Mirza, la rival amistosa, la sucesora simbólica, la que también se llamaba Mirta porque la madre la había bautizado en honor a Libertad, dijo una frase breve al día siguiente:
“Libertad, la marque, fue la gran estrella que tuvo América. No hizo falta más. Pero el verdadero misterio, el que da título a este expediente, no se entiende hasta saber lo que pidió libertad para sus restos. Y aquí es donde la historia se cierra con una imagen casi cinematográfica, casi mística, casi pintada por un guionista que entiende cómo deben terminar las grandes biografías.
No quiso un panteón, no quiso un mausoleo en la recoleta junto a Eva Perón, no quiso un monumento en el Panteón Civil de México junto a Negrete y a María Félix. pidió en un testamento sencillo que la incineraran y que sus cenizas fueran arrojadas al mar, específicamente en la bahía Bizcaína, frente a su casa de Coral Gabels en Miami.
Su hija Mirta contó luego con la voz quebrada el motivo. Mi madre decía que en los panteones, después de unos años ya nadie te visita, pero al mar va todo el mundo. Ella no quería estar encerrada. Como su nombre lo decía, la libertad fue siempre lo más importante para mi madre. ¿Te das cuenta de la grandeza simbólica de ese pedido? Una mujer llamada Libertad, exiliada de Argentina, adoptada por México, retirada en Miami, decide que su cuerpo termine convertido en agua, sin lápida, sin dirección, sin lugar fijo donde ir a rezarle.
Decide quedarse en movimiento. Decide ser corriente, oleaje, espuma. Decide hasta después de muerta no estar encerrada nunca más, porque toda su vida había sido encerrada. Por su madre, que la castigaba sobre maíz, por su primer marido, que le revisaba la correspondencia y la golpeaba en los hoteles por un régimen político que la sacó de su país a empujones silenciosos.
por el exilio que duró más de 50 años, por la fama que le robaba la intimidad, por la nostalgia que le pesaba en los hombros cada vez que escuchaba un bandoneón, por los recuerdos que la perseguían en los hoteles vacíos de 100 países, toda su vida la encerraron y al final pidió un mar abierto.
pidió no tener domicilio. Pidió que la gente que la quisiera recordar tuviera que mirar el horizonte y entender que ella ahora estaba en todas partes. Pero falta una pieza más. Y aquí necesito que prestes atención porque es el último golpe de la historia, el detalle que cierra el círculo. En el capítulo 130 de Carita de Ángel, la telenovela que estaba grabando cuando se enfermó, la producción decidió dedicarle el episodio entero a Libertad.
Le hicieron un homenaje en cámara. La actriz Silvia Apinal, su compatriota mexicana, la sustituyó en el papel de la madre superiora a partir del capítulo siguiente y la telenovela continuó y los niños mexicanos la siguieron viendo. Y nadie se atrevió a explicarle a esos niños que la monjita dulce, que aparecía hasta el capítulo 129, en realidad ya había dejado de respirar antes de que el episodio se grabara entero.
Hay algo que me persigue cuando pienso en esa imagen. libertad murió grabando un personaje de monja, una mujer encerrada en un convento, una mujer que había renunciado al mundo, una mujer que cuidaba a niñas pequeñas y ese personaje, sin proponérselo, era casi un autorretrato simbólico, porque Libertad en sus últimos años vivía como una monja secular, sola en su convento de Coral Gables, cuidando a sus gatos en vez de a niñas, cantando a media voz por las tardes, despidiéndose en silencio de un siglo que ya no era el suyo.
Y aquí está la respuesta a la pregunta del título. ¿Cómo la fueron destruyendo? La destruyeron desde chica con los castigos de su madre sobre los granos de maíz. La destruyó su primer marido durante 10 años de violencia silenciosa. La destruyó la pérdida de su hija durante meses de búsqueda desesperada. La destruyó el rencor o el silencio del peronismo que la borró del mapa cultural de su país.
La destruyó el exilio largo, esa enfermedad lenta que no se cura. La destruyó la separación de Alfredo Malerba después de 40 años. La destruyó la muerte de su nieto Leonardo. Esa herida que nunca quiso pronunciar en voz alta. La destruyó la soledad de Miami, esa casa enorme con ocho gatos. la destruyó la neumonía que se le metió en los pulmones a los 92 años.
Pero, ¿y este es el secreto final que te prometí desde el principio del expediente? Aunque la fueran destruyendo desde 1915, cuando subió por primera vez a un escenario en Rosario, ella nunca terminó de caer. No completamente, porque cada vez que algo la rompía por dentro, salía a escena y cantaba. convertía el dolor en melodía, convertía la rabia en interpretación, convertía las cicatrices en arte.
Y por eso es importante entender algo. Cuando digo que no murió, no me refiero a una metáfora barata sobre la inmortalidad del artista. Me refiero a algo más concreto. La libertad, la marque que el público quiso ver. Esa mujer impecable, perfecta, siempre sonriente, siempre digna. Esa figura simbólica de la novia de América. Esa libertad nunca existió.
Fue un personaje, fue una construcción, fue la mejor actuación de su vida. Una actuación que duró 85 años. Una actuación tan buena que ni el público, ni la prensa, ni la familia se atrevieron a desarmarla. La libertad real, la mujer detrás del personaje, la nena de Rosario con la madre violenta y el padre preso.
La joven de 16 años casada con un alcohólico ludópata. La madre que se tiró por un balcón en Santiago. La madre a la que le robaron la hija. La exiliada política que nunca terminó de saber a qué patria pertenecía, la anciana sola con ocho gatos en Coral Gables. Esa libertad sí existió. Y esa libertad sí la fueron destruyendo lenta sistemáticamente durante casi un siglo.
Pero también, y aquí está la última paradoja de su biografía, esa misma libertad real, la rota, la frágil, la que sufría, fue la que le dio combustible a la libertad pública. Si no hubiera sido violentada por su primer marido, no habría podido cantar madre selva con esa rabia contenida. Si no hubiera perdido a su hija, no habría sabido interpretar a la marquesa del barrio.
Con esa ternura herida, si no hubiera sido exiliada, no habría conquistado México con esa nostalgia que vendía discos en todo el continente. Si no hubiera enterrado a un nieto en silencio, no habría podido componer la mirada melancólica de piedad bracho en la usurpadora. Toda su carrera funcionó como una transmutación del dolor en oro, una alquimia silenciosa, una operación química que solo los grandes artistas saben hacer.
Y por eso, cuando los obituarios dicen que murió de neumonía a los 92 años, mienten a medias. Murió de cansancio. Murió de haber dado demasiado durante demasiado tiempo. Murió de ser durante 85 años dos personas a la vez, la pública y la privada. La libertad y la libertad, la que cantaba y la que callaba. Yo, después de meses revisando su biografía, después de leer su autobiografía dos veces, después de escuchar entrevistas que pocas personas escucharon, no puedo evitar preguntarme algo.
Y te lo voy a preguntar a ti también porque me interesa tu opinión. ¿Crees que Libertad la Marque fue feliz? ¿Crees que valió la pena el precio que pagó? ¿O crees como yo, que detrás de cada aplauso había una mujer que se preguntaba si no habría sido mejor quedarse soltera en Rosario criando a su hija sin que nadie la conociera? Déjame tu respuesta abajo.
Me interesa de verdad lo que piensas. Pero antes de dejarte ir, hay todavía algunos detalles, algunas zonas de sombra, algunas piezas del rompecabezas que tengo que mostrarte. ¿Por qué la historia de Libertad La Marque tiene capítulos que se quedaron fuera de la versión oficial y que me parece importante que conozcas para entender de verdad lo que pasó con ella? Volvamos a Rosario.
Volvamos al barrio donde nació. Hay una casa en la calle Buenos Aires, al 800, en pleno centro rosarino, donde la familia Lamarque vivió durante los primeros años. Una casa modesta de techo bajo, con un patio donde el padre Caudencio recibía a sus compañeros anarquistas a escondidas. Allí, durante años los vecinos escucharon discusiones políticas, lecturas de poemas revolucionarios, plenarios sindicales clandestinos.
La policía pasaba a controlar. A Gaudencio se lo llevaron detenido más de una vez y la pequeña libertad veía todo. Esa fue su escuela primaria. la calle, los talleres, los teatros sindicales, las plazas donde su padre arengaba contra los terratenientes. Hay un detalle conmovedor que aparece en los registros municipales y que pocos investigadores citan.
Libertad a los 7 años cantaba en festivales que se hacían para juntar dinero para los presos políticos. Cantaba zambas y vidalas, no tangos todavía. Era una nena de 7 años cantando para los presos y los presos desde sus celdas sabían que esa nena estaba ahí afuera intentando ayudarlos. Imagina el peso simbólico de eso para una persona en formación.
Imagina como eso te modela el alma. A los 9 años hizo su primer papel en una obra de teatro en el teatro La Comedia de Rosario. Un papel de niña pobre, claro, porque eso era lo que sabía hacer. Sus compañeros de elenco le tenían cariño, la protegían, le compraban dulces a la salida de la función. Hay una foto en alguna parte de la pequeña libertad con un moño enorme en la cabeza y un vestido demasiado grande sonriendo entre dos actores de la compañía.
Esa foto, si la conseguís ver, te rompe el corazón, porque ahí ya está en esa sonrisa, la profesional, la niña que entiende que hay que sonreír aunque por dentro tengas hambre. A los 14 años se fue a Buenos Aires con la familia. Llevaban una carta de recomendación para Pascual Carcaballo, el dueño del teatro El Nacional.
Carcaballo la escuchó cantar y se quedó callado. Luego dijo, “Esta nena va a ser grande.” Y la contrató como damita joven. A los 15 años ya hacía papeles secundarios en Sainetes. A los 16 ya cantaba con la orquesta de Francisco Canaro. Hubo una época, según las memorias de Canaro, en la que Libertad llegaba a los estudios de grabación todavía con los apuntes del colegio en la mochila.
Era una alumna que cantaba tangos por las tardes. En 1929, con 20 años, protagonizó el Sainete, el conventillo de la paloma, en uno de los teatros porteños más importantes. Y a partir de ahí ya no paró. El cine la encontró rápido. Adiós, Argentina, en 1930. Tango en 1933. La primera película sonora argentina. Y aquí hay otro detalle que pocos cuentan.
En Tango tenía un papel modesto, una más en un elenco coral que incluía a Tita Mereo, a Zucena Maizani, Pepe Arias y Luis Sandrini. Compartía cartel con la élite del entretenimiento argentino. Y todos esos nombres hoy son leyendas, pero solo uno de ellos llegó a los 92 años cantando una telenovela. Solo libertad.
Aquí déjame que retome el episodio del balcón con más detalle porque hay versiones contradictorias y necesito que entiendas la complejidad de lo que pasó esa noche en Santiago. La versión más extendida, la que durante décadas se contó en revistas y biografías oficiales, decía que Libertad había sufrido un accidente, que se había caído del balcón en circunstancias confusas, que la varanda era baja, que estaba mirando el paisaje, que era todo un malentendido.
Esa versión la defendieron los abogados de la actriz durante toda su vida, porque como te dije antes, en 1935, intentar quitarse la vida era un delito penal en Chile y un delito que podía costarle no solo la libertad personal, sino también la patria potestad de su hija, la versión real, la que ella misma terminaría admitiendo a media voz en su autobiografía de 1986 y en entrevistas privadas con amigos íntimos era otra.
Había estado en una discusión brutal con Emilio Romero esa noche. El hombre llevaba semanas bebiendo. Había perdido dinero en el juego y la culpaba a ella de su mala racha. Esa noche la golpeó, la empujó contra la pared, la acorraló en el dormitorio y Libertad, en un momento de pánico absoluto, vio el balcón abierto y vio la salida.

No estaba pensando en términos racionales, estaba huyendo. Buscaba escapar de ese hombre como fuera. El balcón era la puerta. El toldo amortiguó el golpe. El hombre que pasaba debajo, posiblemente malerba, aunque no se confirme con certeza, intentó atajarla y los dos rodaron por la vereda. La levantaron desconcertados, llamaron a un médico, la llevaron a una clínica de Santiago y en esa clínica Libertad pasó las noches más oscuras de su vida, sola, lejos de Buenos Aires, con un marido que ahora le decía que la
perdonaba, pero que no la perdía de vista, con una hija pequeña que dormía en el cuarto de al lado sin saber lo que había pasado. Cuando le dieron el alta, Emilio le dijo que tenía que viajar a Uruguay por trabajo, que se iba a llevar a Mirta unos días para que Libertad pudiera recuperarse. Libertad, todavía aturdida, todavía sedada, aceptó.
Y al día siguiente, cuando salió de la clínica y volvió al hotel, Mirta no estaba. Ni Emilio, ni la barija de la nena, ni la ropa, nada, solo una nota corta, según contaría libertad años después. donde Emilio le decía que se llevaba a la hija a Montevideo y que si quería volver a verla tenía que retirar la demanda de divorcio. Esa fue la primera vez, según las amigas más cercanas de Libertad, que la oyeron gritar, gritar de verdad.
Un grito ronco, primitivo, que no se parecía a las lágrimas estilizadas de sus películas. Un grito de madre, de animal herido, de mujer a la que le acaban de arrancar lo único que importaba. Tardó tr meses en localizar a Mirta, tres meses moviendo contactos en Buenos Aires y en Montevideo, tres meses dando entrevistas en las que jamás mencionaba lo que estaba pasando porque mantenía la fachada profesional intacta.
tres meses cantando en radio, mientras por dentro se preguntaba cada noche dónde estaba durmiendo su hija de 7 años. Cuando finalmente la encontró en una casa modesta del barrio del cordón en Montevideo, la recuperó por la vía legal, pero el daño ya estaba hecho. Mirta había vivido tres meses con un padre alcohólico que la usaba como reen y eso, créeme, marca a una criatura para siempre.
A partir de ese momento, libertad cambió. Se volvió más dura, más profesional, más cuidadosa con cada paso. Aprendió a no confiar. Aprendió a calcular cada movimiento. Aprendió a sonreír en público mientras adentro tenía una herida que no cerraba. Y aprendió, sobre todo, que el escenario era el único lugar donde podía respirar libre, porque en el escenario nadie podía robarle nada.
En el escenario era ella sola contra el público y el público la quería. El público no la traicionaba. El público, al menos por dos horas seguidas, era lo más parecido a una familia confiable que iba a tener nunca. Volvamos al exilio mexicano para mirar de cerca un detalle que casi siempre se cuenta mal. La salida de Argentina no fue inmediata después de la cachetada simbólica.
No fue, como dicen las leyendas. Libertad pasó casi un año intentando trabajar en Buenos Aires después del rodaje de la cabalgata del circo. Hizo presentaciones en teatro, grabó algunas canciones, aceptó contratos para radio, pero los contratos cada vez eran menos, los pagos cada vez tardaban más, las invitaciones cada vez se enfriaban más.
Y un día, en septiembre de 1945, participó de un festival en el Luna Park para recolectar fondos para los demócratas que acababan de salir de la cárcel. Ese gesto, ese festival fue clave porque mostró abiertamente que Libertad, sin ser militante de ningún partido, estaba en la oposición. Cantó para los antiperonistas, cantó para los demócratas, cantó simbólicamente contra el ascenso de Perón.
Y a partir de ese día, los teléfonos dejaron de sonar definitivamente. No fue Eva Duarte, no fue una orden expresa, fue algo más sutil, fue la maquinaria política de un régimen, entendiendo que esa cantante era enemiga ideológica y debía ser desplazada del mapa cultural. En 1946 aceptó la propuesta de cantar en Cuba. Subió al avión con dolor, con resentimiento, con la sensación de que su país la estaba expulsando, pero también con cierto alivio, porque allá afuera en el mundo, había mercados gigantes que la esperaban.
Y Libertad sabía que aunque le doliera, su carrera tenía que crecer en otra parte. Cuba la recibió como una reina. La revista Bohemia le dedicó portadas. Los teatros se llenaban a reventar. Los productores se peleaban por contratarla. Allí, en la Habana, conoció el ritmo del bolero. Le gustó, lo incorporó a su repertorio.
Empezó a cantar boleros con un fraseo muy particular, mezcla de tango y de melodrama mexicano. Y ese estilo, ese fraseo mezclado, fue el que después conquistaría toda América Latina. Cuando llegó a México en 1947, ya venía precedida por la fama cubana. La esperaban en el aeropuerto multitudes y el director Luis Buñuel, que estaba al borde del fracaso profesional, recibió la orden de dirigirla en Gran Casino.
Buñuel, en sus memorias, reconocería años después que Libertad lo intimida, que era una profesional implacable. que llegaba al set a la hora exacta, sin pedir cambios, sin caprichos, sin dramas, que cantaba sus tomas en una sola vez, sin pedir repeticiones y que él, acostumbrado al caos surrealista de Hollywood, no sabía qué hacer con tanta perfección.
La relación con Jorge Negrete fue otra historia. Negrete era un macho mexicano de la vieja escuela. tenía un carácter explosivo. Le exigía a la producción que en cada escena él tuviera más planos que libertad. Le exigía que sus canciones fueran las más largas. Le exigía, hasta donde se sabe, que Libertad cantara solo cuando él no estuviera en el set para que no se la viera en sus tomas.
Libertad, por su parte, lo despreciaba en silencio. Lo consideraba un actor menor con una voz potente y poco oficio, y se aseguró de que cada una de sus canciones quedara registrada con exactamente el mismo número de planos. La negativa a cantar a dúo es uno de los grandes misterios del cine mexicano de oro. Dos cantantes legendarios, una película musical y se negaron a cantar juntos.
Cualquier productor moderno habría exigido al menos un dueto, una balada compartida, una escena romántica con armonía vocal. Pero Negrete y la Marque se cerraron en banda y Buñuel, sin paciencia para esa pelea de egos, prefirió no insistir. Hay otro detalle curioso de ese rodaje. Cuando terminaron Gran Casino, Libertad le dijo a Malerba en privado que no iba a volver a trabajar con Negrete por nada del mundo. Y cumplió.
Negrete murió en 1953 de hepatitis. Libertad jamás compartió sed con él de nuevo. Jamás. Y cuando la prensa, años después le preguntaba por Jorge Negrete, ella sonreía y respondía con una frase corta y elegante. Un gran cantante, punto. Sin elogios, sin recuerdos íntimos, sin anécdotas. La frialdad de su respuesta lo decía todo.
Buñuel, por su parte, después de Gran Casino, filmó El Gran Calavera y luego Los Olvidados, la obra maestra que lo lanzó al cine internacional. Libertad lo felicitó por carta. Él en sus memorias agradecería el gesto. Pero nunca volvieron a trabajar juntos. La separación fue cordial, profesional, sin rencor, como casi todas las separaciones importantes de la vida de libertad.
Volvamos a México porque hay una década, la de 1950, que es clave para entender el ascenso definitivo de libertad. Filmó en ese periodo más de 20 películas, una detrás de otra, a veces dos al año, a veces tres. Trabajaba sin parar. Las productoras se la rifaban. Los guionistas escribían papeles a su medida.
aparecía en revistas, en periódicos, en programas de radio, en la televisión naciente. Una de esas películas, La marquesa del barrio, en 1950, fue un fenómeno cultural en México. Una historia de una mujer humilde que se convierte en aristócrata por casualidades del destino. libertad la interpretaba con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad que el público mexicano encontró irresistible.
La cinta se exhibió durante meses en las salas, se convirtió en una de las películas más taquilleras del año. Otra, La mujer X, de 1954, fue una adaptación de un drama francés. Libertad interpretaba a una madre acusada injustamente de un crimen. Las escenas de tribunal, donde defendía su inocencia con lágrimas controladas hicieron historia.
La gente lloraba en las salas. Los críticos hablaban de actuación catártica y los productores, claro, le ofrecían más papeles del mismo tipo. Recibió tres nominaciones al premio Ariel a mejor actriz. En 1951. en 1953 y en 1955, tres nominaciones consecutivas en un cine que estaba lleno de actrices brillantes, María Félix, Dolores del Río, Marga López y entre ellas la Argentina exiliada, que se había hecho un lugar a fuerza de trabajo y de talento.
Pero no se llevó ninguna estatuilla durante esos años. Ninguna. Se la dieron solo 45 años después. en el 2000 como Ariel de oro honorífico, como diciéndole casi al final, “Perdón por la espera.” Y ella aceptó esa estatuilla con la misma elegancia con la que aceptaba todo, sonriendo, sin recriminaciones, sin recordar el dolor de los premios que no había recibido cuando le tocaba.
A finales de los años 50, la pareja con malervba se consolidaba. eran inseparables profesionalmente. Él dirigía sus orquestas, producía sus discos, organizaba sus giras, pero algunos testigos cercanos contaban que la relación íntima ya empezaba a enfriarse. Libertad estaba siempre de gira, filmaba seis meses al año, cantaba en otros tres.
Y Malerba, que era músico, pero también era hombre, empezaba a sentirse como un asistente más que como un esposo. Esa aflicción se prolongó durante tres décadas. Vivieron juntos 40 años casi y separados por dentro, según algunos amigos, los últimos 20. Pero la fachada se mantuvo porque libertad no podía permitirse otro divorcio escandaloso.
No después de Emilio Romero, no después de toda la inversión emocional que había hecho con Malerba, hasta que en algún momento de fines de los 80 lo que fuera que se había roto entre ellos se hizo imposible de ocultar y se separaron en silencio, sin abogados públicos, sin entrevistas, sin escándalos.
Cada uno se fue por su lado. Malerba a un departamento en Buenos Aires. Libertad a Miami. Hay algunos rumores sobre los motivos reales de la separación que circularon en círculos íntimos, pero que nunca se confirmaron. Algunos dicen que Malerba habría tenido una relación paralela durante años con una mujer mucho más joven.
Otros dicen que Libertad descubrió que él había estado manejando mal los ingresos de la pareja, invirtiendo en negocios que fracasaban, perdiendo dinero que ella había ganado con su voz. Otros, en cambio, hablan de un simple agotamiento mutuo de dos personas que ya no tenían nada que decirse después de tantos años de profesión compartida.
La verdad probablemente fue una mezcla de las tres cosas, pero ella jamás aclaró públicamente nada. No tuve suerte en mis matrimonios, repetía, y dejaba la frase ahí suspendida sin completarla. Malerba murió en 1993 en Buenos Aires. Libertad asistió al funeral. Llevaba un vestido negro y un velo. No habló con la prensa.
Se sentó en la primera fila, lloró discretamente y al terminar la ceremonia regresó al hotel donde se hospedaba. No dio entrevistas, no hizo declaraciones. Solo una vez en su habitación, según contó después una amiga íntima, se sentó al piano del lobby del hotel y tocó una vieja canción que Malerba había compuesto para ella en 1937.
“¿Tu cariño?”, la cantó bajito, casi como un susurro, y después subió a su cuarto y no salió en dos días. Aquí hay un detalle que pocas biografías incluyen y que me parece importante. Después de la muerte de Malerba, Libertad nunca volvió a tener pareja. Nunca. A pesar de tener todavía dos décadas más de vida activa por delante, a pesar de seguir siendo una mujer atractiva, elegante, deseada por hombres más jóvenes que la cortejaban, nunca, como si hubiera tomado una decisión silenciosa de no volver a entregar el corazón a nadie, como si
dijera con su soledad voluntaria que ya había sufrido lo suficiente por amor durante toda su vida. Y aquí, queridos espectadores, ustedes que me han acompañado hasta este momento, los que entendieron por qué este expediente lleva el título que lleva. Los que sintieron en algún momento de esta historia algo parecido a lo que sentí yo al investigarla, déjenme contarles los detalles finales.
Los que faltan, los que cierran la historia, los gatos de Coral Gabels, esa imagen melancólica con la que la prensa mexicana y argentina ilustró todos sus obituarios, la diva con sus ocho gatos. ¿De dónde venían esos gatos? ¿Cómo los había acumulado? Empezó con uno, un gato negro que apareció en su jardín en 1991, recién mudada a Miami.
Era flaco, callejero, hambriento. Libertad le puso un platito de leche y luego un platito de comida. El gato se quedó, lo llamó con una ironía propia de ella, Tango. Y de ahí vino el segundo, una gata gris que apareció dos meses después. La llamó Milonga. Y de a poco fueron llegando otros, pidala, Zamba, cueca, polero, habanera, ranchera.
Cada gato un género musical, cada gato una memoria de un país que había recorrido cantando. Los vecinos contaban que Libertad pasaba horas hablándoles a los gatos. No en español neutro, no en el español de las telenovelas, sino en lunfardo, en el lunfardo viejo de Buenos Aires, en palabras que solo entendían los gatos y ella misma.
Vení, [ __ ] andaba para allá, atorrante, sos un grasun. Frases sueltas, fragmentos de la jerga porteña que se le habían quedado pegadas desde la infancia, como si los gatos fueran sus últimos compatriotas. Como si en esa casa de Miami los únicos seres con los que podía hablar en su idioma natal fueran ocho animales sin saber qué les estaba diciendo.
Esa imagen para mí es la más poderosa de toda la historia. Una mujer de 90 años en una casa enorme con piscina sola, hablándole a sus gatos en lunfardo. Una mujer que había sido la más amada del continente, una mujer que había estado en las primeras planas. durante 70 años seguidos. Una mujer que ahora le decía a un gato negro, “Vení, bobo.
” Mientras le servía un platito de leche en la cocina. Eso es lo que el exilio hace. Eso es lo que la fama no compensa. Eso es lo que ningún Ariel de Oro repara. Sus últimas grabaciones musicales fueron también en Miami. En 1998. Ya con 90 años, aceptó grabar un disco con el pianista cubano Enrique Chia. cantó boleros suaves, despojados, casi recitados.
Su voz ya tenía poco que ver con la potente soprano ligera de los años 30. Sonaba a tabla rasa, una voz que había gastado todo lo que tenía, pero que conservaba el fraseo, la emoción, el sentido del tiempo musical. Quien escuche ese disco hoy no puede evitar emocionarse. Hay un acabamiento dignísimo en esa voz. Hay una despedida. Hay un cierre de catálogo.
Y luego vino la usurpadora. Y luego vino Carita de Ángel. Y luego vino el Ariel de Oro de julio del 2000. Y luego vino el dolor de espalda en el set. Y luego vino el Hospital Santa Elena. Y luego vino la madrugada del 12 de diciembre y luego vino el silencio. Cuando murió, los medios de todo el continente se desbordaron.
En Argentina, los noticieros le dedicaron transmisiones especiales. En México, Televisa interrumpió su programación habitual. En España, Cuba, Colombia, Perú, Chile, Venezuela. En todas partes los habituarios destacaban lo mismo, que había sido la voz de varias generaciones, que su nombre era sinónimo de melodrama latinoamericano, que con ella se iba una era, una era que había empezado con las primeras grabaciones eléctricas.
allá por 1926 y que terminaba en pleno siglo XXI con la última diva del cine de oro mexicano argentino. Pero hay algo que casi nadie mencionó esos días y es algo que me parece importante decir ahora. Libertad. La Marque en sus últimos meses había empezado a escribir una segunda parte de su autobiografía, una a continuación de la que había publicado en 1986, una que iba a incluir, según contó a algunos amigos cercanos, los detalles que en 1986 no se había atrevido a contar.
La verdad sobre Emilio Romero, la verdad sobre la separación con Malerba, la verdad sobre el verdadero peso del exilio, la verdad sobre la pérdida de Leonardo, su nieto. Esa segunda autobiografía nunca se terminó. Los manuscritos, según se sabe, quedaron en alguna parte de la casa de Coral Gabels.
Algunos dicen que la familia los conserva, pero no los publicará nunca por respeto a la memoria de la artista y de las personas mencionadas. Otros dicen que los manuscritos se perdieron en la mudanza que se hizo cuando se vendió la casa de Miami después de su muerte. Otros, los más conspirativos, dicen que la propia libertad ordenó destruirlos en sus últimas semanas, cuando ya se sabía moribunda en el hospital.
¿Qué decían esos manuscritos? ¿Qué secretos guardaban? ¿Qué habría revelado libertad si hubiera podido terminar ese segundo libro? Nunca lo sabremos. Y quizá sea mejor así. Quizá su última lección sea esa, que hay verdades que un artista carga toda la vida y que no necesariamente deben compartirse con el público, que el público se queda con la obra, con las canciones, con las películas, con las telenovelas, con los aplausos.
Pero el dolor, el dolor profundo, ese se lo lleva el artista a la tumba, o, en este caso, al mar. Sus restos fueron incinerados en el panteón español de la Ciudad de México. La ceremonia fue íntima. Solo asistieron Mirza, sus nietos sobrevivientes, algunos colegas mexicanos que la habían acompañado en los últimos años y la actriz Silvia Pinal, que iba a reemplazarla en carita de ángel y que había sido su amiga personal durante décadas.
Hubo un momento, según relataron testigos, en el que Pinal se acercó al féretro antes de la cremación, le dejó una rosa blanca y le susurró algo al oído. Nadie escuchó lo que le dijo, nadie quiso preguntar, pero esa imagen, la de una diva mexicana despidiéndose en susurros de una diva argentina, cierra de algún modo el círculo cultural más amplio que Libertad había construido con su vida.
El círculo de un cine que ya no existe, de un continente que ya no es el mismo, de una manera de cantar y de actuar que ahora pertenece definitivamente al pasado. Las cenizas viajaron a Miami en una urna sencilla. La hija Mirta las llevó personalmente. No hubo cortejos, no hubo prensa. Llegaron a Coralgabels un día gris de fines de diciembre y la familia en la mañana del 29 de diciembre del 2000 alquiló un pequeño barco.
Salieron de la marina cercana a la casa. Navegaron mar adentro unos 500 met y Mirta llorando, abrió la urna y las cenizas se mezclaron con el mar. El día era frío para Miami, soplaba un viento del norte. Las gaviotas volaban bajo y en la playa, dicen, unos pocos curiosos miraban desde lejos sin saber qué estaba pasando.
La gente de Coral Gabels, sus vecinos durante 10 años ni siquiera se enteraron de que la mujer que vivía con ocho gatos en la casa de la esquina había sido una de las estrellas más grandes de la historia del cine latinoamericano. Esa es otra de las paradojas de la fama. Te conoce el continente entero, pero tus vecinos no.
Los gatos quedaron al cuidado de la nieta Claudia, que se hizo cargo de ellos durante el resto de sus vidas. Algunos murieron de vejez en los meses siguientes, otros aguantaron varios años más. El último, bolero, el gato negro que más le gustaba a libertad, murió en 2008, a los 17 años en la casa de Claudia en Buenos Aires, y con él se cerró definitivamente la última pequeña familia que Libertad había construido en sus años finales.
Hay una pregunta que me sigue rondando cada vez que pienso en esta historia. ¿Por qué se quedó en Miami? ¿Por qué no volvió a Buenos Aires en sus últimos años como hicieron tantas otras divas? ¿Por qué no eligió morir en su tierra natal como hizo Tita Mereello? ¿Como hizo Niní Marshall? La respuesta, creo, está en algo que ella misma dijo en una entrevista de 1995.
Yo ya no soy de ningún lado. Soy de todos los aeropuertos. Soy de los aviones, soy de los hoteles. Argentina me dio el nombre. México me dio el cine, Cuba me dio el bolero y los Estados Unidos me dan el silencio que necesito al final. El silencio que necesito al final. Esa frase leída a la distancia tiene un peso enorme porque eso fue Miami para ella, un lugar para callar, un lugar para descansar de un siglo entero de voz, un lugar donde finalmente podía no ser libertad la marque.
podía ser simplemente una señora con gatos, una vecina anónima en una calle tranquila, una mujer que iba al supermercado a comprar comida para gatos y nadie le pedía autógrafos porque nadie sabía quién era. En el cementerio de la Recoleta en Buenos Aires hay un mausoleo con su nombre. La familia lo mandó construir como homenaje simbólico.
Es una pequeña capilla con su foto y una placa que dice Libertad la Marque, la novia de América, 1908 a 2000. Pero está vacío, no hay restos adentro. Es solo un símbolo. Un lugar donde los fanáticos van a llevar flores. Un sitio donde Eva Perón, su rival histórica, está enterrada a pocos metros.
en el mismo cementerio, en otro mausoleo, esta vez con cuerpo verdadero. ¿No es irónico? Las dos rivales del cine argentino de 1945 terminaron en el mismo cementerio simbólico, una con cuerpo, la otra sin él, una venerada por las masas peronistas que dejan rosas rojas todos los días. La otra recordada por los fanáticos del tango y del melodrama que dejan rosas blancas cuando pueden.
Las dos en la recoleta, las dos eternas, las dos enfrentadas en un duelo simbólico que nunca terminará. Y mientras pasa esto en Buenos Aires, en Miami, en la bahía Bizcaína, las cenizas de libertad siguen circulando con las corrientes del Golfo, subiendo hacia el norte, mezclándose con el agua del Atlántico, siendo libres como ella siempre quiso, sin lápida, sin dirección, sin nadie que pueda ir a visitarla obligatoriamente, pero también, paradójicamente en todas partes, en cada ola que llega a la costa de Florida.
En cada brisa que sopla sobre la bahía, en cada amanecer que ilumina ese mar, voy a cerrar el expediente con una reflexión personal, porque después de todos estos meses revisando su biografía, ya no puedo separar lo profesional de lo emocional. Libertad. La Marque fue víctima de su época, de una época en la que las mujeres no podían denunciar a sus maridos violentos.
de una época en la que un coronel podía vetarle la carrera a una estrella sin firmar ningún papel, de una época en la que las divas tenían que sonreír sin mostrar nunca el dolor de una época en la que el exilio significaba perder el contacto con tu hija durante meses, porque no había internet, no había videollamadas, no había vuelos baratos.
de una época en la que un artista trabajaba hasta morir literalmente, porque retirarse era admitir que ya no servías para nada. Y Libertad fue víctima también de su propio talento, porque ese talento le exigía dar todo, todo. Cada noche en el escenario, cada toma frente a la cámara, cada grabación en el estudio, hasta los 92 años, hasta caer enferma en un set de Televisa, hasta morir en un hospital pidiendo el guion para terminar las últimas escenas.
¿Cómo no la iban a destruir si ella misma se entregaba entera cada vez que subía a un escenario? ¿Cómo no se iban a llevar pedazos de ella si pedazo a pedazo lo iba regalando al público durante 85 años seguidos? ¿Cómo no iba a terminar agotada, vacía, sola, con ocho gatos en una casa de Miami? Si había vivido como si cada función fuera la última, como si cada disco fuera su despedida, como si cada papel fuera su confesión final.
La fueron destruyendo. Sí, pero ella misma colaboró porque sin entregarse así no habría sido Libertad la Marque. Habría sido otra cosa. Una actriz más, una cantante más, una estrella más. Pero no la novia de América, no la reina del tango, no la señora de la lágrima, no la última diva de un cine que ya no existe.
Y por eso, cuando uno mira hoy una de sus películas viejas o escucha una de sus grabaciones de 1937 o ve un episodio de la usurpadora donde aparece como piedad bracho, lo que recibimos es algo más espeso que el arte. Es vida. Es vida entregada. Es vida quemada en el escenario. Es vida convertida en imagen y sonido, en voz que se filtra por los altavoces y nos llega como si todavía estuviera ahí, como si nunca se hubiera ido del todo.
Por eso digo al cerrar que no murió. No del todo, no completamente. Su cuerpo, claro que sí, hace más de 25 años. Pero algo de ella sigue ahí. En cada bolero que canta una abuela en una cocina latinoamericana, en cada tango que suena en una radio antigua, en cada melodrama que las nuevas generaciones redescubren en plataformas de streaming.
Eso es lo que las máquinas del exilio, del peronismo, del cáncer y de la neumonía no pudieron destruir la obra, la voz, el eco. Ahora, antes de despedirnos, te pido algo. Tómate un segundo y cuéntame qué pensaste mientras escuchabas esta historia. ¿Conocías a Libertad, la mar que antes? ¿La descubrieron tus padres, tus abuelos? ¿Ya sabías que detrás de la novia de América había una mujer rota, golpeada, exiliada, profundamente sola al final de su vida? ¿O esto te sorprendió tanto como me sorprendió a mí cuando empecé a
juntar las piezas? Tu opinión me interesa, de verdad. Porque esta historia, a su manera, también nos pertenece. Es la historia de cómo las grandes estrellas de nuestro continente fueron pagando con su vida personal el precio de ser amadas por millones. Y si esta historia te conmovió, si conoces a alguien que pasó tardes enteras viendo películas de libertad la marque con un familiar mayor, si tienes en tu memoria una abuela que cantaba a Madre selva mientras lavaba los platos, mándale este expediente.
Es la verdad detrás del mito. Es la mujer detrás de la diva, es la cicatriz detrás del aplauso. Pero el viaje no termina acá, porque si te impactó descubrir cómo destruyeron a Libertad la Marque, te garantizo que te va a volar la cabeza el próximo expediente que tengo preparado. ¿Por qué hay otra estrella del cine de oro mexicano, otra mujer venerada por todo el continente, otra figura que parecía intocable y que terminó sus días en circunstancias que muchos prefirieron olvidar? Una mujer cuyo nombre todavía hoy genera
escándalo cuando se menciona en familia. Una mujer cuya historia oficial es solo la punta del Iberlena de oscuridades, traiciones y secretos guardados bajo siete llaves durante décadas. Si te tocó el final de libertad, prepárate, porque lo que viene en el próximo expediente sobre María Félix, la doña, te va a dejar sin aliento. Oh.