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AURELIO RODRÍGUEZ: el GUANTE de ORO que MURIÓ en la BANQUETA… el DESTINO CRUEL que lo ACECHABA

AURELIO RODRÍGUEZ: el GUANTE de ORO que MURIÓ en la BANQUETA… el DESTINO CRUEL que lo ACECHABA

de gloria eterna sombra olvidada. Grábate ese número en la memoria porque es la cifra que sostiene el peso de una carrera inigualable y que define la magnitud de lo que un hombre puede construir con disciplina y corazón. 2017 partidos en las Grandes Ligas repartidos a lo largo de 17 temporadas intensas, extenuantes, gloriosas.

 Siete franquicias que tuvieron el privilegio de ver como sus manos, rápidas como el rayo, dominaban la esquina caliente del diamante, protegiendo la tercera base con una maestría que pocos han logrado replicar en la historia del béisbol. Un guante de oro, una serie mundial, 1570 imparables conectados contra los mejores lanzadores del mundo, el mexicano con más juegos disputados en la historia de la MLB.

 Todo eso y mucho más fue Aurelio Rodríguez y Tuarte Junior. Y ahora, para contrastar la magnitud de su vida, para entender la ironía con la que el destino teje sus hilos, grábate este otro número, cero. Cero enfermedades crónicas, cero adicciones, cero malas decisiones, cero enemigos conocidos. El hombre que construyó una de las carreras más brillantes que México haya dado al béisbol internacional.

 Terminó sus días en la acera de una calle en Detroit un martes por la tarde mientras caminaba solo bajo el cielo gris del otoño, víctima de un azar que no conoce de jerarquías ni de logros deportivos. Lo que voy a contarte en esta primera entrega es la génesis de esa grandeza, la radiografía de un hombre que se convirtió en una leyenda porque supo convertir el trabajo duro en una forma de arte.

 Esta es la historia de cómo un chico expulsado de la escuela en Canantena Sonora terminó rompiendo una racha de 16 años que pertenecía al jugador considerado por muchos como el mejor tercera base de todos los tiempos. Es una historia que empieza en un pueblo minero al norte de México, un lugar donde el béisbol no era un sueño, ni un pasatiempo, ni una distracción de fin de semana.

 Era la única salida, el único horizonte posible en un paisaje árido donde la esperanza se medía en la capacidad de lanzar una pelota con precisión quirúrgica cannea Sonora. Imagina una ciudad que huele a cobre y a tierra seca. 80 km al sur de la frontera con Arizona. En 1947 era un pueblo que vivía del mineral y del sol, un lugar donde los hombres pasaban sus días bajo tierra extrayendo el metal y donde los niños aprendían a caminar sorteando piedras en terrenos donde la grama era un lujo que Cananea no podía darse.

 Ahí nació Aurelio Rodríguez y Tuarte Junior el 28 de diciembre de 194. Era el hijo de don Aurelio Rodríguez Valenzuela, un hombre que con la disciplina de los antiguos había representado a México en el torneo mundial amater de béisbol en 1953. Escucha bien esto, porque es donde todo comienza. Aurelio no aprendió béisbol de un entrenador de academia, ni de un programa de desarrollo, ni mediante tecnicismos modernos sacados de un manual.

 Lo aprendió de su padre, quien le enseñó que el diamante es un lugar donde te mides contra el mundo, donde no hay excusas para el error. El béisbol en esa familia no era un hobby, era el idioma con el que se comunicaban, la moneda con la que compraban sus sueños en una ciudad donde los sueños valían muy poco.

 Su hermano mayor, Francisco, apodado chico, también respiraba ese ambiente alimentando la atmósfera competitiva del hogar. Aurelio creció rodeado de guantes, bates, bases y el sonido seco y violento del cuero, recibiendo una pelota disparada a más de 100 km por hora. Era una educación constante, una inmersión total en la mecánica del juego, antes incluso de que supiera que el béisbol se convertiría en su destino.

 La casa de los Rodríguez era un santuario de la pelota, donde cada tarde se convertía en una lección de vida. El padre no solo le enseñaba a fildear, sino a tener la templanza necesaria para enfrentar cualquier situación. Aquel niño observaba como su padre, un hombre curtido por el sol y el trabajo, trataba el cuero del guante como si fuera una reliquia sagrada.

 Y así aprendió Aurelio que el respeto por las herramientas de trabajo es el primer paso hacia la maestría. Pero aquí empieza el giro que hace que la vida de Aurelio sea tan fascinante y a la vez tan cruda. Fue expulsado de la escuela secundaria. No lo verás en ningún manual de motivación ni en los afiches de el que persevera alcanza.

 Fue un acto de rebeldía, quizás de simple juventud mal enfocada en una edad donde los impulsos suelen ganar la batalla a la razón, pero lo corrieron. Y en ese momento su futuro parecía cerrarse sobre sí mismo. La deshonra de ser expulsado en un pueblo pequeño no era un asunto menor y para su padre aquello representaba un callejón sin salida.

 Sin embargo, don Aurelio, en lugar de doblegarse ante la tragedia de la educación fallida, tomó una decisión radical que cambiaría la historia del béisbol mexicano. Lo mandó a casa de su tío en Los Mochis, Sinaloa. Grábate ese momento en la mente. Un chico de 14 años expulsado con la sombra del fracaso escolar pesando sobre su espalda, enviado a otra ciudad para vivir con un familiar con la esperanza de encontrar un camino.

 No había contratos, no había promesas de scouts, no había becas universitarias, solo había un guante de béisbol y las manos de su padre que le habían enseñado a usarlo como si fueran una extensión de su propio cuerpo. Ese viaje hacia los Mochis no fue solo un cambio de residencia, fue el momento en que el destino dejó de ser un accidente y se convirtió en una vocación.

 Al llegar a Sinaloa, Aurelio dejó atrás la infancia y comenzó a entender que para alguien como él, el diamante era el único lugar donde su palabra tenía valor. En los Mochis, el destino empezó a alinearse de una forma casi mística. El tío de Aurelio lo presentó ante Guillermo Memo Garibay, un hombre que conocía el béisbol de la región como La palma de su mano, un buscador de talentos nato que podía ver la grandeza antes que el propio atleta fuera consciente de ella.

 Garibai lo vio jugar y supo que ahí había algo distinto, algo que no se puede enseñar en una pizarra ni con sermones de entrenador. Vio una coordinación natural, un sentido del espacio y un brazo que prometía cosas grandes. Lo mandó a Guadalajara y de Guadalajara fue enviado a Fresnillo, Zacatecas, a la Liga Central, donde Felipe Burro Hernández se convirtió en el arquitecto de lo que Aurelio podía llegar a ser.

 En 1965, a los 17 años, el chico que había sido expulsado sábado de la escuela ya jugaba béisbol profesional con los mineros de Fresnillo. Ese mismo año su talento lo llevó al equipo grande, los Charros de Jalisco de la Liga Mexicana de verano. En solo 15 juegos bateó para punto 260. Una cifra que para el ojo inexperto no dice mucho, pero que para los scouts que recorrían los estadios mexicanos buscando diamantes sin pulir, fue una revelación absoluta.

 Vieron un brazo potente, unas manos seguras y una presencia física. Un chico de 178 y 81 kg que parado en la tercera base proyectaba la imagen de un muro imposible de escalar. era la materialización de la disciplina que su padre le había inculcado en cananea, transformada ahora en una presencia imponente en el diamante profesional. En 1966, su temporada completa con los Charros confirmó todo, 135 juegos, promedio de punto 292 y el reconocimiento definitivo.

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