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¡LA PREGUNTA QUE HA DIVIDIDO A MILLONES DE CREYENTES DURANTE SIGLOS! Si JESÚS era realmente DIOS… entonces, ¿por qué oraba a DIOS? VL

 ¡LA PREGUNTA QUE HA DIVIDIDO A MILLONES DE CREYENTES DURANTE SIGLOS! Si JESÚS era realmente DIOS… entonces, ¿por qué oraba a DIOS?

¿Por qué Jesús oró a Dios si él es Dios? Si Jesús es verdaderamente Dios, eterno, divino, sin mancha ni error, ¿por qué lo vemos orando una y otra vez al Padre? ¿Por qué lo encontramos de [música] rodillas en silencio, derramando lágrimas, pidiendo fuerza, dirección y consuelo? Si él mismo es parte [música] de la trinidad, ¿obra oraba para enseñarnos? oraba porque era débil o hay algo mucho más profundo detrás de cada una de sus oraciones.

Esta es una de las preguntas más desafiantes del corazón cristiano, porque toca el misterio más sagrado de nuestra fe, la unión perfecta entre la divinidad y la humanidad en la persona de Jesús. Hoy no venimos con respuestas simples, venimos con la Biblia abierta y el corazón dispuesto [música] a explorar una de las verdades más poderosas y menos comprendidas del evangelio.

La razón por la que [música] Jesús oraba a Dios, aún siendo él mismo Dios encarnado. Si alguna vez te has sentido confundido al ver al Hijo hablando con el Padre, este mensaje es para ti. Porque la oración de Jesús no fue un acto teológico vacío. Fue una declaración viva, constante y gloriosa de su misión, su dependencia y su amor.

Prepárate porque lo que estás a punto de descubrir puede cambiar para siempre la manera en que ves a [música] Cristo y la manera en que oras tú. Para entender por qué Jesús oraba a Dios, aún siendo el propio Dios encarnado, tenemos que regresar al inicio, no a un templo ni a una multitud, sino a un lugar vacío, el desierto.

Allí donde el silencio es tan denso que uno puede escuchar sus propios pensamientos. Jesús se retiró [música] solo con el cuerpo debilitado por el ayuno y el alma abierta como una tierra seca esperando lluvia. El sol caía sin piedad sobre las piedras, las noches eran frías y el viento dejaba una fina capa de polvo sobre su ropa.

No había sombra, ni pan, ni voz humana. Pero él hablaba no a sí mismo, ni al viento. Hablaba al padre, oraba. Era un hombre joven de [música] unos 30 años, con los pies cubiertos por la arena, los labios resecos y los ojos fijos en el cielo. Pero en su interior habitaba algo eterno, una luz que no se apagaba. Aún así oraba no como quien repite palabras vacías, sino como quien respira, como quien necesita volver una y otra vez a ese lugar secreto donde se encuentra el corazón del Padre.

Y lo hacía no por costumbre, sino porque allí, en medio de la nada, la comunión era más real que nunca. Cada madrugada, cuando el cielo aún estaba oscuro [música] y la tierra aún fría, él se levantaba, caminaba despacio sobre las piedras, escuchando los propios pasos, y se alejaba de todo para estar con Dios.

Aún siendo uno con el Padre, oraba al Padre. Aún siendo la palabra, se dirigía a él con palabras. Y en ese gesto, en esa rendición silenciosa, comenzaba a revelarse un misterio que aún no terminamos de comprender. ¿Por qué oraba Jesús? Quizá la respuesta no está en el por qué, sino en el cómo. Él oraba como hombre, pero desde el corazón de Dios.

Era así desde el principio. Incluso cuando la fama comenzó a rodearlo como una nube densa de rumores y esperanzas, Jesús nunca dejó de buscar la soledad para orar. La multitud lo apretaba, los enfermos gritaban su nombre, los discípulos lo seguían con preguntas, pero él se apartaba. Siempre encontraba un momento, un monte, una madrugada.

Siempre había un rincón invisible donde su alma se inclinaba ante el Padre. Una noche, antes de elegir a sus 12 discípulos, subió a una colina en Galilea. Nadie lo vio partir. Llevaba días predicando, sanando, caminando por pueblos llenos de necesidad y polvo. Pero esa noche no descansó. Lucas escribiría más tarde que pasó la noche orando a Dios.

Toda la noche, no un rato, no entre otras actividades, toda la noche. ¿Qué le decía? ¿Qué escuchaba? ¿Qué buscaba alguien que lo sabe todo, que ve el corazón humano como si fuera transparente? Tal vez en esas horas largas bajo las estrellas, el hijo no buscaba información, sino comunión. No necesitaba datos, necesitaba estar cerca, porque aunque era Dios encarnado, su humanidad no era una apariencia.

Sentía el peso de las decisiones, la carga del futuro, la fragilidad del momento. Desde lo alto de aquella colina, Jesús miraba el mundo dormido. Sabía que al amanecer tendría que elegir a los 12 que lo acompañarían, los que escucharían sus palabras, verían sus milagros. y lo abandonarían al final. Y aún así oraba por ellos, por cada uno, por Pedro, que lo negaría, por Judas, que lo traicionaría, por Juan, que se quedaría hasta el final.

Oraba porque amaba y en su oración no había distancia, había intimidad. No era un deber, era su hogar. En Getsemaní, cuando la noche caía como un manto pesado y el aire tenía el sabor metálico de la traición, Jesús volvió a orar. Pero esta vez algo era distinto. No estaba solo, aunque el silencio de sus discípulos dormidos pesaba más que cualquier multitud.

No buscaba simplemente dirección ni refugio. Ahora oraba desde el abismo, desde un lugar donde la angustia se mezclaba con la obediencia. y el sudor se volvía sangre, como si el alma entera estuviera siendo exprimida bajo el peso de lo que estaba por venir. Los evangelios no nos muestran un Jesús elevado, luminoso, triunfante en esta escena.

Lo muestran inclinado, postrado, temblando, suplicando al Padre que, si fuera posible apartara de él aquella copa amarga que ya sentía en los labios. Y sin embargo, entre cada palabra había rendición. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Decía, no como quien cede, sino como quien ama más allá del dolor, como quien comprende que el verdadero poder no está en evitar la cruz, sino en abrazarla por amor.

Es en esta oración donde la humanidad de Jesús se muestra con más claridad, pero también donde su divinidad resplandece con más verdad. Porque solo Dios puede orar así. con el alma desgarrada y la [música] voluntad intacta. Solo Dios hecho hombre puede entrar en la noche más oscura y aún temblando decir sí.

Y quizás al ver esto entendemos que Jesús no oraba porque le faltara algo. Oraba porque su amor era completo. Oraba no como quien duda, sino como quien se entrega. Y al hacerlo, nos reveló el mayor misterio, que orar no es solo hablar con Dios, es unirse a él, aún cuando el silencio parece no tener respuesta.

Pero para comprender por qué esa oración era posible y necesaria, debemos mirar más de cerca a quien oraba, no solo como figura espiritual, [música] sino como persona viva. Porque Jesús no era solo un maestro iluminado, ni una aparición divina entre los hombres. Era humano de carne, hueso, sangre y alma. Y esa humanidad no fue una máscara ni un disfraz sagrado. Fue real.

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