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¡La PASCUA en los tiempos de JESÚS, hace más de 2.000 años, revela secretos que pocos se atreven a contar VL

¡La PASCUA en los tiempos de JESÚS, hace más de 2.000 años, revela secretos que pocos se atreven a contar

La Pascua que Jesús celebró no era una conmemoración distante ni un ritual vacío repetido por costumbre. Era el corazón palpitante de toda la identidad de Israel, el momento en que cada familia judía se detenía ante la historia y la hacía suya. El instante en que el tiempo se doblaba sobre sí mismo y una noche ocurrida más de 1000 años antes se convertía una vez más en la noche de ahora.

En ningún otro momento del año sagrado se sentía con tanta intensidad la presencia de Dios en medio de su pueblo. Y fue en ese contexto preciso, denso de significado y saturado de memoria colectiva, donde Jesús de Nazaret vivió algunas de las horas más decisivas de su ministerio terrenal. Para entender lo que ocurrió en aquella última semana de la vida de Jesús, es necesario entender primero qué era la Pascua para un judío del siglo iero.

No era simplemente una festividad religiosa en el sentido moderno de la palabra. Era la narrativa fundacional de toda una civilización, el relato que explicaba quién era Israel, de dónde venía y a quién pertenecía. Cada elemento del ritual, cada alimento colocado sobre la mesa, cada canto entonado en la oscuridad de la noche, cada copa levantada con solemnidad [música] apuntaba hacia el mismo horizonte.

El Dios que había escuchado el clamor de los esclavos en Egipto y los había sacado con mano poderosa y brazo extendido. Comprender esto no es un detalle académico. Es la llave que abre el verdadero significado de todo lo que Jesús dijo e hizo durante aquellos días. La Pascua, en hebreo Pesaj tenía su origen en un mandato directo de Dios registrado en el libro de Éxodo.

En el capítulo 12, Dios le había ordenado a Moisés establecer esta celebración como una ordenanza perpetua. Las instrucciones originales eran específicas y cargadas de simbolismo. Un cordero sin defecto, macho del primer año, debía ser seleccionado el día 10 del mes de Nissán y sacrificado al atardecer del día 14.

Su sangre debía ser aplicada sobre los postes y el dintel de la puerta de cada hogar. La carne debía ser comida esa misma noche, asada al fuego, acompañada de hierbas amargas y pan sin levadura. No debía quedar nada para el día siguiente. Todo esto no era arbitrario, era lenguaje divino expresado en forma de acción, una pedagogía sagrada que Dios había diseñado para que su pueblo aprendiera con el cuerpo lo que la mente sola no podía contener.

Para el tiempo de Jesús, sin embargo, habían pasado más de 13 siglos desde aquella noche en Egipto. La Pascua había atravesado generaciones, exilios, reconstrucciones, conquistas y reformas religiosas. Lo que Jesús celebró en Jerusalén no era idéntico en todos sus detalles a lo que Moisés había dirigido en los desiertos de Gosén.

Era la misma esencia, el mismo mandato fundacional, pero expresado ahora a través de tradiciones y rituales que se habían desarrollado y enriquecido con el tiempo, muchos de ellos codificados por los rabinos y practicados con una precisión meticulosa que convertía cada gesto en teología vivida. Esta tensión entre el mandato original y la tradición acumulada es uno de los elementos más fascinantes de la Pascua en el tiempo de Jesús y entenderla ilumina con nueva luz muchos de los momentos del Evangelio. Uno de los datos

más sorprendentes que pocos conocen sobre la Pascua en el siglo iero es la escala verdaderamente asombrosa del sacrificio en el templo de Jerusalén. Las fuentes históricas de la época, incluyendo el historiador judío Josefo, registran cifras que resultan casi difíciles de imaginar. Durante el periodo pascual, Jerusalén no recibía a unos pocos miles de peregrinos.

La ciudad, que en tiempos normales tenía una población de entre 50,000 y 80,000 habitantes, se veía desbordada por oleadas de peregrinos que llegaban de toda Judea, de Galilea, de la diáspora en Egipto, en Babilonia, en Grecia y en Roma. Las estimaciones conservadoras hablan de entre 100,000 y 200,000 personas adicionales en la ciudad durante la semana de Pascua.

Algunas fuentes antiguas hablan de cifras aún mayores. La ciudad entera se convertía en un organismo vivo y jadeante, pulsando con el movimiento de decenas de miles de personas que habían venido a encontrarse con Dios en el único lugar donde, según la ley, el sacrificio pascual podía realizarse. El monte del [música] templo.

El templo de Jerusalén en tiempos de Jesús no era el modesto santuario de los primeros tiempos del regreso del exilio. Era una de las estructuras más imponentes del mundo mediterráneo, fruto de la ambición arquitectónica de Herodes el Grande, quien había comenzado su reconstrucción y ampliación alrededor del año 20 antes de Cristo.

La plataforma del templo, conocida como el monte del templo, había sido artificialmente expandida para crear una explanada rectangular de proporciones monumentales. Sus muros exteriores estaban construidos con bloques de piedra caliza de un tamaño que todavía hoy provoca asombro en los arqueólogos.

Algunos de esos bloques pesan cientos de toneladas. El recinto exterior, el atrio de los gentiles, era lo suficientemente grande como para albergar a decenas de miles de personas al mismo tiempo. Era aquí, en este espacio de grandeza calculada, donde Jesús había volcado las mesas de los cambistas y había expulsado a los vendedores de animales, declarando que la casa de su padre había sido convertida en cueva de ladrones.

Pero para entender por qué esa escena era tan cargada de significado, hay que comprender el sistema económico que giraba en torno al templo durante la Pascua. Los peregrinos que venían de tierras lejanas no podían traer sus propios animales durante semanas de viaje. Necesitaban comprar sus corderos o palomas directamente en Jerusalén.

Además, el templo tenía su propio impuesto anual, el medio ciclo, que debía pagarse en moneda específica del templo, no en las monedas romanas o griegas que la mayoría de la gente usaba en su vida cotidiana. Los cambistas existían para facilitar ese intercambio. El problema no era el servicio en sí, sino la forma en que ese servicio se había corrompido, convirtiéndose en un sistema de extracción económica que pesaba especialmente sobre los pobres y los peregrinos que venían desde lejos.

Cuando Jesús actuó en el templo, no estaba simplemente perturbando el orden público, estaba haciendo una declaración profética sobre la santidad del espacio sagrado y sobre la traición a los propósitos originales de Dios para su casa. La preparación para la Pascua comenzaba mucho antes del día del sacrificio.

En las semanas previas al mes de Nissán, las familias comenzaban el proceso de búsqueda y eliminación de todo leudado de sus hogares, una práctica conocida en hebreo como bedicat chamets. La levadura, el chamets, representaba simbólicamente el pecado y la corrupción, y su eliminación del hogar era una preparación física que expresaba una disposición espiritual, el deseo de entrar en la Pascua limpio, renovado, sin el peso de lo que había fermentado y corrompido en el alma durante el año.

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