“La Maestra” vuelve al centro de la polémica tras resurgir impactantes rumores sobre el supuesto oscuro secreto que habría destruido para siempre a su propia familia
Y en esa hora, sentada en una silla de madera frente al escritorio de la directora, Elva Ester escuchó una explicación que ya nadie da hoy en voz alta dentro del sistema educativo mexicano. Doña Aurelia le explicó que el sueldo del Estado era apenas la base, que encima de ese sueldo había otras cosas, cuotas mensuales para el partido oficial y apoyos forzados para el delegado regional del PRI, además de asistencia obligatoria a cada miting que convocara la sección sindical y que si Elva Baester quería pizarrón nuevo, Tisa
para todo el año y libros para los niños, tenía que entender desde el primer mes cómo funcionaba ese segundo sueldo. paralelo que el gobierno mexicano había construido durante medio siglo alrededor del magisterio. El Baester salió de esa oficina sin decir una palabra. Caminó las cuatro cuadras que separaban la escuela de su cuarto rentado.
Esa noche, según contó muchos años después una compañera maestra de aquella escuela, no encendió la luz ni salió a cenar. se quedó sentada sobre la cama mirando la pared durante 6 horas y a las 5 de la mañana, antes de que saliera el sol, ya tenía clara la decisión que iba a marcar el resto de su vida adulta. Iba a aprender exactamente cómo funcionaba ese segundo sueldo y después iba a ser quien decidiera cuánto cobraba cada quien dentro de él.
A los 20 años se afilió al sindicato. Para los 25 había escalado hasta la dirigencia local de Chiapas. Y a los 44, en abril de 1989, ocurrió la conversación que cambió por completo el resto de su vida. Esa conversación se mantuvo en secreto durante años. se hizo dentro de una habitación cerrada de Los Pinos y en esa habitación había tres personas, pero el contenido exacto de lo que se dijo ahí dentro está dentro de la misma caja fuerte de Polanco que mencioné al principio y sigue sin abrirse hoy, casi 40 años después, porque la persona que
entró a esa habitación, siendo una dirigente sindical de segundo nivel, salió convertida en la mujer más poderosa de México y nadie en tres décadas de cobertura periodística sobre Elva Baer Gordillo ha conseguido reconstruir exactamente lo que pasó esa tarde de abril. Pero antes de llegar a esa habitación de Los Pinos, hay otra cosa que necesita saber, porque a los 34 años, Elva Baer había dado a luz a una niña que iba a ser durante el resto de su vida la única persona en el mundo por la que estaba dispuesta a
romper sus propias reglas. Esa niña se llamó Mónica Riola Gordillo y 39 años después su muerte iba a doblar a la mujer más poderosa de México de una forma que ni 5co años de cárcel habían conseguido. Mónica nació un sábado de noviembre de 1974 dentro de un hospital del seguro social en la ciudad de México.
Su padre, Justo Lozano, era un compañero maestro con el que Elva Ester había vivido casada durante apenas 3 años. El matrimonio terminó casi al mismo tiempo que el embarazo y cuando Elbava Ester salió del hospital con la niña en brazos, ya estaba sola. Para los compañeros de Elva Ester en la dirigencia del Cente, aquella maternidad fue una sorpresa incómoda.
Ella había construido su imagen pública alrededor de la idea de una mujer que ponía la lucha sindical por encima de cualquier vida privada. Tener una hija recién nacida en casa rompía ese personaje. Pero Elbaester tomó una decisión en esos primeros meses que terminó marcando todo lo que vino después.
Decidió que Mónica nunca iba a cargar con el costo de su carrera. Le pagó a una nana de su pueblo para que viviera dentro de su casa los si días de la semana. le construyó una habitación con cuna nueva y una biblioteca infantil más grande que la suya propia, y se aseguró de que cada día, sin importar cuántas reuniones tuviera o cuántos viajes hiciera fuera de la Ciudad de México, regresara antes de las 9 de la noche para darle a la niña el biberón final.
Esta es la primera cosa que casi nadie cuenta sobre Elva Ester Gordillo, que durante los primeros años de Mónica fue la madre más obsesiva del país y que esa obsesión la siguió hasta el día en que enterró a su hija. Pero también es donde empieza la grieta. Porque mientras Elva Ester alternaba reuniones sindicales con biberones nocturnos, dentro del C había un hombre que llevaba 20 años manejando el sindicato con puño de hierro y ese hombre tenía sus propios planes para el futuro del poder magisterial en México.
Se llamaba Carlos Jonguitud Barrios. Era el secretario general del CE desde 1972. Tenía 60 años en 1985 y había construido dentro del sindicato una estructura paralela llamada vanguardia revolucionaria, que funcionaba como su brazo armado interno. Vanguardia decidía qué dirigente subía dentro del sindicato y cuál se quedaba congelado durante 10 años en el mismo cargo.

Y Elbaester durante 15 años había sido una de las dirigentes locales que más rápido escalaba dentro de esa estructura. Carlos Jonguitud Barrios la humilló por primera vez delante de testigos un sábado de marzo de 1985 durante un congreso nacional extraordinario del CErado dentro del auditorio Plutarco Elías Calles en Ciudad de México.
El Baester había pedido palabra para presentar una propuesta de reorganización de cuotas sindicales en los estados del sureste. Jonguitud le concedió el micrófono con un gesto leve de la mano y mientras ella explicaba su proyecto delante de 3000 delegados magisteriales, él se levantó de la silla de la presidencia, caminó lentas hasta el atril donde estaba.
Ella le quitó el micrófono con la mano derecha y dijo delante del auditorio, sin levantar la voz, una sola frase que se reprodujo dentro del sindicato durante los siguientes 30 años. La frase fue esta. Las maestras de Chiapas hablan cuando se les pide hablar y ahora mismo no se les está pidiendo.
El Baester bajó del estrado sin responder. Caminó hasta su asiento con los aplausos calculados de los dirigentes fieles a Jongwiitud sonando detrás de su espalda. Y según contó después una de las dos personas que estaban sentadas a su lado en esa fila, cuando se sentó sacó una pluma del bolso, abrió su libreta de notas y escribió una sola palabra en mayúsculas subrayada tres veces.
La palabra era congreso. Esa fue la primera anotación, según el testigo, de la carpeta amarilla que 3 años después contendría los 428 nombres. Pero a partir de 1986, según contaron después dos exdirigentes seccionales que trabajaron en esa época, Jonguitud empezó a desconfiar todavía más de ella.
La encontraba demasiado ambiciosa para una mujer de su generación y la acusaba en privado de coquetear con los políticos del PRI por su cuenta sin pasar por su autorización. La consecuencia fue concreta. le redujo el presupuesto de su sección de Chiapas a la mitad durante todo el año 1987. El Baester, según esos mismos exdirigentes, no respondió en público.
Lo que hizo fue empezar a construir en silencio una lista de nombres, una lista de dirigentes sindicales en los 32 estados del país que estaban hartos de honguitud y que estarían dispuestos a respaldar a otra persona si esa persona aparecía con suficiente fuerza política detrás.
Esa lista estuvo guardada dentro de una carpeta amarilla durante los siguientes 3 años y cuando la sacó por primera vez del cajón en abril de 1989, ya tenía 428 nombres anotados. Para entender lo que pasó después, tienes que entender quién acababa de ganar las elecciones presidenciales en julio de 1988. Carlos Salinas de Gortari, 40 años economista formado en Harvard, ganador de las elecciones más cuestionadas en la historia moderna del país, en las que el sistema de cómputo del IFE se cayó la noche del 6 de julio durante las horas
críticas del conteo de votos. Salinas asumió la presidencia el primero de diciembre de 1988 con un problema enorme. Carecía de legitimidad. Millones de mexicanos estaban convencidos de que las elecciones se habían robado a Cuaemoc Cárdenas, el candidato de la oposición. Y Salinas necesitaba aliados rápidos, leales y capaces de garantizarle gobernabilidad durante los 6 años de su mandato.
Uno de esos aliados tenía que controlar al sindicato más grande de América Latina, el CT. John Witud, que había apoyado a otro candidato dentro del PRI antes de la nominación de Salinas, no estaba en la lista de aliados que el nuevo presidente quería heredar. Lo que vino después se ha contado durante años como un movimiento espontáneo de bases magisteriales que pidieron el cambio en la dirigencia.
La versión real, según versiones recogidas por dos periodistas que cubrieron el sexenio de Salinas no se parecen nada a esa. La versión real es que en algún momento de marzo de 1989, alguien dentro del círculo cercano de Salinas hizo llegar a Elva Baer una invitación. No era una invitación oficial ni firmada ni dirigida directamente a su nombre.
Era una llamada telefónica de un hombre que solo se identificó como un asesor presidencial y le pedía que se presentara sin acompañantes, sin abogados y sin avisar a nadie del Cé en una entrada lateral de la residencia oficial de Los Pinos. Un martes de abril a las 4 de la tarde, Elva Ester llegó puntual.
llegó vestida con un traje sastre azul marino sin maquillaje y con la carpeta amarilla con los 428 nombres dentro de un portafolios de cuero negro. En la habitación había, según las versiones que han llegado hasta hoy, tres personas: Carlos Salinas de Gortari, Manuel Camacho Solís su mano derecha, y un tercer hombre cuya identidad sigue sin ser pública casi 40 años después.
Ese tercer hombre es uno de los caramelos sin abrir de esta historia. Su nombre está dentro del documento que Elva Ester firmó esa tarde y vamos a entender por qué su anonimato fue parte del precio del pacto antes de que termine este video. La reunión duró según la única referencia de tiempo que ha dado El Baer en una entrevista privada de 2019, 2 horas 47 minutos.
Salieron de esa habitación con un acuerdo escrito sobre la mesa. Lo firmaron los cuat. Salinas se quedó con una copia, Camacho con otra, el tercer hombre con la tercera. Y Elbaester se llevó la cuarta dentro del mismo portafolios negro con el que había entrado. Esa cuarta copia es la que terminó dentro de la caja fuerte de Polanco 23 días después, el 23 de abril de 1989.
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Las bases magisteriales del CE convocaron un congreso nacional extraordinario y depusieron a Carlos Jonguitud Barrios de la Secretaría General. Jongitud, sin avisar a nadie, había renunciado dos horas antes a la presión presidencial. Su lugar lo ocupó por aclamación Elva Ester Gordillo Morales. Tenía 44 años.
Llevaba 15 días sin dormir y acababa de convertirse en la mujer más poderosa de la educación pública en América Latina. Lo primero que hizo El Baer alas asumir la dirigencia del Cente fue reorganizar el aparato interno del sindicato a su medida. Disolvió vanguardia revolucionaria. sustituyó a 79 dirigentes locales por gente de su entera confianza y creó en menos de 6 meses una nueva estructura paralela llamada Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación.
Esa estructura iba a funcionar durante los siguientes 24 años como su ejército personal dentro del sindicato. Pero el verdadero cambio no se vio dentro del Cente, se vio fuera porque a partir del verano de 1989, los 2 millones de maestros agremiados al sindicato empezaron a votar en cada elección federal y estatal, exactamente por donde Elbaester les decía que votaran y como cada maestro arrastraba consigo en promedio entre tres y cinco votos familiares.
El bloque controlado por ella se convirtió en uno de los más decisivos del país. Durante el sexenio de Salinas, ese bloque votó disciplinadamente por el PRI en cada elección y a cambio, Elbaester obtuvo cosas que ningún dirigente sindical en la historia mexicana había obtenido antes. Obtuvo presupuesto, mucho, pero las cifras exactas de lo que recibió él durante los 6 años de Salinas no se conocieron públicamente hasta 21 años después.
Y cuando salieron a la luz en 2010, dieron una idea aproximada de lo que costaba realmente el silencio de la mujer más poderosa de México. Las cifras eran las siguientes. Entre 1989 y 1994, el CE recibió por encima del presupuesto regular transferencias adicionales del gobierno federal que sumaban 2,800 millones de pesos en valores de la época.
Ninguna de esas transferencias pasó por auditoría pública. Ninguna se reportó en la cuenta oficial del gobierno federal. Y según el análisis posterior hecho por la organización Mexicanos primero, una parte significativa de ese dinero terminó dentro de cuentas bancarias personales registradas a nombre de Elba Ester o de empresas vinculadas a su entorno familiar.
Esa fue la primera capa del precio que Salinas pagó por su alianza. La segunda capa fue más sutil y más perversa porque a partir de 1992, Salinas empezó a impulsar una reforma educativa silenciosa que descentralizaba el control del sistema escolar federal y lo entregaba a los gobiernos estatales. Eso fortalecía en teoría la posición de cada gobernador frente al magisterio local.
Pero lo que en realidad fortalecía era la posición de El Baester dentro de cada estado, porque cada gobernador necesitaba a la dirigencia seccional del Cente para mantener la paz educativa y la dirigencia seccional de cada uno de los 30 y dos estados respondía directamente a la oficina central de Elva Ester en Ciudad de México.
Para 1994, cuando terminó el sexenio de Salinas, Elbaester controlaba 32 secciones estatales del Cente, 268 subsecciones y un aparato de aproximadamente 15,000 dirigentes intermedios que respondían de manera vertical a su oficina personal. Y mientras tanto, en casa, Mónica cumplía 20 años. Pero el ascenso económico de Elba Ester tuvo un costo personal que durante muchos años se mantuvo en silencio.
Mónica empezó a notar desde los 14 años que su madre vivía dentro de una jaula invisible que ningún reportero del país conseguía describir con precisión. Mónica creció con tres cosas que la mayoría de los hijos de políticos mexicanos no tenían. La primera, escoltas armados las 24 horas. La segunda, transporte propio con chóer asignado desde los 14 años.
La tercera, prohibición absoluta de mencionar el trabajo de su madre dentro de cualquier conversación social en la escuela o en sus círculos de amigos. Esa última regla fue impuesta personalmente por Elva Baer en 1988 cuando Mónica tenía 14 años y la razón que dio para imponerla, según contó después una tía cercana de la familia, fue concreta.
Lo que yo hago no te tiene que tocar nunca. Pero la tocó a partir de 1995, cuando Mónica entró a la Facultad de Derecho de la UNAM, empezó a recibir presiones constantes de compañeros que la usaban como vía de acceso para llegar a su madre. Le pedían favores, le pedían recomendaciones, le pedían reunión. Y cuando ella se negaba, según contaron después dos compañeros de generación que la trataron de cerca, recibía mensajes desagradables llamadas anónimas y en una ocasión una amenaza directa de un grupo de jóvenes que se decían vinculados a
una facción rival del Cente dentro del PRI. El Baester se enteró de esa amenaza específica una noche de marzo de 1996. Y según contó esa misma tía cercana, muchos años después, la mujer más poderosa del país hizo esa misma madrugada dos llamadas telefónicas. La primera, para asignar a Mónica una segunda escolta personal compuesta de cuatro agentes con porte de armas.
La segunda, según contolatía, fue una llamada mucho más larga, mucho más oscura, dirigida a alguien dentro del aparato judicial mexicano. Y dos semanas después, los cuatro jóvenes que habían amenazado a Mónica desaparecieron por completo de los registros oficiales de su universidad. Nadie volvió a verlos, nadie volvió a preguntar.
Y aquí es donde podemos abrir por primera vez en este video lo que de verdad estaba escrito dentro del documento firmado en Los Pinos en 1989, porque ese documento era un contrato de tres puntos, cada uno con cláusulas específicas y firmas en cada hoja. El primer punto establecía que el Baester obtenía, a perpetuidad mientras viviera, el control absoluto del SEN.
El segundo punto establecía que ella a cambio garantizaba que los maestros del país votarían por el PRI durante todos los procesos electorales venideros. Y el tercer punto, el que ningún periodista mexicano ha conseguido reconstruir en 40 años, era un anexo personal, un anexo que la familia presidencial firmó como cláusula privada.
Y en ese anexo, según las versiones recogidas por una sola persona que llegó a leerlo, había un nombre, un nombre que no era el de Elva Ester ni el de Salinas, era el nombre de una niña de 14 años, Mónica. El anexo establecía que la familia presidencial garantizaba la protección absoluta de Mónica Arriola Gordillo durante todos los años en que Elva Ester mantuviera el pacto.
Cualquier intento contra ella sería respondido por el sistema judicial mexicano con todos los recursos del Estado. Y a cambio, Elbaester firmaba algo más oscuro. que si en algún momento ella decidía romper el pacto, la protección sobre Mónica desaparecería de manera inmediata. Y esto es lo que sostiene todo lo que vas a escuchar en la segunda mitad de este video.
Porque 24 años después de que Elva Baer firmara ese anexo, en el 2013, ella tomó una decisión que terminó rompiendo el pacto sin que ella se diera cuenta hasta varios meses después. La decisión fue oponerse dentro de Los Pinos a la reforma educativa de Enrique Peña Nieto. Y a partir del momento en que esa oposición se hizo pública, según las versiones que han llegado hasta hoy, la protección sobre Mónica se levantó.

Mónica empezó a sufrir sin saberlo. Los primeros síntomas de un cáncer que apareció, según el propio oncólogo que la atendió en Houston, más rápido de lo habitual para alguien con su perfil clínico. Vamos a volver a esto antes del final. Por ahora basta con saber que esa tarde de abril de 1989, dentro de la habitación cerrada de Los Pinos, Elva Ester Gordillo firmó por escrito que la vida de su única hija quedaba ligada al cumplimiento estricto del pacto que acababa de aceptar y que durante 24 años cumplió ese pacto al pie
de la letra hasta que dejó de cumplirlo. Los años entre 1995 y el año 2000 fueron los más opulentos de la vida de Elba Ester Gordillo. La estructura económica que había construido alrededor del Cente se convirtió en términos prácticos en una fortuna personal disponible para ser gastada de manera ilimitada y ella la gastó.
compró un departamento en La Joya, San Diego, California, en la calle Coastwalk, con vista directa al océano Pacífico. El precio de compra fue de $,200,000 en efectivo. Lo decoró con muebles importados de Italia y desde 1996 hasta 2013 pasó dentro de ese departamento, según los registros migratorios estadounidenses, un promedio de 90 días al año.
Compró un rancho en Coahuila para criar caballos pura sangre. Compró seis humers blindados de uso personal y empezó a coleccionar zapatos de diseñador de manera sistemática, con preferencia particular por la marca italiana Salvatore Ferragamo. Para 2010, según el inventario que hizo la PGR después de su arresto, su colección personal contenía más de 400 pares de zapatos con un valor estimado de $,00000.
Pero el dato más asombroso de esos años no son los Ferragamo, es algo que pocos periodistas han querido publicar. Elbaester Gordillo gastó entre el año 2000 y el año 2012 142,000 en cirugías estéticas. La cifra está documentada porque uno de los cirujanos que la operó, el Dr. Ricardo Castañeda, llevó un registro detallado de las intervenciones para fines de su propio archivo profesional.
Castañeda murió en 2019 y su archivo, según versiones recogidas por dos periodistas mexicanos, terminó en manos de un fideicomiso privado al que muy pocas personas tienen acceso. Las cirugías incluyeron, según ese mismo archivo, cuatro liftings completos de rostro, 12 sesiones de relleno facial, tres operaciones de implante mamario y una intervención de elongación facial en 2008 que cambió de manera permanente la estructura ósea de su rostro.
La razón que Elva Ester dio en privado a Castañeda para esa última intervención, según el registro que él dejó, fue concreta. No quiero que nadie reconozca a la niña que llegó de Chiapas. Esa frase dicha dentro de una clínica privada en Polanco es una de las pocas confesiones íntimas que se han documentado de Elva Ester Gordillo y muestra algo que ningún reportaje periodístico sobre ella ha logrado capturar nunca con palabras.
que durante todos esos años de poder absoluto había una niña de 7 años con piso de tierra debajo de los pies que seguía sentada dentro de su cabeza y que esa niña la miraba cada mañana cuando se ponía los ferragamo. Pero el lujo desbocado no era el único patrón visible. Había otro patrón mucho más oscuro, mucho más callado, que solo se hizo evidente cuando empezaron a desaparecer personas alrededor de ella.
personas que durante años habían trabajado en su entorno cercano. El primer caso documentado ocurrió en septiembre del 2000. Mauricio Soto Rivera, contador personal de Elba Ester durante los 7 años anteriores, anunció a su esposa que iba a dejar el trabajo y a denunciar dentro del Ministerio Público las cuentas paralelas que él había administrado por orden directa de la dirigente sindical.
Soto Rivera nunca llegó a presentar la denuncia. Apareció muerto un lunes a las 10 de la mañana dentro de su coche, estacionado frente a su propia casa en la colonia del Valle. La causa oficial de la muerte fue suicidio por arma de fuego. Su esposa, según contó después una hermana de la víctima, llevaba meses pidiéndole que abandonara el trabajo con el Baest Ester y se mudara con ella a Querétaro.
El segundo caso ocurrió en mayo de 2004. Adriana Garza, jefa de prensa interna del CNE durante 12 años, decidió renunciar y aceptar una oferta para trabajar en la oficina de prensa del PAN. Garza tampoco llegó a su nuevo trabajo. Murió tr días después de la renuncia en un accidente automovilístico en la autopista México Cuernavaca.
Su vehículo, un Volkswagen Jetta Sedán del año, perdió los frenos en una curva descendente. Su hermano hizo una investigación privada y encontró que los frenos del coche habían sido revisados profesionalmente 6 días antes del accidente y estaban en perfecto estado de operación. Y el tercer caso ocurrió en agosto de 2007.
Pedro Mauricio Iglesias, abogado fiscal de confianza absoluta de Elva Ester durante 15 años. fue encontrado muerto dentro de la habitación de un hotel en San Diego, causa oficial parocardía. Pero los exámenes toxicológicos, según contó un familiar del abogado en una entrevista de 2014, mostraron una concentración inexplicable de digokina en su sangre.
La digoshina es un medicamento cardíaco que puede provocar un paro fulminante si se administra en dosis altas a una persona sana. Ninguno de los tres casos llegó nunca a una investigación judicial profunda y nunca se publicó en ningún medio nacional, ninguna línea que conectara la muerte de los tres con su empleadora. Pero hay un detalle que conecta los tres casos y ese detalle es la prueba más concreta que existe de cómo funcionaba el sistema personal de poder de Elba Ester Gordillo durante los años de mayor opulencia. Los tres habían tenido acceso
en distintos momentos de su trabajo a la caja fuerte de Polanco. Es la primera vez que aparece dentro de este video una mención al contenido específico de esa caja, pero no es la última, porque el cuarto caso conectado con la caja fuerte, el que cierra el patrón, es uno que ocurrió mucho más tarde y la víctima fue alguien por la que Elva Ester estaba dispuesta a dar la vida.
Vamos a llegar a eso en unos minutos. Mientras tanto, en términos políticos, los años entre 2000 y 2012 fueron los más interesantes de la carrera de Elva Ester Gordillo, porque coincidieron con el final del régimen priista, la llegada del PAN al poder con Vicente Fox en el año 2000 y la presidencia siguiente de Felipe Calderón.
Y Elva Baester, contra todo pronóstico, sobrevivió políticamente a las dos administraciones panistas. sobrevivió porque hizo en cada una de las dos elecciones presidenciales una jugada que ningún sindicalista mexicano había hecho antes. En el año 2000, Elba Ester operó dentro del Seente para que los maestros votaran masivamente por Vicente Fox del PAN, traicionando al PRI que la había puesto en el poder 11 años antes.
Lo hizo porque calculó que el PRI iba a perder esa elección y porque entendió que su poder personal era más valioso para el ganador que su lealtad ideológica. Calculo correcto. Fox ganó. Y como recompensa, Elbaester recibió de la nueva administración el control de la Lotería Nacional, 35,000 plazas administrativas en la Secretaría de Educación y un crédito político personal con la familia Fox que se mantuvo durante todo el sexenio.
En 2006 hizo lo mismo con Felipe Calderón. Movió los votos magisteriales hacia el PAN en una elección que se ganó por menos de un punto porcentual. sobre Andrés Manuel López Obrador. Calderón le pagó esa lealtad con la subsecretaría de educación básica para uno de sus operadores, el control del Iste para otro de sus aliados y la creación del partido Nueva Alianza, dirigido oficialmente por Mónica Arriola Gordillo.
Y aquí es donde Mónica entra por primera vez dentro de la maquinaria política de su madre. Una decisión que Elva Ester tomó en 2006 cuando Mónica tenía 31 años y que ella misma confesó ya en prisión que fue el peor error de toda su vida. Hay una escena de aquella semana que solo conocen tres personas. La cuenta la asistente personal que trabajaba con Mónica en esos años, una mujer llamada Lorena Bárenas, y la grabó en su memoria con tanta nitidez que 21 años después todavía describe los detalles.
Fue un miércoles por la noche. Mónica entró sin avisar al despacho de su madre en la planta alta de la casa de Polanco, con los papeles del registro electoral del nuevo partido apretados contra el pecho. El Baester estaba sentada detrás del escritorio firmando documentos uno tras otro con una pluma mon blan negra.
Mónica le pidió que le mirara a la cara. Elbava Ester levantó la vista, pero no soltó la pluma. Mónica, según contó Bártenas, le dijo cuatro frases seguidas con la voz quebrada. La primera fue una petición. Mamá, no me uses para esto. La segunda fue una explicación.
Yo no quiero ser presidenta de ningún partido. Yo quiero ejercer derecho. La tercera fue una advertencia. Lo que tú estás firmando me va a perseguir el resto de mi vida. Y la cuarta, la que rompió a su madre durante aproximadamente 11 segundos, fue una sola pregunta. ¿Tú crees que yo no entiendo de quién es esta idea? Elva Ester dejó la pluma sobre el escritorio, caminó hacia su hija, le puso las dos manos sobre los hombros y le dijo, según el relato que dio Bársenas en 2019, una frase que nunca había dicho en voz alta delante de nadie en 21 años. Yo no estoy
firmando con ellos, yo estoy firmando para que ellos no firmen contigo. Mónica no entendió esa frase aquella noche. Tardó 12 años más en entenderla. ya dentro de una habitación del hospital ABC con una bomba de morfina conectada al brazo y para entonces ya era demasiado tarde para cambiar nada. Pero esa noche del 2006, dentro del despacho de Polanco, Mónica firmó los papeles que la convirtieron en presidenta nacional de Nueva Alianza.
Lo hizo llorando y según contó Bárcenas los firmó con la misma pluma Montblanc negra con la que su madre había firmado el acuerdo en Los Pinos 17 años antes. La creación del partido Nueva Alianza fue una operación política conjunta entre Felipe Calderón y Elba Ester Gordillo. Calderón necesitaba un partido satélite que canalizara votos hacia el PAN sin que esos votos pasaran directamente por la caja oficial.
El Baester necesitaba un vehículo electoral propio que le permitiera tener representación parlamentaria sin depender de la voluntad de los partidos tradicionales. Y Mónica necesitaba, según contó después un amigo cercano de la familia, una salida profesional que la sacara del peso permanente de ser hija de su madre. Las tres cosas se resolvieron en una sola decisión.
Nueva Alianza se registró oficialmente en enero de 2006 con Mónica Arriola Gordillo como presidenta nacional. Tenía 31 años, era abogada por la UNAM y según ella misma confesó a periodistas amigos años después no quería estar ahí, pero su madre se lo pidió como un favor personal y eso dentro de la familia Gordillo era lo único que Mónica nunca pudo negar.
Durante los siguientes 6 años, Mónica encabezó nueva alianza con disciplina, pero sin entusiasmo. Asistió a cada congreso, firmó cada acuerdo y apareció en cada acto público al lado de su madre con la sonrisa que las cámaras esperaban. Mientras tanto, según contaron después tres personas que trabajaron en su oficina, se quejaba en privado de algo que solo entendía dentro de la familia.
Decía que el partido había sido un error desde el primer día. que su nombre estaba pegado a una operación que ella no entendía completamente, ¿no? Y que algún día, según le repetía a su secretaria personal, todo eso iba a regresarle por la espalda. En diciembre de 2012, Enrique Peña Nieto asumió la presidencia de México.
Volvió el PRI a Los Pinos después de 12 años fuera y Peña Nieto durante su campaña había prometido a la sociedad mexicana una reforma educativa que terminaría con el control sindical absoluto sobre el sistema escolar del país. El Baester, según contaron después dos exgobernadores pristas, recibió esa promesa con cierto desdén.
calculó, como había calculado antes con Fox y Calderón, que el nuevo presidente iba a necesitar sus votos magisteriales para gobernar. calculó que la reforma educativa sería una negociación más como tantas otras en la que ella pondría sus condiciones y obtendría concesiones. Calculó mal porque Peña Nieto venía con instrucciones específicas de hacer caer durante los primeros 100 días de su gobierno a la mujer más poderosa de la educación pública mexicana.
Y esas instrucciones, según las versiones que han llegado hasta hoy, no se las dio el propio presidente, se las dio una persona que estuvo sentada en una habitación cerrada de Los Pinos en abril de 1989. Carlos Salinas de Gortari. Salinas, durante los 24 años posteriores a la firma del pacto, había mantenido una relación tensa con el Baer.
Habían pactado durante el sexenio de Salinas. habían convivido durante los exenios de Fox y Calderón, pero a partir del año 2010, según versiones recogidas por dos periodistas que cubrieron al expresidente, Salinas empezó a considerar que Elbaester era una carga política, que su nivel de exposición pública la convertía en un riesgo y que su control sobre el sindicato había evolucionado hacia algo que ya no se parecía al pacto original, que firmaron en 1989, cuando Peña Nieto ganó la presidencia.
Sasina, según las mismas versiones, recomendó al nuevo presidente que la sacara del poder dentro del primer trimestre de gobierno y le dio una razón concreta. El Baester, sin saberlo, Salinas, había empezado a hablar con grupos de oposición al PRI sobre la posibilidad de respaldar a otro candidato en las elecciones del 2018.
Esa información llegó a Peña Nieto la última semana de enero de 2013 y dos semanas después el operativo de detención ya estaba listo. El día anterior al arresto, el 25 de febrero de 2013, Elbaester tuvo una cena privada en Polanco con tres personas. Una de esas personas, según contó muchos años después, la vio sacar de su escritorio una libreta de tapas duras y empezar a escribir números encima del mantel.
Esos números, según el testigo, eran las cifras exactas que Elbaester pensaba pedir esa misma semana a cambio de aceptar la reforma educativa de Peña Nieto sin oponerse públicamente. La cifra principal era 20,000 millones de pesos en transferencias adicionales al Cente durante los siguientes 3 años. La cifra secundaria era el control de la Secretaría de Educación Pública para uno de sus operadores de confianza.
Pero esa lista de números nunca llegó a salir de su libreta, porque al día siguiente, a las 7:42 de la noche, cuatro hombres con gabardinas oscuras subieron a su jet privado en el aeropuerto de Toluca y le pusieron las esposas. El operativo lo dirigió personalmente el procurador general de la República, Jesús Murillo Kam.
La orden judicial estaba firmada por la titular del juzgado 16º de distrito en materia penal. Y los cargos eran tres. Delincuencia organizada, operación con recursos de procedencia ilícita y desvío de 2000 millones de pesos del Cente. El Baester, según contaron después dos agentes que estuvieron en el operativo, no se resistió, no gritó.
Lo único que hizo dentro del jet fue voltear hacia la ventanilla y mirar fijamente las luces del aeropuerto durante los 6 minutos que duró el traslado al hangar policial. Y según uno de esos agentes contó después, en una entrevista de 2016, antes de bajar del jet, le dijo una frase a su asistente personal que estaba a su lado, “Lleva esto a Casa de Mónica esta misma noche.
No se lo entregues a nadie más.” Lo que ella le entregó al asistente dentro de un sobre cerrado fue un objeto físico que vamos a entender en las próximas secciones de este video. Elbaester pasó esa primera noche dentro de una celda del centro femenil de readaptación social Tepepán en Shochimilco. Tenía 67 años.
Llevaba puestos los ferragam que después se convertirían en el símbolo de su caída. Y durante las siguientes 72 horas, según contó la abogada que finalmente la representó, se mantuvo en silencio total, sin comer ni dormir, sentada con la espalda recta contra el muro de cemento de la celda. Su vida pública se había terminado.
Lo que empezaba era otra cosa, algo mucho más oscuro. La celda número 14 del módulo de alta seguridad de Tepepán medía 2 m con20 cm de ancho por 3,50 de largo. Tenía un catre metálico atornillado al piso, un lavabo de acero inoxidable, una taza sanitaria sin tapa y una ventana de 40 cm con barrotes verticales por la que entraba luz natural desde las 7 de la mañana hasta las 5 de la tarde.
Esas fueron durante los primeros 11 meses las medidas exactas del mundo en el que vivió la mujer más poderosa de México. custodias a su pabellón. Según contaron después dos de ellas en una entrevista colectiva de 2019, recibieron instrucciones específicas el día que ingresó.
La primera, no dirigirle a la palabra salvo para indicarle horarios de comida o de visita. La segunda, no permitirle conservar ningún objeto personal dentro de la celda más allá de los uniformes reglamentarios. La tercera, mucho más reveladora del temor que generaba dentro del propio sistema penitenciario, fue revisarle físicamente las manos cada 6 horas para confirmar que no estaba escribiendo nada sobre las paredes ni sobre su propio cuerpo.
El Baest Ester obedeció las dos primeras reglas, la tercera la rompió a los 14 días. Una de las custodias encontró dentro del borde de la manga derecha de su uniforme una palabra escrita con tinta de bolígrafo robada. La palabra era un nombre y ese nombre, según contó la misma custodia muchos años después pertenecía a nadie del entorno público de Elba Ester Gordillo.
La custodia entregó el uniforme al director del reclusorio. El director, según el procedimiento estándar, debió archivarlo dentro del expediente disciplinario de la interna, pero no lo hizo. Lo que hizo, según la misma custodia, fue cerrar la oficina con llave, fotografiar la prenda y enviar las fotos por mensajero esa misma tarde a una dirección particular en la colonia Condesa.
La dirección, según versiones recogidas por un periodista que cubrió el caso en 2017, correspondía a una casa de seguridad operada por el Sisen. El Baester nunca supo, según contó después la custodia, que ese nombre había salido del reclusorio 40 minutos después de haber sido escrito sobre la manga del uniforme. Era el nombre del tercer hombre.
El Baester pasó 5 años bajo distintas modalidades de detención, los primeros 11 meses dentro de Tepep. Después, por una serie de razones médicas certificadas por los doctores del propio reclusorio, fue trasladada a un hospital privado en el sur de la Ciudad de México, donde pasó 3 años más bajo custodia y los últimos meses ya en arresto domiciliario, los cumplió dentro de su propia casa en Polanco.
Durante esos 5 años, Mónica visitó a su madre todos los miércoles sin falta, sin importar el clima, sin importar si los hijos pequeños de Mónica estaban enfermos o si ella misma tenía obligaciones políticas que cumplir. Cada miércoles a las 11 de la mañana entraba al hospital o al departamento bajo custodia, se sentaba en una silla al lado de la cama y le contaba a su madre durante tres o cu horas cómo iban las cosas afuera.
Una de esas tardes, en agosto de 2017, Mónica le mencionó a su madre algo que llevaba semanas inquietándola. Le dijo que había empezado a sentir un cansancio que no le quitaba el sueño, que se levantaba cansada, que las piernas le pesaban subiendo escaleras, que el cabello se le caía en mechones cada mañana en la regadera, pero que los exámenes médicos rutinarios no mostraban nada anormal.
Elva Ester la escuchó con atención y le pidió esa misma tarde que se hiciera un estudio completo, no con su médico habitual, con un especialista privado que ella misma le recomendó, un oncólogo de un hospital de Houston, Texas. Mónica viajó a Houston dos semanas después. El primero de septiembre de 2017 recibió el resultado de la biopsia, cáncer pulmonar agresivo o tipo carcinoma de células pequeñas en etapa avanzada.
Pronóstico de vida estimado en 6 a 9 meses sin tratamiento. Con tratamiento agresivo hasta 18 meses. Mónica nunca había fumado. No tenía antecedentes familiares conocidos de cáncer pulmonar. no había estado expuesta a sustancias industriales y la rapidez con la que el cáncer se había desarrollado, según el propio oncólogo de Houston, era atípica para alguien de su perfil clínico, pero el cáncer estaba ahí y avanzaba más rápido que cualquier tratamiento.
Ester, según contó después esa misma tía cercana que ya he mencionado, recibió la noticia dentro de su departamento bajo custodia con una serenidad que asustó a todos los que estaban con ella. No lloró, no gritó. Lo que hizo esa misma noche fue pedir su libreta personal y empezar a anotar nombres. los nombres de personas que ella consideraba responsables directa o indirectamente de lo que le estaba pasando a su hija.
Esa lista, según contó la tía, ocupó dos páginas completas y la última línea de la segunda página, escrita con letra más grande que las anteriores, era una sola palabra, una palabra que Elva Ester nunca había escrito en voz alta delante de nadie en 29 años. La palabra era Salina. La última conversación que tuvieron madre e hija ocurrió un sábado, el 10 de marzo de 2018, 8 días antes de la muerte de Mónica.
El Baest Ester llegó al hospital ABC con autorización judicial especial, acompañada de dos agentes federales y de una enfermera privada. Subió a la habitación 611 y se quedó dentro durante 47 minutos. Mónica estaba conectada a una bomba de morfina por el dolor torácico. Apenas podía hablar, pero según contó después la enfermera privada que estuvo presente durante toda la visita, alcanzó a decirle a su madre cuatro frases completas y una palabra suelta.
La primera frase fue una pregunta. ¿Tú firmaste algo por mí? El Baer, según la enfermera, no respondió. le acomodó la almohada y le dio un beso en la frente. La segunda frase de Mónica dicha 5 minutos después fue concreta. Cuando salgas, abre la caja fuerte. Necesito que abras la caja fuerte. Elva Ester asintió con la cabeza sin abrir los labios.
La tercera frase fue la más larga y la más dolorosa. Hay un sobredentro que yo metí en el 2008. Si no está cuando lo busques, ya sabrás quién se lo llevó. Y aquí aparece dentro de esta historia el caramelo más perturbador de todos, porque el sobre vacío que Elba Ester encontró 10 años después dentro de su caja fuerte de Polanco no fue, como ella creyó al principio, un sobre que ella misma hubiera metido en 2003.
Era un sobre que Mónica había escondido ahí dentro en algún momento de 2008, sin avisarle a su madre por razones que solo ella conocía. La cuarta y última frase completa de Mónica esa tarde de sábado fue dirigida no a su madre, sino al techo de la habitación. La dijo con los ojos cerrados, según la enfermera, justo antes de quedarse dormida por el efecto de la morfina. Fue esta.
Yo nunca quise meterme en política, pero ellos se metieron en mi vida desde antes de que yo supiera contestar. La palabra suelta llegó 30 minutos después, cuando Elbava Ester se estaba poniendo de pie para retirarse. Mónica abrió los ojos durante dos segundos, miró fijamente a su madre y pronunció esa única palabra.
Era el mismo nombre que Elva Ester había escrito sobre la manga de su uniforme dentro de Tepepán 5 años antes. Era el nombre del tercer hombre. Elbava Baest Ester salió de la habitación 611 sin decir una palabra. caminó por el pasillo del hospital con los ferragam haciendo eco contra el piso de mármol. Subió a la camioneta federal que la esperaba en la salida lateral y según contaron después los dos agentes que la trasladaron de regreso al arresto domiciliario, durante los 20 minutos de camino no habló ni movió las manos. mantuvo la
vista fija en el respaldo del asiento delantero del vehículo como si estuviera leyendo algo invisible sobre el cuero. Mónica murió el 18 de marzo de 2018 dentro del hospital ABC de Polanco. Tenía 47 años. Dejó dos hijos pequeños, una pareja que la había acompañado durante los últimos 15 años de su vida y a una madre que en ese momento estaba bajo arresto domiciliario a 12 cuadras del hospital.
El Baest Ester asistió al funeral con autorización judicial especial. Llegó escoltada por dos agentes federales. Llevaba puestos los Ferragamo. Tenía el cabello recién hecho y no soltó la mano de Mónica desde que entró al velorio hasta que cerraron el ataúd 8 horas después. Según contó la misma tía, mientras el ataúdía hacia la tumba en el panteón privado, Elva Ester susurró una frase que solo escucharon dos personas.

Esa frase que nunca ha sido publicada en ningún medio mexicano fue esta. Tres copias firmaron ese día. La de Salinas está enterrada, la de Camacho está enterrada, pero la tercera no se ha movido. Esa frase es la prueba más concreta de que Elva Ester Gordillo, en el momento exacto en que enterraba a su hija, ya había entendido que el pacto firmado en abril de 1989 todavía estaba en operación y que quien lo había activado contra Mónica no era una persona muerta, era una persona que seguía sentada casi 30 años después en una posición de poder dentro del aparato
mexicano. Tercera copia. Esa tercera copia, la del tercer hombre, cuya identidad sigue sin ser pública casi 40 años después. Es uno de los caramelos sin abrir de este video y vas a entender quién era ese hombre en las próximas dos secciones. El Baester regresó esa misma tarde a su arresto domiciliario y durante los siguientes 4 meses, según contó después su abogado de cabecera, no aceptó visitas, no atendió llamadas y no firmó ningún papel relacionado con su caso judicial.
se metió dentro de sí misma, según el abogado, como nunca antes en su vida, hasta que en agosto de 2018, finalmente el juez le concedió la libertad absoluta y al salir de prisión, Elba Ester encontró dentro de su propia casa algo que cambió la manera en que vio el pacto firmado 30 años antes. La casa de Elba Ester Gordillo en Polanco no había cambiado durante los 5 años que ella estuvo bajo custodia.
Su asistente personal, una mujer llamada Beatriz Domínguez, había mantenido la casa exactamente igual que el día del arresto. Los muebles en los mismos lugares, los cuadros en las mismas paredes, la colección de zapatos dentro de los mismos closets y la caja fuerte de Polanco escondida dentro de una pared falsa del despacho privado de Elba Ester, también seguía cerrada.
Lo primero que hizo El Baester al entrar a la casa el 7 de agosto de 2018 fue subir directo al despacho. Tardó 18 minutos en abrir la caja fuerte y cuando finalmente lo hizo, según contó después la propia Beatriz Domínguez, soltó un grito tan agudo que se escuchó hasta el piso de abajo.
Adentro había exactamente lo mismo que ella había guardado en 1989. La cuarta copia del documento firmado en Los Pinos. la carpeta amarilla con los 428 nombres de los dirigentes sindicales que respaldaron el cambio en el CT y un sobre que ella había metido dentro de la caja. Según conto después, exactamente 10 años antes de su arresto, ese sobre no debió haber estado vacío.
Dentro del sobre, según el inventario que El Baer hizo esa misma noche, debían estar tres objetos. El primero, un disco compacto con una grabación de audio. El segundo, un sobre más pequeño con fotografías. El tercero, una nota manuscrita, pero el sobre estaba vacío. Los tres objetos habían desaparecido y la única persona que había tenido acceso a la caja fuerte durante esos 5 años, además de Elba Ester misma, era Beatriz Domínguez, la asistente que llevaba 19 años trabajando con ella, la mujer en la que más confiaba en el mundo. Y aquí es donde se
conecta todo, porque Beatriz Domínguez no había abierto la caja fuerte, no había podido. El Baester había sido la única persona con el código, pero la caja fuerte tenía un sistema de seguridad biométrico secundario basado en huella digital que Elva Baester había instalado en 2008 después de los tres casos que mencioné en la sección anterior.
Y ese sistema, según los registros del proveedor que lo instaló, había sido activado una sola vez durante los 5 años de ausencia de Elva Baester, exactamente un mes antes de la muerte de Mónica. La huella digital registrada en ese acceso. Según los registroso oficiales que un investigador privado consiguió en 2019, no correspondía a nadie del entorno cercano de Elva Baester.
Correspondía a un nombre que no aparecía en ninguno de los archivos personales de la familia Gordillo. Correspondía a un hombre cuya identidad solo coincidía dentro del aparato del estado mexicano con una sola sombra. Un hombre que durante seis sexenios distintos, mientras los presidentes cambiaban de partido y de bandera, mantuvo el mismo escritorio dentro del mismo edificio gris de la calle Constituyentes, vigilando desde ahí, sin moverse de su silla en 40 años, cada vida que entraba o salía del sistema de inteligencia
mexicano, un hombre cuyo nombre completo solo lo conocen, hoy una decena de personas. Y de esas 10 personas, ocho ya están enterradas. Y aquí cierra el primer caramelo de este video, porque el tercer hombre que estuvo sentado en aquella habitación cerrada de Los Pinos en abril de 1989, el que firmó la tercera copia del documento, el que vendió a Mónica 29 años después, sigue vivo, sigue sentado dentro de ese edificio y sigue cobrando, según las versiones que han llegado hasta hoy, los favores firmados durante
los sexenios anteriores. Su nombre fue confirmado, según versiones que han llegado hasta hoy, por dos fuentes independientes durante 2020, pero ningún medio mexicano ha publicado ese nombre por escrito, porque la persona sigue viva y porque, según el propio investigador privado que reconstruyó parte de la historia, hacerlo público equivaldría hoy mismo a una sentencia de muerte para quien lo dijera primero.
El Baester tardó 4 meses en confirmar a través de canales privados lo que había pasado. Cuando lo confirmó, en diciembre de 2018 hizo dos cosas. La primera, una llamada telefónica a un viejo conocido dentro del aparato priiststa para verificar que la información era correcta. Lo era. La segunda, según contó después su abogado de cabecera, fue mucho más oscura.
pidió por primera vez en 30 años una audiencia privada con Carlos Salinas de Gortari. Salinas la recibió. La cita ocurrió, según el abogado, durante la primera semana de enero de 2019 dentro de una casa privada en San Ángel. Duró 40 minutos y según los pocos detalles que se han filtrado de esa reunión, Elbaester le mostró a Salinas el sobre vacío que había encontrado dentro de su caja fuerte y le pidió una sola cosa.
Le pidió el nombre completo del tercer hombre. Salinas no respondió, pero tampoco negó la pregunta. Lo que hizo, según las versiones, fue mirarla durante casi un minuto entero en silencio. Después se puso de pie, caminó hacia la ventana y le dijo una frase que Elbaester reconoció de inmediato, una frase que él le había dicho exactamente igual en aquella habitación cerrada de Los Pinos 30 años antes.
Algunos pactos están diseñados para sobrevivir a los que los firman. Esa fue toda la respuesta que El Baer recibió. salió de esa casa convencida de dos cosas. La primera, que el tercer hombre seguía protegido por una estructura aquella ya no podía tocar. La segunda, que la muerte de Mónica nunca había sido casualidad.
Había sido el precio que ella misma firmó dentro del anexo confidencial de 1989, cuando aceptó que la protección sobre su fija desapareciera el día en que ella rompiera el pacto. Y ella, sin saberlo, había roto el pacto en algún momento entre el año 2010 y el 2012. La mujer que durante 24 años decidió quién enseñaba en cada escuela pública de México, murió políticamente con Mónica.
Lo que sobrevive de ella hoy es otra cosa. Una mujer de 80 años que sigue viviendo dentro de la misma casa de Polanco, con la misma caja fuerte abierta dentro del despacho y con la certeza absoluta de que el secreto que firmó hace casi 40 años no terminó cuando enterraron a su hija. Sigue activo, sigue protegiendo al tercer hombre y sigue esperando, según las versiones que han llegado hasta hoy, una cuarta firma para cerrarse.
Esa cuarta firma, según contó después uno de sus colaboradores cercanos en una entrevista privada, sería la confesión pública de Elva Ester Gordillo, describiendo con detalle ante notario, lo que ocurrió en Los Pinos en abril de 1989. Esa confesión no se ha producido y según contó su abogado en 2024, no va a producirse mientras Elva Ester siga viva.
Lo que escribió la mujer más poderosa de México sobre una hoja de papel en 1989, sigue casi 40 años después vivo. Sigue funcionando dentro del Estado mexicano, sigue cobrando víctimas y va a seguir haciéndolo hasta que la última persona que firmó esa tarde deje de respirar. Beatriz Domínguez. La asistente personal que había administrado la casa durante los 5 años de ausencia de Elbaester, eh dejó el trabajo el día siguiente a la reunión de San Ángel.
Lo hizo sin despedirse, sin avisar y sin recoger los meses de sueldo pendientes. Le dejó una nota escrita a mano sobre la mesa del comedor con 11 palabras: “Doña, ya nada más yo le puedo cuidar la casa.” Después tomó un vuelo a Mérida, donde vivía una hermana, y nunca regresó a la ciudad de México. Tres semanas después, Beatriz Domínguez apareció dentro de un hospital público yucateco con un diagnóstico de derrame cerebral fulminante.
Tenía 59 años, presión arterial normal y ningún antecedente cardiovascular en su historia clínica. Murió 40 horas después del ingreso sin recuperar la conciencia. Su cuerpo fue cremado a petición de su hermana, según los registros del Servicio Médico Forense del Estado de Yucatán, y los pocos objetos personales que llevaba consigo, según la misma hermana, fueron entregados a la familia dentro de una bolsa plástica sellada.
Adentro había una identificación oficial, 200 pesos en efectivo, un rosario de madera y un sobrecerrado dirigido a Elva Ester Gordillo. Ese sobre nunca llegó a su destinataria. La hermana de Beatriz, según contó después en una entrevista privada de 2022, lo destruyó esa misma tarde porque doña Beatriz le había pedido que ningún papel suyo terminara en manos de esa señora.
Existe una imagen que sobrevive de Elva Ester Gordillo, tomada el primero de agosto de 2018, el día que finalmente salió en libertad. En la foto se ve a una mujer de 73 años con el cabello impecable, los ferragamo nuevos puestos y una sonrisa cuidadosamente armada para las cámaras. sale por la puerta de su casa de Polanco con un ramo de flores blancas entre los brazos y al fondo, casi fuera del encuadre, se ve a Beatriz Domínguez observando con el ceño fruncido.
Esa imagen captó algo que ningún reportero entendió esa tarde. capturó el momento exacto en que una mujer que había construido su vida sobre el control absoluto se daba cuenta de que el único pacto que de verdad importaba lo había firmado sin entender lo que estaba firmando y que la única persona que lo entendió completamente había muerto 4 meses antes dentro del hospital ABC a 12 cuadras de su casa.
Hay una pregunta que cierra esta historia y que ningún periodista mexicano se ha atrevido a hacerle a Elba Ester Gordillo a la cara durante los últimos años. ¿Habría firmado ese papel sabiendo que terminaría enterrando a su hija? La respuesta, según los pocos que la han escuchado hablar de Mónica en privado, no es la que cualquier persona esperaría.
Elva Ester dice en voz baja cuando alguien menciona el nombre de su hija, que cualquier madre que haya crecido lavando ropa en una azotea durante 30 años entendería lo que ella firmó esa tarde de abril, porque el dinero, según le explicó alguna vez a una sobrina cercana, sigue siendo lo único que evita que te traten como a un perro.
hasta el día en que descubres que también puede convertir a tus propios hijos en monedas de cambio. Si esta historia te hizo pensar en alguien que cargó durante años con un secreto desiado pesado para nombrarlo, mándale este video esta noche. A veces saber que la historia se está contando es la primera forma de empezar a cargar menos.
Pero antes de cerrar, hay algo más que tienes que ver. Porque mientras Elba Ester Gordillo construía su imperio dentro del Cente durante los años 80, en el otro extremo del país había otro hombre con un poder absoluto y muy parecido al suyo. Un hombre que durante 30 años decidió qué cantantes y qué actrices entraban a la casa de cada familia mexicana cada domingo a las 6 de la tarde.
Un hombre que, igual que El Baester, guardaba dentro de una libreta negra los nombres de las personas que iba a destruir, si se atrevían a contradecirlo. Su nombre era Raúl Velasco y la verdad que escondió durante esos 30 años terminó pudriéndolo por dentro hasta dejarlo amarillo, hinchado y mudo en una habitación cerrada de Acapulco.
Acabamos de publicar el documental completo con todo lo que pasó. Lo tienes en este canal. Mira la verdad que lo pudrió en vida.