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El alto precio de la suerte: Era vendedora ambulante, atrapó a un heredero andaluz y ahora su avariciosa familia amenaza con destruir el matrimonio perfecto

El alto precio de la suerte: Era vendedora ambulante, atrapó a un heredero andaluz y ahora su avariciosa familia amenaza con destruir el matrimonio perfecto

PARTE 1: EL FIN DE LA TRANQUILIDAD

El sol de media tarde caía a plomo sobre los inmensos jardines del Cortijo de los Lirios, tiñendo las hojas de los olivos centenarios de un dorado casi líquido. Carmen suspiró, recostándose en la tumbona de diseño italiano que, según su marido, costaba más que el piso de protección oficial en el que ella se había criado en el barrio de Vallecas. Cerró los ojos y dejó que la brisa cálida de la campiña andaluza le acariciara el rostro. Aún le costaba creer que aquella fuera su vida. A sus veintiocho años, había pasado de vender abanicos de plástico a tres euros a los guiris deshidratados frente a la Giralda, a ser la señora de la finca, la esposa de Alejandro de las Heras y Fitz-Soto, heredero de una de las fortunas aceiteras más antiguas del sur de España.

Y lo más loco de todo no era la cuenta corriente con más ceros de los que ella sabía pronunciar sin trabarse. Lo verdaderamente insólito, lo que aún la hacía pellizcarse cada mañana al despertar entre sábanas de lino egipcio de ochocientos hilos, era que Alejandro la quería. La adoraba con una devoción casi perruna. No la veía como la “choni” que dio el braguetazo del siglo, como susurraban las arpías de sus tías y primas de la alta sociedad en el club de campo. Él veía a la chica rápida, ingeniosa y descarada que le había vendido un abanico defectuoso una tarde de agosto a cuarenta grados, haciéndole reír a carcajadas hasta que le invitó a una caña.

—Mi amor, ¿en qué piensas? —La voz profunda y suave de Alejandro la sacó de sus ensoñaciones.

Carmen abrió un ojo. Allí estaba él, vestido con unos pantalones chinos color arena y una camisa de lino blanco remangada hasta los codos, con el pelo ligeramente alborotado y esa sonrisa que derretiría los polos. Llevaba una bandeja de plata con dos copas de cristal de Bohemia y una botella de fino muy frío.

—En que si me llegas a decir hace tres años que iba a estar aquí, bebiendo vino caro y viendo a un pavo real pasearse por mi jardín como si fuera el dueño del cortijo, te habría mandado a tomar por saco —respondió ella con una sonrisa, sentándose y aceptando la copa.

Alejandro soltó una carcajada limpia y se sentó en el borde de su tumbona, acariciándole la rodilla con ternura.

—Ese pavo real se llama Felipe, y técnicamente es parte del inventario de la familia desde hace tres generaciones. Pero tú eres la dueña de todo esto, Carmen. De Felipe, de los olivos, y de mí. Sobre todo de mí.

Ella le dio un sorbo al fino. Estaba helado y perfecto. Todo era perfecto. Quizás demasiado. En su antigua vida, cuando las cosas iban demasiado bien, significaba que la hostia que estaba a punto de llevarse iba a ser monumental. Era una ley no escrita de la calle. Si un día vendías cincuenta abanicos, al siguiente te caía una inspección o te robaban la mercancía. Y la felicidad que sentía ahora mismo, esa paz absoluta, le producía un cosquilleo de ansiedad en la boca del estómago que no sabía cómo apagar.

—Alejandro… —empezó, dudando un instante—, ¿seguro que tu madre no va a montar un número en la cena de la gala benéfica de mañana? Ya sabes que doña Cayetana me mira como si fuera una mancha de grasa en su vestido de seda.

—Mi madre es una esnob, cariño, pero no es tonta. Sabe que si te falta al respeto, me pierde a mí. Y por encima de su clasismo está el miedo a que el apellido se manche con un escándalo familiar. Tú solo sé tú misma. Con tu gracia y tu desparpajo te meterás a todos esos estirados en el bolsillo. Y si no, los mandamos a freír espárragos.

Carmen se inclinó para besarle. Olía a colonia cara y a campo. Iba a responderle que a lo mejor mandar a freír espárragos a los duques de Montemayor no era el mejor movimiento diplomático, cuando un ruido ensordecedor rompió la serenidad de la tarde.

No era el canto de un pájaro, ni el zumbido de un tractor a lo lejos. Era el rugido ahogado y asmático de un tubo de escape reventado. El sonido venía del camino de grava que conectaba la carretera principal con la entrada del cortijo.

Los dos giraron la cabeza hacia la verja de hierro forjado. Por el inmaculado camino, levantando una nube de polvo blanco que hizo toser a Felipe el pavo real, avanzaba a trompicones un Seat León amarillo pollo, con la pintura descascarillada, pegatinas de discotecas de la ruta del bakalao en el cristal trasero y un alerón que parecía pegado con cinta americana. El coche frenó en seco frente a la escalinata principal, derrapando y esparciendo grava por todas partes. La música a todo volumen, un reguetón machacón y distorsionado por unos altavoces reventados, se detuvo abruptamente cuando el conductor apagó el motor.

A Carmen se le heló la sangre en las venas. La copa de cristal de Bohemia tembló en su mano y unas gotas de vino frío se derramaron sobre su vestido de diseño.

—¿Esperábamos a alguien, mi vida? —preguntó Alejandro, frunciendo el ceño, genuinamente confundido. Pensaba que quizás era algún jardinero nuevo, aunque el protocolo exigía entrar por la puerta de servicio.

—No puede ser… —susurró Carmen, sintiendo que le faltaba el aire—. Dime que es una alucinación. Dime que me han echado algo en el vino.

Las cuatro puertas del Seat León se abrieron simultáneamente, como si el coche estuviera vomitando a sus ocupantes.

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