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¡Así era el SÁBADO SANTO en tiempos de la BIBLIA, en el año 33 d.C. en Jerusalén, entre la cruz y la resurrección de Jesús VL

¡Así era el SÁBADO SANTO en tiempos de la BIBLIA, en el año 33 d.C. en Jerusalén, entre la cruz y la resurrección de Jesús

En Jerusalén, ese sábado no era un sábado cualquiera. Era el sábado más extraño que la ciudad había conocido en toda su historia, un día suspendido entre dos mundos, entre una muerte que había sacudido la tierra y una mañana que nadie todavía podía imaginar. Las calles estaban quietas, los mercados cerrados, los hogares sellados por la ley del descanso y, sin embargo, algo en el aire no era el silencio ordinario del séptimo día, era otro tipo de silencio.

Un silencio que pesaba, que preguntaba, que no encontraba respuesta en ninguno de los textos sagrados que los escribas habían memorizado desde la infancia. Porque nadie en Jerusalén, ni el sumo sacerdote en su palacio, ni el discípulo más cercano en su escondite, tenía categorías para lo que acababa de suceder.

El día anterior había muerto un hombre al que muchos llamaban el hijo de Dios. Y ahora el sábado caía sobre esa muerte como una losa de piedra, obligando a todos a quedarse quietos con lo que no podían comprender. Para entender lo que fue ese sábado, hay que entender primero lo que era el sábado en la vida de un judío del siglo iero. No era simplemente un día libre, no era una pausa en la rutina laboral, no era lo que la modernidad llama descanso.

El sábado era una institución teológica viva, una declaración semanal de que Dios había creado el mundo en seis días y había descansado en el séptimo, y que su pueblo, al imitar ese descanso, se alineaba con el ritmo eterno del universo. El libro de Génesis lo establece en sus primeras páginas con una solemnidad que no admite negociación.

Así fueron acabados los cielos y la tierra y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo. Y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había creado y hecho. Génesis 2 13. Esas palabras no eran para el judío del primer siglo un texto del pasado remoto, eran la constitución del tiempo mismo.

Cada sábado era una renovación de ese momento original, una participación en el descanso de Dios, una afirmación de que la creación tenía un creador y que ese creador era fiel. El sábado comenzaba en Jerusalén en el momento preciso en que el sol se ponía el viernes por la tarde, cuando los sacerdotes del templo hacían sonar el shofar desde lo alto de la muralla para anunciar a toda la ciudad que el tiempo sagrado había comenzado.

Ese sonido recorría las callejuelas del barrio bajo. Subía por las laderas del monte de Sion, llegaba hasta los hogares del barrio de los sacerdotes y se filtraba en cada casa donde una mujer encendía las lámparas del sábado y pronunciaba la bendición sobre la luz. En ese instante, todo se detenía. Las tiendas cerraban, los talleres enmudecían, los viajes se interrumpían.

La ley rabínica había desarrollado a lo largo de los siglos un sistema elaboradísimo de restricciones que definían con precisión, casi matemática, qué estaba permitido y qué no durante las 24 horas siguientes. No se podía cargar un peso mayor que un higo seco. No se podía escribir más de dos letras. No se podía encender un fuego ni apagarlo.

No se podía caminar más de 2000 codos, aproximadamente 900 m fuera de los límites de la ciudad. Estas restricciones no eran vividas como una carga por los judíos devotos, sino como un privilegio, como la señal exterior de una alianza interior con el Dios que había separado Israel de todas las naciones precisamente mediante el sábado.

Y sin embargo, ese sábado en particular, el sábado del 14 de Nissán del año 33 de nuestra era, llevaba sobre sí un peso que ninguna ley rabínica había anticipado. Porque el día anterior, un viernes que había comenzado como la preparación ordinaria para el sábado, había ocurrido algo que había alterado el eje sobre el que giraba la ciudad.

Jesús de Nazaret, el rabí galileo, que había llegado a Jerusalén días antes entre aclamaciones de palmas y os anas, había sido juzgado, condenado y ejecutado. Y ahora su cuerpo descansaba en una tumba nueva, sellada con una piedra grande en un jardín cercano al lugar de la ejecución. Sus discípulos estaban dispersos, aterrados, escondidos detrás de puertas cerradas en algún rincón de la ciudad o en los alrededores.

Las mujeres que lo habían seguido desde Galilea habían visto dónde lo enterraban y habían vuelto a preparar especias aromáticas, pero la llegada del sábado las había detenido en seco. El evangelio de Lucas lo registra con una economía de palabras que contiene un mundo entero. Y vueltas prepararon especias aromáticas y ungüentos y reposaron el sábado conforme al mandamiento. Lucas 23:56.

Ese reposo conforme al mandamiento es uno de los detalles más conmovedores de toda la historia evangélica. Incluso en su desolación, incluso con el corazón roto por lo que habían presenciado, las mujeres guardaban el sábado. La ley tenía esa fuerza sobre el corazón judío fiel. El dolor no dispensaba del mandamiento y así con las especias preparadas y los corazones destrozados se sentaron y esperaron.

Hay que imaginar Jerusalén en ese sábado con la mayor fidelidad histórica posible para comprender el peso de lo que ocurría. La ciudad en tiempos de Jesús era una metrópolis religiosa de primer orden en el mundo antiguo, con una población que en los días normales rondaba los 100,000 habitantes, pero que durante las fiestas de peregrinación, como la Pascua, podía multiplicarse varias veces.

Peregrinos de todas las regiones del Imperio Romano y más allá llenaban cada espacio disponible, desde las posadas del barrio comercial hasta los patios de las casas de parientes lejanos. y las tiendas de campaña montadas en las colinas que rodeaban la ciudad. La semana de Pascua era el momento culminante del calendario religioso judío, la conmemoración de la liberación de Egipto, el evento fundacional de la identidad nacional e Israel y su celebración convocaba a todo judío que pudiera hacer el viaje.

El templo que dominaba el horizonte noreste de la ciudad desde su plataforma artificial de enormes dimensiones, era el corazón alrededor del cual todo giraba, el lugar donde la presencia de Dios habitaba entre su pueblo, el eje sagrado del universo según la cosmovisión judía del siglo iero. Ese sábado, sin embargo, el templo cargaba con algo que sus sacerdotes no podían nombrar sin perturbarse.

la víspera en el momento exacto en que Jesús entregaba el espíritu en la cruz, el velo interior del templo. Esa cortina de lino tejido de extraordinarias dimensiones que separaba el lugar santo del lugar santísimo se había rasgado de arriba a abajo. El evangelio de Mateo lo consigna con precisión. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos de arriba a abajo, y la tierra tembló y las rocas se partieron.

Mateo 27:51. Esa rasgadura no era un accidente ni un símbolo privado, era una señal cósmica. El lugar santísimo era el espacio donde una vez al año, en el día de la expiación, el sumo sacerdote entraba solo con la sangre del sacrificio para hacer propiciación por todo el pueblo. Era el punto de contacto entre la santidad infinita de Dios y la humanidad pecadora.

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