Lo que no vieron fue el dron. Desde las 21 30 horas, un vehículo aéreo no tripulado de vigilancia de la Sedena patrullaba el corredor de la transpeninsular en modo de monitoreo pasivo. Cámara térmica activa. Transmisión en tiempo real hacia el centro de operaciones. A las 21:47, el operador del dron reportó cuatro vehículos estacionados en formación táctica.
En las inmediaciones de Santa Anita. A las 22:03, el dron captó en imagen térmica a los hombres sembrando los artefactos en el pavimento. A las 22:11, las coordenadas exactas del punto de emboscada ya estaban en manos del comandante del convoy de La Sedena. Cuando los soldados se adentraron al sitio a las 23:00 horas, no iban ciegos, iban preparados.
Ese tercer error fue lo último que calcularon mal, porque esa madrugada Harfuch ya tenía todo lo que necesitaba. A las 22:15 horas, en una sala de operaciones en San José del Cabo, un oficial de la Sedena con rango de mayor trazó sobre una pantalla táctil el perímetro de contención, cuatro puntos de bloqueo, dos rutas de acceso al sitio, un corredor de extracción para civiles en caso de fuego cruzado.
El plan no tenía nombre de código elaborado. En el lenguaje operativo, esa noche se llamaba simplemente Operación Santa Anita. A las 22:30 horas, los vehículos militares comenzaron a moverse desde el cuartel base hacia las posiciones asignadas sin sirenas, sin luces de emergencia, a velocidad de crucero civil para no activar los halcones del grupo criminal que monitoreaban el tráfico en la zona.
Cuatro unidades tácticas en dos columnas paralelas. Los elementos vestían equipo nocturno completo, chalecos nivel 4, cascos con sistema de comunicación integrado, visores de visión nocturna activos desde el momento de la salida. El dron seguía en el aire. Llevaba 51 minutos sobrevolando el área cuando los cuatro vehículos del grupo armado continuaban en posición.
Los hombres afuera, algunos apoyados en las carrocerías de las camionetas, uno de ellos fumando. El punto de calor del cigarrillo era perfectamente visible en la imagen térmica. La cámara del dron registró en ese momento siete figuras humanas distribuidas alrededor de los vehículos armados esperando, sin sospechar que desde 800 m de altura cada uno de sus movimientos estaba siendo transmitido en tiempo real a los soldados que se acercaban.
Hay un detalle que los reportes oficiales no mencionan, pero que el análisis de las imágenes de esa noche confirma. El lanzagranadas no estaba escondido en la cajuela de una de las camionetas. Estaba acoplado a un fusil largo en manos de uno de los hombres apuntando hacia el tramo de carretera por donde llegaría el convoy militar.
El operador no necesitaba prepararlo. Ya estaba listo. La granada dentro, el seguro quitado. A las 22:45 horas, el primer punto de bloqueo norte quedó sellado. Dos vehículos militares en posición transversal en la carretera, luces apagadas, motores al mínimo. A las 22:52, el punto de bloqueo sur. A las 22:58, los flancos este y oeste cubiertos por elementos a pie, moviéndose en silencio por el terreno de matorral a ambos lados de la carretera.
El cerco estaba completo. Adentro del perímetro, siete hombres con armamento de guerra seguían esperando a un convoy que, según su plan, llegaría por la carretera principal, pegaría contra los ponchallantas, quedaría inmovilizado y recibiría fuego desde tres ángulos simultáneos. Era una emboscada bien diseñada.
Probablemente la habían ejecutado antes. Probablemente había funcionado antes. Esta vez había una diferencia fundamental. El dron había capturado la posición del hombre con el lanzagranadas a las 2209 horas. Esa imagen fue el dato que cambió el ángulo de aproximación del convoy. En lugar de entrar por el tramo norte de la carretera el que los ponchaylantas tenían bloqueado y hacia donde apuntaba el lanzagranadas, los vehículos militares se dividieron y aproximaron desde el flanco oeste por el terreno de Matorral con los faros apagados y los
elementos a pie adelantados al vehículo. A las 22:59 horas y 40 segundos, el primer elemento militar emergió del matorral a menos de 60 m del grupo armado. Afuera todo parecía normal, adentro ya era demasiado tarde. Las 23:00 horas exactas, Santa Anita, Los Cabos, Baja California Sur. El primer disparo no lo hicieron los soldados.
Uno de los hombres del grupo armado, el que estaba apoyado en el cofre de la segunda camioneta, vio el movimiento en el matorral. No necesitó confirmación, levantó el arma y disparó en dirección al flanco este. Un solo disparo que rompió el silencio de la carretera y detonó lo que siguió. Los primeros 4 minutos fueron de fuego abierto y caos controlado.
El grupo armado abrió fuego desde las cuatro camionetas en dirección a los flancos este y sur, donde habían detectado movimiento. Ráfagas de calibre punto 762 y 5,56 que cruzaban el espacio entre los matorrales y la carretera a velocidades que hacen invisible el proyectil hasta que ya pasó. Los soldados respondieron desde posiciones de cobertura moviéndose en pares, técnica de supresión y avance que busca dividir la atención del enemigo y reducir su capacidad de fuego concentrado.
El dron continuaba en el aire transmitiendo posiciones en tiempo real al comandante del operativo. En esos primeros 4 minutos nadie tenía ventaja clara. La oscuridad y el terreno irregular equilibraban la balanza entre el número de efectivos y el poder de fuego. Fue en el tercer minuto cuando el soldado de 20 años cayó.
Su nombre no ha sido publicado, tiene 20 años. ingresó al ejército mexicano 18 meses antes. Esa noche era su séptimo operativo activo. Las heridas que recibió son descritas en el reporte de la PGJ y como lesiones que ponen en riesgo la vida, lo que en lenguaje médico significa que llegó al hospital con los signos vitales comprometidos.
Lo que ese reporte no dice es que fue el primero en ver el reflejo del lanzagranadas en su visor de visión nocturna y gritar la advertencia por radio que permitió al comandante redirigir el ángulo de aproximación antes del contacto. Ese soldado de 20 años, en el momento en que recibió el impacto, ya había salvado vidas. El segundo elemento herido de 25 años recibió metralla en el brazo derecho durante el intercambio de fuego en el flanco sur.
Sus heridas, según el reporte, no comprometen la vida, pero tardan más de 30 días en sanar. Los siguientes 6 minutos fueron de repliegue enemigo y persecución táctica. Cuando el grupo armado entendió que el cerco no venía de un solo ángulo, sino de múltiples posiciones simultáneas, la lógica de la emboscada se invirtió. Ellos habían preparado el terreno para atrapar a otros.
Ahora eran ellos los atrapados. Los cuatro vehículos intentaron una maniobra de extracción coordinada, dos camionetas hacia el norte, dos hacia el sur, pero los puntos de bloqueo militares cortaron ambas rutas principales. Lo que siguió fue una maniobra desesperada hacia el terreno de Matorral al oeste, abandonando dos de los vehículos en el sitio, abandonando el equipo táctico, abandonando los ponchaylantas sembrados en el asfalto que ya no tenían ninguna función.
El radio de comunicación de onda corta quedó tirado junto a una de las camionetas con el canal aún abierto. Si alguien escuchó del otro lado, no respondió. Los últimos 3 minutos fueron de silencio y contención de daños. Los dos vehículos que lograron avanzar hacia el oeste desaparecieron en la oscuridad del matorral.
El cerco no pudo completarse. Las dos camionetas que bloqueaban el sur debieron abrirse para permitir el acceso de la ambulancia que ya se aproximaba por la transpeninsular. En ese intervalo de 90 segundos, los vehículos en fuga encontraron la única salida que quedaba. El comandante del operativo tomó la decisión correcta.
La prioridad era los heridos, no la persecución en territorio desconocido y oscuro, donde el riesgo de emboscada secundaria era real. Lo que sí quedó en el sitio fue lo más importante. El lanzagranadas abastecido con la granada todavía dentro. El arma que si el soldado de 20 años no hubiera gritado a tiempo, habría convertido esa noche en una masacre.
El comandante del artificio la aseguró personalmente siguiendo protocolo de desactivación en campo. Según el reporte técnico de la PGJE, el aditamento estaba acoplado a un fusil calibre 5,56. Con una granada de fragmentación de 40 mm en la cámara, seguro de disparo desactivado, lista para usar. En el área también quedaron los cinco civiles que nadie esperaba encontrar.
Una mujer de 65 años que conducía su sedán hacia San José del Cabo, un menor de 14 años en el asiento del copiloto del mismo vehículo, un hombre de 36 y una mujer de 43 en otro automóvil que pasaba por el tramo equivocado en el momento equivocado. Y un hombre de California, Estados Unidos, cuyo vehículo quedó detenido en medio del fuego Kusuten Neto cruzado en la transpeninsular.
Ese hombre llegó al hospital con heridas de bala múltiples. A las 2:30 horas de ese domingo, los médicos confirmaron su fallecimiento. Parte operativo, 231 13 horas, amenaza suprimida. Dos elementos militares con heridas de consideración evacuados. Lanzagranadas y armamento asegurados. Objetivo principal, no detenido. Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor.
Los primeros en entrar al perímetro después del cese de fuego no fueron los peritos. Fueron los elementos de seguridad que tenían que confirmar que el área era segura antes de que alguien más pisara el asfalto. Lo que encontraron en esos primeros minutos de revisión no era lo que esperaban, no era solo armamento, era un inventario que contaba una historia.
Las cuatro armas largas aseguradas no eran rifles de cacería, eran fusiles de asalto de uso exclusivo del ejército mexicano, calibres 762 y 5,56 con cargadores abastecidos todavía insertados. Eso significa que sus portadores los abandonaron sin vaciarlos. No tuvieron tiempo o no quisieron arriesgarse a los segundos adicionales que requería recuperarlos.
Cada uno de esos cargadores tiene capacidad para 30 cartuchos. Los peritos contaron más de 200 casquillos percutidos en el asfalto y el matorral adyacente. La traducción humana de ese número es esta: esa noche se dispararon suficientes balas para matar a cada persona en un autobús escolar dos veces. El inventario continuó y cada objeto contó una historia diferente.
Los dos chalecos tácticos abandonados eran nivel tres, diseñados para detener proyectiles de rifle de alta velocidad. No son equipo que se consigue en una ferretería. Su presencia confirma lo que la inteligencia militar ya sabía. Esta célula no era improvisada, tenía recursos, tenía logística, tenía acceso a equipo que normalmente solo porta el ejército.
El radio de onda corta seguía encendido cuando los peritos lo levantaron del suelo. El canal estaba abierto. Alguien del otro lado había estado escuchando el desarrollo del enfrentamiento en tiempo real y había cortado la comunicación en algún momento durante los últimos 3 minutos de la acción. Los técnicos de inteligencia de señales de La Sedena lograron extraer los últimos cuatro registros de transmisión del dispositivo antes de que la batería se diera.
El contenido de esas transmisiones forma parte de la investigación abierta por la PGJE. No han sido publicadas. Los 15 ponchay llantas sembrados en el asfalto fueron retirados uno por uno por elementos de la Guardia Nacional antes del amanecer. Cada uno es un disco de acero con puntas soldadas en todas las direcciones del tamaño de un plato de cena, 15 de ellos cubriendo un tramo de carretera de aproximadamente 40 m.
Cualquier vehículo que hubiera entrado a ese tramo a velocidad normal habría reventado las cuatro llantas en cuestión de segundos, quedando completamente inmovilizado. Era el elemento central de la trampa. Sin los ponchallantas, el convoy podría maniobrar. Con ellos quedaba convertido en un blanco estático, pero lo más valioso no brillaba.
Dentro de la guantera de la tercera camioneta, la que quedó abandonada con la puerta del conductor abierta y el motor apagado, los peritos encontraron un teléfono celular sin contraseña, tres tarjetas SIM adicionales y un folder de plástico negro con documentos internos. El análisis preliminar de esos documentos reveló lo que ningún comunicado oficial ha mencionado.
Había una lista manuscrita con nombres de al menos cuatro ubicaciones en el corredor turístico de Los Cabos. Fraccionamientos, hoteles, un nombre de restaurante, junto a números que los analistas de inteligencia interpretan como cantidades en efectivo o fechas de operación. Ese folder está ahora en manos de la Unidad de Análisis de Inteligencia de La Sedena en La Paz.
Y entonces fue cuando uno de los peritos encontró lo que nadie esperaba. En el asiento trasero de la segunda camioneta, la que tenía las ventanas traseras rotas por el impacto de los proyectiles, había una mochila escolar azul con el logo de un superhéroe en el frente. Cierre roto en la parte superior.
Adentro, dos cuadernos de matemáticas con nombre escrito en marcador negro, un estuche de colores a la mitad y una botella de agua vacía con una calcomanía de dinosaurio. No había ningún niño en el área del enfrentamiento, ningún menor, excepto el de 14 años herido en la carretera que viajaba en un vehículo particular ajeno a la célula, fue reportado como parte del grupo armado.
La mochila no aparece descrita en el comunicado oficial de la Mesa Estatal de Seguridad. No hay explicación para su presencia en ese vehículo. Ese detalle pequeño cuenta una historia grande, una historia que Harf tiene en su expediente y que todavía no termina de cerrarse. El californiano que falleció en esa carretera tampoco tiene explicación oficial todavía.
La PGJ confirmó la investigación por homicidio calificado, confirmó la nacionalidad, confirmó el estado de origen, pero su nombre, su edad, su razón de estar en esa carretera a las 11 de la noche no están en ningún documento público. Y hay una pregunta que los investigadores están haciendo en privado, que nadie ha articulado en voz alta todavía.
Lo que encontraron después no estaba en ningún reporte previo. Omar García Harfou no improvisa sus declaraciones. Cada palabra que elige después de un operativo es una pieza de un mensaje que tiene múltiples destinatarios simultáneos: la prensa, la ciudadanía, los organismos internacionales que monitorean la violencia en zonas turísticas de México y los grupos criminales que van a leer cada sílaba buscando señales de lo que viene.
La declaración que emitió tras el enfrentamiento de Santa Anita fue la siguiente. La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana coordina con la Sedena y la Guardia Nacional para garantizar que ningún grupo criminal consolide control territorial en ningún punto del país. Lo ocurrido en Los Cabos es consecuencia directa de operaciones de inteligencia sostenidas.
Los responsables serán identificados y detenidos. Esta operación no termina con el aseguramiento de esta noche. Cuatro oraciones sin adjetivos, sin nombres. Analicemos cada una. La secretaría coordina con la Sedena y la Guardia Nacional. Harfuch no dice reacciona, dice coordina. Esa palabra es intencional.
Le dice al grupo criminal que lo que vieron esa noche no fue una respuesta improvisada a reportes ciudadanos. Fue coordinación, fue planeación, fue inteligencia previa. le dice al enemigo, “Nosotros sabíamos antes que ustedes dispararan.” Lo ocurrido en Los Cabos es consecuencia directa de operaciones de inteligencia sostenidas.
La palabra clave es sostenidas. No fue un golpe de suerte, fue semanas de trabajo acumulado, las bollas, las frecuencias de radio, el dron. Arfuch está diciéndole a quien quiera escuchar que el sistema de inteligencia que los detectó sigue activo, que no se apaga después del operativo, que mañana sigue igual que ayer.
Los responsables serán identificados y detenidos. No dice los que huyeron, dice los responsables. Hay una diferencia crítica. Los que huyeron son los ejecutores. Los responsables incluyen al que dio la orden, al que está libre, al que esa madrugada ya estaba cruzando el mar en una lancha. rápida mientras sus hombres corrían por el matorral.
Esa tercera oración no fue para la prensa, fue para el náutico. Esta operación no termina con el aseguramiento de esta noche. Esta es la advertencia más directa de las cuatro. Traducida del lenguaje institucional al lenguaje real, dice una sola cosa. Esto apenas empieza y aquí es donde la historia cambia de dirección completamente.
Lo que pasó en Santa Anita no es un incidente aislado, es el síntoma más reciente de una enfermedad que lleva meses avanzando por la península de Baja California Sur que tiene una lógica territorial muy específica. Los Cabos representa para los grupos criminales, lo que representa para cualquier empresa, su mercado más rentable.
El corredor turístico genera flujos de efectivo en dólares que facilitan el lavado de activos a una escala que ninguna plaza del interior del país puede igualar. Hoteles de lujo, restaurantes de alto nivel, marinas con embarcaciones de recreo que entran y salen sin el mismo nivel de escrutinio que un contenedor de carga. El control de esa plaza no es solo territorial.
es financiero. Y cuando dos facciones del mismo cártel se disputan ese control simultáneamente, el resultado inevitable es lo que el gobernador Castro Cosío ha estado describiendo públicamente desde principios de 2025 una guerra de baja intensidad que de vez en cuando produce noches como la de Santa Anita.
El patrón que este operativo confirma es el mismo que Harfush identificó en el operativo enjambre de noviembre de 2024 en Culiacán. Los grupos criminales están adoptando tácticas de emboscada directa contra fuerzas federales como señal de poder territorial, no como estrategia de supervivencia.
No atacan para escapar, atacan para demostrar que pueden atacar. Esa distinción es fundamental porque cambia el perfil de riesgo para la población civil. Una célula que ataca para escapar dispara hacia arriba y corre. Una célula que ataca para demostrar poder monta una posición, sostiene el fuego y acepta el enfrentamiento.
Los civiles en la transpeninsular esa noche no quedaron atrapados en una huida, quedaron atrapados en una demostración de fuerza. Un analista de seguridad consultado por este canal que pidió no ser identificado, describió la situación en BCS con una frase que resume el problema. La zona turística les importa tanto que están dispuestos a defenderla frente al ejército.
Eso cambia todo el cálculo de riesgo. El hallazgo del folder con ubicaciones en el corredor turístico refuerza esta lectura. No era solo una célula de sicarios haciendo guardia en una carretera. Era una célula con inteligencia propia sobre objetivos en la zona hotelera, con hombres con números, con un plan que el enfrentamiento de esa noche interrumpió, pero no destruyó.
Hay una pregunta incómoda que las instituciones no están respondiendo públicamente. Si el dron de la Sedena llevaba más de una hora monitoreando la posición del grupo armado antes del enfrentamiento, ¿por qué no se despejó la carretera transpeninsular para proteger a los civiles que seguían circulando por ese tramo? El menor de 14 años herido, la mujer de 65 años, el californiano que falleció, todos circulaban por una carretera donde la inteligencia militar ya sabía que había un grupo armado con lanzagranadas en posición de emboscada.
Esa pregunta no tiene respuesta en ningún comunicado oficial, pero la pregunta que nadie está respondiendo es esta. Mientras los peritos levantaban los casquillos del asfalto de Santa Anita y los soldados heridos eran trasladados al hospital, había un hombre que ya estaba lejos. El náutico no tiene nombre público, no tiene ficha publicada, no tiene foto en ningún comunicado de La Sedena ni de la Fiscalía de BCS, pero existe en los archivos de inteligencia de la unidad que Harf supervisa directamente desde la
Ciudad de México. es el operador regional de la célula de los chapitos que coordinó la operación de esa noche, el que dio la orden por radio 4 días antes, el que diseñó el punto de emboscada, el que eligió la carretera transpeninsular porque la conoce de memoria desde hace 3 años que lleva operando en la zona.
La noche del enfrentamiento, el náutico no estaba en Santa Anita, estaba a 3,8 km del punto de contacto en un cuarto de hotel en la zona hotelera de Los Cabos. escuchando el desarrollo del operativo por el canal de radio que sus hombres dejaron abierto. Cuando el intercambio de fuego comenzó y quedó claro que la emboscada había fallado, tomó dos decisiones en menos de 4 minutos.
Destruir el teléfono personal que tenía en ese cuarto, el SIM apareció quemado en el baño según fuentes cercanas a la investigación y contactar por un segundo dispositivo al equipo de extracción que tenía en espera en el muelle de la marina más cercana. A las 23:47 horas del sábado, cosito, mientras los soldados contaban sus heridos en Santa Anita y la transpeninsular empezaba a llenarse de patrullas, el náutico abordó una lancha rápida en la oscuridad del Pacífico.
Destino: La paz. Tiempo estimado de cruce, 90 minutos. Para cuando el cerco perimetral de los Cabos quedó completamente sellado al amanecer del domingo, el náutico llevaba horas fuera del municipio. Eso es lo que Harfuch tiene ahora. El radio con las últimas cuatro transmisiones, el folder con las ubicaciones en la zona hotelera,