Sara Montiel Reveló La Verdad Que Anthony Mann Calló
Cuando Sara Montiel habló por fin de Anthony Man, Hollywood entendió que su matrimonio nunca fue un cuento de hadas, sino una mentira que llevaba años enterrada. Lo que estás por escuchar lleva décadas escondido detrás de fotografías oficiales, alfombras rojas y reportajes pagados. Así que si crees que conoces a Sara Montiel y al hombre que la dirigió en Hollywood, prepárate, porque el matrimonio que durante años se vendió como uno de los romances más glamurosos de Hollywood, en realidad tenía debajo otra cosa, una historia
mucho más oscura, mucho más rara y mucho más triste. Y vamos a destaparla pieza por pieza sin saltarnos nada. Hay tres cosas que cualquier persona enamorada de la historia de Sara Montiel se pregunta cuando lee con atención los papeles, los testimonios y los documentos que rodean su matrimonio con Anthony Man.
La primera es, ¿por qué demonios una mujer en la cima de Hollywood, perseguida por estrellas como Gary Cooper y por hombres con fortunas inmensas, terminó casándose con un director que llevaba apenas unas semanas firmando los papeles de su primer divorcio y que estaba postrado en una cama de hospital, convencido de que iba a morir.
La segunda es qué le pasó realmente a esa pareja durante el rodaje de El Cid en Madrid. Una mañana de 1960, cuando Sofía Loren llegó hasta la puerta de la casa que ellos compartían en la calle San Bernardo. Y según los testimonios que se han conocido después, una escena de gritos cambió para siempre el destino de ese matrimonio.
Y la tercera, la más incómoda de todas, la que se ha guardado durante más de medio siglo y que vamos a contar al final de este expediente, es por qué Sara Montiel decidió, ya muy mayor, sentarse a hablar de cosas que nadie esperaba que dijera, cosas que dejaron a sus propios biógrafos sin saber dónde meterse. Tienes a alguien con quien hayas crecido viendo Veracruz, el último cuplé o la violetera, alguien que te enseñó quién era esa mujer manchega que rompió todas las reglas, mándale este video porque lo que vas a escuchar aquí no se cuenta en
los homenajes oficiales y merece que llegue a la gente que la quiso de verdad. Llevo años revisando memorias, libros de los biógrafos autorizados, entrevistas grabadas en televisión española, documentación de archivo y testimonios de personas que estuvieron muy cerca de la actriz Manchega y de su primer marido.
He cruzado los datos del libro Memorias, Vivir es un placer, escrito junto al dramaturgo Pedro Manuel Villora y publicado en el año 2000. He revisado el libro Sara y el ***o, publicado 3 años después junto a Silvia Rodríguez. He leído lo que dejaron los biógrafos sobre Anthony Man, los archivos de la Filmoteca española y las declaraciones que Sara fue dejando caer casi con cuentagotas en los últimos años de su vida.
Y todo eso me ha llevado a una sola conclusión. El matrimonio entre Sara Montiel y Anzony fue durante años la coartada perfecta para tapar dos historias paralelas, dos vidas dolorosas, dos secretos que ninguno de los dos quería que se supieran. Y quien acabó hablando fue ella. Hay que entender quién era ella en 1955. Hay que entender bien quién era esa mujer a la que el mundo conocía como Sara Montiel, pero que en sus papeles seguía siendo María Antonia Abad Fernández, la segunda hija de un matrimonio de labradores manchegos de Campo de Criptana en plena meseta
castellana. una niña que había nacido casi por accidente. Su madre se había quedado embarazada de gemelas cuando la abuela paterna decidió que ese embarazo no debía seguir adelante. La llevaron a una partera que intentó interrumpirlo y el resultado fue que una de las gemelas se perdió. La otra, agarrada a la vida, sobrevivió.
Esa otra, esa que aguantó cuando todo estaba puesto en su contra, era la mujer que años más tarde se llamaría Sara. Cuando llegó a Hollywood en 1954 para rodar Veracruz, ya había hecho su carrera mexicana. 14 películas en apenas 4 años. Había compartido cartel con Pedro Infante. Había sacado pasaporte mexicano en 1951 y había aprendido a fumar puros con Ernest Hemingway en La Habana.

En una de esas anécdotas que ella contaba después con una mezcla de orgullo y diversión. llegó a Estados Unidos siendo una mujer joven, hermosa, de una belleza que cortaba la respiración a todo el mundo y sobre todo una mujer que ya sabía decir que no. Había rechazado el contrato estándar de 7 años de la Columbia.
No quería ser una española encasillada en papeles de gitana o de criada. Quería elegir. Y entonces conoció a Anthony Man. Era 1955. Estaban rodando Serenade, una película musical basada en una novela de James Kane con Mario Lanza, Joan Fontén y Vincent Price en el reparto. Ella interpretaba a una joven mexicana, hija de un torero, enamorada de un cantante con problemas.
Él dirigía. Anthony Man tenía 50 años cumplidos. Sara tenía 28, 22 años de diferencia. Él se había hecho un nombre dirigiendo Cine Negro y Westens. Acababa de filmar La Colina de los Diablos de Acero. Estaba a punto de empezar a soñar con películas grandes, épicas, con presupuestos enormes. Y mientras dirigía a Sara en Serenade, su matrimonio de casi 20 años con Mildretman se estaba haciendo pedazos.
Hay un detalle precioso del rodaje de Serenade que casi nadie cuenta y que explica muchas cosas. Mario Lanza, el protagonista, había sido quien eligió a Sara como su pareja en la película. La eligió porque su hija pequeña, Colín, había visto a Sara en una revista mexicana y le había dicho a su padre que aquella era la mujer más guapa que había visto en su vida.
Esa frase de una niña pequeña le abrió a Sara las puertas de Hollywood. Una niña que no la conocía, que solo la había visto en papel impreso. Le cambió a Sara el destino sin saberlo. Y así llegó al rodaje aquella manchega de 28 años que se iba a encontrar con un director cuyo matrimonio agonizaba. El rodaje de Serene no fue sencillo.
Mario Lanza era famoso por su carácter difícil, por sus problemas con el alcohol, por su temperamento volcánico. Anthony Man había sido advertido por sus agentes y por la Warner Brothers de que no se metiera en aquella producción, pero él aceptó. Tiempo después, Man reconoció en una entrevista que aquel proyecto fue casi un milagro que se terminara.
Y aún así, el director valoró el talento del tenor en algunas escenas, sobre todo cuando cantaba Arias de Otello de Verdi. El propio Man dio cuenta en el rodaje de que había aceptado el proyecto por puro sentimiento, por darle una oportunidad a cuando todo el mundo le estaba dando la espalda. Esa generosidad, ese gesto de darle una segunda oportunidad a un compañero hundido dice también algo de Anthony Man. Era un hombre con códigos.
Era un hombre que entendía la vulnerabilidad ajena. Y Sara Montiel, en aquellos meses de rodaje vio a un director que sabía mirar a la gente con compasión. Probablemente esa fue una de las cosas que la enamoró. El rodaje incluyó también escenas tensas entre las dos actrices principales, Joan Fontén y Sara Montiel, en parte porque sus personajes eran rivales en la historia.
Hay una escena memorable de Serenade en la que Sara da unos pases de toreo con un estoque en la mano y amenaza con esa arma a Joan Fontén. La tensión actoral, según contaron quienes estuvieron allí, no era del todo fingida. Las dos actrices al principio no se llevaban bien, pero Sara, con esa picardía manchega que la caracterizaba, terminó ganándose a la diva americana.
Le pidió durante el rodaje de los primeros planos en los que solo aparecía Sara, que se quedara fuera de cámara para que ella, mirándola, sintiera mejor las emociones de la escena. Aquel gesto, ese reconocimiento implícito de la categoría profesional de Joan Fontén derritió a la diva. Joan Fontén pasó de mirar mal a Sara Montiel a convertirse en una de sus mejores aliadas en Hollywood.
Tan importante fue esa amistad que el siguiente trabajo americano de Sara, Run of the Arrow, fue producido por el marido de Joan Fontén, que intercedió para que Sara consiguiera el único papel femenino relevante de la película. Mientras todo eso pasaba en los descansos de Serenade, Sara visitaba el plató contiguo.
Allí se rodaba gigante la película que iba a inmortalizar a James Dean. Sara conoció en aquellos descansos a Elizabeth Taylor, que rodaba con Din. Conoció al propio James Dean apenas unas semanas antes de aquel accidente de coche que se lo iba a llevar para siempre. Sara estaba viviendo el Hollywood en su versión más mítica. Estaba en la meca del cine en su mejor momento y mientras tanto en su mismo plató.
El director que la dirigía y que entonces era apenas un nombre profesional. cualquiera para ella. Empezaba a mirarla de una manera distinta cada día. Aquí empieza la primera de las preguntas incómodas. ¿Qué vio Anthony Man en Sara Montiel que no había encontrado en 20 años de matrimonio con su primera esposa? Y sobre todo, ¿qué vio Sara Montiel en un hombre que le doblaba prácticamente la edad, que estaba en pleno divorcio, que arrastraba una afección cardíaca grave y que apenas hablaba español? Si uno se queda con la versión oficial, la versión que ella contó en sus
primeras entrevistas fue amor. Amor a primera vista, una conexión inmediata. La mirada del director que se posa en la actriz, la actriz que se siente comprendida por primera vez, la magia del cine. Pero hay algo en esa versión que no termina de cuadrar, porque años más tarde, cuando ya nada importaba, cuando ya todos los implicados estaban muertos o demasiado lejos, Sara Montiel deslizó algo distinto.
le contó al estilista y amigo Manuel Zamorano en una conversación privada que su primer marido, Anthony Man, había sido un refugio, que se había refugiado en él para olvidarse de otro hombre y ese otro hombre era nada menos que Severo Ochoa, el Premio Nobel de medicina, un científico asturiano que había llenado la vida de Sara durante años en secreto porque estaba casado con otra mujer.
un amor imposible, un amor que ella misma describió ya muy mayor, como el gran amor de su vida, no Anzo Man, no ninguno de los otros tres maridos que tuvo después, sino el científico al que vio durante 5 años a escondidas en encuentros clandestinos, mientras todo el mundo creía que ella era simplemente la diva del cuplé. Y eso lo cambia todo.
Hay que detenerse aquí un momento porque la historia de Sara Montiel con Severo Ochoa es tan poco conocida como reveladora. Ella lo había conocido a principios de los años 50, cuando todavía era una jovencísima actriz buscándose la vida en México. Severo Ochoa, asturiano de Luarca, era ya entonces un científico respetadísimo a nivel internacional.
Llevaba años viviendo en Estados Unidos. Trabajaba en investigaciones que le iban a llevar en 1959 a recibir el Premio Nobel de Medicina junto al estadounidense Arthur Cornberg por sus descubrimientos sobre la síntesis del ácido ribonucleico. Estaba casado con Carmen García Covián desde 1931 y entonces, en algún punto de aquellos años sus caminos se cruzaron.
con los de María Antonia Abad y se enamoraron mucho, profundamente con una intensidad que nadie a su alrededor sospechaba. Sara contaría después que aquel amor fue carnal, espiritual y pura química al mismo tiempo, que Severo, a pesar de su aspecto pausado y erudito, era un hombre apasionado, que entre ellos hubo durante 5 años una pasión que no podía vivirse en público.
Quedaban a escondidas, se veían cuando podían. Pero el científico no iba a dejar a su mujer y Sara, atrapada en aquel amor sin futuro, tuvo que tomar una decisión. Esa decisión, según ella misma sugirió en sus memorias tardías, fue casarse con Anthony Man. Casarse con Anthony fue en buena parte una manera de cerrar la puerta a Severo, de convencerse a sí misma de que aquella historia se había acabado, de empezar de nuevo con un hombre que sí podía darle una vida.
Pero el corazón no obedece tan fácil. Y aunque el cuerpo de Sara estaba en California, casado con un director estadounidense, una parte de su mente seguía en Nueva York, en los laboratorios donde Severo Ochoa trabajaba, en aquellas conversaciones que habían tenido y que la habían marcado para siempre, Anthony Man nunca supo del todo lo que había pasado entre Sara y Severo Ochoa.
Eso es probable. Sara fue siempre cuidadosa con aquel secreto. Lo guardó durante décadas. Lo único que dejó caer en algún momento hablando con periodistas amigos fue que cuando se casó con Man ya estaba intentando olvidar a otro hombre. Pero el nombre de aquel otro hombre solo lo dijo en voz alta cuando ya tenía 80 años cumplidos.
Cuando Severo Ochoa ya había muerto en 1993, cuando ya nadie podía pedirle explicaciones y así se entiende mejor el matrimonio con Anthony Man. No fue una boda movida solamente por el amor que ella sintió por el director. Fue una boda movida también por el amor que no pudo tener con un científico asturiano que estaba casado con otra.
una boda hecha de huidas, de heridas y de una segunda oportunidad que Sara quiso darse a sí misma. Porque entonces lo que parecía una boda apresurada por amor empieza a parecer otra cosa. Empieza a parecer una huida. Una mujer joven, profundamente enamorada de un hombre al que no podía tener, encuentra en otro la promesa de una vida nueva, lejos en Hollywood, donde el dolor no tenga eco.
Si le sumamos que Anthony Man acababa de divorciarse y vivía sus propios fantasmas, la fotografía cambia por completo. dos personas que no estaban donde querían estar, encontrándose en un set de rodaje y agarrándose la una a la otra como si fueran un salvavidas. La boda llegó pronto, demasiado pronto, dirían algunos después. El 29 de agosto de 1957 se casaron en Los Ángeles.
Pero no fue una boda al uso, fue lo que se llamaba un matrimonio in artículo Mortis. Anthony Man había sufrido un infarto. Estaba postrado en una cama de hospital, conectado a máquinas con los médicos diciéndole a su familia que se preparara para lo peor. La hija del director, fruto de su primer matrimonio, fue quien sugirió la boda.
Fue ella quien dijo que si su padre iba a morir, era mejor que muriera casado con la mujer que amaba. Y allí, en una habitación de hospital con olor a desinfectante y los pitidos de los monitores cardíacos como música de fondo, Sara Montiel y Anthony Mán se dieron el sí. Ella misma lo contó después con esa mezcla de teatralidad y crudeza que tenía cuando hablaba de su pasado.
Dijo que cuando se casó con Tony Man se casó también con su otro pasaporte, el mexicano. Dijo que esa carta de nacionalidad mexicana todavía la guardaba en su caja fuerte años después. Una caja fuerte que, como veremos, escondería más de un secreto. Y aquí viene el primer detalle que pocos cuentan. Cuando Anzony Man se recuperó, contra todo pronóstico, se volvieron a casar, porque aquella primera boda hospitalaria no había sido civil del todo, no había sido pública, no había sido como las bodas que la gente celebra. Hicieron una
segunda ceremonia, esta vez por lo civil, y todavía hubo una tercera por el rito judío, porque la madre de Anthony era una judía estadounidense descendiente de familia Bárbara. Y él, aunque no era practicante, tenía esa raíz. Y allí estaba Sara Montiel, una mujer manchega, criada en la España del nacional catolicismo más estricto, casándose por el rito judío con un director americano divorciado en plena dictadura franquista.
Esa imagen ya nos dice algo de la mujer que era. Una mujer que se reía de las normas, una mujer que no le iba a pedir permiso a nadie para vivir su vida. Pero el matrimonio empezó a torcerse mucho antes de lo que la prensa rosa de la época imaginaba. Porque Sara Montiel no era una esposa de Hollywood al uso.
No iba a quedarse en casa esperando a su marido. No iba a renunciar a su carrera, no iba a quedarse callada cuando algo no le gustaba. Y Anthony Man, hijo de su tiempo, habituado a una primera esposa que había sido más bien tradicional, empezó a chocar con la fuerza de aquella mujer manchega. El primer choque fue por la carrera de ella.
Justo cuando Sara cumplía su sueño hollywoodense, su agente le ofreció el último cuplé, una película española dirigida por Juan de Orduña. Sara dijo que sí. Volvió a Madrid, rodó la película entre noviembre de 1956 y enero de 1957 y lo que pasó después dejó al mundo del cine sin palabras. El último cuplé fue un éxito absoluto, descomunal, sin precedentes, una película pequeña hecha con poco dinero que recaudó más que los grandes éxitos de Hollywood en taquilla española.
Sara Montiel se convirtió de la noche a la mañana en la actriz mejor pagada y más popular del cine en español del mundo. Sus películas se estrenaban en el Cairo, en Bombai. En París hicieron aplazar el estreno del puente sobre el río Cuai porque la gente estaba viendo a Sara.
Y mientras todo eso pasaba, Anzony Man veía como la mujer con la que se había casado se convertía en algo más grande de lo que él. Con todos sus western y todas sus epopellas, había sido nunca. Hay un episodio que ella contaba como si fuera una anécdota divertida, pero que en realidad dolía mucho más de lo que parecía. Acudieron juntos al festival de Venecia.
Anthony Man presentaba una nueva película. Era su momento, era su alfombra roja. Y sin embargo, los organizadores le pidieron a Sara que no acudiera. Le rogaron que se quedara en el hotel, que no apareciera, porque su popularidad era tan grande, tan desbordante, que iba a eclipsar a su propio marido. Iba a hacerle sombra, iba a robarle el momento.
Sara accedió, se quedó en el hotel, pero algo se rompió allí. Algo se cuarteó por dentro en silencio, como un cristal que se raja sin hacer ruido y que ya nunca vuelve a estar entero. Porque cualquier mujer que sea más famosa que su marido, en una época en la que esto era casi un escándalo, sabe que ese pequeño momento de renuncia se va a pagar después, en facturas pequeñas y constantes, en discusiones que parecen ser por otra cosa, pero en realidad son siempre por lo mismo.
Y luego estaba la cuestión del hijo, porque Sara Montiel en algún momento de aquellos años se quedó embarazada. Lo deseaban los dos. Era el hijo que iba a sellar aquel matrimonio improbable. Era la pieza que faltaba y lo perdió. Sara perdió ese embarazo en circunstancias que nunca se contaron del todo y los testimonios apuntan a que después de aquella pérdida, los médicos le confirmaron que no podría tener hijos biológicos nunca más. Quedó estéril.
Tenía 30 años. Era preciosa. Era millonaria. era la actriz más famosa del mundo hispano y no iba a poder ser madre biológica jamás. Eso en una mujer de su generación, criada en una España donde la maternidad era casi un mandato, no fue un golpe pequeño, fue un terremoto silencioso del que probablemente nunca terminó de salir del todo.
¿Y dónde estaba Anzony Man cuando ese terremoto ocurrió? Esa es otra de las preguntas que se quedan flotando cuando uno repasa con calma esta historia, porque Anthony Man, mientras su mujer perdía aquel hijo y se enfrentaba al duelo más íntimo de su vida, estaba metido hasta las cejas en la preparación de la película más ambiciosa de su carrera.

Una película que iba a cambiar el rumbo de aquel matrimonio, una película llamada El Cid. Y esa película, esa producción gigantesca rodada en España con presupuesto americano, no fue solo el éxito profesional más grande de Anthony Man, fue también el escenario donde se cocinó el final del matrimonio. Hay que entender el contexto.
Samuel Bronston, un productor estadounidense afincado en Madrid, había decidido apostar por hacer en España las grandes superproducciones que en Hollywood empezaban a ser demasiado caras. España tenía paisajes, tenía castillos auténticos, tenía mano de obra barata y tenía a un dictador encantado de prestar regimientos enteros del ejército para hacer defigurantes en escenas de batalla.
El CID era el proyecto perfecto. Charlton Heston ya estaba elegido para el papel del héroe castellano. Quedaba elegir a la mujer, a doña Jimena. Y Anthonyman, casado con una de las mujeres más bellas y populares del cine español, pensó al principio en ofrecérselo a su esposa. Aquí hay versiones que chocan. Sara Montiel siempre contó que ella rechazó el papel, que le pareció flojo, que le dijo a su marido con esa franqueza manchega que la caracterizaba que aquel personaje no valía la pena, que era una mujer pasiva, una esposa
abnegada que esperaba en casa mientras su marido peleaba, y que ella no estaba para hacer ese tipo de papeles, que fue ella quien recomendó a Sofía Loren, que fue ella quien dijo, “Mira, Llama a la italiana, ella te va a dar lo que tú quieres. Esa es la versión de Sara. Y la repitió hasta el final. En una entrevista que concedió en el año 2011 al consorcio Camino del CID, dijo con esa risa tan suya que parecía siempre estar a punto de soltar una barbaridad, que aquel papel no valía nada. Va, dijo, no valía nada.
Pero hay otra versión. Hay quien sostiene dentro del mundillo del cine español de la época que en realidad Sara fue descartada, que la producción decidió con o sin el consentimiento de Anthony Man, que querían a Sofía Loren, que estaba en su mejor momento internacional, que tenía un gancho fuera de España, que Sara Montiel con todo su éxito no terminaba de tener en mercados como el estadounidense o el británico.
y que la decisión se tomó por encima del director, por encima del marido, por encima de la actriz, que a Sara le contaron una versión amable para no humillarla y que ella, con su orgullo de manchega prefirió contar después que había sido ella quien rechazó el papel antes que admitir que se lo habían quitado.
¿Cuál de las dos versiones es verdad? Probablemente las dos tienen una parte. Pero lo que viene después es lo que de verdad incendió aquel matrimonio, porque Sofía Loren fue contratada y empezó el rodaje y entonces ocurrió algo que ninguna pareja con sentido común habría dejado pasar. Sofía Loren durante aquellas semanas iba a recoger a Anthony Man a su casa.
Cada mañana llegaba con su coche al número 117 de la calle San Bernardo en el centro de Madrid, donde el matrimonio tenía su domicilio, y se quedaba esperando abajo en el portal a que el director bajara para irse juntos al set. La italiana, que ya por entonces era una de las divas más cotizadas del cine mundial, se había ganado el favor del director.
Le caía bien, tenían buen rollo, hacían buenas migas, según contaron quienes lo rodearon. Y Sara, dentro de la casa, escuchaba el motor del coche de Sofía Loren cada mañana esperando. Una mañana ya no aguantó más. Lo que ocurrió ese día se ha contado de varias formas, pero todas las versiones coinciden en lo esencial. Sara montó una escena, una escena descomunal.
Hubo gritos, hubo lágrimas, hubo un fingido malestar, según algunos testimonios cercanos a la familia. Una crisis física tan teatral que la sobrina de Sara tuvo que llamar al doctor Estéan médico de la familia, para que subiera a examinarla. Sofía Loren esperaba abajo en su coche, escuchando los gritos a través de las ventanas abiertas del piso.
Cuando el médico llegó, examinó a Sara y, según una versión, dejó claro al director que no había tal emergencia médica, que aquello era pura interpretación. Y Anthony Man, que era hijo de su tiempo y al que esos numeritos le sacaban de quicio, tomó una decisión sin discutirla. hizo las maletas, salió de aquella casa y se fue a vivir solo a un apartamento en la Torre Madrid, donde se quedó durante el resto del rodaje de El Cid.
Esa decisión, esa puerta que se cerró aquella mañana marcó el principio del fin. Sara y Anthony seguirían casados un par de años más, pero algo se había muerto. La complicidad, la confianza, la sensación de equipo, lo que quedó fue una pareja. que se quería mucho, pero que ya no podía vivir junta. Sara lo dijo con palabras muy suyas en una entrevista posterior.
Dijo que nunca se desenamoró de su marido, que casi nunca terminaron del todo, porque aunque se separaron y se divorciaron, se siguieron queriendo muchísimo. Pero el día a día, esa convivencia que mata más amores que la propia infidelidad se había vuelto imposible. Y aquí viene una pregunta que muchos espectadores de la época se hacían en silencio.
¿Qué hizo Sara Montiel después de que su marido se fuera de la casa? ¿De verdad se quedó esperando, llorando, viendo cómo el matrimonio se desmoronaba? ¿O hizo lo que cualquier mujer de su carácter habría hecho, que es seguir viviendo con la cabeza bien alta y sobre todo sin dejar que nadie la viera vencida? La respuesta a esa pregunta nos lleva a otro hombre, a otra historia paralela, a un nombre que Sara guardó durante años en el cajón más privado de sus secretos y que solo dejó salir en sus libros tardíos cuando ya nadie podía pedirle explicaciones.
Pero antes de llegar ahí, conviene detenerse en el otro lado de la historia, en Anthony Man, porque mientras la prensa española y el mundo entero seguía con lupa cada movimiento de Sara, el director estadounidense estaba viviendo en silencio una caída que casi nadie supo ver a tiempo, una caída lenta, profesional y personal que terminaría llevándolo a una habitación de hotel en Berlín y a un final del que poco se ha hablado.
Anthony Man había nacido como Emil Anton Bunsman en San Diego, California en 196. Su padre era un emigrante austríaco, profesor de filosofía. Su madre era una mujer judía estadounidense de ascendencia Bárbara, también profesora. Eran intelectuales, se movían en círculos teosóficos, vivían de la enseñanza y de la cultura. Cuando Anthony tenía 17 años, su padre murió.
La familia se quedó sin sostén económico. Anthony tuvo que dejar los estudios y empezar a trabajar para mantener a su madre y a sus hermanos. Empezó haciendo de todo. Pequeños papeles en obras de teatro de Off Broadway en Nueva York, trabajos de utilero, gestor de producción, cualquier cosa que diera un sueldo. Aprendió a moverse por el mundo del espectáculo desde abajo, desde lo más bajo, y eso le marcó un carácter.
En 1938 dio el salto a Hollywood. Lo contrató David Oselsnick como director de casting. Su primer gran trabajo fue supervisar las pruebas de Lo que el viento se llevó, una de las películas más legendarias del siglo XX. Anthony Man fue uno de los hombres que decidió quién no era Scarlett Ojara. Se pasó meses dirigiendo pruebas de actrices que no consiguieron el papel.
Luego trabajó como ayudante de Preston Starges, el maestro de la comedia americana y a partir de ahí empezó su carrera como director, primero con películas pequeñas de bajo presupuesto, productos de Serie B, hasta que con el cine negro de los años 40 empezó a ganarse un nombre. películas como Desperate, La Brigada Suicida, Dimen, Cintas Oscuras, secas, con violencia y con un sentido del paisaje urbano que pocos directores tenían.
Después llegaron los western con James Stewart. Winchester 73, Tierras lejanas, El hombre del aramí. películas que hoy se estudian en las escuelas de cine como obras maestras del género. Y luego, ya casado con Sara Montiel, llegó el CID, un éxito enorme. y después la caída del Imperio Romano en 1964, un proyecto descomunal con un presupuesto de 18,400,000 de la época, una cantidad que hoy serían cientos de millones, una superproducción internacional con Sofia Loren, Stephen Boy, Alec Guinness, James Mason y Christopher Plammer en el reparto. La
caída del Imperio Romano fue un fracaso económico devastador. Arruinó al productor Samuel Bronston y lo más importante para entender la historia personal de Anthony Man, marcó el inicio de una racha negra de la que el director ya nunca se recuperaría. La crítica fue dura. El público no respondió. La película que aspiraba a ser la gran epopya histórica del siglo se quedó como un proyecto demasiado largo, demasiado tétrico, demasiado pesado para los gustos del público.
1964, Anthony Man, que había sido una de las figuras del cine americano clásico, se encontró de repente sin proyectos, sin ofertas grandes, con productores que preferían apostar por nombres más jóvenes. Y Sara, mientras tanto, seguía siendo la reina de la taquilla española. La diferencia se hizo cada vez más evidente.
Mientras él peleaba por encontrar películas que dirigir, mientras su carrera se enfriaba, ella estrenaba un éxito tras otro. La violetera Carmen, la de Ronda, mi último tango, Pecado de Amor, películas que llenaban los cines y que la consagraban como la gran diva del cuple. Y esa diferencia, esa asimetría profesional brutal terminó de envenenar lo que quedaba del matrimonio.
En 1963, Sara Montiel y Anthony Man firmaron el divorcio. Fue, según ambos, un divorcio amistoso. Sara no le pidió ninguna pensión grande, a pesar de que Anthony tenía una fortuna considerable. Cada uno se quedó con lo suyo. Se separaron bien, pero ella siempre dijo hasta el final de sus días que aquella historia nunca había terminado del todo en lo emocional, que se siguieron escribiendo, que se siguieron viendo de vez en cuando, que se siguieron queriendo.
Cada uno a su manera, cada uno desde su nueva vida. Anthony Manó en rehacer la suya. Apenas un año después del divorcio, en 1964, se casó con Ana Cuzco, una bailarina del Sadlers Wells Pallet de Londres, mucho más joven que él, trasladó su vida a Inglaterra y siguió dirigiendo películas, aunque cada vez con menos éxito.
Sara, por su parte, siguió coleccionando matrimonios y amores. En el mismo 1964, en una boda en la iglesia de Monserrat de Roma, oficiada por el Abat del Valle de los Caídos, se casó con José Vicente Ramírez Olaya, conocido como Chente, un empresario vasco al que había conocido en una fiesta en Madrid. Aquel matrimonio lleno de pompa, oficiado por un religioso del régimen franquista y bendecido en una audiencia con el Papa Pablo VI, fue, según ella misma confesaría después, un error monumental.
Apenas duró dos meses como vida en común. Chente le exigió que dejara el cine. Le insistió en que dejara de ser Sara Montiel y volviera a llamarse Antonia Abad. le exigió que renunciara a su nombre artístico y Sara, que había pasado por encima de su madre, de Hollywood y de un dictador, no iba a pasar por encima de su nombre.
Se separaron. Aunque legalmente el matrimonio no se anuló hasta 1978, en la práctica se acabó casi al instante y Sara denunció después que Chente había usado su dinero, había puesto propiedades a su nombre con los ingresos de ella y había intentado borrar su identidad profesional. Y mientras todo eso pasaba, en abril de 1967 llegó la noticia.
Anthony Man había muerto. Lo encontraron en la habitación de un hotel de Berlín. Estaba dirigiendo una película de espionaje titulada Sentencia para un dandi. Una producción británica con Lawrence Harvey y Mia Farrow como protagonistas. Llevaba unas semanas en el rodaje. La crónica oficial fue clara y rápida.
Ataque al corazón. infarto, fulminante. Tenía 60 años cumplidos hacía menos de un año. Su corazón, aquel corazón que ya había avisado en 1957 cuando Sara se casó con él en una habitación de hospital, había vuelto a fallar. Esta vez definitivamente, pero los testimonios que han ido apareciendo después han añadido matices a esa muerte que nunca estuvieron en los obituarios oficiales.
El director de fotografía John Alton, que había trabajado con Anthony Man en los grandes westerns y que se había retirado del cine en 1960. Se encontró con Man en un casino en Suiza, en Los Alpes, justo en los meses anteriores a su muerte. Man le pidió que volviera al cine, que rodara con él la siguiente película.
Alton aceptó hablarlo al día siguiente, pero Manía siguiente, murió antes. Y Alton, años después soltó una frase que pocos recogieron en su momento. Dijo que Man había estado perdiendo tantísimo dinero en el casino que probablemente eso ayudó a matarlo. Esa frase dicha por uno de los hombres que más cerca estuvo del director en sus últimos meses abre una puerta a una versión que no aparece en las biografías oficiales.
La versión de un Anthony Man atrapado en una espiral descendente, jugando, perdiendo, presionado, lejos de la mujer manchega a la que había querido y de la vida que había soñado. Su cuerpo fue trasladado a Londres. Lo cremaron en el crematorio de Golders Green, en el norte de la capital británica. Y allí, en ese discreto cementerio de cenizas, descansa hoy, lejos de Hollywood, lejos de España, lejos del hospital californiano, donde una vez se había casado, convencido de que iba a morir esa misma noche.
Y Sara, ¿cómo recibió Sara la noticia? Aquí entra una de esas historias que dejan claro que aquel matrimonio nunca estuvo del todo enterrado. Anthony Man en su testamento había dejado a Sara Montiel ,000 de 1967, una cantidad considerable. y se los dejó a una mujer de la que estaba divorciado desde hacía 4 años, a una mujer con la que ya no compartía nada legal, a una mujer que estaba en aquel momento viviendo en España con otro hombre, pero le dejó ese dinero, le dejó esos ,000 como un mensaje silencioso, como una manera de decirle
desde el más allá que ella seguía siendo importante, que ella seguía siendo de algún modo su mujer. Sara recibió la noticia y según los testimonios cercanos se derrumbó. No fue una pena pública, no fue un duelo de portada, fue un duelo privado, íntimo, el de una mujer que se entera de que uno de los hombres a los que más había querido se ha ido sin avisar.
Aquellos meses fueron especialmente duros para ella porque además en ese mismo periodo le llegó otra noticia desde Madrid. Su madre, María Vicenta, también había muerto. Su madre, la mujer que la había sacado adelante contra todo pronóstico. La mujer que había sobrevivido a aquel intento frustrado de aborto en 1928.
La mujer que la había convencido años después de que se casara con Chente cuando ella no quería. Esa madre se le murió y se le murió justo después de Anthony Man. Sara entró en una crisis profunda. Los médicos la pusieron en tratamiento. La actriz que parecía indestructible, la diva que se había reído de los censores y de Franco, se quedó muy mal, muy frágil, muy sola y se refugió en otro hombre, Giancarlo Viola, un fotógrafo casado con el que había empezado una relación poco antes.
Otro amor imposible, otro romance con un hombre que tenía otra mujer en casa, otra historia que le iba a salir cara. Sara dejó a Chente, dejó a su carrera de actriz para dedicarse cada vez más a sus espectáculos musicales y se refugió en aquel italiano que no podía darle la vida que ella quería. Volvió a quedarse embarazada, volvió a perder al bebé.
La pareja terminó y Sara, en uno de los momentos más oscuros de su vida, del que casi nunca se habló, tomó una dosis de tranquilizantes tan alta que apareció inconsciente en plena calle, recogida por desconocidos. Una mujer que había aparecido en las portadas de medio mundo se desplomaba en una acera sola, vencida por el dolor de tantas pérdidas seguidas.
La salvaron, la trataron. La sacaron de aquella crisis y ella con esa fuerza manchega que había heredado de su madre y de aquella infancia dura en campo de Criptana, se levantó. Encontró a otro hombre, Pepe Tou, abogado y propietario de un periódico en Mallorca. Un hombre estable, un hombre tranquilo, un hombre que la quería sin pedirle que dejara de ser quien era.
Se fueron a vivir juntos a Mallorca. adoptaron a dos hijos, Taís y Zeus, que se convirtieron en el centro de la vida de Sara durante los siguientes años. Y por primera vez, después de todo lo vivido, Sara encontró algo parecido a la paz. Pepe Tous murió de cáncer en 1992 y entonces empezó la última etapa de la vida de Sara Montiel, la etapa en la que se sentó a hablar, porque la Sara Montiel de los años 90 y de los 2000 ya no era la misma.
Era una mujer mayor, viuda, una mujer que había enterrado a maridos, a amantes, a hijos no nacidos, a su madre, a su hermana Elpidia, con la que vivió en Madrid hasta el 2006, cuando Elpidia murió a los 93 años, una mujer que ya no tenía nada que perder y empezó a contar cosas. En el año 2000 publicó sus primeras memorias escritas junto al dramaturgo Pedro Manuel Villora.
El libro se titulaba Memorias, Vivir es un placer. Allí por primera vez dio una versión completa de su vida. Repasó sus matrimonios, sus amores, sus encuentros con Hemingway, sus frases con Gary Cooper, sus tardes con Greta Garbo. Pero todavía se guardó algunas cosas. Todavía no contó todo lo que tenía que contar.
3 años después, en 2003, publicó otro libro, esta vez junto a la periodista Silvia Rodríguez, titulado Sara y el ***o. Y allí, ya con 75 años cumplidos, se desnudó del todo. Habló de las prácticas que había mantenido con sus parejas. Habló de su relación con Hemingway, que ella misma definía como animal.
Habló de un intento de trío en Las Vegas. habló de cómo había perdido la virginidad a los 17 años con el dramaturgo Miguel Migura, que en aquel entonces tenía 41. Habló de Severo Ochoa, habló de tantas cosas que la España bien pensante de aquellos años se llevó las manos a la cabeza. Y aquí es donde llegamos al núcleo de todo este expediente, porque en esos libros, en esas entrevistas tardías, Sara Montiel reveló cosas sobre Anzony Man, que durante todo el matrimonio había callado.
Cosas que mientras él vivía ella no había contado, cosas que tienen sentido solamente si las ponemos al lado de los testimonios de las personas que más cerca estuvieron de la pareja. Sara reveló que Anthony Man había sido un hombre con un fuerte sentido de la posesión, que era profundamente celoso, que durante los años de matrimonio había vivido con un control sobre ella que en su momento le había parecido normal porque era lo habitual en aquella época, pero que con el paso del tiempo había entendido como una asfixia. reveló que
la diferencia de edad había pesado más de lo que ella había querido admitir cuando él vivía. 22 años de diferencia se notan, sobre todo cuando una está en los 30 y otro está en los 50 y los problemas de salud empiezan a aparecer. y reveló con una franqueza que descolocó a más de un periodista que Anthony Man había sido un hombre con problemas que ella, por respeto, nunca había contado en vida del director.
Esos problemas leídos hoy, leídos a la luz de los testimonios de John Alton sobre el casino, leídos junto al hecho de que el director murió arruinándose lentamente en partidas de cartas en los Alpes, dibujan otro retrato. Un retrato que no es el del gran director de Hollywood, que se casó por amor con la diva española. Un retrato más oscuro.
Un retrato de un hombre que llevaba años cargando con una afección cardíaca grave, con la presión de hacer películas cada vez más caras, con la sombra del fracaso de la caída del Imperio Romano, con un primer matrimonio acabado y un segundo matrimonio que también se le había roto en las manos. Un hombre que, según los testimonios cercanos, hacia el final de su vida apostaba dinero que no podía permitirse perder y que se aislaba en habitaciones de hotel a vivir solo.
Sara, cuando contaba todo eso años después, lo hacía con una mezcla de cariño y de tristeza, sin amargura, pero también sin endulzar, como quien cuenta la verdad de una historia que duele recordar, pero que merece ser contada. Hay otro detalle del que Sara habló muy poco, pero que importa. Anzony en sus últimos años mantenía contacto con sus hijas del primer matrimonio.
Esas hijas, ya adultas, vieron de cerca la decadencia de su padre. Una de ellas, junto con la viuda Ana Cuzco, dio testimonio años después al biógrafo puertorriqueño que entrevistó a Sara Montiel en 2011. Y los relatos que aportaron entonces dejan ver un hombre que hacia el final ya no era el director seguro de sí mismo de los años 50.
Era un hombre cansado, con problemas que pidió hasta el último minuto trabajar, dirigir, seguir activo, porque parar era para él una sentencia. Y aquí volvemos a la primera pregunta de todas. ¿Por qué demonios una mujer en la cima de Hollywood se casó con un hombre divorciado? mucho mayor, con problemas de salud, en una habitación de hospital y con la sombra del Premio Nobel Severo Ochoa, todavía latiendo en su corazón.
La respuesta que Sara fue dejando caer en sus libros y en sus entrevistas tardías es probablemente la más triste de todas las posibles. Se casó con Anthony Man porque pensaba que iba a morir esa misma semana. pensó que se casaba para una boda corta para acompañarlo en un final para darle el regalo de no irse soltero.
No esperaba que él sobreviviera. Y cuando sobrevivió, cuando se recuperó, ella se encontró atada a una vida que no había planeado. Ella nunca lo firmó con esas palabras exactas, nunca lo dijo así de claro. Pero entre las líneas de sus libros, entre las pausas de sus entrevistas, entre lo que callaba y lo que dejaba caer cuando la tertulia avanzaba, esa idea aparece una y otra vez.
Sara se casó pensando en una despedida y se quedó atada a un matrimonio que duró 6 años y que la marcó para siempre. Esa es probablemente la verdad que Anthony Man cayó. Porque mientras él vivió, Sara nunca lo contó así. Mientras él vivió, Sara mantuvo la versión oficial. Cuento de hadas, amor en el set, boda hospitalaria por amor de verdad.
Solo cuando él ya no estaba, cuando ya nadie podía pedirle cuentas, cuando ya había enterrado a su madre, a su hermana y a Pepe Tou. Sara se sentó a contar lo que había sentido de verdad durante aquellos años en Hollywood. Y esa verdad, esa verdad que llegó tarde es la que pone aquel matrimonio en otro lugar.
Pero todavía hay más capítulos en esta historia. Hay un detalle de la vida de Anthony Man que casi nadie cuenta y que tiene mucho que ver con el carácter del hombre. Anthony Man, durante años fue acusado por algunos críticos y biógrafos de tener una mirada particularmente sádica en su cine. Sus westerns, especialmente los que rodó con James Stewart, son películas en las que la violencia tiene un peso muy fuerte.
La crueldad, la sed de venganza, el odio. El propio man lo decía en una de sus declaraciones más conocidas. Decía que el western era el género que más libertad daba para poner en escena todo tipo de pasiones y acciones violentas. Decía que era el género que mejor envejecía porque era esencialmente primitivo. Esa visión, ese gusto por la violencia psicológica de sus protagonistas dice algo del propio director que la firmaba.
Dice algo de un hombre que debajo de la cordialidad de la superficie llevaba dentro una oscuridad que no soltaba fácilmente. Y Sara Montiel vivió 6 años con ese hombre. Compartió cama, compartió mesa, compartió platos, compartió duelos y aprendió con el tiempo a reconocer esa oscuridad. Aprendió a saber cuándo Anthony estaba bien y cuándo no.
aprendió a callarse en las cenas en las que el director llegaba con cara de mil demonios. Aprendió a ser una esposa que se hacía pequeña cuando él necesitaba ser grande. y al mismo tiempo aprendió a no perder a sí misma del todo, a guardar pedazos de la mujer libre que había sido antes de aquel matrimonio, a mantener algunos amigos secretos, a escribir cartas que no enseñaba, a salir con sus amigas mexicanas cuando él estaba de viaje, a llamar de vez en cuando a un asturiano llamado Severo, que vivía al otro lado del Atlántico y
que la había marcado para siempre. Esa Sara Montieldel doble, esa mujer pública casada con Anthony Man y esa mujer privada que seguía siendo la María Antonia Abad de Campo de Criptana. Esa Sara fue la que sobrevivió cuando el matrimonio se rompió y esa Sara fue la que décadas después decidió contarlo todo.
Hay otra pregunta que conviene hacerse. ¿Por qué Anzony Man cayó? ¿Por qué nunca contó nada de aquel matrimonio? Anthony Mann no escribió memorias, no publicó autobiografías, no dio grandes entrevistas confesionales sobre su vida personal, murió sin dejar testimonio escrito y eso en una época en la que tantos directores y actores escribían libros para contar sus vidas, dice algo.
dice que Anthony Manía que su historia se contara desde su lado, quizá porque no sabía cómo, quizá porque tenía cosas que no quería poner por escrito, quizá porque, como tantos hombres de su generación, pensaba que las cosas íntimas no se cuentan, se viven y se entierran. Y por eso, cuando Sara Montiel empezó a hablar 30 o 40 años después de aquel matrimonio, no había nadie del otro lado para contradecirla.
Ana Cuzco, la última esposa de Anthony Man, dio sus testimonios a algunos biógrafos, pero nunca llevó a cabo una contraversión pública de la vida del director. Las hijas de Man tampoco. Lo que tenemos hoy de Anthony Man nos llega en buena medida a través del filtro de Sara Montiel y de las personas que la rodearon.
Y eso le da a la historia un sesgo que conviene tener en cuenta. Pero hay algo en el silencio de Anthony Man que también habla. Habla de un hombre que prefirió ser recordado por sus películas, por el CID, por Hombre del Oeste, por la colina de los diablos de acero, por música y lágrimas, por Winchester 73. habla de un hombre que con todos sus problemas, con su afección cardíaca, con su decadencia profesional, con su deuda en los casinos suizos, con su matrimonio fracasado con la diva española, prefirió que la última imagen que la
gente tuviera de él fuera la de un director rodando hasta el último día de su vida. Y de hecho, eso fue lo que ocurrió. murió rodando. Murió en pleno rodaje de sentencia para un dandy. El actor Lawrence Harvey tuvo que terminar la película y aquella habitación de hotel berlinesa donde lo encontraron sin vida, quedó como el último plano de la vida de un hombre que había vivido siempre para el cine.
Sara Montiel cuando se enteró, cuando recibió el cable desde Caracas, donde estaba de gira por aquellos días, según uno de los testimonios recogidos por sus biógrafos, se sentó, se quedó en silencio y se acordó de aquel 29 de agosto de 1957 en una habitación de hospital de Los Ángeles, cuando se casó con un hombre al que pensaba que estaba acompañando a morir.
10 años después, ese hombre acababa de cumplir aquella promesa hospitalaria. Tarde, pero la había cumplido. Y la cantidad de 50,000 que le dejó en testamento, esa cantidad que tantos comentaron en su momento, era el último gesto de un matrimonio que nunca había terminado del todo. Sara guardó silencio mucho tiempo sobre esa muerte.
Solo años después, cuando la prensa rosa española la perseguía para que hablara de cualquier cosa, soltó una frase que se quedó grabada en quienes la escucharon. dijo que con Anthony Man, ella aprendió a ser mujer, que él fue el primer hombre que la trató como una igual, no como un objeto, no como una diva, no como una manchega que había llegado lejos, que él fue el primero que la miró como persona y que por eso, a pesar de todo lo que vino después, ella siempre lo recordó con cariño, aunque hubiera tenido sus problemas, aunque hubiera tenido sus
celos, aunque la noche de Sofía Loren en la calle San Bernardo le hubiera marcado para siempre. Hay un episodio muy poco conocido en la historia entre estos dos. Cuando Sara estaba rodando el último cuplé en España en 1957, Anthony Man le escribió cartas, cartas largas, cartas que ella guardó durante años, cartas en las que el director le decía que estaba orgulloso de ella, que la admiraba, que la quería desde lejos y que entendía que su carrera la llevara fuera de Estados Unidos.
Esas cartas, según contó la propia Sara en una entrevista tardía, las leyó muchas veces. Las leía cuando tenía dudas, cuando pensaba en separarse de Chente, cuando se quedaba sola después de la muerte de Pepe Tou. Anzony en aquellas cartas le había dicho cosas que ningún otro hombre le había dicho nunca. Y esas palabras escritas en hojas que tenían ya décadas fueron uno de los soportes silenciosos de su vida.
Esas cartas nunca se han publicado. Nadie sabe dónde están ahora. Probablemente después de la muerte de Sara en abril de 2013 hayan quedado en manos de alguno de sus herederos. Quizá de Taís, su hija adoptiva, quizá de Zeus. Quizá descansen junto con la carta de nacionalidad mexicana que Sara guardaba con tanto cariño en aquella caja fuerte que ella mencionaba de vez en cuando en sus entrevistas.
Una caja fuerte de la que solo ella tenía la llave durante años y que probablemente contenía más secretos de los que nunca contó. Cartas de Severo Ochoa, quizá cartas de Anzony Man, quizá fotografías que nunca se vieron. Quizá cuadernos personales en los que la María Antonia Abad de Campo de Criptana escribió cosas que la Sara Montiel Pública nunca dijo.
Si alguna vez se abre esa caja, si alguna vez se publican esos documentos, probablemente la historia que estamos contando hoy se quede corta. Probablemente aparezcan más nombres, más fechas, más detalles, más motivos por los que Anthony Man cayó y por los que Sara Montiel terminó hablando. Hay un dato sobre la familia de Anthony Man cuenta y que conviene mencionar.
Anthony Man, antes de divorciarse de su primera mujer, Mildred, había tenido al menos dos hijas con ella. Esas hijas, Nina y Ana, vieron en su día como aquel matrimonio se rompía, como su padre dejaba a su madre por una española mucho más joven. Y vieron también años después como aquel segundo matrimonio se rompía a su vez y cómo su padre se casaba por tercera vez con una bailarina inglesa todavía más joven.
Estas hijas crecieron con un padre intermitente, un padre que aparecía y desaparecía según las exigencias de sus rodajes. Y cuando él murió en Berlín en 1967, fueron ellas junto con Ana Cuzco las que se ocuparon de los preparativos del traslado del cuerpo a Londres y de la cremación.
Sara Montiel no estuvo en el funeral, no podía estar, no le correspondía. era la exmujer, pero según contó después encendió velas en su casa. Estuvo en silencio aquella noche y miró fotos antiguas, aquellas fotos en las que ella todavía era una recién casada en Hollywood riéndose en la puerta de un estudio, agarrada del brazo de un director que parecía mirar hacia el futuro con seguridad.
Aquellas fotos en las que él todavía no sabía que su corazón ya estaba avisando. Aquellas fotos en las que ella todavía no sabía que se iba a quedar sin poder ser madre biológica. Aquellas fotos en las que el matrimonio todavía parecía posible. Y mientras Sara miraba aquellas fotos, en algún cajón de su casa, probablemente había también una fotografía que muy pocas personas habían visto.
Una fotografía de un científico asturiano de cabellera blanca y mirada serena, con un premio Nobel colgado al cuello en 1959 y con una dedicatoria que ella no enseñaba a nadie. Severo Ochoa, el gran amor que no pudo ser. El hombre por el que ella, según confesó al final de su vida, se había refugiado en Anzony Man. Si uno mira el conjunto de la historia desde lejos, lo que se ve es una mujer atravesada por tres amores imposibles.
El primero, Severo Ochoa, imposible porque él estaba casado y nunca iba a dejar a su mujer. El segundo, Anthony Man. Imposible, porque la salud, la edad, la asimetría profesional y los celos terminaron por hacer del matrimonio una jaula. El tercero, Giancarlo viola, imposible porque también estaba casado, porque también vivía a caballo entre dos vidas, porque también la dejó cuando ella más lo necesitaba.
Tres hombres con los que la felicidad nunca terminó de cuajar. Solo Pepe Tou, el cuarto le dio algo parecido a la calma y Pepe murió de cáncer a los pocos años. La calma le duró poco a Sara Montiel. La felicidad cuando llegó, llegó tarde y se fue rápido. Hay que entender también lo que aquel matrimonio supuso para España, porque Sara no era una española cualquiera casándose con un americano cualquiera.
Era la actriz más famosa de la España de Franco, casándose por el rito judío con un director estadounidense divorciado en plena dictadura nacional católica. Esa boda, esa decisión personal fue una bomba en el régimen. La Iglesia oficial nunca aceptó aquel matrimonio. El régimen, aunque toleraba a Sara porque era la actriz que llenaba las salas de cine, miraba con recelo aquellas decisiones tampoco españolas.
Y Sara, lejos de esconderse, lo paseó. Vino a España con Anthony Man, lo presentó, lo llevó a sus estrenos, no pidió perdón a nadie. no se escondió. Y mientras tanto, a la salida de los aeropuertos, una parte de la España más reaccionaria le tiraba piedras y le coreaba insultos. Sara, según contó después, se reía de aquellos insultos.
Decía que la gente que le tiraba piedras eran los mismos que después se metían en el cine a verla y probablemente tenía razón. Sara Montiel fue en aquella España gris a***uada y reprimida, una bocanada de aire, una mujer que mostraba escotes que la censura intentaba retocar en las fotos de prensa.
Una mujer que había rechazado las invitaciones de Franco para cantar en sus fiestas privadas. Una mujer que, según se contó después, había ido más de una vez a las comisarías a interceder por amigos homo***uales que habían sido detenidos enredadas. Anthony Man desde Hollywood no entendía del todo aquel país. No entendía como una mujer tan moderna podía haber crecido en un sitio tan cerrado.
No entendía como la diva con la que se acostaba cada noche tenía a la vez una madre tan tradicional. una hermana tan beata, unos sobrinos tan católicos. Sara en aquellos años vivía dos vidas. La vida americana con cócteles, con compañeros de Hollywood, con apellidos como Cooper, como Lancaster, como Hemingway y la vida española con su madre vigilando hasta el último gesto con sus tías desde campo de criptana llamándola por teléfono para preguntarle si iba a misa.
con la sombra de un país que la quería y la odiaba a partes iguales. Aquel desdoblamiento la fue agotando y Anthony Man, que era un hombre poco hábil con esos matices, no sabía cómo ayudarla a sostenerlo. Cuando ella estaba en su versión española, él se sentía fuera de juego. Cuando ella estaba en su versión americana, él se sentía celoso.
Cuando ella estaba en alguna versión intermedia, él no sabía qué hacer y entonces aparecieron las primeras grietas. Esas grietas pequeñas que en su momento no parecían nada y que después, vistas desde la distancia, fueron las que agrietaron toda la pared. Hay otra cosa que conviene contar. Anthony Man, durante los años de matrimonio con Sara dirigió varias películas en Europa.
Aprovechó el momento, aprovechó que Madrid estaba lleno de productores americanos que querían rodar fuera de Hollywood. Aprovechó la presencia de Samuel Bronston y rodó el CID en 1961, la caída del Imperio Romano en 1964 y antes había rodado segmentos de proyectos como Espartaco y Cuobadis, aunque en ambas fue despedido.
Esos despidos, esas situaciones en las que el director es apartado del proyecto antes de terminarlo dejaron en él una sensación de fragilidad profesional. La sensación de que su reputación podía quebrarse en cualquier momento, la sensación de que tenía que demostrar una y otra vez que él era todavía Anzony, que no era solo el marido de Sara Montiel.
Y esa sensación lo llevó a aceptar proyectos cada vez más ambiciosos, proyectos demasiado ambiciosos para la salud de su corazón. proyectos que requerían viajes constantes, presupuestos descomunales, decisiones imposibles. Y en paralelo, Sara llenaba salas con películas que se hacían con una décima parte del presupuesto de cualquier producción de MAN y que ganaban 10 veces más en taquilla.
Esa asimetría repetida año tras año fue minando a Anthony por dentro. Un director acostumbrado a ser el hombre de la casa empezó a ser en términos reales el segundo nombre del matrimonio. Y eso en un hombre de su generación no era fácil de aceptar. Hay un dato que es todavía más amargo. La caída del Imperio Romano, aquella superproducción de 1964, se estrenó cuando Anthony Man y Sara Montiel ya estaban divorciados desde hacía un año.
Es decir, el matrimonio se rompió antes de que el último gran proyecto del director llegara a las pantallas y ese proyecto fracasó y arruinó a su productor y dejó a Anthony Man. en menos de 12 meses, sin esposa, sin película exitosa, sin productor que le diera el siguiente proyecto y casi sin trabajo, solo le quedó el dinero del primer matrimonio, los ahorros propios y la urgencia de empezar de nuevo a los 58 años.
Esa urgencia se llamó Ana Cuzco, una mujer joven, una bailarina, una nueva vida en Londres, pero la salud no perdona y los casinos tampoco. John Alton, el viejo amigo, lo dejó dicho en su entrevista. Anthony Man había estado perdiendo demasiado dinero. Había estado yendo a casinos en los Alpes suizos, había estado haciendo apuestas que un director con su trayectoria no debería haber hecho nunca.
Aquel hombre que en 1957 había estado a punto de morir de un infarto en Los Ángeles, 10 años después se estaba consumiendo a sí mismo en mesas de bacarrá y en habitaciones de hotel, con el corazón cada vez más cansado. Y sin embargo, aceptó dirigir sentencia para un dandy. Aceptó ir a Berlín, aceptó dirigir a Mia Farrow y a Lawrence Harvey en una película de espionaje de la que se sabía poco y se esperaba menos.
Lo aceptó porque necesitaba el dinero. Lo aceptó porque parar habría sido aceptar que su carrera estaba acabada. Lo aceptó, según uno de los testimonios cercanos, porque era el único proyecto serio que le habían ofrecido en el último año. Y allí, en aquella Berlín dividida en dos por el muro, en una ciudad fría, en una habitación de hotel, su corazón dijo pasta.
El 29 de abril de 1967, 5 semanas antes de cumplir 61 años. Y aquella muerte, esa muerte solitaria de hotel europeo, fue la que cerró por fin la historia, que en 1957 había empezado en otra habitación de hotel, esta vez en Los Ángeles, con una boda hospitalaria y una mujer manchega, convencida de que el novio iba a morir esa misma noche.
10 años entre las dos habitaciones, una misma afección cardíaca de fondo. Y en el medio, 6 años de matrimonio, una vuelta a España, una película llamada El Cid, una italiana llamada Sofía Loren, un piso en la calle San Bernardo, un apartamento en la Torre Madrid y un divorcio amistoso firmado con cordialidad y con $50,000 de testamento.
Si Sara Montiel hubiera escrito una novela basada en su matrimonio con Anthony Man, probablemente habría sido una novela tristísima. Pero ella nunca quiso escribir esa novela. Lo que escribió fueron dos libros de memorias en los que el matrimonio aparece como un capítulo más importante, querido, pero un capítulo más entre los muchos que componían su vida.
Y eso es quizás lo más doloroso de todo, que para Sara aquellos 6 años fueron una escala. Para Anthony y Man, en cambio, esos años fueron probablemente el último intento serio que hizo de vivir una vida personal. Después de eso vino Ana Cuzco, sí, pero el corazón ya no daba para mucho más. Hay un episodio final que conviene contar. Un episodio que Sara dejó caer en una de sus últimas entrevistas televisivas ya en los años 2000.
Le preguntaron si volvería a casarse con Anthony Man si pudiera empezar de nuevo. Sara se quedó pensando un rato y contestó algo que la sala no esperaba. Dijo que no. dijo que no se casaría con él, pero añadió que tampoco se arrepentía de haberlo hecho, que los se años que vivió con él fueron 6 años imprescindibles, que sin Anthony Man nunca habría sabido lo que era estar casada con un hombre verdaderamente enamorado, que sin esos años no habría podido valorar lo que después le dieron Pepe Tou y otros.
que Anthony Man dijo, “Fue su escuela. Una escuela cara, dolorosa, pero escuela.” Esa frase, esa idea de Anthony Man como escuela resume mejor que ningún titular lo que aquel matrimonio fue. una mujer manchega que había llegado a Hollywood y que necesitaba aprender a ser tomada en serio fuera de España. Encontró en un director estadounidense con problemas de salud, divorciado y mucho mayor, al hombre que durante 6 años le iba a enseñar cómo se vivía en aquel mundo y luego se fue cuando ya había aprendido lo que tenía que
aprender. Es una historia cruda. No tiene final feliz, no tiene moraleja sencilla. Es una historia de dos personas que se quisieron mucho y que se hicieron daño mucho. Una historia de un matrimonio que empezó pensando en una despedida y que terminó pareciéndose demasiado al funeral que aquel 29 de agosto de 1957 había estado a punto de celebrarse el lugar de la boda.
Hay algo más que añadir, algo que tiene que ver con la herencia simbólica de aquel matrimonio. Anthony Man es hoy considerado junto a directores como Howard Hawks, John Ford y Nicolas Ray, uno de los grandes maestros del cine clásico americano. Sus westerns con James Stewart se estudian en las escuelas de cine.
Sus películas de cine negro se proyectan en filmcas. La Filmoteca Española le dedicó una retrospectiva con motivo del Festival Internacional de Cine de San Sebastián en 2004. Ha sido reivindicado por críticos de la talla del francés Jack Ransier. Y sin embargo, en España durante muchos años su nombre se quedó pegado a otro adjetivo, Anthony Man, el marido de Sara Montiel.
Esa relación, esa subordinación inversa dice mucho del peso que tenía Sara en el imaginario español. En ningún otro país del mundo se conocía a Anthony Man como el marido de alguien. En España sí. En España durante décadas fue antes el marido que el director. Y eso, para un hombre orgulloso, para un hombre acostumbrado a ser el centro de cualquier set, debió ser difícil de digerir. Quizá también por eso cayó.
Quizá también por eso decidió no escribir memorias, no dar entrevistas íntimas, no contar lo que había vivido, porque escribirlo habría sido tener que hablar de aquel desplazamiento, de aquel momento en que él dejó de ser Anzony y Mancas y pasó a ser en buena parte del mundo hispano el marido de Sarita.
Y Sara, por su parte, vivió siempre con la conciencia de aquello. Sabía que su marido había cargado con un papel que no le gustaba y por eso cuando hablaba de él lo hacía siempre con un respeto enorme. Le llamaba Tony. hablaba de su talento, hablaba de las películas que había dirigido antes y después de conocerla, pero entre las líneas, en los gestos, en los silencios, dejaba ver que sabía perfectamente que aquel matrimonio le había costado a él tanto como a ella, aunque de manera distinta.
Hay otro detalle más, casi anecdótico, pero que ilumina mucho. Sara Montiel pasó los últimos años de su vida en su casa del barrio de Salamanca en Madrid. Una casa grande, llena de fotografías, de recuerdos, de regalos de fans, de cuadros de Pedro Almodóbar, que la idolatraba y le había dedicado guiños en la mala educación.
Y en aquella casa, en una de las paredes principales del salón, según describieron varios periodistas que la visitaron en sus últimos años, había una fotografía grande, una fotografía en blanco y negro. Sara, joven, riendo, del brazo de un hombre alto, de gesto serio, vestido con traje. Anthony man.
Aquella fotografía estuvo allí presidiendo el salón durante décadas. Cuando se casó con Pepe Tou, allí siguió. Cuando enviudó de Tous, allí siguió. Cuando adoptó a sus hijos, allí siguió. hasta el día en que ella misma murió el 8 de abril de 2013 en aquella misma casa a los 85 años. Aquella fotografía, según contaron quienes entraron en la casa después, seguía colgada en la pared.
Es decir, durante 50 años, Sara Montiel vivió teniendo enfrente todos los días la imagen del primer marido, el que la había llevado a Hollywood, el que la había hecho mujer, el que se había ido de aquella casa de la calle San Bernardo, una mañana en la que Sofía Loren esperaba abajo. el que había muerto en Berlín, dejándole $50,000 y una caja de recuerdos que ella nunca enseñó del todo.
Y aquella fotografía, aquel marco, aquel gesto silencioso de mantenerlo a la vista durante tantísimas décadas decía algo que ningún libro, ninguna entrevista, ningún titular de revista pudo decir mejor. decía que aquel matrimonio con todas sus grietas, con todas sus traiciones, con todos sus silencios, no había sido un error.
Había sido quizá la única manera que aquellos dos seres tan complicados habían encontrado de tocarse el corazón durante 6 años. Hay una pregunta que conviene hacerse antes de terminar este expediente. ¿Por qué Sara Montiel, que durante años vendió aquel matrimonio como un cuento de hadas, decidió contar la verdad cuando ya era una mujer mayor? La respuesta probablemente tenga que ver con la edad, con esa libertad que da el saberse al final del camino, con la sensación de que ya nadie va a juzgarte porque ya no estás compitiendo con
nadie. Sara en sus últimos años hablaba con una libertad que la Sara joven nunca se habría permitido. Hablaba de ***o, hablaba de amantes, hablaba de errores, hablaba de hombres a los que había querido y de hombres a los que se había refugiado. Hablaba sin pudor. Y dentro de esa libertad hubo espacio para hablar también de Anthony Man, para soltar pequeñas verdades que en su momento se habían quedado dentro.
para reconocer celos, para reconocer asimetrías, para reconocer que aquel matrimonio había sido en muchos sentidos una tabla de salvación para los dos, para reconocer, en definitiva, que la verdad real de aquel matrimonio era más compleja, más triste y más humana que la versión oficial, que durante décadas había circulado por las revistas del corazón españolas y por los reportajes de Hollywood conviene también detenerse en la mirada que el público ha tenido de esta historia.
Durante mucho tiempo, sobre todo en la España franquista, Sara Montiel fue una figura controvertida. La amaban y la odiaban, la adoraban en los cines y la insultaban en los aeropuertos. Y cuando se casó con Anzony Man, una parte importante de la sociedad española sintió aquel matrimonio como una traición. Como si Sara hubiera elegido a un americano por interés, como si hubiera abandonado España, como si hubiera renegado de su origen manchego para meterse de cabeza en el glamur californiano.
Esa visión injusta persistió durante años. Y solo cuando Sara empezó a contar las dificultades reales del matrimonio, cuando empezó a hablar de los celos, de la diferencia de edad, del aislamiento, de la asimetría profesional, esa imagen se fue corrigiendo. La gente entendió que aquello no había sido un cuento de Hollywood, sino una vida real, complicada, llena de aciertos. y de errores.
Y conviene mencionar también lo que Sara representó para varias generaciones que crecieron después. Pedro Almodóbar, manchego como ella, ha confesado en muchas entrevistas que Sara Montiel fue su obsesión desde joven, una obsesión casi religiosa. la incluyó como referencia cultural en la mala educación, donde la protagonista se llama Sahara y se ven fragmentos de esa mujer, una de las películas tardías de Sara con el director Mario Camus.
La imitadora transformista que aparece en aquella misma película interpreta una canción emulando los gestos exactos de Sara en mi último tango. Y el actor Gael García Bernal, vestido con un traje de Jean Paul Golti, interpreta a un transformista que canta el bolero. Quizás, quizás, quizás imitando los movimientos de Sara en noches de Casa Blanca.
Almodóbar, en otras palabras, construyó parte de su lenguaje cinematográfico sobre la imagen de Sara Montiel. La convirtió en icono, en Santa Laica, en madre simbólica, de toda una manera de entender el cine español. Y eso, en buena medida ayudó a que las generaciones posteriores miraran a Sara con ojos distintos, sin los prejuicios de la dictadura.
Sara Montiel también tuvo durante toda su vida una relación especialmente cercana con la comunidad homo***ual española en una época en que el franquismo perseguía cualquier identidad que se saliera de la norma. Sara fue, según múltiples testimonios, una de las pocas estrellas españolas que se atrevió a interceder por amigos detenidos enredadas.
Fue varias veces a las comisarías a pedir la liberación de hombres. con los que había trabajado, hombres a los que conocía, hombres a los que apreciaba y a los que la dictadura quería destruir. Esa generosidad, esa valentía silenciosa, la convirtió con el tiempo en una musa de la comunidad LGTB y Qumas española, una mujer adelantada a su tiempo que entendió antes que casi nadie que el amor no se podía legislar y que las identidades privadas no se podían criminalizar.
Y aquellos amigos, aquellos hombres a los que ayudó, le devolvieron el cariño durante décadas, llenando sus conciertos, comprando sus discos, defendiendo su memoria cuando España se quiso olvidar de ella. Anthony Man, mientras estuvo casado con Sara, vio de cerca esa parte de su mujer. Vio cómo recibía amigos a los que el régimen señalaba.
Vio cómo se reía de las normas no escritas. vio como aquella manchega de apariencia tradicional escondía dentro a una mujer profundamente liberal. Y según contaron quienes los rodearon en aquellos años, el director estadounidense, criado en un ambiente teosófico y con madre judía, entendió aquella libertad de Sara mejor que muchos de los compatriotas de ella.
Quizás esa fue una de las cosas que más unió al matrimonio en sus primeros años, la sensación compartida de que ninguno de los dos cabía del todo en los moldes que les habían tocado en suerte. Él demasiado europeo para Hollywood, ella demasiado americana para España, los dos exiliados de sí mismos. Y por otro lado está la mirada del cine, la mirada de los críticos, de los biógrafos, de los profesionales.
Para ellos aquel matrimonio fue una anomalía, una anomalía romántica entre un director ya consolidado y una actriz extranjera que se hizo grande casi a pesar de él. Anzony Man dirigió a Sara Montiel después de Serenad. no volvieron a trabajar juntos. Y eso es interesante porque demuestra que en lo profesional la pareja entendió rápido que mezclar matrimonio y rodaje habría sido una catástrofe.
Cada uno hizo su carrera, cada uno hizo su trayectoria y eso paradójicamente fue una de las pocas cosas saludables que tuvo aquel matrimonio. Hay una última pregunta antes del cierre. Una pregunta que merece quedarse flotando. ¿Qué habría pasado si Sara Montiel y Anthony Man hubieran tenido aquel hijo que perdieron? ¿Habría aguantado el matrimonio? ¿Se habría salvado de los celos, de las giras, del fracaso de la caída del Imperio Romano? de Sofía Loren esperando abajo en la calle San Bernardo.
Es imposible saberlo, pero los que conocieron de cerca a Sara Montiel siempre dijeron que aquella pérdida había sido el momento en que algo se rompió de verdad, que mientras Sara fue una mujer con la posibilidad de ser madre, mantuvo cierta esperanza. Cuando los médicos le confirmaron que no podría tener hijos biológicos, esa esperanza se apagó.
Y un matrimonio que tiene la esperanza apagada no aguanta lo que viene después por mucho amor que haya en él. Tú que has llegado hasta aquí, que has escuchado todo este expediente, que has acompañado a Sara y a Anthony por aquellas calles de Madrid, por aquel hospital de Los Ángeles, por aquel apartamento de la Torre Madrid, donde el director se refugió tras la escena de Sofía Loren por aquella habitación de hotel berlinesa donde el corazón de Anthony dijo, “Basta, ¿qué piensas tú? ¿Crees que aquel matrimonio podría haberse salvado si las circunstancias
hubieran sido otras? ¿Crees que Sara fue justa al callar tanto tiempo y al hablar tan tarde? ¿Crees que Anthony hizo bien al guardar silencio para siempre? Porque al final las historias de los grandes amores de Hollywood casi nunca son lo que parecen. Casi nunca son lo que las revistas del corazón vendían. Casi nunca son lo que los biógrafos oficiales escribían.
Casi siempre son historias de dos personas reales, con sus heridas, con sus miedos, con sus celos, con sus enfermedades, con sus deudas, con sus traiciones pequeñas y con sus traiciones grandes. Sara Montiel y Anthony M no fueron una excepción, fueron una pareja real y por eso su historia vista de cerca hace daño, porque te recuerda que detrás de cada cartel de cine, detrás de cada portada glamorosa, hay personas que sufrieron en silencio y que callaron durante años, cosas que solo pudieron contar cuando ya el otro había muerto.
Sara Montiel pasó sus últimos meses en su casa de Madrid. cantaba todavía. Recibía a sus pocos amigos íntimos, daba alguna entrevista de vez en cuando, aparecía en algún programa de televisión. En 2011, ya con 83 años, hizo una aparición especial en una comedia titulada Abrázame, dirigida por Óscar Parra de Carrizosa.
fue su última aparición en el cine y aquellos que la vieron entonces dicen que había una luz especial en sus ojos, una luz de mujer que ya había contado todo lo que tenía que contar, una luz de mujer que ya había hecho las paces con la mayor parte de sus fantasmas. Una luz de mujer que mirando aquella fotografía en blanco y negro de su salón podía sonreír sin amargura.
Murió el 8 de abril de 2013. Tenía 85 años. La causa oficial fue una grave crisis de la que no se dieron muchos detalles más. Llevaba años con problemas de salud, con tratamientos, con dolores que ella misma minimizaba en público. La velaron en Madrid, la enterraron en el cementerio de San Justo junto a su madre María Vicenta, y a su hermana Elpidia.
Y allí descansa hoy lejos de Anthony Man, que sigue en el crematorio de Golders Green en el norte de Londres, lejos de Severo Ochoa, lejos de todos los hombres a los que quiso y a los que hizo daño y por los que sufrió. Sola, finalmente, sola en la tierra manchega que la había visto nacer. Y mientras escribimos esto, sus libros siguen leyéndose, sus películas siguen viéndose, sus canciones siguen sonando, fumando, espero.
La violetera, el último cuplé. Voces que no envejecen, voces que se han quedado pegadas a la memoria sentimental de varias generaciones de españoles, mexicanos, argentinos, cubanos, puertorriqueños. La María Antonia Abad Fernández de Campo de Criptana, la Sara Montiel de Hollywood, la María Antonia, mujer de Anthony Mán, la diva de Madrid, la madre de Taís y Zeus, la viuda de Pepe Tou sigue viva en cada una de esas grabaciones que cualquiera puede escuchar hoy con un click.
Y Anthony Man, mientras tanto, sigue siendo recordado en escuelas de cine, en filmotecas, en libros de historia del séptimo arte. Sus westerns con James Stewart se siguen estudiando. El Cid sigue siendo, pese a sus excesos y sus licencias históricas, una de las grandes epopellas del cine clásico. Su mirada sigue presente en cada plano que rodó.
Pero hay algo que pertenece solamente a Sara y a Anthony, algo que ningún libro de historia del cine puede recuperar del todo. Algo que solo ellos vivieron. Las cenas íntimas que tuvieron en aquel piso de la calle San Bernardo, las conversaciones que tuvieron en habitaciones de hotel de Roma, de París, de Venecia, los silencios que compartieron después de aquella pérdida del bebé, las miradas que se cruzaron en aquella mañana en que Sofía Loren esperaba abajo.
Eso, todo eso se lo llevaron ellos. Y solo Sara en sus últimos años decidió dejar caer un poco de aquella verdad antes de morir. La verdad real de aquel matrimonio nunca cabrá entera en un solo expediente. Es una verdad esquiva, contradictoria, compuesta de lo que él cayó y de lo que ella reveló cuando ya nadie podía contradecirla.
Es una verdad que tiene tres versiones por cada hecho. Es una verdad de la que solo conocemos los pedazos que Sara quiso dejar y los pedazos que los testigos cercanos confirmaron. Pero aún así, lo que tenemos basta para entender que aquel romance de Hollywood, aquella boda hospitalaria, aquel matrimonio de 6 años, no fue lo que durante décadas se contó. Fue otra cosa.
Fue una historia de refugio, de salvación. mutua imperfecta, de celos, de pérdida, de carreras paralelas que se rozaron sin tocarse, de cartas que él le escribió y que ella guardó toda la vida, de $50,000 que él le dejó muerto, de una fotografía en blanco y negro que ella mantuvo colgada en su salón hasta el último día. Sara Montiel reveló la verdad que Anthony Man cayó.
Y esa verdad cuando uno la mira despacio no es escandalosa, no es sucia, no es chismosa, es solo profundamente humana. Es la verdad de dos personas que se equivocaron, que se acertaron, que se quisieron, que se hicieron daño y que al final se dejaron ir con tanta dignidad como pudieron. Y nosotros hoy, casi 60 años después de aquella muerte berlinesa, casi 15 años después de aquella muerte madrileña, podemos hacer lo único que se puede hacer con las historias así.
Podemos contarlas con cuidado. Podemos respetar sus silencios. Podemos entender por qué él cayó y por qué ella habló tarde y podemos mirar sus películas, escuchar sus canciones y agradecer que hubieran existido, aunque su matrimonio no hubiera sido la historia perfecta que las revistas vendían. Si te ha conmovido todo esto, si te ha cambiado la forma en que veías a Sara Montiel y a Anthony Man, déjame decirte una cosa antes de irnos.
Hay otra historia que probablemente te haga sentir lo mismo o más. Una historia de otra gran estrella española de la misma época, otra mujer que conquistó Hollywood, otra leyenda que vivió secretos que solo se conocieron al final. Si esta historia te ha llegado al alma, no puedes perderte el próximo expediente, donde abriremos los secretos que rodean a Carmen Sevilla, su gran rival simbólica de la época.
Una mujer cuya vida estuvo marcada por amores imposibles, traiciones inesperadas y una decadencia final, tan dura como silenciosa, que la propia España no supo acompañar como merecía. Si esto te ha sorprendido, lo que vas a descubrir en aquel video te va a romper el corazón. M.