DE COBRAR PISO EN CUSCATLÁN A LAS CELDAS DEL CECOT, ASÍ CAYERON LOS 37 MÁS PELIGROSOS DE LA MS-13
Bombazo de última hora desde El Salvador, 66 años de cárcel. Esa es la cifra que cayó sobre los pandilleros más peligrosos que operaban en Cuscatlán. 37 miembros de la MS, 13, los mismos que durante años cobraron piso, amenazaron y decidieron quién entraba y quién salía de las colonias.
Según se ha reportado, acaban de escuchar su condena y entre ellos hay dos nombres que pesan más que el resto. Dos son boys de alto rango que se creían intocables. Aquí le vamos a contar exactamente cómo cayeron, uno por uno. Si a usted también le hierve la sangre cuando escucha que esta gente se movía por los barrios como si fueran los dueños, cobrando renta a comerciantes que apenas acaban para comer, suscríbase ahora mismo, porque aquí vamos a seguir destapando estas historias que muchos prefieren callar. Porque lo que pasó en
Cuzcatlán no es un caso aislado. Es la historia de un territorio entero que durante años vivió con el miedo metido en los huesos y de cómo ese miedo por fin empezó a cambiar de bando. Y lo que esos dos hacían en concreto, el poder real que tenían sobre esas colonias, es algo que cuesta creer hasta que se lo cuento con nombre y apellido.
¿Sabe usted qué nivel de poder hace falta para tener a un departamento entero callado durante años? Para contarle esto bien, le voy a ser sincero, nos tomamos el tiempo de revisar el comunicado oficial de la Fiscalía General de la República y de contrastar la información que ha trascendido sobre este caso.
Porque cuando uno habla de 37 condenas y de hasta 66 años de cárcel, no se puede andar con cifras inventadas. Lo que le vamos a contar aquí está sostenido lo que las autoridades salvadoreñas hicieron público. Y fíjese usted que ya solo el número asusta. No estamos hablando de uno ni de dos ni de un grupito. 37.
37 pandilleros de una misma estructura, sentados a escuchar cómo se les venía encima el peso de la ley, que durante tanto tiempo creyeron que nunca los iba a tocar. Y créame que el detalle de quiénes eran los dos que mandaban dentro de ese grupo es lo que le va a cambiar la forma de ver toda esta historia. Cuscatlán es uno de esos departamentos del centro del Salvador, donde la vida durante años se midió en función de lo que la Mara permitía.
No es un lugar lejano ni perdido. Es tierra salvadoreña, de colonias trabajadoras, de gente que se levanta temprano, que vende, que cultiva, que manda a los hijos a la escuela. Y sobre toda esa gente, según se ha reportado, había una estructura de la MS13 que se había repartido el territorio como si fuera suyo.
Ellos decidían, ellos cobraban, ellos marcaban la línea que nadie podía cruzar sin pagar las consecuencias. Y durante mucho tiempo, nadie del lado de la ley parecía capaz de meterles mano. ¿Y sabe usted cuánto tiempo llevaba esa misma gente mandando en esas colonias antes de que por fin alguien les pasara la cuenta? Dentro de esa estructura, según las versiones que han circulado, había jerarquía.
No todos los pandilleros valen lo mismo dentro de la mara. Hay rangos, hay escalones, hay quien manda y quien obedece. Y en lo más alto de esa clic de Cuscatlán había dos nombres que las autoridades han señalado comoys de alto rango, Carlos Armando, Ramos Rodríguez y René Valmore López Aguillón.
Para quien no conoce la argot de las maras, le explico. Unomoy no es cualquier pandillero de esquina. Es un miembro pleno con voz, con peso, con poder de decisión dentro de la estructura. Era gente que daba órdenes, no que las recibía. Y lo que esos dos nombres significaban para la gente de Cuscatlán es algo que usted va a entender en unos minutos cuando le cuente cómo se vivía en las colonias donde ellos mandaban.

Si usted llevaba años esperando ver caer a estos personajes que durante décadas hicieron lo que les dio la gana en los barrios humildes, suscríbase. Aquí vamos a contar uno por uno cómo se les va cerrando la puerta del secot. Porque para entender por qué esta condena se siente como se siente, hay que entender primero lo que esta gente le hizo a la gente común.
Y eso no es un dato frío, eso es una pupucería que cerró porque la dueña ya no podía pagar la cuota semanal. Eso es un buen hombre que se sentaba en la mesa de la cocina a contar billetes que no le sobraban, sabiendo que si faltaba algo, la amenaza no era para él, era para sus hijos. Eso es lo que de verdad estaba en juego en Cuscatlán durante todos esos años.
Y le advierto una cosa, el detalle de cómo cobraban esa renta casa por casa, negocio por negocio, es de las cosas que más rabia daña en toda esta historia. Imagínese usted lo que significa vivir así. No es una película. es una señora que vende verduras en el mercado y que cada semana sabe que tiene que apartar una parte de lo poco que gana para entregárselo a alguien que no trabajó ni un minuto por ese dinero.
Es un transportista que maneja con el corazón en la boca porque sabe que en cierto punto de la ruta hay que pagar. Para poder pasar es una madre que no deja salir al hijo de 13 años a jugar a la calle porque en la esquina hay un de la clica vigilando, buscando a quién reclutar. Y le voy a ser honesto, cuando uno se pone a pensar en cuántos años se sostuvo ese miedo sin que nadie hiciera nada, cuesta no sentir rabia.
¿Usted qué hubiera hecho si le tocaba criar a sus hijos en una colonia así? Durante mucho tiempo, en El Salvador, esto se vivió como si fuera lo normal, como si naciste, creciste y te tocó vivir bajo la sombra de la Mara y no había nada que hacer. Esa fue la resignación que se les metió a varias generaciones de salvadoreños.
Pagar la renta era parte de tener un negocio. Cuidarse de las esquinas era parte de criar a un hijo. Enterrar a alguien joven era parte del calendario del barrio. Y los que mandaban en esas colonias de Cuscatlán, según se ha reportado, se acostumbraron a vivir con esa certeza, la de que podían hacer lo que quisieran porque nadie nunca les iba a pasar la cuenta.
Pero esa certeza se les acabó y la forma en que se les acabó es lo que de verdad le va a interesar. ¿Se imagina usted la cara de esa gente el día que entendió que esta vez no había arreglo posible? Pero algo cambió en El Salvador y no fue de un día para otro ni fue casualidad. Fue una decisión política tomada desde lo más alto.
Bukelé lo dijo claro desde el principio. Con las maras no se negocia, no se pacta, no se mira para otro lado. Se persigue, se captura, se procesa y se condena. Y esa estructura de Cuscatlán, que durante años se sintió dueña del territorio, empezó, sin saberlo del todo, a quedar dentro del cerco, lo que durante mucho tiempo pareció imposible que estos personajes respondieran ante un juez, empezó a tomar forma de expediente, de investigación, de caso armado.
Y sabe usted en qué momento exacto esos homb se dieron cuenta de que esta vez iba y aquí viene una parte que casi nadie está contando bien porque la caída de estos 37 no fue un golpe de suerte ni un operativo improvisado. De una noche fue el resultado de un aparato judicial que se puso a funcionar de una manera que en El Salvador no se había visto nunca.
Hubo investigación detrás, hubo expediente, hubo nombres, rangos, estructura documentada y el mismo día en que se conoció la condena de estos 37 de la MS 13, según se ha reportado, la propia fiscalía movía otro proceso paralelo de enorme peso contra otra mara, dos frentes el mismo día. Pero el detalle de lo que esa estructura de la MS 13 hacía en concreto lo que se les atribuye haber hecho durante esos años en Cuzcatlán.
es lo que de verdad le va a poner los pelos de punta y se lo cuento ahora mismo, porque una cosa es decir, cobraban renta, así en frío como un titular y otra cosa muy distinta es entender lo que eso significaba en la vida real de la gente de Cuzcatlán. significaba que un comerciante honrado trabajaba para dos, para su familia y para la clica.
Significaba que el dinero que debía ir a la comida, a la escuela, a la salud, terminaba en el bolsillo de gente que solo sabía amenazar. Significaba que durante años, mientras una familia salvadoreña apretaba el cinturón para llegar a fin de mes, había unos cuantos que vivían de ese miedo y de esa renta sin mover un dedo para ganárselo.
Y eso durante demasiado tiempo quedó impune. Lo que cambió esa historia, lo que destapó de verdad el peso de lo que esta gente hizo y cómo se les terminó cerrando la puerta es exactamente lo que le voy a contar a continuación. Lo que esta estructura de la MS13 hacía en concreto en Cuscatlán no era un cobro suelto ni un caso de unos cuantos extorsionadores de esquina.
Según las versiones que han trascendido y lo que las autoridades documentaron en el expediente, lo que había montado en ese departamento era un sistema completo, una maquinaria de control que tocaba prácticamente cada rincón de la vida en las colonias donde mandaban. No improvisaban, tenían método, tenían quien cobraba.
¿Quién vigilaba? ¿Quién amenazaba? Y quién decidía qué se hacía con el que no pagaba. Y ese método sostenido durante años es lo que terminó convirtiéndose en el expediente que lo sentó a los 37 frente a un juez. Y fíjese usted que dentro de ese sistema había una pieza que casi nadie menciona, una que explica por qué duraron tanto tiempo sin caer.
Esa pieza era la jerarquía y aquí es donde los dos nombres que le adelanté en el arranque cobran todo su peso. Carlos Armando Ramos Rodríguez y René Balmor López Aguillón no eran dos pandilleros más dentro del montón de 37. Según lo que las autoridades han señalado eran de alto rango. Y eso en el mundo de la MS 13 no es un título decorativo.
Un monoy de ese nivel es alguien que ya pasó por todo, que tiene historial dentro de la mara, que tiene gente debajo que le responde y que toma decisiones que otros simplemente ejecutan. En una estructura como la de Cuscatlán, gente con ese rango es la que dice quién paga, cuánto paga y qué le pasa al que se niega.
No son la mano que aprieta el gatillo necesariamente, son la cabeza que da la orden de apretarlo. Y esa diferencia en un barrio bajo control de la mara lo es todo. Piénselo un momento. En las colonias donde estos boys mandaban, una decisión suya podía significar que una familia tuviera que dejar su casa de la noche a la mañana.
Podía significar que un negocio que costó años levantar cerrar sus puertas porque ya no aguantaba la cuota. Podía significar en los casos más duros que alguien que se plantó y dijo, “No pago más”, no volviera a su casa esa noche. Ese era el nivel de poder que según se ha reportado, manejaba gente como la que ahora está condenada.
No es un poder de película, es un poder que se sintió casa por casa, en familias salvadoreñas reales que durante años no pudieron ni respirar tranquilas dentro de su propio barrio. Y le voy a ser sincero, cuando uno entiende el tamaño de ese poder, entiende también por qué la gente de Cuscatlán llevaba tanto tiempo esperando este día sin atreverse a creer que llegaría, porque esa es la otra cara de esta historia, la que de verdad le revuelve a uno por dentro.
Durante años, la gente honrada de esas colonias supo perfectamente quiénes eran. Sabían qué casa era, sabían qué cara tenía el que cobraba, sabían en qué esquina se paraba el que vigilaba, pero no podían hacer nada. ¿A quién le iban a decir? Con qué respaldo el que hablaba se exponía y se exponía no solo él, sino su familia entera.
Esa es la trampa más cruel del sistema que estas estructuras montaron. no solo cobraban y amenazaban, sino que se aseguraban de que la víctima se quedara callada por miedo a que fuera peor. Años de silencio forzado, años de gente cargando sola un peso que no le tocaba cargar. Y mientras tanto, los que mandaban dormían tranquilos, convencidos de que esa rueda no se iba a parar nunca.
¿Y sabe usted qué fue exactamente lo que hizo que esa rueda después de tantos años por fin se detuviera? Pues la rueda se paró y se paró porque por primera vez en mucho tiempo hubo un estado dispuesto a meterle mano de verdad, sin pactos por debajo de la mesa, sin mirar para otro lado a cambio de calma electoral. Bukele lo planteó desde el principio sin medias tintas.
A las maras se las persigue, se las captura y se las procesa hasta el final, sin negociar ni un centímetro. Y bajo esa orden política clara, el aparato de justicia salvadoreño se puso a trabajar sobre estructuras como la de Cuzcatlán, de una forma que antes simplemente no ocurría.
Donde antes había resignación empezó a haber expediente. Donde antes había impunidad empezó a haber investigación con nombres, rangos y pruebas. Y aquí es donde la historia da un giro que mucha gente todavía no ha terminado de dimensionar, porque lo que pasó el mismo día de esta condena no fue solo un juicio, fueron dos frentes abiertos a la vez.
Vamos por partes, porque esto es importante y se lo quiero contar bien. El plato fuerte, el centro de todo esto son los 37 de la MS, 13 de Cuzcatlán y sus penas de hasta 66 años. Esa es la noticia que sacude, la que de verdad marca el antes y el después. Pero el mismo día en que se conoció esa condena, según se ha reportado, la propia fiscalía salvadoreña tenía en marcha otro proceso de enorme peso, un juicio que involucraba a un grupo numeroso de miembros del barrio XVI, la otra gran mara en una sola imagen todo el horror de la
época que El Salvador está dejando atrás. Le hablo del caso de un motorista, un trabajador de la ruta del transporte público, cuyo cuerpo, según las versiones que han circulado, terminó enterrado de forma clandestina en una barranca. Un hombre que salió a trabajar, a manejar su ruta como cualquier otro día y al que la mara desapareció y ocultó como si su vida no valiera absolutamente nada.
Y le advierto que la imagen de lo que le hicieron a ese hombre es de las que no se borran fácil. Le voy a ser honesto con usted. A mí esa parte es la que más me cuesta contar sin que se me apriete algo por dentro, porque ese motorista no era un número, era un trabajador. Era con casi toda seguridad el sostén de una familia que esa noche lo esperó y no lo vio llegar.
Enterrar a alguien en una barranca no es solo quitarle la vida, es intentar borrarlo, negarle hasta el derecho a que su propia familia supiera qué le pasó, dónde estaba, qué fue de él. Esa era la clase de país que estas estructuras construyeron mientras nadie les pasaba la cuenta. Y por eso que el mismo día caigan 37 de la MS 13 con condenas de hasta 66 años y avance en paralelo un proceso de ese peso contra el barrio 18.
No es una coincidencia menor, es la señal de que la maquinaria que antes no funcionaba ahora funciona y funciona en varios frentes a la vez. Pero todavía falta lo que de verdad cierra esta historia, el momento en que toda esa investigación, todos esos nombres, todos esos rangos se convirtieron en una sentencia firme contra los 37.
Porque construir un caso así no es sencillo y eso es algo que conviene entender para dimensionar lo que se logró. No basta con saber que alguien anda en la mara. Hay que documentar quién es quién dentro de la estructura, qué rango tiene cada uno, qué decisiones tomó, a quién le respondía y a quién mandaba. Hay que armar un expediente que aguante delante de un juez que no se caiga, que tenga cada pieza en su sitio.
Y eso aplicado no a una persona, sino a 37 al mismo tiempo. Es un trabajo enorme de meses, de paciencia, de cruzar información hasta que el cuadro completo quede claro. Durante años en El Salvador ese trabajo simplemente no se hacía o se hacía y se caía a pedazos antes de llegar a una condena. Esta vez no. Esta vez el cuadro se armó completo con los 37 dentro y con los dos de alto rango señalados en lo más alto de la estructura.
Y fíjese usted que el peso de las penas que vinieron después dice por sí solo el tamaño de lo que se logró documentar, porque cuando llegó el momento de la sentencia las cifras hablaron solas, hasta 66 años de cárcel. Léalo despacio, 66 años. Eso no es una palmada en la mano, ni una condena simbólica de las que antes se veían. Y a los 2 años el pandillero estaba de vuelta en la esquina mandando como si nada.
66 años es una condena que se entiende como lo que es el estado, diciéndole a esta gente y diciéndole también al país entero que se acabó la época en que estos personajes entraban y salían de la cárcel como si fuera su casa. 37 miembros de la misma estructura con los dosboys de alto rango, entre ellos escuchando cómo se les iban los años por delante encerrados.
La misma gente que durante años decidió el destino de familias enteras en Cuscatlán, ahora sin decidir absolutamente nada sobre el suyo propio. Y lo que viene ahora es justo lo que esa gente de Cuscatlán llevaba años esperando, aunque casi no se atrevía a soñarlo, porque detrás de cada uno de esos 37 números hay un barrio que respira distinto.
Detrás de esa condena hay una señora del mercado que ya no tiene que apartar una parte de lo que gana para una cuota que no le tocaba pagar. Hay un transportista que puede manejar su ruta completa sin el nudo en el estómago al llegar a cierto punto del camino. Hay una madre que ya puede dejar salir al hijo a la calle sin el miedo de que en la esquina haya alguien esperando para llevárselo.
Eso es lo que de verdad significan esos 66 años. No son solo un castigo para los que cayeron, son aire para los que durante años no pudieron respirar. Y todo eso, el operativo, la captura, el momento en que estos personajes pasaron de mandar en un departamento a no mandar ni en su propia celda. Es exactamente lo que le voy a contar enseguida, paso por paso, tal y como ocurrió esa jornada que muchos en Cuzcatlán no van a olvidar.
Esa jornada amaneció como cualquier otra en Cuzcatlán y eso es justo lo que estos personajes nunca terminaron de entender, que el día en que se les acabara todo no iba a venir anunciado con bombos ni con avisos. Durante años se movieron con la certeza del que se cree intocable, del que ha visto pasar gobiernos, promesas y operativos que nunca llegaban a nada.
Se acostumbraron a esa idea como uno se acostumbra a respirar, sin pensarla. Pero esta vez la maquinaria ya estaba montada por detrás en silencio, sin titulares previos, sin filtraciones que les dieran tiempo a moverse. El expediente estaba armado, los nombres estaban señalados, los rangos documentados.
Y mientras ellos seguían creyendo que mandaban, según se ha reportado, lo único que faltaba ya era el momento de ejecutar lo que durante meses se había preparado pieza por pieza. Y ese momento, cuando llegó, no se pareció en nada a lo que esta gente se había imaginado durante años, porque el contraste es brutal y conviene que se lo cuente despacio para que lo sienta como se siente.
Estos eran los mismos hombres que en sus colonias decidían quién pagaba y quién no, quién se quedaba y quién se iba, quién abría su negocio al día siguiente y quién no volvía a abrirlo nunca. Los mismos que daban la orden y veían como otros la cumplían sin chistar. Los mismos ante los que una colonia entera bajaba la mirada.
Y de un momento a otro, según las versiones que han trascendido, esos mismos hombres pasaron a estar del otro lado, esposados, contados, fichados, sin nadie debajo a quien mandar y sin nadie arriba que los pudiera sacar. El que daba las órdenes callado, el que decidía el destino de familias enteras, sin poder decidir ni hacia dónde caminaba.
Le voy a ser sincero, hay algo en ese vuelco que cuando uno lo piensa con calma no termina de caber en la cabeza de lo grande que es. ¿Se imagina usted lo que pasa por la cabeza de alguien que mandó durante años el día exacto en que entiende que no manda absolutamente nada? El traslado fue, según se ha reportado, el momento en que ese vuelco se hizo visible para todos.
Imagínese la escena porque dice más que cualquier dato. Hombres que durante años se movieron por las colonias de Cuzcatlán con la soberbia del que se sabe temido. Ahora en fila, con la cabeza gacha, las manos sujetas, llevados de un punto a otro sin que su voluntad contara para nada. Ya no había esquina que controlar, ya no había cuota que cobrar, ya no había vecino al que mirar para que bajara la vista, solo el recorrido, el silencio dentro del vehículo y la certeza que les debió caer encima como una losa de que esto no era un susto
pasajero del que saldrían en unos meses como tantas otras veces. Esta vez era distinto. Esta vez iba en serio. Y los que durante tanto tiempo creyeron que el miedo era algo que ellos repartían esa jornada empezaron a entender, según relatan las versiones que circularon después, lo que se siente estar al otro lado.
Y le voy a confesar una cosa, hay una parte de mí que necesitó ver esto para creer del todo que era posible, porque hubo una generación entera de salvadoreños que creció convencida de que este día no iba a llegar nunca. Gente que enterró a un hijo, que cerró un negocio, que se fue del país, que pagó renta durante años con la cabeza agachada y que en el fondo había hecho las paces con la idea de que estos personajes iban a morir de viejos mandando en su colonia.
Para esa gente, ver a los que los tuvieron sometidos pasar esposados y callados no es un dato de noticiero, es algo mucho más hondo. Es la prueba por fin tangible de que el orden de las cosas se dio vuelta, de que el que apretaba ahora es el apretado, de que la ley, que durante años fue una palabra vacía en esas colonias, esta vez sí tuvo dientes.

Y lo que vino después cuando se cerró la puerta detrás de ellos es el momento que de verdad le va a quedar grabado, porque el final de línea para esta gente tiene un nombre y ese nombre es el Secot, no hace falta adornarlo. El centro de confinamiento del terrorismo es exactamente lo que su nombre dice y para los que mandaron en Cuzcatlán durante años, representa el lugar donde todo lo que fueron deja de existir.
Allí no hay alias que valga, no hay rango que respeten, no hay clica que mande recados, no hay colonia que tiemble cuando pasan. Las celdas de concreto sin ventana al mundo de afuera, con la luz artificial siempre encendida, donde el día y la noche se vuelven lo mismo. El uniforme que los iguala a todos y borra de un tijeretazo la identidad que antes los hacía temidos.
La cabeza rapada, el silencio espeso, donde antes había órdenes y gritos, y la fila, la mirada al suelo, el orden absoluto impuesto sobre los que vivieron de imponérselo a los demás. Y aquí es donde la historia da el vuelco que esa gente de Cuscatlán esperó durante años sin atreverse a decirlo en voz alta. Piénselo bien, porque el contraste lo es todo en esta historia.
El homboy de alto rango que en su colonia decidía con un gesto quién pagaba y quién no, dentro del Seot no decide ni cuándo se levanta. El que durante años tuvo a familias enteras pendientes de su voluntad, ahí dentro no tiene voluntad que le sirva de nada. Esa frase que define el lugar lo resume sin necesidad de más.
De ahí no se sale, de ahí no se manda, de ahí no se decide si nada. Y para los 37 de Cuscatlán, con los dos son boys de alto rango entre ellos, esa frase dejó de ser una idea abstracta para convertirse en su realidad diaria con condenas de hasta 66 años por delante. 66 años. El poder que creyeron eterno cabe ahora dentro de cuatro paredes de concreto donde no manda ninguno de ellos.
Y mientras esa puerta se cerraba sobre ellos, afuera en Cuscatlán pasaba algo que es lo que de verdad da sentido a toda esta historia, porque la verdadera historia, fíjese usted, nunca fue la de ellos. La verdadera historia es la del barrio que durante años los aguantó y que esa jornada, por primera vez en mucho tiempo respiró distinto.
Es la señora del mercado que se da cuenta, casi sin creérselo, de que esta semana lo que ganó es suyo, completo, sin una parte apartada para una cuota que nunca le tocó pagar. es el transportista que hace su ruta entera y llega al punto donde antes se le cerraba el estómago y esta vez pasa de largo sin nudo, sin miedo. Es la madre que ve al hijo salir a la calle a jugar y por primera vez en años no se queda mirando la esquina con el alma en un hilo.
No son escenas de película, es lo que según se ha reportado, empieza a pasar en los territorios cuando la estructura que los tenía sometidos por fin cae y eso, esa calma recuperada vale más que cualquier titular. Y aquí es donde hay que decir con todas sus letras lo que esto significa de verdad para El Salvador, porque durante más de tres décadas esto que le acabo de contar parecía sencillamente imposible.
Imposible que 37 de una misma estructura cayeran juntos. Imposible que dos homeboys de alto rango terminaran con la cabeza rapada en una celda de concreto. Imposible que un barrio de Cuzcatlán pudiera respirar sin pedirle permiso a la Mara. Durante 30 años, varios gobiernos miraron para otro lado, pactaron por debajo de la mesa o sencillamente se rindieron ante un problema que se les había hecho más grande que ellos.
Lo que cambió no fue la suerte, lo que cambió fue que hubo una decisión política tomada desde lo más alto y sostenida hasta el final. Con las maras no se negocia, se las persigue y se las procesa hasta que respondan ante un juez. Bukele lo dijo y esta condena de hasta 66 años a los 37 de Cuscatlán es una de las pruebas concretas de que esa frase esta vez no se quedó en discurso y por eso lo que le voy a decir ahora es importante que se lo lleve consigo.
Quédese con esta imagen porque resume todo lo que ha visto. Los mismos hombres que durante años creyeron que su palabra era ley en las colonias de Cuzcatlán, hoy no tienen palabra que valga dentro de cuatro paredes de concreto, con hasta 66 años por delante para pensarlo. El que mandaba ya no manda, el que cobraba ya no cobra, el que decidía quién vivía tranquilo y quién no, ya no decide nada.
Y al mismo tiempo, según se ha reportado mientras esto pasaba con la MS 13, la justicia salvadoreña tenía abierto en paralelo otro frente de enorme peso contra el barrio 18 por aquel motorista enterrado en una barranca, ese trabajador al que quisieron borrar como si su vida no contara. Dos maras, dos procesos, una misma jornada.
Esa es la dimensión real de lo que está ocurriendo. No es un caso suelto, es una maquinaria de justicia funcionando en varios frentes a la vez sobre lo que durante 30 años fue intocable. Y eso, créame, apenas es una parte de lo que está saliendo a la luz. Y mientras estos 37 ya están donde están, con la cabeza rapada y sin volver a decidir nada sobre la vida de nadie, hay algo que conviene no perder de vista.
Una estructura que operó durante años en un departamento entero no se construye sola ni se sostiene con 37 personas. Y ya donde hubo una red de ese tamaño, casi siempre quedan cabos que jalar, nombres que todavía no han salido, piezas que la investigación apenas empieza a tocar. Eso significa que esta jornada, por más fuerte que haya sido, no cerró el capítulo entero.
Cerró un capítulo grande y dejó la puerta abierta a los que vienen. Y casos como este, fíjese usted, no paran de aparecer en El Salvador uno detrás de otro, semana tras semana. Si lo que acaba de ver le removió por dentro, no se vaya todavía. Aquí mismo les sigo contando cómo se les está cerrando la puerta a los que durante años creyeron que mandaban para siempre.
Quédese porque lo que viene es tan fuerte como lo que acaba de ver.