Pero ahí fue donde Enrique Lizalde hizo algo que marcó su imagen dentro del gremio. Sin ponerse a esperar demasiado, tomó un jeep y se lanzó el solito a buscarlos. Imagínense la escena. El galán de voz elegante dejando a un lado la pose de estrella. metiéndose al desierto como si fuera personaje de aventura, con el calor encima y el riesgo real de que también él se fuera a perder, pero los encontró, rescató aquellos dos técnicos que ya daban por perdidos y con eso se ganó el respeto enorme entre compañeros, trabajadores y gente de la producción.
Porque vean amigos, una cosa es ser galán en pantalla y otra muy distinta es demostrar carácter cuando la cámara no te está grabando. Está en su barraca, ingeniero. ¿Quiere que lo lleve? Sí, por ahí. A partir de ahí, su figura empezó a crecer con más fuerza. Enrique tenía todo lo que la industria buscaba como un protagonista.
Tenía rostro, mirada seria, cuerpo imponente, modales elegantes y una voz inconfundible. Te juro que esta mujer va a llorar una gota de sangre por cada lágrima tuya. No era el galán simpático que conquista con chistes. Era un hombre intenso, dominante, de esos que podían enamorar o intimidar con la misma frase. Y levantando los ojos al cielo, a ti, Dios, su Padre omnipotente, dando gracias.
Pero vean, la fama internacional le llegó con la televisión cuando protagonizó a Juan del en la primera versión de Corazón Salvaje y su compañera fue Yulisa. De donde le manda llamar a usted, yo nunca fui su amigo. Y ese papel terminó de consagrarlo. Juan del necesitaba fuerza, misterio, pasión y peligro.
Y Lisalde tenía todo y más y le salía de manera natural. No actuaba como galán tormentoso. Parecía haber nacido para ese tipo de personajes. Desde entonces, su nombre quedó asociado a una masculinidad elegante y poderosa y casi indomable. ¿Qué trata de insinuar? Enrique Lizalde no era solo un actor guapo, era una presencia, un hombre que llenaba la pantalla con voz, carácter y una seguridad que muy pocos podían sostener frente a las cámaras.
¿Quieres dejarme en paz, Noel? Pero fíjense amigos que lo que sigue es algo digamos turbio, ya que en el terreno amoroso Enrique Lizalde proyectaba hacia afuera la imagen de un hombre serio, reservado, elegante y dueño de sí mismo. Como les dije antes, era un galán de voz profunda que parecía tener todo bajo control, como si nada pudiera moverlo de su sitio.
Pero detrás de esa fachada de caballero impecable también hubo una historia que durante mucho tiempo se contó pero en voz baja con ese sabor de secreto prohibido que tanto le gusta a la farándula. Este muchacho es el hijo de un hombre con quien yo me porté muy mal. Lisalde formó un matrimonio estable con la actriz Tita Griff, con quien tuvo cuatro hijos, Claudia, Marta, Silvia y Eduardo.
De puertas para fuera, él era el esposo, el padre de familia, el actor respetado que cuidaba su vida privada como si fuera una caja fuerte. No era un hombre que anduviera dando entrevistas para contar intimidades, ni mucho menos exhibiendo sus pasiones. Pero suele pasar, cuando más se quiere esconder algo, más ruido hace cuando empieza a filtrarse.
Y fue en los foros de televisión donde, según se cuenta, apareció quién creen nada más y nada menos que Alma Muriel. Padre Gabriel. Gabriel. Ella joven, intensa, bellísima, con ese carácter volcánico que casi venía arrastrando amores tormentosos y heridas mal cerradas. Ya falta tan poquito. Le voy a regalar una sotana nueva.
Él un hombre maduro, imponente, pero casado, con familia y una reputación que no estaba dispuesto a poner sobre la mesa. La atracción entre ambos, dicen, fue de esas cosas que no piden permiso. miradas largas, conversaciones escondidas e encuentros que parecían encenderse justamente porque estaban prohibidos.
Pero el romance, si así se puede llamarse, nació condenado desde el principio. Que Lisalde podía dejarse llevar por la pasión, pero no estaba dispuesto a romper su matrimonio ni a exponer su nombre al escándalo público. ¿No será que ya te estás enamorando? Tú todo lo sabes. Si no te quisiera tanto, me daría coraje.
Y ahí fue donde Alma, una mujer que amaba con fuerza y exigía presencia completa, comenzó a vivir una especie de tormento. Se dice que la relación estuvo marcada por celos, reclamos y sufrimiento. Ella quería más. Era insaciable. Él no pensaba darlo todo. Es porque no quiero que sufras y menos tú que me has llenado la vida de alegría.
Para Alma, aquello no era una aventura ligera, pero paralizarle, en cambio, parecía un capítulo que debía mantenerse en la sombra. Y cuando sintió que la situación podía salirse de control, decidió cortar por lo sano, pero a su manera, en silencio, sin ruido, sin explicaciones públicas y sin mover un solo ladrillo de la vida familiar que ya tenía construida.
Voy a tener el gusto de presentarle a mi querida hija María Eugenia. Por su parte, Alma quedó, según se cuenta, profundamente lastimada, una vez más entregada a un amor que no terminó de elegirla. Mientras tanto, Enrique Lizalde permaneció junto a Tita Griff hasta el final de sus días, cuidando esa imagen de hombre formal y reservado.
¿Dónde estaba usted? Durmiendo. Despertamos todos. Pero aquella historia clandestina con Alma Muriel quedó como una de esas sombras incómodas que acompañan a los grandes galanes, porque detrás del porte, la voz y la elegancia también hubo pasión, secreto y corazones rotos. Pero si en la pantalla Enrique Lizalde era el galán elegante, de voz profunda y porte impecable, fuera de cámaras también fue un hombre que se metió en terrenos bastante espinosos porque Lisalde no solo tuvo polémicas amorosas, ¿no? Eh, también se ganó enemigos
fuertes en el mundo político, sindical y televisivo. No era de esos actores que agachaban la cabeza para quedar bien con todos como un ingrato. Y ahora, después de tantos años al encontrarl No, al contrario, tenía fama de ser duro, frontal y exigente y alguna veces hasta incómodo para quienes estaban acostumbrados a mandar sin que nadie le respondiera.
Enrique era un hombre de izquierda, militó en la Liga Lenista Espartaco, una organización comunista en la que también participó su hermano, el escritor Eduardo Lisalde. Y eso en aquellos años no era cualquier detallito decorativo para presumir en entrevistas. Ser de izquierda, hablar de abusos, denunciar injusticias y cuestionar estructuras de poder podía costarte caro, pero Lisalde con ese carácter suyo, no parecía estar hecho para quedarse callado.
Años de prisión por delito. Uno de los temas que más lo indignaba era el trato hacia los extras y actores que trabajaban en condiciones injustas, mal pagados y muchas veces humillados por un sistema que exprimía talento, tiempo y sobre todo necesidad. Por eso fundó el sindicato de actores independientes conocido como SA, con la intención de plantarle cara a lo que él consideraba autoritarismo y corrupción.
dentro de la anda, la poderosa Asociación Nacional de Actores ha muerto dejándolo en la más espantosa miseria. Claro, aquello fue como aventar una piedra enorme contra una vitrina llena de intereses. Isalde no estaba reclamando cualquier cosa, estaba desafiando a una estructura que durante años había decidido quién trabajaba, quién no, quién era protegido y quién era castigado.
Elsay nació como un acto de rebeldía, pero también como una bomba dentro del gremio. Durante 6 años intentó mantenerlo de pie, pero los conflictos internos, las presiones y las divisiones terminaron desgastándolo. Al final, desanimado, decidió desintegrarlo. Hay mucho respeto entre nosotros, pero el sistema no perdonó.
Como replesalia, la anda vetó a Lisalde y también a su esposa Tita Grip. Y ahí vino el golpe bajo. Le cerraron puertas. Les bloquearon trabajo y los dejaron prácticamente castigados por no alinearse. Lo más tremendo es que Enrique pudo haberse arrodillado, pedir perdón, suavizar el discurso y regresar mancito al redil, pero no se negó a doblegarse ante un sistema que consideraba corrupto y esa terquedad, aunque le dio dignidad, también le costó oportunidades.
Fernanda, no tienes nada que decirme. Además, su carácter tampoco ayudaba mucho a suavizar las cosas. Lisalde tenía fama de exigente e inflexible. Si algo no le gustaba, lo decía y punto. Si un guion le parecía maltratado, lo enfrentaba. En Camila, por ejemplo, terminó renunciando y exigió que mataran a su personaje porque detestaba los cambios que le estaban haciendo a la historia. Así, sin rodeos.
Si ya no estaba de acuerdo, prefería desaparecer de la trama. antes que seguir tragando decisiones ajenas. Tu traición, ahora al lárgate. También abandonó la intrusa en medio de rumores de pleitos fuertes con el productor y no fue el único choque. Se habló de duros enfrentamientos con César Ébora por cuestiones de dirección y de una enemistad profunda con Ignacio López Tarzo, marcada por diferencias sindicales que nunca terminaron de sanar.
Así era Enrique Lizalde, galán de pantalla, sí, pero también un hombre de carácter, filoso, de ideas firmes y pleitos grandes. Un actor que no solamente actuaba con intensidad, sino que vivía con la misma fuerza, aunque eso significara quedarse sin trabajo, romper relaciones y convertirse en una figura tan respetada pero incómoda. Jamás pensé que Botel fuera casado.
El final de Enrique Lizalde estuvo marcado por una sombra pesada, de esas que muchos notan sin hacer ruido, pero que se va metiendo poco a poco hasta apagarlo todo. Porque aquel hombre que durante décadas había sido símbolo de fuerza, elegancia y voz profunda y de presencia imponente, terminó enfrentando sus últimos años en silencio, casi escondido, fiel a ese carácter hermético que siempre lo acompañó.
Durante mucho tiempo, Lisalde luchó en secreto contra el cáncer hepático. No fue de esos artistas que salieron a dar entrevistas para hablar de su enfermedad ni a convertir su dolor en espectáculo. No lo puedo creer. Que siempre había sido reservado, prefirió callar. Mientras el público lo recordaba como el galán indomable de las telenovelas.
Su cuerpo comenzó a deteriorarse de manera grave. La enfermedad lo fue consumiendo, le quitó fuerza, ánimo y hasta la posibilidad de aceptar nuevos proyectos de televisión. Y para un actor que había vivido tantos años entre escenarios, foros, cámaras, ese retiro obligatorio debió sentirse como una condena silenciosa. ¿Qué has vuelto? La enfermedad no fue lo único que lo golpeó, también cayó en una profunda depresión al estar a punto de perder la vista en un ojo.
Aquella secuela venía de un episodio violento que ocurrió años atrás cuando se enfrentó a unos asaltantes que se metieron a su casa. Lisalde, con ese temperamento fuerte que lo caracterizaba, no era hombre de quedarse quieto ante una amenaza, pero aquel golpe le dejó consecuencias físicas que con el tiempo se volvieron más dolorosas, no solo para su cuerpo, sino también para su ánimo.
Y ahí fue donde empezó el verdadero derrumbe. El hombre que alguna vez desafió sindicatos, productores, guiones, vetos y enemigos del medio artístico, comenzó a perder esa energía de batalla. Lo maté. El cuerpo ya no respondía igual. La vista fallaba, la enfermedad avanzaba y su espíritu, ese que tantas veces se había negado a doblegarse, poco a poco se fue apagando.
Según se cuenta, en sus últimos días prácticamente se dejó ir como si ya no tuviese fuerzas para seguir peleando contra todo. Enrique falleció el 13 de junio del año 2013 a los 77 años de edad y hasta en su despedida se mantuvo fiel a su manera de ser cerrado, reservado, lejos del escándalo y de los micrófonos. Claro, imagínate una mujer disfrutada.
¿Por qué no? Sus hijos impidieron rotundamente el acceso de la prensa al funeral. Nada de cámaras metiéndose entre el dolor, nada de reporteros buscando su última imagen, nada de espectáculo alrededor de su muerte, solo familiares y amigos muy íntimos pudieron entrar. Sus cenizas reposan en el panteón jardín de la ciudad de México, cerrando así la historia de un actor enorme, polémico, difícil, elegante y profundamente reservado.
Mexicano Enrique Lizalde. Y aún no se, bueno, se informaron que las causas del deceso fue cáncer eh de hígado y el intérprete se destacó en diversos papeles de cine y televisión. En la funeraria, su colega Enrique Rocha nos expó. Enrique Lisales se fue como vivió sus asuntos más personales, sin explicaciones, sin concesiones y sin permitir que nadie invadiera el último silencio de su vida.
El legado de Enrique Lizalde no se puede medir solamente por su rostro de galán, ni por esa voz profunda que parecía llenar cualquier foro donde se parara. Su carrera dejó una marca enorme, 32 películas, 42 telenovelas y varios discos donde grabó poemas de autores como José Ángel Buesa, mostrando una faceta mucho más sensible, culta y refinada que la del simple protagonista de melodramas.
Porque Enrique Lizalde no era un actor improvisado ni un galán fabricado por la televisión. Era un hombre de palabra, de lectura, de música, de ideas firmes y de una presencia que imponía incluso cuando no estaba actuando. Venga Noel, nos fumaremos un cigarro antes de comer. En pantalla fue recordado por personajes intensos, elegantes, dominantes, de esos que no necesitaban hacer grandes espavientos para quedarse grabados.
Le bastaba abrir la boca, soltar una frase con ese bozarrón inconfundible y la escena era suya. Por eso su figura queda entre dos mundos, el del galán inolvidable de telenovela y el del hombre incómodo que defendió sus ideales políticos y laborales hasta las últimas consecuencias. Fue admirado, sí, pero también temido por su carácter.
Fue respetado, pero no siempre querido porque quienes no toleraban que alguien les llevara la contraria, pues siempre estuvieron enojados con él. Y quizás ahí está lo más interesante de su historia. Enrique no buscó caerles bien a todos. Prefirió ser fiel a sí mismo, aunque eso le cerrara puertas, le provocara vetos y lo dejara fuera de ciertos círculos de poder.
No hay pruebas que me puse. Miren, Enrique merece respeto genuino en sus batallas sindicales por su negativa doblegarse ante la corrupción y por haber vivido coherentemente con sus principios hasta el final. Eso no lo hace cualquiera, pero también es el mismo hombre que tuvo un romance clandestino con Alba Muriel, que la dejó con cicatrices emocionales profundas y que tomó esa decisión desde la comodidad de quien no pierde nada al terminar una relación que nadie sabía que existía.
Su integridad política fue real e innegable. Su integridad personal, en cambio, tuvo zonas oscuras que él manejó con el mismo alertismo que el que manejó todos los demás. Y esa diferencia merece nombrarse y menos con una mujer como usted. Y ahora dime tú, ¿cómo recuerdas a Enrique Lizalde? ¿Como el inolvidable Juan del ¿Como el galán de la voz profunda o como el actor rebelde que se atrevió a pelear contra el sistema? Te leo en los comentarios.
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