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“Si El Señor Me Deja Quedarme, Puedo Hacer La Cena” Dijo La Joven Sin Hogar Al Ranchero Viudo

La tranquera crujió cuando Manuela empujó la madera vieja con la mano que no sostenía la maleta. El sol ya estaba casi tocando los cerros y la luz anaranjada bañaba el patio de tierra de un rancho que parecía cansado, igual que el hombre parado en el corredor. Gerardo sostenía un bebé de brazos que lloraba Quedito, con ese llanto de quien ya se cansó de pedir.

 Y a su lado, una niña de unos 6 años miraba a la desconocida con ojos demasiado duros para una criatura. La cocina estaba oscura, el fogón frío y el olor que venía de aquella casa no era de comida, era de abandono. Fue ahí, viendo a aquel hombre fuerte de rodillas por dentro, que Manuela respiró hondo y dijo las palabras que cambiarían el destino de todos.

 Si usted me deja quedarme, yo puedo hacer la cena. Y lo que parecía solo una frase de muchacha con hambre, mi gente, se convirtió en una de las historias más bonitas que estos caminos de tierra han cargado en el viento. Si tú crees que Dios a veces pone a la persona indicada en nuestro camino justo cuando la esperanza se está acabando, déjame tu like ahora.

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 El camino que cortaba aquel pedazo de campo no tenía nombre en los mapas, porque los mapas no se ocupaban de lugares donde el mundo parecía haberse olvidado de llegar. Era una vereda ancha de tierra roja. apretada entre cerros redondos cubiertos de pasto seco, y en ella casi no se veía gente a esa hora.

 El sol de la tarde castigaba sin piedad y el silencio solo se rompía con el canto triste de una tórtola escondida en algún matorral. Manuela caminaba por aquel camino hacía casi tres días, parando en las orillas de los arroyos para beber agua y durmiendo bajo los árboles cuando llegaba la noche. La maleta pequeña de cuero golpeaba contra su pierna a cada paso y dentro de ella había poca cosa que el mundo considerara de valor.

 Pero todo lo que Manuela poseía de verdad, una muda de ropa, un peine de hueso de su madre y un cuaderno de tapa dura donde la letra menuda de su madre registraba recetas que venían de lejos, de abuela a hija, de hija a nieta. Manuela tenía 22 años, pero cargaba en el cuerpo y en el alma el peso de quien ya ha vivido demasiadas vidas en poco tiempo.

 El padre, arriero de oficio y andante por naturaleza, murió en una caída de mula cuando ella todavía era niña, dejando atrás solamente deudas y la nostalgia tibia de un hombre que pasaba más tiempo en el camino que en su casa. La madre, la bandera de manos agrietadas y corazón manso, aguantó firme por dos años más, hasta que la tuberculosis hizo lo que la tristeza no había conseguido.

 Manuela quedó sola a los 16 y fue recogida por una tía abuela llamada Dora, que vivía en una casita alquilada al fondo de una pensión y se ganaba la vida con costuras menudas. Tía Dora era mujer rígida por fuera, pero tenía un cariño callado que se mostraba en los gestos. Y fue ella quien enseñó a Manuela a transformar poco en mucho dentro de una cocina, a estirar un puñado de harina en comida para tres días, a hacer de un hueso de res un caldo que resucitaba hasta a un enfermo.

Manuela cuidó de tía Dora durante 5 años, viéndola apagarse despacio como vela que se gasta sin prisa. Cuando el corazón de la tía finalmente descansó en una madrugada de marzo, Manuela se dio cuenta de que no tenía a nadie más en el mundo. El dueño de la casita apareció antes del entierro para preguntar cuándo desocupaba.

 No había herencia, no había pariente lejano, no había hombre esperando. Había solamente el camino y la esperanza terca de que en algún lugar necesitaran a una muchacha que sabía trabajar. Juntó lo poco que tenía en la maleta. Metió el cuaderno de recetas de su madre entre la ropa como quien guarda una reliquia sagrada, y partió sin mirar atrás, porque mirar atrás era un lujo que la gente sin suelo no se podía dar.

 El rancho apareció al final de aquella tarde como un espejismo en medio de la nada. Manuela casi no lo creyó cuando vio la tranquera de madera, el patio amplio de tierra, la casa de paredes blancas con techo de teja, el corral con unas vacas flacas y un cercado de gallinas picoteando sin rumbo. No era lugar rico, pero era lugar de gente y gente significaba la posibilidad de un plato de comida y un rincón donde dormir.

 Se detuvo a la orilla del camino. Se acomodó la trenza que el viento había deshecho a medias. Se sacudió el polvo del vestido claro que ya no era tan claro después de tres días de caminata, y respiró hondo antes de empujar la tranquera. El crujido de la madera resonó por el patio y fue suficiente para llamar la atención de quién estaba ahí.

 Lo primero que Manuela vio fue la niña. Estaba sentada en un banquito bajo cerca del gallinero, pelando yuca con una seriedad que no combinaba con ninguna criatura, porque era la expresión de quien ya aprendió que el mundo no es lugar seguro. Tenía el cabello castaño cortado a la altura de la barbilla, un vestido sencillo de tela gastada y una mirada que medía a la extraña de la cabeza a los pies, sin decir nada, sin hacer seña, sin sonreír.

Manuela iba a abrir la boca para hablar cuando escuchó el llanto. Venía de dentro de la casa un llanto flojito de bebé que ya gastó la voz de tanto llorar. Y junto con él apareció el hombre. Gerardo apareció en la puerta como quien sale de una batalla que no tiene fin. Era alto, de hombros anchos y manos enormes de quien trabaja la tierra desde que tiene memoria.

 Pero todo en él gritaba cansancio. La barba llevaba días sin afeitar. La camisa de lino arrugada tenía una mancha de leche en el hombro y los ojos hundidos cargaban ese tipo de agotamiento que no se cura con una noche de sueño, porque no era solo el cuerpo el que estaba acabado. En el brazo izquierdo sostenía un bebé de unos 7 8 meses envuelto en un trapo que ya había visto días mejores.

 Y el niño se retorcía y lloriqueaba con esa inquietud de quien necesita algo que el padre no sabe dar. Gerardo miró a Manuela con sorpresa y con algo parecido a desconfianza, porque en aquellos tiempos mujer sola en el camino era cosa que levantaba preguntas. Manuela se tragó el nerviosismo y habló con la voz más firme que pudo, pidiendo disculpa por la molestia y diciendo que solo quería un vaso de agua para seguir viaje.

 Gerardo bajó los dos escalones del corredor con cuidado, equilibrando al bebé que no paraba de moverse, y respondió que agua había, pero que ella iba a tener que entrar y servirse sola, porque él no podía soltar al niño. Manuel la agradeció y caminó hacia la casa, pasando junto a la niña que seguía sentada en el banquito, siguiendo cada paso de la extraña con esos ojos de vigilia.

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