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Arturo ‘El Negro’ Durazo: El TIRANO que SAQUEÓ a México… Su Mansión Construida con ‘SANGRE’. tl 

Arturo ‘El Negro’ Durazo: El TIRANO que SAQUEÓ a México… Su Mansión Construida con ‘SANGRE’. tl 

14 de enero de 1982. Afueras de Hidalgo. El agua turbia del río Tula devolvió a la superficie lo que el poder había intentado esconder para siempre. 12 cuerpos aparecieron entre el lodo y los carrzos. No eran soldados caídos en una guerra extranjera. No eran sicarios anónimos perdidos en una disputa de narcos.

 Según las investigaciones de la época, eran el rastro de algo mucho peor. Eran la firma de un sistema policial que había dejado de perseguir criminales para convertirse en uno. Y en la cima de ese sistema estaba Arturo Durazo Moreno. No un simple jefe policíaco, no un funcionario más del viejo régimen. El hombre al que México llegó a conocer como el negro.

 El amigo de la infancia de José López Portillo, el falso general que se paseaba entre escoltas, medallas y caravanas como si la capital entera le perteneciera. El hombre que convirtió la placa en licencia para extorsionar, desaparecer, fabricar culpables y levantar una fortuna tan obscena que terminó copiando el Partenón de Grecia en una colina de Sihuatanejo.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como un muchacho nacido en la pobreza de Cumpas, Sonora, terminó usando su amistad con un futuro presidente para construir un imperio de miedo en la ciudad más grande de México. Segundo, ¿cómo funcionaba la maquinaria de corrupción que exprimía dinero de policías, comerciantes, chóeres y ciudadanos comunes hasta convertir la mordida en una industria del terror? Tercero, ¿cómo levantó una mansión valuada en cientos de millones de pesos, usando según múltiples testimonios a sus

propios agentes como mano de obra forzada, como si el Estado entero fuera su finca privada? Y cuarto, ¿qué pasó cuando el régimen que lo protegía cayó? ¿Cómo empezó su fuga? ¿Quién lo delató? ¿Y por qué su apellido terminó convertido en sinónimo de vergüenza, ruina y sangre? Esta no es solo la historia de un policía corrupto.

 Es la historia de cómo un hombre tomó una ciudad, la exprimió hasta los huesos y trató de convertir el miedo en mármol. Pero para entender cómo llegó tan lejos, primero hay que volver al principio, ahí donde nació la obsesión que lo devoró todo. Todo comenzó lejos del mármol, lejos de los escoltas, lejos de las caravanas de autos oficiales y de los salones donde años después se emborracharían jueces, políticos y traficantes.

 Comenzó en Cumpas, Sonora, el 19 de octubre de 1918. Un rincón áspero del norte de México, donde la tierra no regalaba nada y donde crecer significaba aprender demasiado pronto, que el hambre no tiene paciencia. Arturo Durazo Moreno vino al mundo en un país todavía sacudido por las heridas de la revolución, en una familia que no heredó apellidos poderosos, ni dinero, ni contactos, solo necesidad.

Y la necesidad cuando se mezcla con orgullo herido suele producir hombres peligrosos. Muy pronto su familia dejó Sonora y se fue a la capital. No por ambición, por supervivencia. La Ciudad de México de los años 20 y 30 prometía futuro, pero para los pobres solo ofrecía vecindades apretadas, calles sucias y la humillación diaria de mirar desde abajo, una ciudad que brillaba para otros.

Colonia Roma no era para él la postal elegante que después venderían las revistas. Para Arturo era el territorio donde aprendió a mirar vitrinas que no podía tocar, trajes que no podía comprar y mesas a las que jamás lo invitarían. Ahí empezó todo. Ahí nació la herida. Porque hay hombres a los que la pobreza les enseña disciplina y hay otros a los que les deja una rabia silenciosa, una rabia que no se apaga cuando llega el dinero, sino que crece.

 Arturo parecía pertenecer a esa segunda especie. No quería solamente salir de la miseria, quería vengarse de ella. Quería entrar a los salones donde antes no lo dejaban pasar, pero no como invitado, como dueño, como amo, como el hombre al que todos tendrían que mirar con miedo. Fue en esas calles donde ocurrió el encuentro que cambiaría no solo su vida, sino una parte oscura de la historia de México.

 Ahí conoció a José López Portillo, dos muchachos formados en mundos distintos. Uno cargaba el hambre, la dureza del barrio, la fuerza bruta, la lealtad útil para los trabajos que nadie quería ensuciarse haciendo. El otro venía de un ambiente más acomodado, más cercano al lenguaje del poder, a la política, a la educación, al apellido que abre puertas.

Se complementaron de la peor manera posible. Lo que uno no tenía lo aportaba el otro. Y esa amistad que pudo haberse perdido como tantas amistades de infancia, sobrevivió lo suficiente para convertirse en un pacto siniestro décadas más tarde. Antes de vestirse de general sin haber pisado un cuartel de verdad, Durazo empezó abajo.

 Trabajó en el Banco de México durante los gobiernos de Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán Valdés. Parecía una vida gris, casi menor, pero ahí no estaba su destino. A finales de 1948 entró como inspector de tránsito y lo que para otros era un puesto modesto, para él fue una escuela. En la calle entendió algo que marcaría toda su vida.

Un uniforme pequeño también puede producir miedo. Una credencial puede convertirse en negocio. Una placa puede valer más que una pistola. y quien la aporta no tiene escrúpulos. Después vino la Dirección Federal de Seguridad. Hacia 1958 ya había escalado hasta posiciones de mando.

 El país entraba en décadas donde el Estado aprendió a vigilar, aplastar y desaparecer a quienes incomodaban. Arturo encontró ahí el idioma que mejor entendía, ¿no? El de la ley, el del control, el de la violencia administrada, el del enemigo reducido a expediente. Mientras México intentaba presentarse ante el mundo como un país moderno, dentro de sus aparatos de seguridad crecían hombres que confundían orden con terror. Durazo era uno de ellos.

 Y sin embargo, ni la cercanía al poder, ni los cargos, ni el dinero que empezaba a oler lograban llenarlo, porque el problema nunca fue solo económico, era más profundo, más sucio. Arturo Durazo no quería vivir bien. Quería demostrar que podía sentar a la élite a sus pies. quería que aquellos que una vez lo miraron por encima del hombro terminaran saludándolo con obediencia.

Quería convertir el resentimiento en imperio. Cuando José López Portillo llegó a la presidencia en 1976, ese viejo sueño dejó de ser fantasía y empezó a tomar forma de estado. Y cuando el poder absoluto por fin se abrió ante él, Arturo Durazo no pensó en servir a la ciudad, pensó en poseerla. Ahí fue cuando la herida dejó de ser íntima y se convirtió en veneno.

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