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The French Intervention: Why Napoleon III Failed in His Conquest of Mexico

El momento parecía propicio para aquel proyecto. Los Estados Unidos, que mediante la doctrina Monroe de 1823 habían declarado el continente americano fuera del alcance de la colonización europea, estaban sumidos desde 1861 en su propia guerra civil. Aquel conflicto interno incapacitaba temporalmente a Washington para hacer cumplir la doctrina Monroe ni oponerse a la intervención europea en su frontera sur.

 Napoleón Io calculó que la ventana de oportunidad que la guerra civil estadounidense proporcionaba permitiría consolidar el imperio mexicano antes de que los Estados Unidos, una vez resuelto su conflicto interno, pudieran intervenir. Adicionalmente, el emperador francés contemplaba la posibilidad de que un México monárquico aliado pudiera apoyar a la Confederación Esclavista del Sur, debilitando aún más a la Unión y consolidando la posición francesa en el continente.

Un factor decisivo que facilitó el proyecto fue la colaboración de los conservadores mexicanos. Aquel sector, derrotado en la guerra de Reforma por los liberales de Juárez, había buscado durante los años anteriores una solución que les permitiera recuperar el poder y los privilegios que la victoria liberal les había arrebatado.

 Una comisión de conservadores mexicanos encabezada por José María Gutiérrez de Estrada, José Manuel Hidalgo y Juan Nepomuseno al monte, había recorrido las cortes europeas buscando un príncipe que aceptara el trono de un imperio mexicano. Aquellos conservadores persuadieron a Napoleón Io de apoyar la intervención, articulando una visión según la cual el pueblo mexicano deseaba la monarquía y recibiría con entusiasmo a un emperador europeo.

Aquella visión profundamente equivocada fue una de las causas fundamentales del fracaso posterior. El proyecto imperial descansaba sobre la suposición errónea de que existía en México un apoyo popular a la monarquía que en realidad nunca existió. El imperio nacería así sobre un cálculo falso, sostenido por una minoría conservadora y por las bayonetas francesas, sin las raíces sociales que habrían podido garantizar su supervivencia.

 La primera causa del fracaso del proyecto imperial de Napoleón Iero se manifestó apenas unos meses después del inicio de la intervención, cuando el ejército francés, considerado el mejor del mundo, sufrió en Puebla una derrota que ningún cálculo previo había anticipado y que retrasó todo el proyecto durante un año crucial. Aquella resistencia inicial, lejos de ser un episodio aislado, anunciaba el problema estructural que durante los 5 años siguientes condenaría el proyecto francés.

 La negativa del pueblo mexicano y del gobierno republicano a aceptar la imposición de una monarquía extranjera. El 5 de mayo de 1862, sobre los cerros de Loreto y Guadalupe que dominaban la ciudad de Puebla, las fuerzas mexicanas comandadas por el general Ignacio Zaragoza derrotaron al ejército francés del general Charles de Lorenses. Los franceses, confiados en la superioridad de sus tropas, habían ejecutado un asalto frontal contra las posiciones fortificadas mexicanas y fueron rechazados con bajas considerables.

La victoria de Puebla, aunque no impidió definitivamente el avance francés, tuvo consecuencias estratégicas decisivas. retrasó el proyecto imperial durante un año entero. Obligó a Napoleón Icer a enviar refuerzos masivos que multiplicaron el costo de la operación y demostró que la conquista de México sería considerablemente más difícil de lo que el cálculo francés había anticipado.

Aquel retraso de un año resultaría crucial porque acercó el desenlace del proyecto al fin de la guerra civil estadounidense, momento a partir del cual la presión de Washington se haría insostenible. La respuesta de Napoleón Io a la humillación de Puebla fue el refuerzo masivo de la fuerza expedicionaria. El emperador envió a México un ejército considerablemente mayor, alcanzando aproximadamente 30,000 soldados bajo el mando del general Elí Frederick Forey, oficial determinado a no repetir los errores de la primera campaña.

El nuevo ejército francés sitió sistemáticamente la ciudad de Puebla durante aproximadamente dos meses, entre marzo y mayo de 1863. Las fuerzas mexicanas, comandadas por el general Jesús González Ortega resistieron con considerable heroísmo el asedio prolongado, pero la superioridad numérica y material francesa resultó finalmente decisiva.

Puebla capituló el 17 de mayo de 1863 y el camino hacia la capital quedó abierto. Las fuerzas francesas ocuparon la ciudad de México en junio de 1863. El gobierno republicano de Benito Juárez, comprendiendo que la defensa de la capital era insostenible, abandonó la ciudad e inició el peregrinaje que durante los años siguientes lo conduciría progresivamente hacia el norte del país.

Aquella decisión, lejos de constituir una rendición, fue una de las claves de la resistencia republicana posterior. Juárez transportó consigo los archivos y la legitimidad del gobierno constitucional, manteniendo viva la República en la República Itinerante, que durante los años de la ocupación nunca reconoció la legitimidad del imperio impuesto.

Sobre las bases de la ocupación de la capital, los franceses y los conservadores mexicanos procedieron a la instauración formal del imperio. Una junta de notables conservadores proclamó la creación del imperio mexicano y ofreció el trono a Maximiliano de Absburgo, archiduque austríaco que Napoleón Io había seleccionado para el proyecto Maximidiano, tras inicialmente poner condiciones y dudar, aceptó finalmente el trono, persuadido por la diplomacia francesa y por los conservadores mexicanos, de que el pueblo mexicano

deseaba su gobierno. Llegó a México en 1864 para asumir la corona de un imperio que, sin que él lo comprendiera completamente, nacía ya sobre bases profundamente comprometidas. Aquellas bases comprometidas constituían la raíz del fracaso posterior. El imperio se sostenía exclusivamente sobre las bayonetas francesas y sobre el apoyo de una minoría conservadora sin las raíces sociales que habrían garantizado su supervivencia.

El gobierno legítimo de Juárez seguía existiendo, controlando amplias regiones del territorio nacional y manteniendo la resistencia armada y la suposición fundamental sobre la cual se había articulado todo el proyecto. La existencia de un apoyo popular mexicano a la monarquía se revelaba progresivamente como una ilusión que los conservadores habían vendido a Napoleón Icer, pero que la realidad mexicana desmentía sistemáticamente.

El imperio nacía condenado, aunque ni Maximiliano ni Napoleón Icer lo comprendieran todavía. La segunda gran causa del fracaso del proyecto imperial residió en la figura misma del emperador que Napoleón Teruesto. Maximiliano de Absburgo, lejos de ser el gobernante autoritario y conservador que el proyecto requería para consolidar el imperio, resultó ser un soñador de inclinaciones liberales, cuyas decisiones políticas alienaron progresivamente a los sectores que lo habían llevado al trono, sin lograr a cambio el apoyo de los liberales que

constituían sus enemigos naturales. La paradoja de un emperador que decepcionó simultáneamente a todos los sectores de la sociedad mexicana fue una de las causas decisivas del derrumbe posterior. Maximiliano había llegado a México convencido por los conservadores y por la diplomacia francesa de que el pueblo mexicano deseaba su gobierno y de que su tarea consistiría en consolidar un orden monárquico católico y conservador.

Aquella convicción se reveló rápidamente equivocada en múltiples dimensiones. La primera sorpresa para los conservadores que lo habían traído fue el descubrimiento de que el archiduque austríaco tenía ideas políticas considerablemente más liberales de lo que habían anticipado. Maximiliano, formado en las ideas progresistas de su época y dotado de una sensibilidad romántica que lo inclinaba hacia las reformas sociales, no estaba dispuesto a ejecutar el programa reaccionario que los conservadores esperaban de él. La decisión que durante

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