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(1904, Morelia) La Casa Prohibida de los Medina

(1904, Morelia) La Casa Prohibida de los Medina

Bienvenido a este recorrido por uno de los casos más inquietantes registrados en la historia de Morelia, Michoacán. Antes de iniciar, te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás viendo y la hora exacta en la que escuchas esta narración. Nos interesa saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos documentados.

 En el archivo parroquial de la catedral de Morelia, entre registros de bautismos y de funciones del siglo XIX, existe una anotación marginal que durante décadas pasó desapercibida. fue redescubierta en 1962 por el historiador Aurelio Vázquez durante su investigación sobre familias prominentes del porfiriato.

 La nota, escrita con tinta más clara que el resto del documento, simplemente decía: “Los Medina, verificar armario.” Padre Cisneros, 1904. La familia Medina había sido una de las más respetadas de Morelia a finales del siglo XIX. Leocadio Medina, comerciante de telas y propietario de dos tiendas en el centro histórico, vivía con su esposa Esperanza en una casona colonial de la calle Madero Poniente, a tres cuadras de la plaza principal.

 El matrimonio casado desde 1885 no había tenido descendencia, situación que en aquella época generaba comentarios discretos pero constantes entre las familias del vecindario. La casa de los Medina era conocida por su arquitectura típica del siglo XVII. Muros de cantera rosa, zaguán amplio, patio central con fuente de piedra y corredores que conducían a las habitaciones principales.

 Lo que llamaba la atención de quienes la visitaban era el silencio que reinaba en sus pasillos, un silencio que parecía demasiado profundo para una vivienda ubicada en una calle transitada del centro de la ciudad. Durante el verano de 1904, los vecinos comenzaron a notar cambios en la rutina de la familia.

 Esperanza Medina, quien solía hacer las compras en el mercado de San Juan cada martes y viernes, dejó de ser vista con la regularidad habitual. Las criadas, que trabajaban en las casas cercanas comentaban que los ruidos cotidianos provenientes de la residencia de los Medina se habían vuelto más esporádicos, como si la casa hubiera comenzado a vaciarse gradualmente de vida.

 El matrimonio llevaba 19 años sin hijos. En una sociedad donde la descendencia determinaba en gran medida el estatus social y la continuidad familiar, esta situación había creado una atmósfera de expectación constante que se había transformado, con el paso de los años en una resignación silenciosa. Los Medina asistían a misa cada domingo en la catedral, ocupando siempre el mismo banco de la nave lateral derecha y mantenían contacto social con otras familias comerciantes, pero su vida doméstica permanecía celosamente

resguardada de miradas externas. El primer indicio de que algo inusual ocurría en la casa de la calle Madero Poniente llegó a través de Carmen Herrera, la bandera que prestaba servicios a varias familias del vecindario. En septiembre de 1904, Carmen mencionó a otras empleadas que había observado ropa infantil colgada en los tendederos del patio trasero de los Medina, pequeños vestidos, camisolas bordadas y pañales de lino que se secaban junto a la ropa habitual del matrimonio.

 La observación inicial de Carmen fue recibida con escepticismo por las otras mujeres, quienes argumentaron que probablemente se trataba de ropa de algún sobrino de visita o de prendas que Esperanza confeccionaba para vender. Sin embargo, las apariciones de ropa infantil se volvieron regulares. Carmen reportó haberla visto cada semana durante el mes de octubre, siempre los miércoles por la mañana, cuando el sol permitía un secado más eficiente.

 Las prendas variaban. En ocasiones eran vestidos pequeños de colores claros, otras veces camisones de dormir o pequeñas mantillas. Todas las piezas parecían haber sido usadas, pues mostraban las arrugas y pliegues características de la ropa que ha estado en contacto con el cuerpo humano. La situación tomó un carismas inquietante cuando Remedios Aguirre, empleada doméstica de la familia Cortés, vecinos directos de los Medina, reportó haber escuchado llantos de bebé provenientes de la casa durante las primeras horas de

la madrugada. Los sonidos, según su testimonio posterior, se presentaban de forma irregular. Algunas noches eran apenas audibles, como gemidos suaves que se mezclaban con el viento. Otras veces eran más intensos y prolongados, durando varios minutos antes de cesar abruptamente. Remedios había trabajado para la familia Cortés durante 8 años y conocía perfectamente los sonidos habituales del vecindario.

 Los llantos que describía no correspondían a ninguno de los bebés de las casas circundantes, y su horario de aparición, generalmente entre las 2 y las 4 de la madrugada, resultaba particularmente extraño. Los episodios se presentaron con mayor frecuencia durante el mes de noviembre de 1904, llegando a repetirse hasta tres veces por semana.

 El comercio de telas de Leocadio, Medina continuaba funcionando con normalidad. Los empleados de sus tiendas no reportaron cambios significativos en el comportamiento de su patrón, aunque algunos mencionaron que había comenzado a ausentarse con mayor frecuencia durante las tardes, dejando el manejo de los negocios en manos de su encargado principal, Florencio Ruiz.

 Las ausencias de Leocadio coincidían, según los registros comerciales conservados, con los días en que se observaba ropa infantil en los tendederos de su casa. Esperanza Medina, por su parte, había reducido considerablemente sus actividades sociales. Las esposas de otros comerciantes notaron su ausencia en las reuniones semanales que organizaba doña Refugio Madrigal en su casa de la calle Allende.

 Esperanza había sido una participante regular de estos encuentros durante más de 10 años, pero a partir de octubre de 1904 comenzó a declinar las invitaciones alegando malestar general y necesidad de reposo. La preocupación del vecindario se intensificó cuando Jacinto Morales, cartero que distribuía correspondencia en esa zona de la ciudad, reportó una observación inquietante.

 Durante una de sus rondas matutinas de diciembre de 1904. Había visto a Esperanza Medina en el patio de su casa meciéndose en una silla mientras sostenía lo que parecía ser un bulto de tela blanca entre sus brazos. El movimiento de mecerse se prolongó durante varios minutos, acompañado de lo que Jacinto describió como un murmullo constante, similar al que emplean las madres para tranquilizar a sus hijos pequeños.

 Lo más perturbador del relato de Jacinto era que desde su posición en la calle no había logrado distinguir claramente qué era lo que Esperanza sostenía. El bulto de tela tenía las dimensiones aproximadas de un bebé, pero permanecía inmóvil durante todo el tiempo que duró la observación. No se movía, no emitía sonidos, no mostraba signos de vida que pudieran confirmar o descartar la presencia de un niño real.

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