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Grandes Genios Pero Terminarón EN LA POBREZA

Es el año 1985. Rancho de Cucamonga, California, Estados Unidos. Fábrica de fritolay. Richard Montañés, el conserje de la fábrica, tiene 27 años y entra a limpiar una sala de juntas donde recién se había cancelado una reunión de ejecutivos. Los ejecutivos dejan los restos de sus cafés sobre la mesa mientras limpia.

 Richard observa [música] los papeles, gráficas, estadísticas y fotos de productos, pero un título lo hipnotiza. Nuevos mercados hispanos. Richard se entera que la fábrica de frituras está diseñando un nuevo producto para la comunidad latina de Estados Unidos. Los ojos le brillan, pues este soñador es un experto cocinero y lleva años tratando de hablar con algún directivo para proponerle un sabor ideal para esa fritura que está seguro le encantará al mercado hispano.

 De forma increíble, Richard se inventa de una forma ingeniosa y desesperada la manera de que el directivo lo reciba en su oficina, realizando una llamada a su oficina donde le indicó a su secretaria que el directivo Liam Miller ya le había agendado cita con carácter de urgente al personal de mantenimiento. De esta forma, la secretaria no tuvo opción de negársela porque era un personal de la empresa y sabía que seguramente era algo importante.

 De inmediato, Richard llega a casa y junto con su esposa vuelven a hacer la receta. tenían que condimentar los chitos con su sazón picante y agridulce para que Richard tuviera al menos 20 bolsas y la receta por escrito que iba a darles a los directivos al día siguiente en su reunión agendada de manera engañosa.

 La reunión sería un éxito. Los directivos aprobaron su producto y lo pusieron como prueba piloto en diferentes sucursales. Esto le llevó a este hombre a generar ingresos por regalías de esta receta por cantidades que se cuentan en millones. Pero para entender cómo es que un conserje que lleva años trabajando en la fábrica de Friti como personal de limpieza y mantenimiento está diseñando una receta para frituras, tenemos que regresar al inicio de la historia.

Año [música] 1965, California, Estados Unidos. Un chico de 7 años, hijo de indocumentados mexicanos. Trabaja en la pisca de uva en los campos del Valle Central con los albores de la mañana junto a sus padres y cientos de trabajadores mexicanos que se mueven como sombras sobre el polvo, recogiendo racimos de uvas con las manos entumecidas por el rocío de la mañana.

Pasa largas jornadas trabajando bajo el sol. Sus padres son humildes, saben que no podrán costear sus estudios universitarios ni de broma, así que le enseñan a su pequeño hijo desde muy chico a ganarse el dinero. El nombre de este pequeño es Richard Montañés y como muchos trabajadores de hijos inmigrantes, aprende a temprana edad el significado del trabajo duro antes que el de su infancia.

 El sol pega recio y llega la hora de la comida. Richard se sienta bajo la sombra de un árbol junto con sus padres. Hay tortillas, frijoles y un trozo de carne. Y eso sí, mucha agua. Este pequeño debería estar disfrutando de algún curso de verano, como muchos de sus compañeros de escuela, pero contrario a ello, Richard está aprendiendo a ganarse la vida.

Este chico jornalero a inicios de los años 60 en Estados Unidos, aparentemente con pocas oportunidades en la vida, se convertirá en el inventor de una de las frituras más famosas del mundo. Pero él aún no lo sabe. Richard se levanta temprano junto con sus padres para ir a los campos, trabaja en la recolección o pisca de hortalizas, fresas, uvas, manzanas y naranjas.

 Él es un niño de aspecto escuálido, moreno, de cabello oscuro, pero una mirada curiosa. Observa, trabaja, pero siempre se pregunta todo lo de su entorno. Pregunta a su padre, “¿Y estas uvas a dónde van? ¿Cuántas canastas debemos de llenar al día? Con estas canastas, ¿cuántas cajas del tráiler se llenan? ¿Y cuánto nos pagan por un día de trabajo, padre?” Richard es pequeño, a veces testarudo, pero su padre se da cuenta que no es muy común que un pequeño de 7 años haga preguntas de gente grande.

 Esa terquedad e incluso ser algo imprudente lo llevaría a ganar millones. El inglés no es problema. En su casa se hablan los dos idiomas. A pesar de que Richard es de sangre mexicana. Él ya es nacido en Estados Unidos. No tendrá problemas con migración. En casa su mundo es otro. Tortillas al fuego, el olor de los chiles secos.

 La voz firme de su madre recordándole que su raíz es mexicana, aunque la tierra no lo reconozca. A los 7 años ya siente el peso de la exclusión. En clase, cuando habla inglés se hace notar su acento mexicano. Sus compañeros se ríen. A los 10 años, Richard es marcado por el destino, pues al salir del trabajo en las vacaciones de verano, Richard se topa junto con su padre un partido de béisbol de niños.

 Todos visten uniformes elegantes como los jugadores de la televisión. Richard se emociona, suelta su morral y se recarga en una reja al ver jugar a esos chicos. Su padre lo aleja. Esto no es para ti, hijo. Eso es para la gente que tiene dinero y manda a sus hijos a jugar en equipos. Nosotros tenemos que trabajar, dice su padre. Richard triste obedece y llega al barrio mexicano de [música] Wasti.

 La pobreza tiene rostro familiar. Esa noche no puede dormir. Si tiene que hacer dinero, sabe que lo hará de la forma que la vida se lo permita. Sabe que no podrá ir a la universidad. Él piensa, “Compraré muchos terrenos y seré yo quien contrate a los jornaleros para vender las frutas en supermercados. Pero recuerda que esos terrenos valen muchísimo.

 ¿De dónde sacará tanto dinero?” “Entonces seré transportista”, dice. Compraré mi camión y de ese modo me pagará más el patrón. Pero recuerda que el dueño del campo es quien controla ese negocio y los camiones cuestan mucho. Se jura a sí mismo que descubrirá la manera de ser un hombre adinerado, pero por esa noche decide mejor por intentar dormir.

 Ya mañana será otro día. El primer negocio. A los 14 años, Richard compra un par de gallinas con sus ahorros y empieza a vender huevos en el barrio. No sabe escribir contratos ni calcular bien las ganancias, pero entiende la esencia del negocio, servir algo que la gente quiera. Cada moneda que gana la guarda en una caja de galletas bajo su cama.

 Sueña con comprarse una bicicleta, pero termina dándole los ahorros a su madre cuando el gas se acaba. Pero al menos ya generó algo de dinero y eso lo motiva. Hacer negocios después de todo no es tan difícil. Piensa una tarde de 1972 con 14 años, Richard, estando en la escuela, escucha a un maestro decir que los mexicanos nunca llegarán lejos.

 Él no responde, no levanta la voz, pero ese silencio ya no es de miedo, es promesa. Promesa de probar con hechos que estaba equivocado. Año 1974. Richard tiene 16 años. No terminó ni siquiera la secundaria. No porque no quisiera, en parte porque estaba harto del maltrato y menosprecio en la escuela.

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