¿Qué pasó en el chalet de las Matas? El estremecedor secreto sobre la madre de Luis Miguel que la industria ocultó por décadas: desde las cuentas suizas clonadas y un macabro pacto con el poder político más temido de México, hasta la misteriosa última noche que desató la peor tragedia musical.
MARCELA BASTERI: La Niña que su Madre Tiró a un Orfanato Acabó con el Hombre que la Borró del Mundo
Marcela Basteri tenía 4 años cuando su propia madre la dejó en la puerta de un orfanato en el norte de Italia y nunca volvió por ella. Tenía 11 cuando alguien la sacó de ahí y la metió en un barco a Buenos Aires a buscar a un padre al que ya casi no recordaba. Y tenía 39 años cuando entró a un chalet a las afueras de Madrid a encontrarse con su marido.
Nadie en el mundo volvió a verla. Tú quizá la recuerdas rubia, alta, hermosa, con unos ojos verdes grisácio que parecían de actriz de cine europeo. Quizá la viste una noche en la televisión sentada entre el público del Luna Park de Buenos Aires llorando mientras su hijo le cantaba en el escenario una canción que llevaba su nombre.
Era el 16 de marzo de 1985. Luis Miguel tenía 14 años y esa noche le dedicó a su madre una canción que le había escrito su propio padre. Se llamaba Simplemente Marcela. Todos en el Luna Park creyeron que estaban viendo el momento más tierno de la historia del espectáculo latinoamericano.
Lo que no sabían, lo que no sabía ni el propio niño cantando en el escenario es que estaban viendo la última vez que esa mujer iba a aparecer en público con vida. Un año y 5 meses después, en agosto de 1986, Marcela Basteri aterrizó en el aeropuerto de Barajas con su hijo menor de 2 años en brazos.
El niño se llamaba Sergio. Iba vestido con un abriguito azul. Los esperaba un coche enviado por su marido para llevarlos hasta el chalet familiar, a 26 km de la capital, en una zona llamada Las Matas, una propiedad de lujo, dos albercas, cancha de paddle, jardines amplios, un llamador en la puerta con las iniciales de él. L.G.
Luis Gallego, el nombre real del hombre que el mundo conocía como Luisito Rey. Marcela entró a esa casa el 18 o el 19 de agosto. Pasó los siguientes días intentando decidir algo que no le contó a nadie. Y en alguna tarde de las dos semanas siguientes, algo ocurrió entre esas cuatro paredes.
Lo que ocurrió casi 40 años después, nadie te lo ha contado completo. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron. Primero, el momento exacto en que Marcela se dio cuenta de que no tenía acceso a su propio dinero y lo que intentó hacer cuando descubrió que Luisito Rey manejaba millones de dólares a nombre de su hijo menor de edad.
Segundo, la transacción que Luisito Rey hizo con el hombre más temido del poder político mexicano de los años 70 y lo que entregó a cambio del debut de su hijo en la televisión nacional. Tercero, lo que los testigos documentados dicen que ocurrió en el chalet de las matas aquella tarde de agosto y que hizo Luisito Rey con la ropa que llevaba puesta ese día.
Y cuarto, lo que Luis Miguel supo antes de que su padre muriera en Barcelona y el silencio exacto que se llevó Luisito a la tumba el 9 de diciembre de 1992. Te voy a avisar cuando llegue cada una de estas cuatro revelaciones. Tú solo quédate conmigo. Pero para entender cómo fue posible que la madre de uno de los artistas más grandes del continente desapareciera sin que nadie hiciera nada, necesitas conocer a la niña que hubo antes de la mujer famosa.
La niña que nadie vino a buscar. Porque esta historia no empieza el día que Marcela Basteri se subió a ese avión en Pisa. Empieza mucho antes. Empieza cuando ella tenía la misma edad que algunas de las nietas que tú tienes ahora mismo y su propia madre decidió que no la quería más. Marcela nació el 10 de diciembre de 1946 en un pueblito llamado Castagnola de Sopra en la provincia italiana de Masacarrara en la Toscana.
Italia acababa de salir de la guerra. La gente no tenía que comer. Los hombres jóvenes se iban de Europa por miles a buscar trabajo a donde fuera. Uno de esos hombres fue Sergio Basteri, el padre de Marcela. Un año después de que ella naciera en 1947, Sergio tomó un barco rumbo a Argentina. Le prometió a su mujer que trabajaría lo que hiciera falta para poder mandar a buscarla a ella y a la niña en cuanto pudiera pagarles el pasaje.
Se fue a Buenos Aires. Empezó trabajando de albañil 14, 15 horas al día. dormía en una pensión con otros cinco italianos. Mandaba cada peso que podía de vuelta a Italia. Eso pensaba él, porque del otro lado, en Castagnola, su mujer, una muchacha llamada Vanda Tarrozo, había tomado otra decisión.
Vanda conoció a otro hombre, se enamoró, quiso irse con él, pero tenía un problema. una niña pequeña de apenas 4 años que era de su marido ausente. Lo que Banda Tarroso hizo con su hija Marcela sigue siendo hasta hoy una de las páginas más oscuras de la prehistoria de la familia Basteri. Según los testimonios que recogieron los periodistas Javier León Herrera y Juan Manuel Navarro en sus libros Luis Mi oro de rey, Vanda llevó a la niña a un convento en los apeninos toscanos.
La dejó ahí y nunca volvió por ella. Se fugó al sur con el otro hombre. La familia paterna intentó recuperar a la niña. Banda no lo permitió. firmó los papeles para dejarla encerrada en el orfanato y Marcela, que todavía no sabía ni leer, se quedó ahí 7 años. 7 años en un orfanato italiano de posguerra.
Si tú has tenido hijos, párate un segundo a imaginar qué significa eso. Una niña que pasa de los cuatro a los 11 años durmiendo en una cama que no es la suya, sin nadie que le cante antes de dormir, sin nadie que la abrace cuando tenga pesadillas, sabiendo que en algún lugar del mundo hay una madre viva que la dejó ahí a propósito y no vuelve.
En la Italia de la posguerra, los conventos que recibían huérfanas funcionaban con disciplina militar. Misa a las 5:30 de la mañana, sopa aguada en bandejas metálicas, trabajo en las cocinas, en las huertas, en los cuartos de las hermanas. Las niñas que tenían familia recibían visitas los domingos.
Las que no tenían familia se quedaban mirando por la ventana. Marcela era de las que se quedaban mirando por la ventana. Esa niña no fue la niña del orfanato. Esa niña fue Marcela Basteri. Y aunque 70 años después el mundo iba a recordarla por ser la madre de Luis Miguel. El sol de México, el ídolo de los estadios llenos.
Lo cierto es que Marcela cargó toda su vida con la misma herida con la que salió de ese convento. Recuerda esa frase, la niña que nadie vino a buscar va a volver a aparecer en esta historia cada vez que alguien la deje atrás. Mientras tanto, al otro lado del océano, en Argentina, Sergio Basteri trabajaba sin saber nada de lo que estaba pasando en su pueblo.
Le mandaba cartas a banda que nunca tenían respuesta. Le mandaba dinero que nunca sabía si llegaba. Hasta que un día, en 1957, una hermana suya le escribió desde Italia y le contó la verdad. Tu mujer se fue con otro hombre hace años. Marcela está encerrada en un orfanato. Nadie ha ido por ella. Sergio Basteri tenía entonces unos 30 años.
Estaba trabajando doble turno para mandarle el pasaje a una familia que ya no existía. Cuando leyó esa carta, según contó décadas después a los periodistas italianos, se sentó en la orilla de la cama de la pensión y lloró como un hombre roto. Al día siguiente empezó a ahorrar para otra cosa, para ir a sacar a su hija de ese convento y traérsela con él.
Marcela tenía 11 años cuando alguien le dijo que su padre mandaba por ella. Las monjas la prepararon. Le pusieron un vestido limpio, le dieron una maleta pequeña con las pocas cosas que tenía y la subieron a un tren y después a un barco y después a otro tren hasta la casa de una tía en San Vicente, provincia de Buenos Aires, donde la esperaba un señor bajito con las manos ásperas, que le dijo en italiano con voz temblorosa, que él era su papá.
Ella no lo recordaba. Claro que no lo recordaba. Había sido bebé la última vez que lo vio. Pero según cuenta la familia Basteri, esa tarde Marcela abrazó a ese hombre desconocido con la misma fuerza con la que uno se agarra a lo primero que encuentra después de haber estado ahogándose 7 años.
Ahí en San Vicente, Marcela conoció por primera vez lo que era tener un hogar. Sergio se había vuelto a casar con una mujer argentina de ascendencia italiana llamada Catalina Mesín. Y Catalina, la madrastra, fue la primera persona en toda la vida de Marcela que la abrazó sin tener obligación de hacerlo.
La peinó, la llevó al colegio, le enseñó a cocinar pasta fresca con la receta de la Toscana que nunca nadie le había enseñado a ella en el convento. Marcela creció en Argentina ya como Argentina. Aprendió castellano con acento porteño y aprendió algo más importante, que una mujer que te cuida sin ser tu madre biológica puede ser la mejor madre que vas a tener en tu vida.
Eso iba a marcar el resto de su historia, porque Marcela, igual que muchas mujeres de su generación, creció creyendo que el amor verdadero era exactamente eso, alguien que te rescata cuando todos los demás te abandonan. Y por eso, cuando tenía veintitantos años y apareció en su vida un muchacho español alto, flaco, con ojos verdes, que tocaba la guitarra y cantaba boleros y la miraba como nadie la había mirado nunca.
Marcela no lo pensó dos veces. Ese muchacho se llamaba Luis Gallego Sánchez. Había nacido en Cádiz, España, el 28 de junio de 1945. Era hijo de cantantes de flamenco. Tenía ambición de artista y un hambre que no era solo de éxito. Era un hambre vieja, de posguerra, de ver a la familia pasarla mal.
Su nombre artístico iba a ser Luisito Rey y Marcela lo conoció en una playa de Mar del Plata en los veranos de fines de los 60. Lo que ella vio en él fue otro rescatador, alguien que la iba a sacar otra vez del lugar donde nadie la había querido. que ella no podía ver, porque a los 22 años ninguna mujer ve esas cosas.
Es que acababa de cambiar un orfanato por otro, solo que este orfanato iba a tener albercas, aviones privados y un marido que iba a convertirse en uno de los hombres más peligrosos del espectáculo latino. Recuerda ese nombre. Luis Gallego Sánchez. Luisito Rey, porque en las próximas horas vas a entender por qué, aunque el mundo entero lo celebraba en los escenarios, los que lo conocían de cerca de él como se aleja uno del fuego.
Para entender quién era Luisito Rey, tienes que entender el mundo en el que se movía. Los años 70 del espectáculo latinoamericano eran una jungla, un sistema cerrado donde un puñado de hombres decidía quién subía y quién no. Los productores controlaban a los artistas, los disqueros controlaban a los productores y los altos funcionarios del gobierno controlaban a los disqueros.
Para que un cantante apareciera en el programa correcto, en el horario correcto, tenía que pasar por una cadena de favores que casi nunca se pagaba con dinero. Si alguna vez te preguntaste por qué tantos artistas de esa época terminaron arruinados, alcoholizados o muertos jóvenes, ahora sabes una parte de la respuesta.
Porque cantar bien no era suficiente. Tenías que pagar el precio y el precio casi nunca lo decidías tú. En ese mundo aterrizó Luisito Rey en 1969. Marcela Basteri tenía 22 años cuando lo conoció. Él tenía 24. Empezaron a salir. A ella la familia paterna le advirtió enseguida. Sergio Basteri, el padre no soportaba a Luisito desde la primera vez que lo vio.
Catalina, la madrastra, tampoco. Le decían a Marcela en italiano que ese hombre tenía algo en la mirada que no le terminaba de cerrar, que era ambicioso, que era frío, que le iba a hacer mal. Marcela no escuchó. Marcela nunca escuchaba esas advertencias. Porque Marcela había aprendido desde muy chica que las personas que la querían bien también podían fallarle.
Mejor agarrar al primero que prometiera quedarse. Luisito y Marcela anunciaron en 1970 que se habían casado. Más tarde se supo que ese matrimonio no fue legal. Nunca firmaron papeles oficiales. Era una mentira para la prensa y para la familia de ella. Pero eso ahora no importa. Lo que importa es que ese mismo año, el 19 de abril de 1970, en un hospital de San Juan de Puerto Rico, nació un niño rubio de ojos verdes como los de su madre, al que pusieron Luis Miguel Gallego Basteri.
Ese niño iba a cambiar la vida de Marcela y ese niño iba a ser también la jaula de su madre. Cuando Luis Miguel tenía 7 u 8 años, Luisito Rey se dio cuenta de algo que iba a marcar el destino de toda la familia. El niño cantaba. No cantaba bonito como los niños cantan en las fiestas familiares.
Cantaba con un timbre que asombraba a quien lo escuchaba. Luisito, que llevaba años intentando triunfar como cantante sin terminar de despegar nunca del todo, entendió de inmediato lo que tenía en su casa. Tenía un boleto de lotería con piernas. Desde ese día, Luisito dejó de pensar en sí mismo como cantante.
Empezó a pensar en sí mismo como manager, el manager de su propio hijo, y empezó a moverse en silencio, sin que Marcela lo supiera, para construir la maquinaria que iba a explotar al niño. La familia se trasladó a Veracruz, México, después al Distrito Federal. Luisito empezó a tocar puertas.
Aprovechó los contactos que tenía su hermano mayor, Mario Vicente Gallego, conocido como Tito, que llevaba años viviendo en México y se movía cómodo en los círculos del poder. Tito conocía a los productores, Tito conocía a los empresarios, Tito conocía, sobre todo, a un hombre que en esos años era el que abría todas las puertas y cerraba todas las que quería.
un hombre del que vamos a hablar más adelante. Recuerda que existe. Recuerda que era el jefe de la policía judicial de la ciudad de México y recuerda su apodo, el negro. Mientras Luisito construía la carrera de Luis Miguel, Marcela hacía lo único que sabía hacer, cuidar a sus hijos, cocinar.
mantener la casa, sonreír cuando había fotógrafos, callarse cuando se cerraba la puerta. Tuvo dos hijos más con Luisito, Alejandro en 1972 y Sergio mucho después, en 1984, al que le pusieron así en honor al abuelo italiano. Luisito, en algún momento de la primera mitad de los años 80 compuso una canción para Marcela.
La tituló simplemente con el nombre de ella. Marcela era una balada romántica de las que se cantaban en esa época. Decía cosas hermosas sobre una mujer entregada, sobre el amor que dura, sobre la familia que se construye contra el mundo. Esa canción la grabó Luis Miguel siendo niño y se la cantó a su madre en vivo delante de miles de personas en el Luna Park en marzo de 1985.
pocos meses antes de que Marcela desapareciera para siempre. Es un detalle que cuando uno empieza a entender la historia completa pone los pelos de punta. El hombre que muy probablemente la mandó matar pocos meses después, había escrito antes una canción de amor sobre ella y se la había hecho cantar a su propio hijo.
Si tú fuiste madre en esa época, sabes perfectamente lo que estoy describiendo. El rol de la esposa del artista famoso era invisible. Tu trabajo era estar disponible cuando el marido te necesitaba. y desaparecer cuando te necesitaba menos. Marcela por dentro empezaba a darse cuenta de que algo no estaba bien.
Pero como tantas mujeres de su generación, Marcela había aprendido a tragar, a no protestar, a poner buena cara. Luis Miguel debutó en televisión nacional el 12 de marzo de 1980. Ya hablaremos de cómo consiguió Luisito ese debut. Por ahora basta con decir esto. El niño de 10 años entró al estudio de televisión y cantó.
Y México entero de Tijuana a Mérida, de un día para otro, empezó a hablar de él. Lo llamaron prodigio, lo llamaron milagro. Le pusieron el apodo del sol y Luisito Rey empezó a ver los ceros que se habían empezado a acumular en las cuentas bancarias de su hijo de 10 años. A partir de ahí, todo se aceleró. Luis Miguel grabó disco.
Otro disco, giras, conciertos en estadios, apariciones en programas de toda Latinoamérica, premios. Más giras, más discos. A los 14 años ya era una estrella de proyección internacional. Ganó Sanremo en 1985. Y mientras Luis Miguel cantaba en los escenarios más grandes del mundo, en el camerino estaba siempre la misma mujer alta, rubia, callada.
Marcela Basteri le acomodaba el saco, le peinaba el flequillo, le decía algo bajito al oído antes de que saliera y después se sentaba sola en una silla del costado del escenario y miraba a su hijo entregar el alma a un público al que ella no entendía del todo porque no era italiana, ni argentina, ni mexicana, ni española.
Era todo eso a la vez y no era nada. Lo único suyo en este mundo era ese niño. Por eso le decía, “Sole mío, mi sol en italiano, como si fuera la única luz que la calentaba después de toda una vida en sombra. Pero algo había empezado a romperse por dentro. Y ese algo tiene que ver con el dinero. Aquí viene lo primero que te prometí.
Quizá tú conoces alguna mujer que trabajó toda su vida al lado de un hombre que generaba dinero y que un día se dio cuenta de que no tenía ni un peso propio, ni un peso, ni una cuenta, ni una tarjeta, nada, porque todo estaba a nombre de él. Quizá esa mujer eres tú o es tu hermana o tu madre.
Es una historia tan común que duele. Lo que le pasó a Marcela Basteri fue exactamente eso, pero a una escala que la mayoría de la gente no puede ni imaginarse. Su hijo Luis Miguel a los 12, 13, 14 años ya estaba generando millones de dólares. que se vendían en cifras de oro, conciertos con entradas agotadas, contratos de publicidad, regalías, derechos de autor de las canciones que él cantaba.
Pero Luis Miguel era menor de edad. Toda esa montaña de dinero entraba a unas cuentas administradas por su padre, su tutor legal y manager. Cuentas que estaban en México y cuentas que estaban en Suiza. Las cuentas en Suiza son la pieza que cambia esta historia entera. Porque las cuentas en Suiza en aquella época, en plena efervescencia del secreto bancario, eran intocables.
Nadie podía rastrearlas, nadie podía investigarlas, nadie podía obligar al banco a decir quién era el titular ni cuánto había. Luisito Rey, según los testimonios cruzados que han recogido durante décadas los biógrafos León Herrera y Navarro, había puesto millones de dólares de las ganancias de Luis Miguel en bancos suizos a su propio nombre.
Decía que era para protegerlas de los impuestos. Decía que era para invertirlas. Decía cualquier cosa que sonara razonable. Marcela empezó a sospechar a mediados de los años 80. No era una mujer educada en finanzas, pero sabía sumar y restar. Y veía que su hijo cantaba en estadios para 40,000 personas.
Y la familia seguía dependiendo del dinero que le pasaba el padre con cuentagotas. Cuando él decidía y como él decidía, algo no cuadraba. Según contó años después la propia tía Adua Basteri, hermana del padre de Marcela y la última persona de la familia italiana que la vio con vida, Marcela había empezado a hablar de unas bajo la manga.
le había dicho a Adua en una de sus llamadas desde México que ella había averiguado algo que iba a obligar a Luisito a soltarle el control del dinero. Había averiguado los datos de las cuentas suizas. ¿Había logrado de alguna manera bloquear el acceso de Luisito a algunas de ellas? Párate a pensar lo que estoy diciendo.
Una mujer italiana criada en un orfanato, sin estudios financieros, sin red de contactos en la banca europea, había logrado encontrar la única grieta del sistema que su marido había construido para tenerla controlada y la había usado. Lo que ella no sabía, lo que no podía saber, es que esa grieta iba a costarle la vida.
Porque Luisito Rey cuando se enteró no reaccionó como reacciona un marido normal. No hubo discusión, no hubo gritos, hubo, según los testigos, una calma helada. Y a partir de ese momento, Luisito empezó a buscar a alguien que lo ayudara a hacer desaparecer a su esposa, literalmente a varios hombres distintos.
a varios. Recuerda ese detalle a varios, porque uno de esos hombres habló muchos años después en cámara en un programa de televisión mexicano que millones de personas vieron. Lo dijo con todas las letras. Lo que vas a escuchar es de su propia boca. Pero antes de llegar ahí, hay que contar otra cosa. Porque para entender de qué era capaz Luisito Rey en 1986, tienes que entender qué clase de pacto había hecho ese hombre 6 años antes para meter a su hijo de 10 años en la televisión nacional mexicana.
Un pacto del que casi nadie te ha hablado. Un pacto en el que la moneda de cambio no fue dinero. Para entender el pacto del que estamos hablando, tienes que conocer un nombre. Arturo Durazo Moreno. Apodado el negro Durazo. Si tú vivías en México en los años 70, ese nombre te eriza la piel todavía hoy.
Arturo Durazo fue jefe de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal entre 1976 y 1982 durante el gobierno de José López Portillo. era amigo personal del presidente desde la infancia, por eso le habían dado el cargo. Y en 6 años ese hombre construyó una de las redes de corrupción más grandes que México ha visto.
Era acusado de manejar redes de narcotráfico, de extorsión, de secuestros, de prostitución, de tortura. era acusado de tener una mansión en Acapulco, conocida después como el Partenón, que era una réplica del templo griego pagada con dinero robado. Era acusado, según testimonios documentados que después aparecieron en el libro Lo negro del negro durazo, de mandar matar a quien le estorbara.
Ese era el hombre que Luisito Rey utilizó para meter a Luis Miguel en la televisión mexicana. ¿Cómo conectaron Luisito Rey y Durazo? A través del hermano de Luisito, Mario Vicente Gallego, el famoso tío Tito. Tito conocía a Durazo desde la infancia. Eran amigos y Tito fue quien le presentó al jefe de la policía a su hermanito recién llegado a México, que tenía un hijo prodigio que cantaba como los ángeles.
Lo demás vino después. Aquí entra una pieza que durante décadas casi nadie quiso contar en público. Una pieza que la periodista mexicana Shanik Berman hizo pública en julio de 2024 en el programa La Casa de los famosos, citando la investigación de un periodista llamado César Hernández, que a su vez decía haber recogido la confesión directamente de la boca del actor mexicano Andrés García, amigo íntimo de Luisito Rey hasta su muerte.
Aquí viene lo segundo que te prometí. Piensa por un segundo en esto. Algunas de nosotras hemos visto a lo largo de nuestra vida como hombres poderosos usan a las mujeres como mercancía, no como esposas, no como compañeras, como moneda de cambio, como cosas que se intercambian por favores.
Si alguna vez estuviste cerca de alguien que hizo eso o que soportó eso, lo que vas a escuchar ahora te va a partir el corazón. Porque lo que voy a contar es precisamente eso, pero hecho por el padre de uno de los artistas más famosos del mundo hispano. Según la versión que Andrés García le habría confiado a César Hernández, que después contó Shanck Berman ante las cámaras, Arturo Durazo había mostrado un interés particular en la esposa de Luisito Rey.
en Marcela, en la rubia italiana de los ojos verdes. Durazo era conocido y esto está documentado en varios libros sobre su figura, por su obsesión con las mujeres bellas. Tenía cámaras instaladas en cuadras enteras alrededor de su oficina para localizar a mujeres que le llamaban la atención, las hacía investigar, las mandaba llamar.
y les ofrecía resolverles el problema que tuvieran a cambio de algo. Luisito Rey, según esta versión vio una oportunidad y Luisito Rey, según esta versión habría dicho lo que ningún marido de este planeta debería poder decir. He notado que te gusta mi mujer. Yo necesito que el señor Raúl Velasco le dé una oportunidad a mi hijo en su programa.
Raúl Velasco era el conductor del programa Siempre en domingo, transmitido por Televisa. Era el programa de variedades más visto de México. Aparecer ahí significaba volverse famoso de la noche a la mañana y era casi imposible entrar sin un padrino enorme detrás. Lo que se cuenta, según el testimonio de Shanik Berman, atribuido a Andrés García, es que Durazo llamó por teléfono a Raúl Velasco y le dijo que el niño tenía que cantar al día siguiente.
Era la autoridad, era el pánico. Y así se hizo. Luis Miguel cantó por primera vez en Siempre en domingo y la semana siguiente, según la misma versión, cantó en la boda de la hija del presidente López Portillo. Y estas declaraciones son ciertas. Entonces, lo que pasó aquel 12 de marzo de 1980, cuando el mundo entero vio por primera vez en la televisión a un niñito de 10 años cantando como los ángeles, se pagó con algo que no era dinero.
Hay que ser cuidadosos aquí. Esta versión, la del intercambio entre Luisito Rey y Durazo a través de Marcela, llega a nosotros por tercera mano. Shanek Berman lo cuenta citando a César Hernández, que a su vez cita a Andrés García. No hay grabación de Andrés García diciendo esto delante de una cámara con todas las palabras.
Lo que sí está documentado en cámara es lo que el propio Andrés García declaró en distintas ocasiones en programas como Ventaneando. Y lo que Andrés García declaró palabra por palabra es lo siguiente. Lo digo entre comillas. Esta es la cita textual recogida por el periódico El cierre digital y por múltiples medios mexicanos.
Antes de soltarla, quiero que tengas presente quién fue Andrés García, porque para tu generación, Andrés García no era cualquiera. Era el galán dominicano nacionalizado mexicano, el de Pedro Páramo, el de tú o nadie, el de las películas de aventuras que se veían el sábado por la tarde.
Un hombre que no tenía nada que ganar mintiendo sobre Luisito Rey. habían sido amigos cercanos durante años. Compartieron viajes, fiestas, días en Acapulco. Si hay una persona que sabía cómo era Luisito Rey en privado, era él. Andrés García contó que Luisito Rey le dijo en algún momento de los años 80, “Cito, me dijo, me tienes que ayudar con esto.
Tengo que hacer desaparecer a Marcela que me está jodiendo y se está cogiendo a una bola de cabrones.” Le dije a Luisito que estaba mintiendo porque sabía que Marcela no era así y por supuesto lo mandé a la chingada. Cierro la cita. Andrés García dijo que llamó a Luis Miguel y al hijo de Andrés García, Andresito, y les advirtió, cito de nuevo, “Mira, Mickey, tú ya eres mayor de edad.
Tu papá no te ha querido devolver tu dinero y ahora quiere buscar a alguien para que lo ayude a matar a tu mamá. Así es que cuida a tu mamá, porque este cabrón ya se lo pidió a Durazo, me lo pidió a mí. A lo mejor va a encontrar ahí alguien que lo ayude. Cierro cita. Eso lo dijo Andrés García en cámara, en televisión mexicana, años después de que Marcela ya había desaparecido.
Nadie lo desmintió, nadie le puso una demanda, nadie le pidió que se retractara. Que tú mientras escuchas esto, no termines de creerlo. Es completamente lógico. Es una cosa monstruosa de aceptar que un hombre le pida a varios conocidos que lo ayuden a hacer desaparecer a su esposa y que después esa esposa efectivamente desaparezca y que nadie haga nada con esa información durante décadas.
Pero esto fue exactamente lo que pasó. Y Marcela, mientras tanto, seguía viviendo en la misma casa que ese hombre, sin saber del todo tan en serio iba la cosa. Si esta historia te está doliendo tanto como me dolió a mí investigarla, si crees, como que estas mujeres no deberían quedar en el olvido, ahora es un buen momento para suscribirte a este canal.
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La gente que la conoció en esos meses cuenta cosas similares, que estaba más delgada, que tenía los ojos hinchados de tanto llorar, que ya no sonreía como antes, que cuando le preguntaban cómo estaba, decía bien y cambiaba de tema. Una de las anécdotas más conmovedoras del periodo final viene del Luna Park de Buenos Aires, ese 16 de marzo de 1985, el día en que Luis Miguel le cantó la canción Marcela en el escenario.
Hay un productor del programa de televisión chileno que cubrió esa gira. Estaba ahí en los pasillos, en los camerinos, en las pruebas de sonido. Vio cosas y años después declaró algo que ayuda a entender lo que estaba pasando entre madre e hijo en esos meses. Dijo que vio el brillo y la tristeza en la mirada de Marcela y dijo, “Sobre todo otra cosa.
” vio la actitud cortante de Luis Miguel con su papá y vio como el niño, que entonces tenía 14 años, le pidió a su padre que lo dejara a solas con su madre. Imagínate la escena. Un camerino, Buenos Aires, un niño de 14 años que ya es estrella internacional. Su madre sentada en una silla intentando contener algo que no puede contener.
Y el niño le pide a su papá que se vaya, que los deje solos, porque tiene algo que decirle a su mamá, que su papá no puede escuchar. Nadie sabe qué se dijeron Marcela y Luis Miguel esa noche en ese camerino. Lo único que se sabe es esto. fue hasta dónde ha podido reconstruir el periodismo la última vez que Marcela Basteri y su hijo se vieron a solas.
La última conversación de verdad entre los dos. Después de Buenos Aires, Marcela tomó una decisión, la decisión que iba a marcar el resto de su vida y la decisión que iba también a precipitar el final. decidió irse. Decidió volver a Italia, a su tierra, a buscar a su tía Adua, a sus primos, al padre que tenía en San Vicente, a cualquier persona que pudiera ayudarla, porque por primera vez en muchos años Marcela había aceptado en silencio dentro de sí misma que ese matrimonio no se podía sostener más.
Recuerda esa fecha. Marzo de 1985, Luna Park. Es el último día en que Marcela Basteri va a ser fotografiada en público. A partir de ahí empieza a desaparecer del mundo de los vivos y nadie, ni siquiera su hijo más famoso, va a entender lo rápido que va a pasar lo que va a pasar.
A finales de 1985, Marcela Basteri tomó al pequeño Sergio, que entonces apenas tenía un año, y se subió a un avión rumbo a Italia. Aterrizó en Pisa. Tomó un coche hasta Carrara, en La Toscana, al pueblo de su infancia. Allí la esperaba la hermana de su padre, su tía Adua Basteri. Una mujer que la quería como a una hija, una mujer que iba a ser, sin saberlo todavía, la última testigo familiar de la vida de Marcela.
Adua le abrió la puerta de su casa y según contó después en entrevista con el periodista Juan Manuel Navarro casi no la reconoció. Cito sus palabras textuales recogidas en el libro Luis Mi rey de Javier León Herrera y Juan Manuel Navarro. Marcela había llegado demacrada, con los ojos hinchados de tanto llorar, con una delgadezante anoréxico.
Cierro la cita. Tú que has visto a una mujer llorar hasta no poder más, ¿entiendes lo que estoy diciendo? Marcela Basteri llegó a Carrara hecha pedazos, con un niño chiquito en brazos, sin equipaje suficiente, sin [resoplido] dinero propio, solo con lo que pudo agarrar en una bolsa antes de salir de México.
Pasó casi 7 meses en La Toscana, de diciembre de 1985 hasta agosto de 1986. vivió en casa de su tía. Recuperó algo de peso. Volvió a sonreír de a ratos. Llamaba por teléfono a México de vez en cuando para hablar con sus dos hijos mayores, Luis Miguel y Alejandro, que se habían quedado allá con su padre.
Carrara en invierno no es la postal turística que tú piensas. Es una ciudad de canteros gris con las montañas blancas de mármol asomando entre la niebla. Las casas son sencillas, de piedra, con cocinas que huelen a aceite de oliva y a tomate guisado. Marcela se levantaba temprano, ayudaba a su tía a hacer el pan, sacaba al pequeño Sergio a caminar por las callejuelas medievales del centro.
Por unas semanas, según contaron sus primos italianos al periodista Mario Minervino del diario Il Tirreno, años después, Marcela parecía haberse despojado de algo, como si por primera vez en mucho tiempo no tuviera que actuar para nadie. Encarrar a la familia paterna cerró filas alrededor de Marcela.
El abuelo Sergio Basteri, ya jubilado, viajó desde Argentina a verla. La abrazaron, le dijeron que se quedara, que ahí no le iba a faltar nada, que dejara a Luisito Rey de una vez por todas. Pero Marcela no podía. Le faltaban dos pedazos de su corazón en otro continente, sus hijos Luis Miguel y Alejandro.
Y por mucho que le dolieran las cosas con su marido, ella había decidido algo. Iba a volver, iba a buscar a sus dos hijos y se los iba a llevar lejos de Luisito Rey de una vez. Para eso necesitaba pasar por España, porque ahí estaba el chalet de las matas y ahí estaba Luisito y ella tenía que enfrentarlo de pie.
El 18 de agosto de 1986, Adua Basteri llevó a su sobrina y al niño Sergio al aeropuerto de Pisa. Marcela vestía bien. Llevaba al niño con un abriguito azul. Se despidieron en la puerta de embarque. Adua la abrazó fuerte. Le dijo en italiano que tuviera cuidado, que en cuanto llegara a Madrid la llamara, que si tenía cualquier problema regresara a Italia.
Marcela le sonrió, le dio un beso y cruzó la puerta. Esa fue la última vez que un familiar de sangre vio a Marcela Basteri con vida. El vuelo aterrizó en barajas. El coche enviado por Luisito Rey la estaba esperando. Cargaron las maletas y la llevaron al chalet de las matas.
Ese chalet que tenía dos albercas, cancha de paddle, jardines amplios y un llamador en la puerta con las iniciales de Luisito Rey. L.G. Marcela entró ahí con el niño en brazos, cerró la puerta detrás de ella. Una semana después, a principios de septiembre, Aduabasteri recibió en su casa de carrara una llamada de larga distancia.
Era Marcela. Le dijo en italiano que estaba bien. Le dijo que estaba en el chalet con Alex y con Sergio, sus dos hijos pequeños. le dijo que iba a viajar a Chile porque Luis Miguel iba a grabar un especial con la televisión chilena y ella quería estar ahí para verlo. Hablaron unos minutos. Adúa sintió que la voz de Marcela estaba rara, como si estuviera midiendo cada palabra, como si alguien la pudiera estar oyendo.
Esa fue la última llamada de Marcela Basteri y a su tía. Después de esa llamada, nadie nunca más volvió a oír su voz. Aquí viene lo tercero que te prometí. Tú que has pasado toda una vida observando a las personas, sabes perfectamente que hay gestos que no engañan. El hombre que llega a su casa y no sube las escaleras como siempre.
El hombre que de pronto quiere que nadie entre a un cuarto, el hombre que a los dos días de que algo pasó ya está hablando de vender la casa. Si alguna vez estuviste cerca de alguien así, ya sabes por dónde voy, porque eso es exactamente lo que empezó a pasar en el chalet de las Matas a finales de agosto y a principios de septiembre de 1986.
Lo que ocurrió ahí lo han reconstruido a lo largo de cuatro décadas tres tipos de testimonios. Primero, las declaraciones que el propio Luisito Rey le dio a sus hijos y a sus suegros en los meses siguientes. Segundo, los testimonios de los empleados domésticos del chalet, que más tarde rompieron el silencio en libros y en programas.
Y tercero, sobre todo, las palabras que años después dijo el tío Tito Mario Vicente Gallego, el hermano mayor del propio Luisito. Esa pieza la vamos a guardar para el bloque final porque ahí está la confesión más importante de todo este caso. Lo que sí se sabe de los días posteriores es lo siguiente.
Marcela hizo esa última llamada a su tía Adua a principios de septiembre. Después de esa llamada, dejó de comunicarse con su familia italiana, dejó de comunicarse con su padre Sergio en Argentina, dejó de comunicarse con sus amigas en México. Simplemente, de un día para otro, Marcela Basteri se evaporó.
Cuando los familiares empezaron a llamar al chalet preguntando por ella, Luisito Rey daba siempre la misma respuesta. Marcela se fue. Marcela se fue con otro hombre. Marcela está con un siciliano. Marcela me dejó. Cambiaba algunos detalles cada vez que repetía la versión. Algunos días el siciliano vivía en Cádiz.
Otros días vivía en Italia. Otros días tenía a Marcela encerrada y por eso no llamaba a nadie. Su propia madre, Matilde Sánchez, la abuela paterna de Luis Miguel, respaldaba esta versión. Decía que Marcela era una mujer ligera, que no era buena madre, que estaba mejor lejos de la familia.
Eso es lo que les decía el padre a los hijos. Eso es lo que le decían a Luis Miguel de 15 años y a Alejandro de 13, que su madre los había abandonado por un hombre. Pero los testimonios documentados después indican que en esos días algo había pasado dentro del chalet de las matas. Algo violento, algo que dejó huellas físicas y algo que Luisito Rey en los días siguientes intentó borrar a toda velocidad.
Hay un testimonio especialmente perturbador recogido por el actor mexicano Andrés García en distintas declaraciones a programas como Ventaneando y reforzado por la investigación de los biógrafos León Herrera y Navarro. Andrés García declaró estar casi seguro de saber dónde mataron a la madre de Luis Miguel.
Sus palabras textuales fueron, cito, en el lujoso chalé que la familia tenía en Las Matas, Madrid. Sierro cita. El biógrafo Javier León Herrera, después de años de investigación, fuentes cruzadas y entrevistas a personas cercanas a la familia, declaró al medio español el cierre digital lo siguiente.
Cito otra vez, no dejamos lugar a ninguna duda afirmando de manera rotunda y textual algo que concuerda completamente con lo que dice Andrés García. Marcela Basteri murió en Madrid en 1986 y de causas no naturales. Cierro cita. Lo que la serie de Netflix sobre Luis Miguel mostró ya como ficción dramatizada en su segunda temporada estrenada en abril de 2021 es una escena clave, una escena en la que una vecina del chalet llamada María escucha gritos provenientes de
la casa de Luisito Rey, se acerca a la armada y cuando le abren la puerta ve a Luisito Rey con la camisa manchada de sangre. Esa escena, según los biógrafos, está basada en testimonios reales recogidos durante años de investigación. Aunque ningún biógrafo la respalda con un testimonio firmado en cámara, múltiples fuentes coinciden en que algo violento ocurrió ese día y en que Luisito Rey intentó después borrar las huellas.
Lo que sí está documentado y es verificable en los registros públicos españoles es esto. En 1988, dos años exactos después de la desaparición de Marcela, Luisito Rey vendió el chalet de las matas por una cifra que rondó el millón de dólares de la época, una cifra muy alta para esa zona en ese momento.
comprador, según el periódico El cierre digital, fue el conocido compositor español Juan Carlos Calderón, que tampoco se quedó mucho con la propiedad, la revendió a los pocos meses. Ese chalet, según las fuentes que han investigado el caso, empezó a ganarse desde entonces una fama tenebrosa entre los vecinos de la zona.
Se hablaba de mala energía. Se hablaba de cosas que se sentían en ciertas partes del jardín. Se hablaba de un cuarto que nadie quería usar. León Herrera en su libro recoge estas versiones con cuidado. Las llama el desasosiego de Luisito en ese chalé y deja una pregunta abierta sobre lo que el cuerpo de Marcela Basteri pudo haber dejado o no en ese terreno.
Hay otra investigación mucho más reciente publicada por la revista mexicana TV y novelas en octubre de 2022. que sostiene que el hijo Alejandro Basteri habría encontrado a su madre en una fosa común en una ciudad española y que los hermanos tendrían que someterse a una prueba de ADN para confirmarlo.
Esta versión hasta el día de hoy no ha sido confirmada por ninguna fuente oficial ni por la familia. Hay una pista más, todavía más reciente. En el año 2023, el periodista argentino Luis Ventura, en su programa Secretos Verdaderos, presentó el caso de una mujer internada en un hospital neuropsiquiátrico en Argentina bajo el nombre de Honorina Montes, a la que algunos identificaron como Marcela Basteri.
La justicia argentina autorizó una prueba de ADN para confirmar o descartar la coincidencia. Pocas semanas después, un fallo de la Corte Suprema reveló que Honorina Montes no tenía nada que ver con Marcela. Otra pista falsa, otro callejón sin salida, otra esperanza enterrada. Lo que sí es un hecho absolutamente documentado y verificable es esto.
Nunca hubo una denuncia policial formal por la desaparición de Marcela Basteri en España. Escucha eso bien. Nunca hubo una denuncia policial formal. ¿Por qué? ¿Por qué la familia más famosa del espectáculo latino con todo el dinero del mundo no presentó una denuncia formal de desaparición ante la policía española en 1986? ¿Quién se benefició de ese silencio? ¿Y por qué la prensa española de la época, que era de las más agresivas del continente, no se enteró de nada hasta 10 años después? Las respuestas a estas
preguntas las tenían dos personas. Una era Luisito Rey y la otra era su hermano mayor, el tío Tito, Mario Vicente Gallego. El primero murió sin abrir la boca. El segundo esperó 18 años para hablar y cuando finalmente habló, lo que dijo cambió toda la historia para siempre. Recuerda esa fecha, 2004, 18 años después de la desaparición, 12 años después de la muerte del propio Luisito Rey.
Es entonces cuando el tío Tito por fin se sienta delante de una cámara y dice lo que iba a empezar a tener sentido en cabeza de la familia entera para entender lo que pasó después de la desaparición de Marcela. Tienes que entender qué hizo Luis Miguel cuando empezó a sospechar la verdad.
Luis Miguel tenía 16 años en agosto de 1986. Estaba grabando, viajando, dando conciertos. Vivía a un ritmo que le impedía detenerse a pensar. Su padre Luisito Rey seguía siendo legalmente su tutor y su manager y le seguía diciendo que su madre se había ido con otro hombre, pero algo en Mickey no terminaba de tragar esa versión.
Conocía a su madre. Sabía que ella jamás abandonaría a Sergio el bebé. Sabía que ella jamás dejaría de llamar a sus hermanos. sabía que ella jamás se iría sin avisarle a él suemo. A los 18 años, en 1988, Luis Miguel cumplió la mayoría de edad y lo primero que hizo fue despedir a su padre como manager.
Fue una ruptura limpia y brutal. Padre e hijo dejaron de hablarse casi por completo. El cantante puso al frente de su carrera a un hombre llamado Hugo López, empresario argentino que iba a ser hasta su muerte una de las figuras más importantes en la vida adulta de Luis Miguel. Pero la sospecha sobre el destino de su madre no se le iba.
Y a partir de cierto momento, Luis Miguel empezó a invertir cantidades enormes de dinero en investigaciones privadas. No quería saber lo que decía la prensa, quería saber lo que había pasado de verdad. Las investigaciones que contrató, según múltiples fuentes confirmadas por el periodista Polo Martínez, fueron extraordinarias.
Habrían intervenido exagentes del FBI, contactos en Interpol y según el propio Polo Martínez, incluso miembros del Mossad, el servicio secreto israelí. Esta intervención del Mossad, según Martínez, se habría conseguido a través de un alto funcionario mexicano que era amigo personal de Luis Miguel.
Para entender la dimensión de lo que estamos hablando, conviene que te detengas un segundo. El Mosad es la agencia de inteligencia de un país, Israel, que normalmente se ocupa de cazar criminales de guerra, terroristas internacionales, traidores. que un cantante latinoamericano lograra que esa agencia se involucrara en la búsqueda privada de su madre desaparecida es algo que solo se puede explicar con dos cosas, una cantidad enorme de dinero y una desesperación todavía más grande.
Lo que estos investigadores le dijeron al cantante, después de meses de buscar en España, en Italia, en Argentina, en cada lugar posible, fue terminante. Cito las palabras textuales que recoge el medio Infobae citando Apolo Martínez. No busques más, que está muerta, desaparecida.
Cierro cita. Escucha lo que acabo de decir. El hijo más famoso del continente latinoamericano pagó a los mejores investigadores del mundo para que le buscaran a su madre. Y lo que esos investigadores le dijeron fue que su madre estaba muerta y que su cuerpo no iba a aparecer nunca.
Eso lo supo Luis Miguel a finales de los 80 o principios de los 90. Casi 35 años antes de que tú escucharas este video. Pero saber que tu madre está muerta no es lo mismo que saber quién la mató. Y eso es lo que Luis Miguel quería realmente averiguar. Aquí entra una escena que la serie de Netflix mostró con bastante fidelidad histórica.
A finales de 1992, Luis Miguel estaba en plena gira por Argentina. El 29 de noviembre de ese año había dado un concierto monumental en el estadio Ves Sarsfield de Buenos Aires. Y mientras él cantaba en escenarios para decenas de miles de personas, en un hospital de Barcelona en España, su padre Luisito Rey agonizaba.
Luisito Rey llevaba meses delicado. Su vida había sido una caída empicada después de que su hijo lo despidió como manager en 1988. Sin la fortuna de Luis Miguel administrada por él, sin la cercanía de los hijos, sin el control de la maquinaria que había construido, Luisito se entregó al alcohol y a las drogas.
A finales de 1992, tras una sobredosis, ingresó al Hospital Universitario de Belbitke en Barcelona, especializado en enfermedades infecciosas. Llegó con anemia profunda, llegó con desnutrición, llegó, según múltiples fuentes médicas y testimonios de la propia familia Basteri con VIH.
El virus que causa el sida, que en aquella época era casi siempre una sentencia de muerte, lo conectaron a un respirador, cayó en coma. Luis Miguel se enteró del estado terminal de su padre estando en Buenos Aires y según contó después en una entrevista con la periodista chilena María Inés Sáes, tomó la decisión más difícil que había tomado nunca.
suspender la gira, subirse al avión privado, ir a Barcelona, no para despedirse de Luisito. Llevaban 5 años sin hablarse, sino para arrancarle antes de que muriera la única respuesta que solo él tenía. ¿Dónde está mi madre? Luis Miguel viajó a Barcelona acompañado por Hugo López, su manager, por su novia de aquel entonces, Erika, conocida artísticamente como Isabela Camil y por un grupo pequeño de personas.
En Barcelona ya estaba esperándolo su hermano Alejandro Basteri. Llegaron al hospital la tarde del 9 de diciembre de 1992. Lo que Luis Miguel encontró ahí fue lo que más temía. Su padre no estaba en condiciones de hablar. Estaba inconsciente, conectado a tubos, sedado en coma. El cantante Luis Miguel El Sol de México.
El hombre que llenaba estadios entró a la habitación del hospital, se acercó a la cama, le tocó las manos a su padre, le acomodó el pelo, le dio un beso en la frente y según contó después uno de los testigos en la biografía de León Herrera, le preguntó, “Cito, ¿qué pasó, papá? ¿Qué pasó?” Cierró Cita.
Y Luisito Rey no respondió, no podía responder. Nunca iba a responder. Esa misma noche, a las 11 de la noche del 9 de diciembre de 1992, Luis Gallego Sánchez, conocido como Luisito Rey, murió en Barcelona. tenía 47 años y se llevó con él el secreto que sus hijos llevaban 6 años intentando arrancarle.
Los días posteriores a la muerte de su padre, Luis Miguel concedió una entrevista corta a la periodista chilena María Inés Sa. Sus palabras textuales recogidas por el heraldo de México fueron las siguientes: Cito, estoy pasando unos momentos muy difíciles, quizá los más difíciles de mi existencia a lo largo de mis 22 años.
Pero antes que nada, yo siento que tanto mi Padre, que en paz descanse, como toda la gente que siempre ha estado conmigo en mi vida, lo que me han enseñado es a hacer profesional. Cierro cita. 22 años. Eso era lo que tenía Luis Miguel cuando enterró a su padre y entendió en el mismo movimiento que jamás iba a saber dónde estaba enterrada su madre.
Si tú tienes hijos o nietos de esa edad, sabes la cara que tienen los muchachos a los 22 años. Casi niños todavía. Casi. Aquí viene lo cuarto que te prometí. Si tú tuviste un padre, un marido, un hermano que en algún momento hizo algo tan grave que todo el mundo sabía que no iba a pedir perdón antes de morir, ¿entiendes perfectamente lo que se lebró por dentro a Luis Miguel esa noche en Barcelona? Porque no hay venganza, no hay dinero, no hay fama que pueda reemplazar el silencio del padre que se llevó la respuesta a la
tumba. Ese silencio es una condena que le cae al hijo y le cae para siempre. Hay un detalle más sobre esa noche en Barcelona que casi nadie te ha contado y que aparece en la reconstrucción que hizo el biógrafo León Herrera basándose en testimonios de personas cercanas. Cuentan los testigos que mientras Luisito agonizaba, ya en coma, con los dos hijos al lado de la cama, por la mejilla del padre se derramó una lágrima, una sola.
Y nadie supo nunca y nadie va a saber nunca qué quería decir esa lágrima. Si era arrepentimiento, si era pena, si era miedo a lo que venía después o si era simplemente una gota más en el cuerpo destrozado de un hombre que se estaba apagando. Las cenizas de Luisito Rey reposan hoy, según los registros.
En una urna lacrada en el cementerio mancomunado de la bahía de Cádiz en España, Luis Miguel ordenó, después de la muerte de su padre que nadie pudiera entrar al mausoleo donde están esas cenizas. Esa orden, según los testimonios recogidos por León Herrera, sigue vigente. Pero la historia no termina ahí, porque 12 años después de la muerte de Luisito, 18 años después de la desaparición de Marcela, el hermano mayor del propio Luisito, el famoso tío Tito, Mario Vicente Gallego, rompió el silencio.
Era el año 2004. Tito ya tenía bastante edad, estaba enfermo y por motivos que solo él conocía, aceptó hablar con la prensa mexicana sobre lo que sabía de la desaparición de su cuñada. Lo que dijo el tío Tito tuvo dos versiones y las dos importan. La primera versión recogida por el medio revista central sostuvo que Marcela había huído del chalet de las matas con un hombre.
Cito sus palabras textuales. Ella se fue. Había un hombre abajo esperando con un coche. Yo vi un coche y vi a un señor, pero no vi quién era. Mi hermano dice que era un siciliano, que era Antonio. Yo no puedo asegurarlo. Cierro cita. O sea, el tío Tito repetía, esta vez con su propia voz la versión que su hermano Luisito había instalado durante 18 años, que Marcela se había fugado con un siciliano.
Pero esa versión cayó muy mal en su entorno y al poco tiempo Tito dio una segunda versión, una versión completamente distinta. Dijo que Marcela había muerto en 1986 en un rancho de Chihuahua en México durante un tiroteo en una fiesta organizada por un personaje mexicano de mucho poder al que no quiso nombrar.
Dos versiones contradictorias y ninguna de las dos respaldada por documentos, ni por testigos identificables, ni por restos encontrados. Pero hubo algo que el tío Tito dijo en sus declaraciones de aquellos años y que es la pieza más importante de todo el rompecabezas. Algo que en la serie de Netflix sobre Luis Miguel se incorporó al guion porque coincidía con las investigaciones de los biógrafos.
Tito le dijo a Luis Miguel en algún momento que en la Casa de las Matas había ocurrido un accidente y que el responsable de ese accidente había sido su hermano Luisito Rey. Un accidente. Esa fue la palabra que usó el tío para no decir lo que todo el mundo quería que dijera, pero un accidente en una casa que termina con la desaparición física total definitiva de la mujer que vivía en esa casa sin denuncia, sin cuerpo, sin investigación oficial y con la propia casa vendida dos años después
por millón de es un accidente que cualquier persona con dos dedos de frente sabe leer entre líneas. Hay otra confesión más reciente que vale la pena mencionar y es la que hizo Mario Vicente Gallego, el mismo tío Tito, sobre la muerte de su propio hermano Luisito en Barcelona. Cito las palabras textuales que recogen los medios milenio y vanguardia.
A mí me llamó el doctor aparte. Me dijo que le habían encontrado cocaína en la sangre. Entonces yo le dije al doctor que se le hiciera la autopsia, pero mi sobrino Luis Miguel dijo que no tenía tiempo, que tenía que irse para Brasil. Luis tenía alcohol y cocaína en la sangre. No dijeron nada y dijeron que era un virus hospitalario.
Cierrosita. O sea, que ni siquiera la muerte de Luisito Rey fue lo que decía el certificado oficial. Ni siquiera ahí hubo verdad. Y eso en una familia donde la madre desapareció 6 años antes sin denuncia ni cuerpo. Es un patrón que asusta. ¿Qué quedó entonces de Marcela Basteri? Quedó el recuerdo de su tía Adua en Carrara, que murió pocos años después esperando una llamada de teléfono que nunca llegó.
Quedó el dolor de su padre Sergio Basteri en Argentina, que falleció ya muy mayor, sin haberse reconciliado con la idea de haber perdido dos veces a su hija. La primera en aquel orfanato italiano. La segunda en aquel chalet de Madrid. Quedó el silencio de Luis Miguel, que en 38 años no ha vuelto a pronunciar el nombre de su madre en una entrevista pública.
Quedaron las teorías, las investigaciones de ADN fallidas, las pistas falsas que aparecen cada cierto tiempo en Argentina, en España, en Gran Canaria y quedó sobre todo una herida abierta. Marcela Basteri tendría hoy 79 años. Si estuviera viva, habría cumplido los 79 este 10 de diciembre.
Pero todos los indicios serios indican lo mismo. Marcela Basteri murió en agosto o septiembre de 1986, probablemente dentro del chalet de las matas, probablemente a manos de su esposo y su cuerpo está enterrado en algún lugar que probablemente nunca vamos a saber. Lo que el periodista Mario Minervino del diario italiano Il Tirreno publicó en marzo de 2016, casi 30 años después de la desaparición, resume bien lo que pasó con la familia paterna italiana.
Adua Basteri murió esperando una llamada que nunca llegó. El abuelo Sergio murió esperando que sus nietos cruzaran el Atlántico. Los primos italianos siguieron poniendo flores cada 10 de diciembre, día del cumpleaños de Marcela, en una capilla del cementerio de Carrara, donde no hay ningún cuerpo, solo una placa con su nombre y abajo una fecha de nacimiento sin fecha de muerte.
Y aquí es donde la historia hace su círculo más cruel. Recuerda por dónde empezamos. Empezamos con una niña pequeña en un orfanato del norte de Italia, esperando que su madre Banda volviera por ella. Y Banda no volvió nunca. Empezamos con una niña a la que nadie vino a buscar durante 7 años, hasta que su padre Sergio desde Argentina mandó por fin por ella y la sacó y la abrazó por primera vez en una estación de tren bonaerense y le dio un hogar.
Marcela creció pensando que el destino le había compensado el abandono de su madre con la llegada de su padre. Pero el patrón vuelve. El patrón siempre vuelve porque 40 años después de aquel orfanato italiano, Marcela Basteri estaba otra vez encerrada. Esta vez no en un convento de monjas, esta vez en un chalet de lujo a las afueras de Madrid, pero igual de sola, igual de invisible, igual de abandonada por el mundo.
Y cuando ella desapareció ese septiembre de 1986, nadie vino a buscarla. No vino la policía española. No vino la prensa internacional que tardó 10 años en enterarse. No vinieron las autoridades mexicanas que sabían quién era. No vino Hollywood, no vino Televisa, no vino nadie. Sergio Baster, el padre en Argentina, intentó denunciar.
Le cerraron las puertas. Adu Basteri, la tía en Italia, intentó pedir información. Nadie le contestó. A Marcela Basteri otra vez nadie vino a buscarla. Sergio Basteri, su padre, murió ya viejo en Italia después de haber regresado a vivir sus últimos años en Castagnola. Cuentan los biógrafos León Herrera y Navarro que ese hombre postrado en una cama humilde con una cánula en la nariz porque ya tenía deficiencias respiratorias, suplicaba por ver a sus nietos.
pedía que vinieran Luis Miguel, Alejandro y Sergio a verlo, aunque fuera una vez, para preguntarles qué había pasado con su hija, para que le contaran lo que él ya sabía, pero que necesitaba escuchar de la boca de los niños. Luis Miguel nunca fue. Alejandro tampoco. Sergio, el menor, criado lejos de la familia italiana, tampoco.
Sergio Basteri, el abuelo, se murió esperando. La niña a la que nadie había venido a buscar había crecido y se había convertido en la madre que nadie pudo encontrar. Y el padre, que un día había cruzado el océano para rescatarla del orfanato, se murió esperando que alguien cruzara el océano para contarle qué había pasado con su hija. Nadie cruzó.
Ese es el precio del silencio. Ese es el precio de que la industria del espectáculo decidiera que la imagen de la estrella era más importante que la verdad sobre la madre de la estrella. Ese es el precio de que la prensa hispana de los 80, que entraba hasta en la pileta de cada hotel cinco estrellas para sacar fotos de famosas en bikini, no haya sido capaz en una década entera de preguntar dónde estaba Marcela Basteri.
Esto pasó porque fue posible, porque el sistema lo permitía, porque las esposas de los famosos de aquella época eran objetos del decorado. aparecían en las fotos, se las nombraba en las entrevistas, pero su humanidad, su voz, su derecho a una vida propia eran cosas que la maquinaria del entretenimiento podía pasar por encima en cualquier momento.
Y cuando una de ellas desaparecía, la propia maquinaria cerraba filas para que no se hablara del tema. Si tú eras periodista de espectáculos en 1987 y se te ocurría preguntar por la madre de Luis Miguel, te quedabas sin entrevistas con ningún artista de Televisa durante los siguientes 10 años.
Era así de simple. Por eso nadie preguntó, por eso nadie investigó. Por eso, recién en 1996, 10 años después de la desaparición, el periodista Juan Manuel Navarro publicó la primicia mundial de que Marcela Basteri llevaba una década sin que nadie supiera dónde estaba, 10 años. ¿Ha cambiado algo? Han pasado otras Marcela Basteri en estas últimas cuatro décadas en otras familias del espectáculo sin que nadie se entere.
Cuántas mujeres de los grandes nombres del bolero, de la balada, de la telenovela, de la cumbia terminaron borradas de la historia oficial sin que tú o yo lo supiéramos nunca. Estas preguntas hoy ya no tienen respuesta, pero el ejercicio de hacérselas, el ejercicio de detenerse a escuchar la historia completa de Marcela Basteri es la única manera que tenemos las personas comunes de devolverle a esta mujer un poco de la dignidad que le robaron en vida.
Mi gente, antes de irme quiero pedirte algo. Y esta historia te ha tocado, si tú creciste viendo a Luis Miguel cantar y nunca te imaginaste lo que había detrás de esa familia. Si tú te acuerdas de aquella noche de Luna Park en marzo del 85, si tú eres una de esas mujeres mexicanas, colombianas, argentinas, salvadoreñas, españolas que vivían pendientes de cada disco nuevo del sol, escríbeme en los comentarios cuál fue la primera canción de Luis Miguel que te marcó.
Cuéntame con quién la escuchaste por primera vez. Cuéntame qué te hizo sentir, porque ese recuerdo, ese tuyo, es lo único que le queda a Marcela Basteri en este mundo. El amor que tú sentiste alguna vez por su hijo es también el amor que ella nunca pudo terminar de recibir de él en persona.
Y todo eso suma. Cada comentario tuyo es como una vela encendida en una iglesia. Si te gustó este video y quieres que sigamos contando con cuidado, con respeto y con todos los datos en la mano las historias de las mujeres que el espectáculo borró de su narrativa oficial, dale me gusta y suscríbete.
Aquí, semana a semana, vamos a seguir abriendo carpetas que la industria preferiría que se quedaran cerradas para siempre. Marcela Basteri, la niña que nadie vino a buscar, ya tiene quien la nombre. Por lo menos hoy, durante esta hora que pasaste conmigo, alguien se acordó de ella.