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PSICÓLOGA M4TÓ A SU ESPOSO MIENTRAS DORMÍA EN CDMX — LO CONOCIÓ PORQUE SU HIJA ERA SU PACIENTE tc

PSICÓLOGA M4TÓ A SU ESPOSO MIENTRAS DORMÍA EN CDMX — LO CONOCIÓ PORQUE SU HIJA ERA SU PACIENTE tc

Era la 1 de la mañana menos cuando el vigilante escuchó que alguien tocaba el vidrio de la caseta. Noviembre en Tlalpan tiene ese frío húmedo que no avisa. Entra por las mangas, por las rendijas de las ventanas, por el cuello de la camisa. Las calles del valle de Tepepán a esa hora estaban vacías. Los árboles quietos, las luces del pasillo del condominio parpadeando como siempre sin ritmo fijo. El vigilante abrió.

Quien tocaba era ella, cabello oscuro, un poco revuelto, complexión media, cara conocida en el condominio, era la psicóloga del tercer piso, la del departamento de la calle Mariano Abasolo. Sus vecinos la llamaban la Ale. Esa noche parecía otra persona, los ojos moviéndose de un lado al otro del pasillo, las manos apretadas sobre el asa de una maleta roja grande que arrastraba con dificultad, demasiado grande para cargarla sola, demasiado pesada para la hora.

 Le pidió al vigilante que la ayudara a subirla a su camioneta. Él preguntó qué llevaba adentro. Ella respondió sin parpadear equipo de cirujano de su padre que estaba muy enfermo y necesitaba que lo operaran, que tenía prisa. El vigilante anotó en la bitácora. Hora 12:45 de la madrugada. Alejandra salió con la maleta, manejó hacia algún punto de la ciudad.

 Regresó 4 horas después a las 4:18 de la mañana y esa noche nunca fue a ningún hospital. Si algo de lo que acabas de escuchar ya te hizo detenerte, este canal es para ti. Aquí narramos los casos completos con todos los detalles que los noticieros cuentan a medias. Suscríbete ahora y activa la campana para no perderte ninguna historia.

 Antes de contarte todo lo que ocurrió en ese departamento esa noche de noviembre, necesito que sepas que hay algo en el origen de esta historia que los investigadores tardaron en ver del todo. Tiene que ver con cómo se conocieron estas dos personas, con quién fue el puente entre ellas y con lo que ese puente significaba.

Quédate hasta el final porque ese detalle lo cambia todo. La Ciudad de México en noviembre de 2014 ya llevaba meses con la temperatura cayendo. En Tlalpan, una de las alcaldías más grandes del sur de la ciudad, el frío llega antes que en otras partes. Las calles del Valle de Tepepán son tranquilas de noche.

 Los condominios tienen jardines cortos, árboles altos, casetas de vigilancia con luz amarilla y bitácoras donde los guardias anotan todo. Eso último fue lo que hizo posible que la verdad saliera. Pero antes de que ningún vigilante anotara nada, antes de que ninguna gente llegara a esa calle, había un hombre que vivía ahí, que había llegado a ese departamento porque alguien lo invitó, porque se enamoró, porque creyó que eso tenía sentido.

 Se llamaba Alan Carrera Cuellar y para entender lo que le pasó hay que empezar por él. Alan Carrera Quel tenía 41 años en 2014. Era un hombre de complexión robusta, moreno claro, con el tipo de presencia que tienen quienes han vivido sin apreturas económicas durante mucho tiempo. No era vanidoso ni llamativo. Era de esos hombres que pasan desapercibidos en una habitación hasta que alguien los nombra.

Su padre era Adrián Carrera Fuentes, exdirector de la extinta policía judicial Federal. Eso le había dado a la familia un peso específico en ciertos círculos. Alan no siguió ese camino, prefirió los negocios. Durante años compró y vendió locales de azulejos en el sur de la ciudad. Le fue bien. Fue desprendiéndose de esos negocios poco a poco, viviendo de lo que le dejaban.

Para cuando llegó a sus 40, ya no tenía que trabajar activamente. Tenía tiempo libre, dinero suficiente y una hija que, como muchos adolescentes, estaba pasando por un momento difícil. Fue por ella que llegó al consultorio. La psicóloga que atendía a su hija se llamaba María Alejandra la Fuente Casco, 30 y tantos años.

 Formación académica en psicología clínica, especializada en jóvenes y adolescentes. Consultorio propio en el sur de la ciudad. Voz pausada. Mirada directa. El tipo de presencia que uno asocia con alguien que sabe cómo escuchar sin juzgar. Su padre era psiquiatra. El doctor Alberto Eduardo Isidro La Fuente Grimaldi, casa de médicos, de diplomas en las paredes, de lenguaje técnico normalizado en la sobremesa.

 Los vecinos del condominio donde vivía la conocían como la Ale. Decían que era amable, discreta, que saludaba al entrar y al salir. La de los buenos modales, la profesional. En la tercera sesión con la hija de Alan, Alejandra le hizo una petición. le preguntó si podía presentarle a su papá que quería conocerlo. La joven lo hizo y desde esa tarde todo lo que debía ser una relación terapéutica dejó de serlo.

Que conste en el expediente. La hija de Alan dejó de asistir al consultorio poco después de que su padre y su psicóloga empezaron a salir juntos. nunca regresó a esas sesiones. Más tarde declaró ante el Ministerio Público que Alejandra la había amenazado de muerte en algún momento de ese año.

 La joven no lo había denunciado. Entonces, pensó que no llegaría a nada. La relación entre Alejandra y Alan avanzó rápido, muy rápido. Para abril de 2014 ya hablaban de matrimonio. Ese mes, Alan llevó a Alejandra a una reunión familiar y la presentó como su prometida. Les dijo que se casarían en una semana, que posiblemente Alejandra estaba embarazada, que sería algo muy íntimo.

La boda fue un lunes. Asistieron el padre de Alejandra, su esposa y los hijos de ambos. Nadie de la familia Carrera, ni la hija, ni Margarita, la hermana, ni Adrián el padre, nadie. La hermana de Alan recordaría eso muchas veces en los meses siguientes, esa boda de lunes a la que no los invitaron, esa prisa que nunca tuvo explicación, pero lo dejaron pasar porque uno deja pasar estas cosas cuando el que está adentro parece estar bien.

 Y hay algo que la familia de Alan no sabía en ese momento, algo que tampoco sabían los vecinos del condominio ni los pacientes de su consultorio. En 2011, 3 años antes de este matrimonio, Alejandra la Fuente Casco ya había sido detenida. Otra relación, otra pelea. Ella hirió con un cuchillo a su pareja de entonces. Fue procesada. Un juez la absolvió.

 dijo que era legítima defensa. El expediente quedó archivado y nadie lo conectó con nada hasta que fue demasiado tarde. Si este canal te importa, suscríbete. Hay muchas historias esperando ser contadas. Nadie debería escucharla sola. En los primeros meses, la convivencia entre Alan y Alejandra fue lo que los vecinos describieron como normal.

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